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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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Los pensamientos le corrían en todas direcciones. Ahora sabía que esa visión era de lo que iba a ocurrir si él no lo impedía. Si no lograba escapar del palacio, se haría realidad. Tal vez ése era el significado de la profecía; que lo mantendrían prisionero, que no podría ayudarla y que Kahlan moriría.

Algo ocurría en el patio inferior. Los guardias acudían corriendo de todas direcciones. Al acercarse más vio a uno de los maestros de armas baka ban mana. Estaba rodeado por casi un centenar de soldados de atribulado aspecto, que mantenían las distancias. El guerrero, en el centro de ese círculo, se veía fresco como una rosa.

— ¿Qué pasa aquí? —preguntó Richard, abriéndose paso entre la multitud.

El guerrero lo saludó con una reverencia.

— Caharin. Mi nombre es Jiaan. Tu esposa, Du Chaillu, me ha enviado con un mensaje.

Richard decidió dejar pasar eso de esposa.

— Habla.

— Debo decirte que ha seguido las instrucciones de su esposo y que ahora estamos en paz con los majendie. Ya no luchamos contra ellos ni tampoco contra esta gente.

— Es una noticia estupenda, Jiaan. Dile que estoy orgulloso de ella y de su gente.

— De tu gente —lo corrigió Jiaan—. También quiere que sepas que ha decidido tener al niño y que ya estamos listos para regresar a nuestra verdadera tierra. Quiere saber cuándo vendrás para llevarnos allí.

Richard echó un vistazo a su alrededor. Además de los guardias también habían acudido Hermanas, entre ellas varias de sus maestras, Tovi, Nicci y Armina, además de Pasha. Al fondo distinguió a la hermana Verna y en un distante balcón la figura agazapada de la Prelada.

— Dile que estéis preparados, que será pronto —respondió a Jiaan.

El guerrero se inclinó.

— Gracias, Caharin. Estaremos listos.

— Este hombre ha venido en son de paz —dijo Richard a los guardias y lo dejaréis marchar en paz.

Jiaan echó a caminar con aire despreocupado, como si estuviera solo, pero el anillo de los guardias se movió con él. Richard sabía que lo vigilarían hasta que se hubiera alejado de la ciudad. La multitud empezó a dispersarse.

Richard sentía la cabeza a punto de estallarle. Había permitido que su padre abandonara el inframundo al vulnerar la Segunda Norma de un mago en la casa de los espíritus; su intención era buena, pero había causado un mal. Según Warren, el Custodio necesitaba un agente para escapar y Richard le había proporcionado uno.

La cabeza le daba vueltas. Justo cuando acababa de descubrir que Kahlan lo amaba y la vida le sonreía de nuevo, descubría asimismo que estaría atrapado allí cientos de años y que, si no lograba escapar, Kahlan moriría en el solsticio de invierno. Su mente no dejaba desesperadamente de buscar una solución.

Tenía que hacer algo. El tiempo se le acababa. Solamente conocía a una persona capaz de ayudarlo.

64

La mujer oyó voces en el despacho contiguo y esperó que fuese quién esperaba. No tenía ningunas ganas de hacer eso, pero se le acababa el tiempo. Richard ya debía de haber hallado el modo de hablar con Nathan, y seguro que el Profeta habría cumplido con su parte. Ahora le tocaba a ella.

No podía fiarse por completo de Nathan, pero en eso no le cabía duda de que habría hecho lo necesario, pues sabía perfectamente qué se jugaban si fracasaban. La de Nathan había sido una tarea que la Prelada no le envidiaba; añadir el peso de un copo de nieve más.

Con un chasquido de los dedos abrió la puerta. Tendría que llamar a los carpinteros para que arreglaran el marco de la puerta. Richard lo había destrozado con su han sin ser siquiera consciente. Y eso había ocurrido antes incluso de hablar con Nathan.

El brusco intercambio de palabras cesó al abrirse la puerta. Tres rostros miraron en su dirección, esperando instrucciones.

— Hermana Ulicia, hermana Finella, es tarde ya. ¿Por qué no volvéis a vuestras oficinas para acabar con el papeleo? Yo hablaré con ella. Por favor, hermana Verna, entra.

Ann esperó a que la hermana Verna entrara en su despacho. Le gustaba Verna y aborrecía lo que estaba a punto de hacerle, pero se le acababa el tiempo. Cientos de años de preparativos, y ahora el tiempo y los acontecimientos se le escurrían entre los dedos.

El mundo estaba al borde del desastre.

— Prelada Annalina. —Verna la saludó con una reverencia.

— Por favor, Verna, siéntate. Ha pasado mucho tiempo.

Verna acercó una silla al lado opuesto de la mesa. Entonces se sentó con la espalda muy tiesa y las manos cruzadas sobre el regazo.

— Qué amable de vuestra parte que malgastéis vuestro valioso tiempo en recibirme.

Ann casi sonrió. Sólo casi. «Querido Creador, gracias por enviármela de mal humor. Aunque no por eso mi trabajo será menos oneroso, seguro que es más fácil.»

— He estado ocupada.

— Y yo también —saltó Verna—. He estado ocupada estos últimos veinte años.

— Al parecer, no has estado lo suficientemente ocupada. El muchacho que trajiste está causando problemas. Deberías haber empezado a trabajar con él antes de llegar aquí.

El rostro de Verna se tornó escarlata.

— Lo habría hecho, si no me hubieseis prohibido expresamente que cumpliera con mi deber, que usara mi poder.

— ¿Oh? ¿Tan pocos recursos tienes, Verna, que eres incapaz de actuar cuando se te ponen límites? Pasha, una simple novicia, está teniendo más éxito que tú y tiene las mismas limitaciones.

— ¿De veras creéis que está teniendo éxito? ¿Creéis que tiene el control?

— Richard no ha matado a nadie desde que Pasha se hizo cargo.

Verna se puso tensa.

— Creo que conozco a Richard, por lo que os aconsejo que no os excedáis en vuestra confianza.

Ann bajó la vista y empezó a rebuscar entre los papeles fingiendo prestarles atención, aunque en realidad no leía nada.

— Tendré en cuenta tu consejo. Gracias por venir, Verna.

— ¡Aún no he acabado! ¡De hecho, ni siquiera he empezado!

Lentamente la Prelada alzó la mirada.

— Si vuelves a alzarme la voz, Verna, sí que habrás acabado.

— Os pido perdón, prelada Annalina. Debo hablaros de un asunto de gran importancia.

Ann lanzó un fingido suspiro de impaciencia.

— Bueno, bueno, pero por favor ve al grano. Tengo mucho trabajo. —La superiora cruzó las manos sobre la mesa y contempló a Verna con mirada inexpresiva—. Habla, pues.

— Richard se crió con su abuelo…

— Qué bonito.

Verna hizo una breve pausa, irritada por la interrupción.

— Su abuelo es mago, mago de Primera Orden, y quería enseñarle.

— Ahora nosotras nos ocuparemos de su educación. ¿Eso es todo?

Verna entornó los ojos.

— ¿Debo recordaros que alejar a un muchacho de un mago dispuesto a enseñarle supone una violación directa de la tregua? Tenía entendido que ya no quedaba en el Nuevo Mundo ningún mago que pudiera enseñar. Era una mentira. He sido utilizada. Las Hermanas raptan niños, y vos me habéis obligado a tomar parte en eso.

Ann sonrió con indulgencia.

— Hermana, todas servimos al Creador para mostrar a nuestros semejantes cómo vivir bajo su luz. Teniendo en cuenta nuestro deber hacia el Creador, ¿qué valor tiene una tregua acordada con magos paganos?

Verna se quedó sin palabras.

«Querido Creador, me gusta esta mujer. Por favor, dame fuerzas para quebrarla.» Nathan había añadido su copo de nieve; ahora le tocaba a ella.

— Se me envió a una búsqueda de más de veinte años sin decirme la razón, he sido engañada, mis dos compañeras murieron, una de ellas por mi propia mano, se me ha prohibido que usara mi poder para hacer mi trabajo…

— ¿Crees que te lo prohibí caprichosamente? ¿Es eso lo que tanto te irrita, Verna? Muy bien, si quieres saber la razón, fue para salvarte la vida.

Verna reaccionó con recelo.

— Si mal no recuerdo lo que aprendí en las criptas, solamente existe una razón por la que tal restricción me salvara la vida.

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