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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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Gratch lanzó un interrogador gemido que fue haciéndose más agudo mientras levantaba las orejas. Trató de rodear con sus brazos a Richard. Pero éste le empujó.

— ¡Vete! ¡Me entiendes, sé perfectamente que me entiendes! ¡Vamos, quiero que te marches! ¡Van a tratar de matarte! ¡Vete y no vuelvas nunca!

Las orejas de Gratch se encogieron e inclinó la cabeza al otro lado. Richard le golpeó el pecho con un puño y luego señaló en dirección norte.

— ¡Vete! —Richard extendió los brazos y volvió a señalar—. ¡Quiero que te marches y no vuelvas nunca!

Gratch trató nuevamente de abrazarlo y Richard volvió a empujarlo. El gar tenía las orejas pegadas a la cabeza.

— Grrrratch quierrrrg Raaaach aaarg.

Nada deseaba más Richard que estrechar a su amigo y decirle que él también le quería. Pero no podía. Estaba allí para tratar de salvarle la vida.

— ¡Pues yo no te quiero! ¡Vete y no vuelvas nunca!

Gratch miró hacia la colina que Pasha había descendido a todo correr y luego miró a Richard. Los ojos verdes del gar estaban anegados en lágrimas. Trató por última vez de acercarse a su amigo.

Pero Richard volvió a alejarlo de sí. Gratch se quedó allí plantado, con los brazos abiertos. La primera vez que Richard había abrazado al peludo gar, éste solamente era una cría. Desde entonces había crecido mucho, al igual que su amistad y su amor.

Gratch era el único amigo de Richard, pero solamente él podía salvarlo. Si Richard realmente lo amaba, tenía que herirlo.

— ¡Márchate! ¡No quiero verte nunca más! ¡No eres más que un estúpido saco de pelo! ¡Largo! ¡Si realmente me quieres, haz lo que te digo y márchate!

Richard quería seguir gritando, pero tenía un nudo en la garganta que ahogaba sus palabras. Retrocedió unos pasos. Gratch pareció marchitarse en el frío aire de la noche. Nuevamente abrió los brazos con un lastimero y desesperado quejido. Lloraba de un modo que rompía el corazón.

Richard reculó otro paso. Gratch avanzó hacia él. Richard cogió del suelo una piedra y se la lanzó al gar. La piedra rebotó contra su enorme pecho.

— ¡Vete! —gritó, y le arrojó otra piedra—. ¡No quiero verte nunca más!

De los verdes ojos del gar brotaban lágrimas que corrían por sus arrugadas mejillas.

— Grrrratch quierrrrg Raaaach aaarg.

— ¡Si realmente me quieres, márchate!

Gratch contempló de nuevo la colina por la que Pasha se había ido, dio media vuelta, extendió las alas y, después de echar un último vistazo por encima del hombro, dio un salto en el aire y emprendió el vuelo.

Cuando ya no distinguía la forma oscura del gar recortada contra las estrellas ni oía el batir de sus alas, Richard se dejó caer al suelo. Había perdido a su único amigo allí.

— Yo también te quiero, Gratch. Queridos espíritus —sollozó—, ¿por qué me hacéis esto? Gratch era todo lo que tenía. Os odio. Os odio a todos.

A medio camino de vuelta, lo comprendió. Se quedó inmóvil, con la boca abierta. En la quietud de la noche asió con temblorosos dedos el mechón de pelo de Kahlan.

No muy lejos parpadeaban las luces de la ciudad y los tejados brillaban a la luz de la luna. Hasta él llegaban los distantes sonidos de la ciudad.

«Si realmente me amas, lo harás», le había dicho Kahlan. Era lo mismo que él había dicho a Gratch. De pronto lo entendió todo. La impresión lo dejó sin respiración.

Kahlan no quería deshacerse de él, sino que pretendía salvarle la vida. Había hecho por él lo mismo que él acababa de hacer por Gratch.

El dolor por haber dudado de ella lo impulsó a hincarse de rodillas. Debía de haberle roto el corazón. ¿Cómo podía haber dudado de ella?

El collar. Tenía tanto miedo del collar, que había estado ciego. Kahlan lo amaba. No quería verse libre de él, sino solamente salvarle la vida.

Kahlan lo amaba.

Richard abrió los brazos y miró hacia el cielo, al tiempo que gritaba:

— ¡Kahlan me quiere!

De rodillas contempló el mechón de pelo que Kahlan le había dado para recordarle su amor. Nunca en toda su vida se había sentido tan profundamente aliviado como en esos momentos. El mundo volvía a tener sentido.

En su mente confluían emociones encontradas. Por una parte se sentía muy abatido por haber tenido que alejar a Gratch de su lado y porque el gar pensara que Richard ya no lo quería, pero al mismo tiempo no cabía en sí de gozo al saber que Kahlan lo amaba.

Al fin el gozo acabó por imponerse. Decidió que, un día, Gratch entendería que había sido necesario alejarlo. Un día, se libraría del collar, buscaría a Gratch y haría las paces con él. E incluso si nunca lograba encontrarlo, el gar estaría mucho mejor viviendo como tal, cazando y buscando a otros de su especie. Tendría que buscar el camino de la felicidad, como Richard.

Nada deseaba más en este mundo que abrazar a Kahlan, estrecharla con fuerza y decirle lo mucho que la quería, pero era imposible. Seguía siendo un cautivo de las Hermanas. No obstante, estudiaría, aprendería y se libraría del collar. Luego regresaría junto a Kahlan. No le cabía duda de que Kahlan lo estaría esperando, pues le había dicho que siempre lo amaría.

En los aledaños de la ciudad se cruzó con la partida de búsqueda de las Hermanas. Pese a que les informó que ya no tenían por qué molestarse, que la bestia se había ido, ellas no le creyeron y continuaron camino hacia las colinas. A Richard no le importaba. Gratch se había marchado. Su amigo estaba a salvo.

En Tanimura compró una gargantilla de oro a un vendedor ambulante. Tal vez no fuese oro auténtico, pero no importaba; era preciosa. Richard recorrió el resto del camino hasta el palacio al trote.

Pasha lo esperaba paseándose arriba y abajo por el corredor, frente a sus habitaciones.

— ¡Richard! ¡Oh Richard!, estaba tan asustada… Sé que debes estar furioso conmigo pero con el tiempo comprenderás que…

— No estoy enfadado —la atajó un risueño Richard—. De hecho, te he comprado un regalo para darte las gracias.

Pasha esbozó una sonrisa de sorpresa y coquetería al recibir la gargantilla.

— ¿Para mí? ¿Por qué?

— Porque, gracias a ti, me he dado cuenta de que ella me ama y de que siempre me ha amado. He sido un estúpido al estar tan ciego. Tú me has ayudado a abrir los ojos.

La muchacha lo contempló con gélida mirada.

— Pero ahora estás aquí, Richard. Con el tiempo la olvidarás y te darás cuenta de que soy la mujer que necesitas.

Richard le sonrió alegremente.

— Pasha, lo siento. No tengo nada contra ti. Eres una mujer muy hermosa. Con el tiempo encontrarás a tu hombre. Puedes elegir a cualquiera, o casi. Todos están locos por ti. Tal vez si viviera cien años… Pero de otro modo es imposible.

Pasha recuperó la sonrisa.

— Pues esperaré.

Richard le besó la coronilla antes de entrar en su habitación. Estaba tan excitado que dudaba poder conciliar el sueño, pero la caminata y la carrera lo habían dejado agotado. Antes de dormirse, sus últimos pensamientos fueron para Kahlan. Se la imaginó junto a él, con esa especial sonrisa suya, sus ojos verdes y su radiante y larga melena. Por primera vez en meses, durmió bien.

En los días que siguieron Richard se sentía flotar. Todo el mundo presenciaba con perplejidad tal exhibición de buen humor y, si bien al principio albergaban un cierto recelo, acabaron por contagiarse. Algunas Hermanas reían tontamente cuando les decía que se veían tan bonitas como un día de verano.

Asimismo apremió a sus maestras a que redoblaran sus esfuerzos para ayudarlo a tocar su han y prolongaba las lecciones más allá de lo habitual. Las hermanas Tovi y Cecilia no cabían en sí de entusiasmo, Merissa y Nicci le dedicaban leves sonrisas de agrado, Armina se mostraba prudentemente complacida y Liliana estaba encantada. Richard quería librarse del collar pero sabía que, hasta que no aprendiera todo lo que las Hermanas querían, lo seguiría llevando.

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