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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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— ¿Llevas puestos esos inútiles escarpines?

Pasha estiró un pie para mostrarle sus botas de piel labrada.

— Me las he hecho hacer especialmente para poder acompañarte en tus salidas —le explicó.

«Hechas especialmente», gruñó para sí Richard. Recordó lo herida que se había sentido Pasha cuando le criticó el vestido azul. No quería herir sus sentimientos diciéndole que no. Ella solamente trataba de agradarle. Tal vez la compañía de una cara sonriente le alegraría.

— Muy bien, puedes venir conmigo, pero no esperes que te dé conversación.

Pasha sonrió y le cogió del brazo.

— Me encantará caminar en silencio.

Al menos, con Pasha colgada de su brazo fueron menos las mujeres que lo abordaron al cruzar la ciudad. Las pocas que osaban hacerlo se ganaban una fulminante mirada de la novicia y, quienes insistían, se ganaban algo peor; una descarga de han. El invisible pellizco las hacía gritar y desaparecer.

Ahora Richard comprendía por qué las Hermanas educaban magos. Trataban de conseguir uno con don para la Magia de Suma y de Resta. Y ya lo tenían.

Ascendieron en silencio las colinas bañadas por la dorada luz del sol de la tarde. Richard se sintió mucho mejor al aire libre, sobre las rocosas colinas desde las que se divisaba la ciudad. Aunque no fuese más que una ilusión, se sentía libre. De pronto deseó estar solo. Llevaba muchos días sin ver a Gratch y probablemente el gar estaría desesperado.

No sabía qué hacer. No sabía si todo lo que le había dicho la Prelada era cierto y tampoco sabía qué temía más, que fuera verdad o que fuera mentira.

Pasha le apretó el brazo de un modo que lo arrancó bruscamente de sus elucubraciones y lo hizo detenerse. La joven miró con nerviosismo a su alrededor. Por el modo en que respiraba, por la boca y entrecortadamente, Richard se dio cuenta de que estaba asustada.

— ¿Qué pasa? —susurró.

Pasha escrutó con la mirada las peñas vecinas.

— Richard, hay algo ahí. Por favor, volvamos.

Richard desenvainó la espada. Su característico sonido metálico resonó en el aire de la tarde. Él no presentía ningún peligro, pero era obvio que el han de Pasha percibía algo que la asustaba.

La joven lanzó un pequeño grito. Richard giró sobre sus talones. Gratch asomaba la cabeza por encima de una roca. Pasha reculó.

— No pasa nada, Pasha. No te hará ningún daño.

Gratch esbozó una vacilante sonrisa que dejó al descubierto los colmillos, al tiempo que se alzaba en toda su imponente estatura.

— ¡Mátalo! —gritó Pasha—. ¡Es un monstruo! ¡Mátalo!

— Pasha, cálmate. No te hará ningún daño.

Pero la joven seguía retrocediendo. Gratch miraba alternativamente a uno y a otro, sin saber qué hacer. Richard cayó en la cuenta de que Pasha podría usar su han en contra del gar, por lo que se interpuso entre ambos.

— ¡Richard! ¡Muévete! ¡Tenemos que matarlo! ¡Es un monstruo!

— No, Pasha, lo conozco. No te hará nada…

Pero la joven dio media vuelta y echó a correr con la capa violeta ondeándole a la espalda. Richard gruñó mientras observaba cómo brincaba de una roca a la siguiente, descendiendo la colina. Entonces miró a Gratch, enfadado.

— Pero ¡qué pasa contigo! Tenías que asustarla, ¿no? ¿Cómo se te ocurre mostrarte a alguien?

Gratch inclinó las orejas, hundió los hombros y se puso a gemir. Cuando las alas empezaron a temblarle, Richard se acercó a él.

— Bueno, ahora ya es demasiado tarde para lamentaciones. Ven y dame un abrazo. —Gratch clavó los ojos en el suelo—. Vamos, no pasa nada.

Richard rodeó con los brazos a la enorme criatura peluda. Al fin Gratch respondió; rodeó a Richard con los brazos y las alas y expresó su alegría con un gorgoteo. Un momento después, lo tumbó y empezó a luchar con él. El humano le hizo cosquillas en las costillas y peleó hasta que Gratch se rió, totalmente encantado.

Una vez se hubieron calmado, Gratch metió el extremo de una garra en el bolsillo en el que Richard guardaba el mechón de Kahlan. Entonces lo miró con esos ojos de párpados caídos tan grandes como mangos de hacha. Al fin el joven imaginó qué quería decirle.

— No. No es la misma mujer. Es otra distinta.

Gratch hizo un gesto de extrañeza. No lo entendía. Pero Richard no tenía ganas de explicarle que el mechón de pelo que siempre miraba no era de Pasha. A instancias del gar, en vez de eso Richard peleó otro rato con él.

Atardecía ya cuando regresó al palacio. Pensaba buscar a Pasha y explicarle que Gratch era amigo suyo y no una bestia peligrosa. Pero antes de que pudiera ir muy lejos la hermana Verna lo encontró.

— ¿Alimentaste al bebé de gar que encontramos en el bosque, el mismo que te ordené que mataras? ¿Dejaste que esa bestia nos siguiera?

Richard se quedó mirándola fijamente.

— Era una criatura indefensa, Hermana. No podía matar una cría que no representaba ningún peligro. Desde entonces nos hemos hecho amigos.

Murmurando algo entre dientes, la mujer se pasó una mano por la cara.

— Por absurdo que suene eso, supongo que lo entiendo; necesitabas camaradería, y no de mí precisamente.

— Hermana Verna…

— Pero ¿por qué dejaste que Pasha lo viera?

— No lo hice. El gar asomó la cabeza. Yo no sabía que estaba allí. Antes de que me diera cuenta Pasha ya lo había visto.

La Hermana lanzó un suspiro de exasperación.

— La gente de por aquí teme a las bestias y las mata. Pasha llegó gritando que había visto a un monstruo en las colinas.

— Ya se lo explicaré. Les haré comprender que…

— ¡Richard! ¡Escúchame! —El joven retrocedió un paso y esperó en silencio que la Hermana prosiguiera—. Las Hermanas creen que las «mascotas» son un estorbo en la educación de los muchachos. Creen que les dedican sentimientos que deberían ir dirigidos a ellas. Yo pienso que es estúpido, pero eso no viene al caso.

— ¿Y cuál es el caso? ¿Crees que tratarán de impedirme que vuelva a ver al gar?

— No, Richard —replicó la Hermana, poniéndole una mano sobre el brazo en gesto de impaciencia—. Las demás Hermanas creen que es una bestia malvada que podría volverse en tu contra. En estos mismos momentos están formando una partida de caza. Van a matarlo, por tu bien.

Richard se quedó mirando la expresión de inquietud de Verna solamente un segundo antes de echar a correr. Cruzó como un rayo el puente y luego la ciudad. La gente se lo quedaba mirando boquiabierta. El joven saltaba por encima de las carretillas que no se apartaban a tiempo y volcó un tenderete en el que se vendían amuletos. Sin hacer caso de las imprecaciones que le dirigían, siguió corriendo.

Sentía los latidos del corazón resonar en los oídos mientras ascendía la colina. Varias veces tropezó con zanjas o rocas, pero rápidamente se puso en pie, trató de recuperar el aliento y siguió adelante. En la oscuridad, salvaba las quebradas saltando de roca en roca.

En la cresta de una colina de cima redondeada, cerca del lugar en el que habían encontrado a Gratch ese mismo día, Richard gritó su nombre con todas sus fuerzas, deteniéndose sólo para recuperar el aliento. Con los puños apretados a ambos lados, inclinó la cabeza hacia atrás y gritó el nombre de Gratch. Su voz reverberó en las colinas vecinas, pero la única respuesta fue el silencio.

Exhausto, cayó de hinojos. Pronto llegarían. Las Hermanas usarían su han para localizar al gar. Gratch no sabría qué se proponían e, incluso si decidía mantener distancias, la magia lo encontraría y lo mataría. Las Hermanas podían abatirlo cuando estaba en el aire o prenderle fuego.

— ¡Graaaaatch! ¡Graaaatch!

Una oscura figura tapó algunas estrellas. El gar aterrizó con un ruido sordo e inmediatamente plegó las alas. Entonces ladeó la cabeza y emitió un borboteo.

Richard lo cogió por el pelaje.

— ¡Gratch! Escúchame. Tienes que irte. Ya no puedes quedarte aquí. Van a venir a matarte. Tienes que marcharte.

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