Traficantes de dinero
- Автор: Хейли Артур
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:
– Yo creo -dijo Alex-. Por eso lo quiero para nosotros.
– Entonces hagámoslo… a nuestra manera. Lo que no necesito, querido, es un pedazo de papel legal diciendo que estoy casada, porque estoy demasiado acostumbrada a los papeles legales para que me impresionen mucho. Ya he dicho que viviré contigo… contenta y amorosamente. Pero no quiero tener sobre la conciencia, y no quiero que tú tampoco cargues sobre la tuya, con la responsabilidad de arrojar el poco juicio que le queda a Celia a un pozo sin fondo.
– Ya lo sé, ya lo sé. Todo lo que dices tiene sentido… -pero su respuesta carecía de convicción.
Ella le aseguró, con suavidad:
– Soy más feliz con lo que tenemos de lo que nunca he sido en toda mi vida. Eres tú, no yo, quien desea más.
Alex suspiró y, poco después, quedó dormido.
Cuando tuvo la certeza de que él dormía profundamente, Margot se vistió, besó ligeramente a Alex, y salió del apartamento.
11
Alex Vandervoort durmió solo parte de la noche, pero Roscoe Heyward durmió enteramente solo.
Aunque todavía no.
Heyward estaba en su casa, en su serpenteante propiedad de tres pisos en las afueras de Shaker Heights. Estaba sentado ante el escritorio con cubierta de cuero, con unos papeles tendidos ante él, en el pequeño y apaciblemente amueblado cuarto que le servía de despacho.
Su mujer, Beatrice, había subido a acostarse hacía casi dos horas, cerrando la puerta de su dormitorio como siempre desde hacía doce años, cuando, por consentimiento mutuo, decidieron dormir en cuartos separados.
El hecho de que Beatrice pasara el cerrojo de la puerta, aunque fuera característicamente imperioso, nunca había ofendido a Heyward. Mucho antes del acuerdo de separación sus ejercicios sexuales se habían vuelto más y más escasos, hasta terminar casi en nada.
En gran parte, suponía Heyward, cuando pensaba en ello, la terminación del contacto sexual entre ellos había sido elección de Beatrice. Incluso en los primeros años de matrimonio ella había establecido claramente su desagrado mental por los tanteos y resoplidos de él, aunque su cuerpo los pidiera a veces. Tarde o temprano, había insinuado ella, su poderosa mente iba a dominar aquella necesidad más bien asqueante, y finalmente lo había logrado.
Una o dos veces, en momentos de capricho, se le había ocurrido a Heyward que su único hijo, Elmer, reflejaba la actitud de Beatrice hacia su concepción y nacimiento: había sido una ofensiva, no querida invasión de la intimidad de su cuerpo. Elmer, que casi tenía ahora treinta años y era contador público irradiaba desaprobación casi contra todo, marchaba por la vida como si llevara el pulgar y el índice tapándose la nariz, para defenderla del mal olor. Incluso Roscoe Heyward encontraba que, a veces, Elmer se pasaba.
En cuanto a Heyward, había aceptado sin quejas la privación sexual, en parte porque, hacía doce años, estaba en un punto en el cual el sexo era algo que podía tomar o dejar y, en parte, porque por entonces, su ambición en el banco se había convertido en la principal fuerza que le impulsaba. Así, como una máquina que cae en desuso, sus urgencias sexuales se desvanecieron. Hoy en día revivían sólo raramente -e incluso con mucha suavidad-, para recordarle con cierta tristeza una parte de su vida sobre la que el telón había caído demasiado pronto.
Pero en otros sentidos, reconocía Heyward, Beatrice había sido muy conveniente para él. Descendía de una impecable familia de Boston, y, en su juventud, había sido «presentada» adecuadamente en sociedad. Había sido en el baile de presentación, al que el joven Roscoe había asistido con frac y guantes blancos, y donde había permanecido tieso como un palo, donde habían sido formalmente presentados. Después tuvieron citas acompañados por algún chaperon, al que siguió un conveniente período de compromiso, y se casaron a los dos años de conocerse. A la boda, que todavía Heyward recordaba con orgullo, había asistido lo «mejor de lo mejor» de la sociedad de Boston.
Entonces, como ahora, Beatrice había compartido las opiniones de Roscoe sobre la importancia de la posición social y la respetabilidad. Había cumplido con ambas cosas sirviendo largo tiempo a la Asociación de Hijas de la Revolución Norteamericana, donde era ahora secretaria general de actas. Roscoe estaba orgulloso de esto, y se deleitaba con los prestigiosos contactos sociales que acarreaba. Sólo había una cosa de la que había carecido Beatrice y su ilustre familia: dinero. En aquel momento, como muchas veces antes, Roscoe Heyward hubiera deseado fervientemente que su mujer fuera una heredera.
El mayor problema de Roscoe y Beatrice había sido siempre arreglárselas para vivir con su salario del banco.
Este año, como lo demostraban las cifras en las que había trabajado esta noche, los gastos de los Heyward sustancialmente excedían sus entradas. El próximo abril tendría que pedir prestado para pagar el impuesto sobre la renta, como se había visto forzado a hacerlo el año pasado y el anterior. También había pasado lo mismo otros años, aunque en algunos había tenido suerte con las inversiones.
Mucha gente con rentas más pequeñas hubiera puesto cara de desconfianza ante la idea de que un vicepresidente ejecutivo, con 65 000 dólares anuales de salario, no tuviera bastante para vivir, e incluso para ahorrar. Pero, con los Heyward, no sucedía eso.
Para empezar, el impuesto sobre la renta cortaba más de un tercio de la gran cantidad. Después, una primera y segunda hipoteca de la casa requerían pagos de 16 000 dólares anuales, en tanto que los impuestos municipales consumían 2500 dólares. Esto dejaba 23 000 dólares, o sea en términos generales unos 450 dólares semanales, para todos los gastos, incluidos las reparaciones, los seguros, la comida, el vestido, un coche para Beatrice (el banco suministraba a Roscoe un coche con chófer cuando lo necesitaba), una cocinera-ama de llaves, donaciones de caridad, y un increíble despliegue de pequeños detalles que se añadían a una suma depresivamente grande.
La casa, según comprendía siempre Heyward en momentos como este, era una seria extravagancia. Desde el principio había demostrado ser mucho más grande de lo que necesitaban, incluso cuando Elmer estaba allí, cosa que no sucedía ahora. Vandervoort, que tenía el mismo salario, era de lejos mucho más sabio al vivir en un apartamento y pagar alquiler, pero Beatrice, que amaba la casa por su tamaño y prestigio, no quería oír hablar de esto, ni Roscoe iba a pretenderlo.
Como resultado tenían que encogerse por algún lado, proceso que, a veces, Beatrice se negaba a reconocer, considerando que ella debía tener dinero y que, por lo tanto, preocuparse por esto, era un caso de lèse majesté. Su actitud se reflejaba de innumerables maneras en la casa. Nunca usaba dos veces una servilleta de hilo; sucia o no, debía ser lavada después de cada servicio. Lo mismo sucedía con las toallas, de manera que las cuentas de lavandería y planchado eran altas. Hacía de cuando en cuando llamadas a larga distancia, y rara vez se dignaba apagar las luces. Unos momentos antes Heyward había ido a la cocina a buscar un vaso de leche y, aunque hacía dos horas que Beatrice estaba acostada, todas las luces de la escalera estaban encendidas. Las apagó irritado.
Sin embargo, pese a todas las actitudes de Beatrice, los hechos eran los hechos, y había cosas que, sencillamente, no podían permitirse. Un ejemplo eran las vacaciones: hacía dos años que los Heyward no las tomaban. El verano pasado Roscoe había dicho a sus colegas del banco: «Estábamos planeando un crucero por el Mediterráneo, pero decidimos, finalmente, que era mejor quedarse en casa».
Otra realidad incómoda era que virtualmente carecían de ahorros -sólo algunas acciones del FMA-, que probablemente tendrían que ser vendidas muy pronto, aunque el producto no bastara para colmar el déficit del último año.