El Metro de Madrid
- Автор: Serafin David
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Metro de Madrid». Краткое содержание книги:
A los pocos días ocurre un caso similar y todo parece indicar que un psicópata anda suelto. El comisario Bernal, el Maigret español, decide intervenir desplegando a su gente por toda la red del subterráneo, husmeando literalmente por las entrañas de la ciudad.
– Bueno, gracias. ¿Se os ocurre algo que se me haya escapado?
Nadie tenía ninguna sugerencia que hacer.
– Paco, tú te quedarás al mando del despacho y yo hablaré con la dirección del Metro antes de ir a las cocheras de Cuatro Caminos para hablar con los empleados. El equipo de vigilancia sigue allí, ¿no?
– Sí, jefe -dijo Ángel-. Les dije que esperasen hasta recibir nuevas instrucciones.
CONCEPCIÓN
El jefe de estación miró con horror el cadáver ensangrentado de la chica alta y de pelo castaño que yacía en el tercer vagón del tren de reciente factura situado en el andén de dirección América. Había conducido al lotero a la oficina mientras telefoneaba a la central de Avenida de América para que suspendiera el servicio y se dieran los pasos oportunos para sellar el tren y conducirlo a las cocheras. El conductor y el jefe de tren se habían reunido con él en la puerta del vagón.
– Otra víctima del maníaco, a juzgar por las trazas -comentó el conductor, un hombre taciturno que parecía sufrir de úlcera péptica, típico riesgo profesional- ¿La viste subir? -preguntó al jefe de tren, mucho más joven, adicto a los comics para adultos, que devoraba entre una estación y otra, y de los cuales llevaba uno doblado en aquel momento bajo el brazo izquierdo.
– No, recuerdo que estaba a tres vagones de distancia. Tampoco vi nada anormal en ninguna de las pantallas de televisión de las estaciones.
En todos los andenes de aquella línea, que era la última construida por la compañía e incorporaba varios adelantos técnicos, una red de cámaras y pantallas de televisión de circuito cerrado permitía al jefe de tren (que viajaba en el primer vagón, inmediatamente detrás de la cabina del conductor) ver todo el andén sin necesidad de salir ni de torcerse el cuello cuando hacía sonar el pito y cerrar las puertas en cada estación.
– Era muy alta, ¿verdad? -observó el conductor.
– Y nada fea -dijo el jefe de estación-. Las piernas las tiene buenas. ¿Quién querría cargársela?
– Me huelo que era un poquillo puta -dijo el conductor-. Miradle las uñas pintadas de las manos y los pies. Una tía decente no sale por ahí de esa forma. Y con el pelo teñido.
– Venga ya, tú eres un anticuado -se burló el jefe de tren-. Ahora todas van así. Si lo que busca el maníaco es ayudar a limpiar Madrid de golfas, le va a costar un huevo distinguirlas de las vírgenes… si es que queda alguna.
Sonó el teléfono en la oficina del jefe de estación y éste corrió a cogerlo. Volvió con instrucciones de la central, relativas a que el tren fuese conducido directamente a las cocheras, adonde los hombres de seguridad del Metro no tardarían en llegar.
CUATRO CAMINOS
Bernal y Ángel se apearon del viejo tren rojo y crema en Cuatro Caminos y subieron las escaleras para dar instrucciones a los de paisano encargados de la vigilancia de la entrada. Había sabido Luis por el director de la compañía metropolitana que había una entrada a las cocheras para los empleados en la calle Fernández Villaverde, y era ésa la que quería inspeccionar. Aunque el asesino había transportado, al parecer, por lo menos uno de los maniquíes por el vestíbulo de las taquillas y bajado luego con él por la escalera normal de los usuarios antes de dejarlo en el tren, Bernal quería comprobar si cabía la posibilidad de que hubiera transportado los dos cadáveres por un conducto más sencillo y los hubiese introducido en el tren respectivo antes de que éste entrara en servicio.
Al salir a Bravo Murillo, se volvió a Ángel y le dijo:
– Ya veo a qué te referías al hablar de aparcar aquí. Es imposible que el asesino dejara un vehículo en una calle tan concurrida mientras transportaba los cadáveres al Metro. Pero vamos a echar un vistazo al doblar la esquina, cerca de la entrada a las cocheras.
Una vez allí, comprobaron que había un buen sitio para estacionar un vehículo delante de una manzana de casas.
– Será mejor que veamos la vigilancia que hay en la entrada para empleados -dijo Ángel.
Descubrieron que se podía entrar con entera libertad, ya que no había portero, y de la sombría cueva de abajo surgía el ruido metálico de las reparaciones y el silbido de las mangueras de las máquinas de lavado automático.
– Apostaría a que entró por aquí, jefe -dijo Ángel-. Mire, hay incluso un ascensor que sirve sin duda para bajar las piezas sueltas de las máquinas.
– Bajemos a ver si se nos descubre -sugirió Bernal.
En realidad, tuvieron que salir del ascensor en el piso más bajo y recorrer una considerable distancia entre los vagones estacionados antes de toparse con nadie.
– Soy el capataz -dijo un individuo de aire preocupado y con grandes manchas de grasa en la cara, las manos y el mono azul-. ¿Puedo ayudarles en alguna cosa, señores?
Bernal le enseñó la chapa de la DGS y el capataz dijo que le estaba esperando, ya que habían llamado de la oficina del director.
– ¿Podría usted enseñarnos esto? -le preguntó Bernal-. Nos interesa saber en qué orden vienen los vagones y qué ocurre después con ellos.
– Bueno, si necesitan alguna reparación, se llevan al taller que hay allí -señaló hacia el otro extremo del enorme espacio subterráneo-. Si precisan lavarse o desinfectarse, se llevan a una de las naves centrales. Los estacionados más cerca de aquí son trenes enteros que se emplean en las horas punta de la mañana y la tarde, cuando aumenta la frecuencia del servicio. Dos turnos de mujeres limpian y lavan el interior por la noche y de madrugada, antes de que los trenes entren en servicio. Los conductores y jefes de tren los recogen en la salida de control.
– ¿Y se limitan a salir estos trenes a la Línea 2, la que va de aquí a Ventas, o se utilizan también en la 1, para la que esta estación es sólo una más? -preguntó Bernal.
– Sobre todo en la Línea 2, pero en las horas punta puede que también los pidan en la 1, con lo que el tren sale de esta estación. Pero, por lo general, los trenes de la Línea 1 parten de Plaza de Castilla o de Portazgo, terminal sur de dicha línea.
– Bien, me han dicho -prosiguió Bernal- que a cada tren de cada línea se le da un número para que el respectivo jefe de estación pueda informar de su situación a la central de Sol. ¿Sabría usted decirme qué ocurre a los trenes «extra» que se conducen a la Línea 1 desde estas cocheras? ¿Se les da un número especial?
– Sí, señor. El inspector de tráfico de aquí llama a la central para saber el momento exacto en que se pone en circulación el tren extra, y entonces se le dice el número que hay que darle, el «17 bis» o «18 bis», por ejemplo. Entonces le da al conductor un cartón para que lo ponga en la ventanilla delantera y éste es el que informa al jefe de estación del orden del tren a lo largo de la línea.
– ¿Y tienen ustedes un registro del número invariable de cada uno de los seis vagones que componen un tren? ¿Se coteja éste con el número temporal de orden que se asigna al tren cuando entra en servicio?
– Yo tomo nota del número de serie de los vagones de cada tren que sale de estas cocheras, y los paso de forma resumida al inspector de tráfico, M(otor) 19/M313, por ejemplo, primero y último vagones de un tren concreto. El inspector, en su registro de movimiento de material, apunta el día y hora de partida y el número de convoy asignado al tren.
– Excelente -dijo Bernal-. Estamos ansiosos por consultar ese registro a propósito de trenes concretos y fechas particulares. ¿Cuánto personal trabaja aquí en día corriente?
– Más de cuarenta personas, en dos turnos, y casi todo el día. Hay muchos más cuando llegan los de limpieza.
– ¿Hay algún portero o alguna persona que compruebe la identidad de los trabajadores que entran y salen? -preguntó Ángel.