Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Историческая проза » Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
1 ... 18 19 20 21 22 23 24 25 26 ... 100
Перейти на страницу:

—Además, Beth —añadió Izzy, jugando astutamente su mejor baza—, ya sabes que si me quedo aquí vas a tener a mi madre entrometiéndose todo el tiempo. Lo único que la mantiene alejada ahora es pensar que estoy fuera todo el día.

—Pues yo preferiría no quedarme —dijo Alice cuando Margery la miró—. A mis familias también les va bien. La hija mayor de Jim Horner se leyó entera La chica americana. Él estaba tan orgulloso que incluso se olvidó de gritarme.

—Supongo que, entonces, tendrá que ser Beth —dijo Izzy.

Beth apagó su cigarrillo en el suelo de madera con el tacón de su bota.

—A mí no me miréis. Odio tener que ordenar. Ya hago suficiente por mis malditos hermanos.

—¿Es necesario que maldigas? —preguntó Izzy con un resoplido.

—No se trata solo de ordenar —dijo Margery a la vez que cogía un ejemplar de Los papeles póstumos del Club Pickwick, cuyas entrañas salieron desparramadas sin fuerza—. Para empezar, estos ya estaban rotos y ahora se desarman. Necesitamos a alguien que cosa la encuadernación y quizá saque álbumes de recortes de estas páginas sueltas. Es lo que están haciendo en Hindman y son muy populares. Han incluido en ellos recetas, relatos y de todo.

—Yo coso de espanto —se apresuró a decir Alice y las demás coincidieron también en que se les daba muy mal.

Margery las miró con gesto de exasperación.

—Pues yo no lo voy a hacer. Más que manos, tengo garras. —Se quedó pensando un momento—. Pero tengo una idea. —Se levantó de detrás de la mesa y fue a coger su sombrero.

—¿Cuál? —preguntó Alice.

—¿Adónde vas? —quiso saber Beth.

—A Hoffman. Beth, ¿puedes hacer alguna de mis rondas? Os veo luego a todas.

Podían oírse los amenazantes sonidos de Minas Hoffman desde unos tres kilómetros antes de que se viera: el estruendo de los camiones con el carbón, el lejano zumbido de las explosiones que hacía que el suelo vibrara, el sonido metálico de la campana de la mina. Para Margery, Hoffman era una visión del infierno, con sus hoyos introduciéndose en el interior de las deformadas y vaciadas laderas que rodeaban Baileyville, como verdugones gigantes, llenos de hombres con resplandecientes ojos blancos en medio de sus rostros ennegrecidos saliendo de sus intestinos y el leve zumbido industrial de la naturaleza al ser despojada y devastada. Alrededor del asentamiento, el aire llevaba el sabor a polvo de carbón, con una sensación permanente de mal presagio, explosiones que cubrían el valle con un filtro gris. Incluso Charley retrocedía ante él. Cierto tipo de hombre miró esta tierra de Dios, pensó Margery cuando se iba acercando, y en lugar de un lugar bello y maravilloso, lo único que vio fueron signos del dólar.

Hoffman era una pequeña ciudad con sus propias normas. El precio a cambio de tener un sueldo y un techo sobre la cabeza era una deuda cada vez mayor con el economato, el miedo permanente a un error en la medida de la dinamita, una pierna perdida por una vagoneta desbocada o algo peor: el final de todo, varios cientos de metros por debajo del suelo con pocas posibilidades de que tus seres queridos pudieran recuperar un cadáver sobre el que llorar.

Y, desde hacía un año, todo esto había quedado impregnado por un ambiente de desconfianza cuando llegaron los antisindicalistas para contener a todos los que se atrevían a hacer campaña por unas condiciones mejores. A los jefes de la mina no les gustaban los cambios y no lo habían demostrado con argumentos y puños en alto, sino con mafias, armas y, ahora, familias de luto.

—¿Eres Margery O’Hare? —El guardia dio dos pasos hacia ella con una mano levantada para protegerse los ojos del sol mientras Margery se acercaba.

—Claro que sí, Bob.

—¿Sabes que Gustavsson anda por aquí?

—¿Ha pasado algo? —Ella notó en su boca el familiar sabor metálico cada vez que escuchaba el nombre de Sven.

—Va todo bien. Creo que han ido a comer algo antes de marcharse. La última vez que los vi fue por el Bloque B.

Ella desmontó del mulo y lo ató y, a continuación, atravesó la valla sin hacer caso de las miradas de los mineros que salían. Caminó con paso enérgico junto al economato, cuyas ventanas anunciaban varias ofertas que todos sabían que no eran ninguna ganga. Estaba en la ladera al mismo nivel que el enorme depósito de almacenamiento y carga. Por encima, se encontraban las casas grandes y en buen estado de los jefes de la mina y sus capataces, la mayoría con jardines traseros bien cuidados. Ahí era donde Van Cleve habría vivido si Dolores no se hubiese negado a irse de su casa familiar de Baileyville. No era uno de los asentamientos de carbón más grandes, como el de Lynch, donde había unas diez mil casas esparcidas por las laderas. Aquí, un par de cientos de casuchas de mineros se extendían por los senderos, con sus tejados cubiertos con tela asfáltica, apenas revisados en sus casi cuarenta años de existencia. Unos niños, la mayoría sin calzar, jugaban en la tierra junto a un cerdo que escarbaba en el suelo con el hocico. Había piezas de coche y cubos para lavar tirados junto a las puertas y entre ellas unos perros callejeros trotaban sin ningún rumbo. Margery giró a la derecha, alejándose de las calles residenciales, y atravesó con paso brioso el puente que llevaba a las minas.

Primero, vio su espalda. Estaba sentado en un cajón dado la vuelta, con el casco apoyado entre los pies mientras se comía un trozo de pan. Le habría reconocido en cualquier lugar, pensó. La forma de su cuello al juntarse con los hombros, su cabeza inclinada un poco a la izquierda cuando hablaba. Tenía la camisa cubierta de hollín y el tabardo con las palabras «BRIGADA DE INCENDIOS» en la espalda estaba ligeramente torcido.

—Hola.

Él se giró al oír su voz, se puso de pie y levantó las manos cuando sus compañeros de trabajo empezaron a soltar una serie de silbidos, como si tratara de aplacar un fuego.

—¡Marge! ¿Qué haces aquí? —La agarró del brazo para alejarla de los silbidos y dobló con ella la esquina.

Ella miró las manos ennegrecidas de Sven.

—¿Están todos bien?

Él levantó las cejas.

—Esta vez sí. —Lanzó una mirada hacia las oficinas de administración lo bastante elocuente como para que ella no necesitara más explicaciones.

Margery levantó una mano y le limpió una mancha de la cara con el dedo pulgar. Sven la detuvo y se llevó la mano a los labios. Siempre conseguía que algo se pusiera del revés dentro de ella, aunque no dejaba que se le notara en la cara.

—Entonces, ¿me has echado de menos?

—No.

—Mentirosa.

Los dos se sonrieron.

—He venido en busca de William Kenworth. Necesito hablar con su hermana.

—¿El negro William? Ya no está aquí, Marge. Resultó herido y le dieron de baja hace tiempo, nueve meses.

Ella pareció sorprenderse.

—Creía que te lo había contado. A uno de los dinamiteros se le enredaron los cables y él estaba en medio cuando hicieron estallar el túnel por Feller’s Top. Una roca le cortó la pierna de cuajo.

—¿Y dónde está ahora?

—Ni idea. Pero lo puedo averiguar.

Ella esperó en la puerta de las oficinas de administración mientras Sven entraba y engatusaba a la señora Pfeiffer, cuya palabra preferida era «no», pero rara vez la usaba con Sven. En los cinco asentamientos de minas de carbón del condado de Lee, todo el mundo quería a Sven. Además de unos hombros fuertes y unos puños del tamaño de un jamón, tenía un aire de serena autoridad, un brillo en la mirada que transmitía a los hombres que era uno de ellos y a las mujeres que podían contar con su aprecio, y no solo en ese sentido. Era bueno en su trabajo, amable cuando consideraba que había que serlo, y le hablaba a todo el mundo con la misma cortesía tan poco común, ya fuera un chico de pantalones raídos de la «hondonada» de al lado o los jefes más importantes de la mina. La mayoría de los días, ella podía recitar de un tirón toda una lista de cosas que le gustaban de Sven Gustavsson. Pero eso no se lo diría nunca.

1 ... 18 19 20 21 22 23 24 25 26 ... 100
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)