El Metro de Madrid
- Автор: Serafin David
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Metro de Madrid». Краткое содержание книги:
A los pocos días ocurre un caso similar y todo parece indicar que un psicópata anda suelto. El comisario Bernal, el Maigret español, decide intervenir desplegando a su gente por toda la red del subterráneo, husmeando literalmente por las entrañas de la ciudad.
El mercadito que había detrás de la avenida consistía en realidad en una serie de tiendas especializadas, en forma de L, y, salvo dos panaderías, dos churrerías que soltaban humo negro a la hora del desayuno, en que las largas tiras de masa se introducían en aceite hirviendo, unas tiendas de ultramarinos y una lencería, casi todas se habían transformado en bares. Telesforo, el lotero jorobado, recorría dichos bares diariamente a la hora de comer para salir al encuentro de los trabajadores que entraban a tomar una rápida caña de cerveza; todos le conocían y a menudo le invitaban a tomar algo; su consumición preferida era un bíter con alcohol.
Telesforo, aunque no tenía ni idea de teoría económica, había empezado a darse cuenta de que el desempleo y la inflación crecientes aumentaban en realidad la venta de billetes de lotería y por tanto los ingresos procedentes del diez por ciento de comisión que él añadía al valor de los billetes. Cuanto peor lo pasaba la gente, más invertía en el juego. Casi todos aquellos bares estaban alfombrados de boletos que vendía el barman a cinco pesetas unidad para sorteos de poca monta en los que se ofrecían premios de ciento veinticinco a mil pesetas. Los parroquianos llamaban «cromos» a los boletos, porque por lo general llevaban impresa la imagen borrosa y mal coloreada de una modelo en una «pose» bastante salaz.
Le llamaba la atención aquella fiebre del juego que había afectado a la población de los barrios obreros desde que la muerte de Franco viniera a liberalizar las cosas. La lotería nacional que él vendía tenía su tradición, claro, desde el siglo dieciocho (aunque él no lo sabía). Pero consideraba perjudiciales para su negocio, aparte el auge de las quinielas, los sorteos organizados en los bares, las tómbolas y más recientemente los locales de bingo. No obstante, los siete bares del mercadito le habían rentado una comisión de trescientas cincuenta pesetas y cinco invitaciones a beber en el espacio de media hora.
Cruzó la calle para dirigirse a la estación de García Noblejas, con la intención de ir al barrio de la Concepción para comer con su hermana. Las escaleras de la boca del Metro estaban llenas de propaganda electoral y en el vestíbulo donde estaban las taquillas había dos mujeres repartiendo panfletos con una foto de Trotski, pertenecientes a uno de los partidos de extrema izquierda a quienes se había prohibido participar en las elecciones. Telesforo enseñó su billete amarillo de ida y vuelta laboral para que se lo sellara la taquillera, con la que intercambió un cordial saludo, y bajó acto seguido por las escaleras flanqueadas de mármol que llevaban al andén de la dirección América. Aquella línea, la 7, era reciente, y se le antojaba una vergüenza que los azulejos coloreados de las paredes se hubieran ensuciado con pegatinas electorales y pintadas de propaganda.
Tras una larga espera, el pulcro tren azul oscuro y azul claro entró en la estación casi en silencio, emitiendo apenas un siseo de los frenos neumáticos, y, cuando se abrieron las puertas, Telesforo se acomodó en uno de los asientos tapizados en rojo de lo que parecía un vagón vacío. Estuvo ocupado en contar el dinero que llevaba y los billetes de lotería que le quedaban, y pasó cierto tiempo antes de que advirtiese la presencia de una chica alta y extrañamente vestida que se apoltronaba en un asiento del extremo opuesto.
El tren pitó con fuerza y aceleró mientras salía de la estación de García Noblejas. Engolfado en sus cuentas, Telesforo no alzó los ojos cuando llegaron a Ascao, donde no subió nadie. Circunstancia poco sorprendente en realidad, puesto que casi toda la gente trabajaba hasta las dos o dos y media. En la siguiente estación, Pueblo Nuevo, donde se empalmaba con la Línea 5, los pocos pasajeros que ocupaban los otros vagones bajaron para tomar un tren que les llevase al centro de la ciudad.
CONCEPCIÓN
Telesforo el jorobado puso en orden sus billetes de lotería mientras el tren aminoraba la marcha para entrar en Concepción. Le chocó entonces no ver a la joven, ya que no la había visto salir. Al dirigirse a la puerta, echó un vistazo al asiento y la descubrió tendida en el suelo del vagón. El corazón se le desbocó al ver el reguero de sangre de tono claro que le manaba de la boca y estuvo a punto de vomitar al descubrir la sangre mucho más oscura que le corría a la muchacha por las medias, saliendo de debajo de la corta falda de cuero negro.
SOL
A la una en punto de aquel día, todos los miembros de la sección de Bernal, más Varga y Prieto, estaban reunidos en el gran despacho exterior. Esperaban al doctor Peláez para emprender la revisión de todos los datos disponibles acerca del asesino del Metro. Detrás de Bernal, en la larga pared, colgaba un detallado plano de los Ferrocarriles Metropolitanos, con sus siete líneas impresas en colores diferenciados sobre un plano de la ciudad.
Tras unos pocos minutos, llegó Peláez sin aliento, secándose la calva que le brillaba de sudor.
– Siento llegar tarde, Bernal. Tuve que coser un cadáver y adecentarlo para los parientes. Traigo los partes que querías.
– Muy agradecido, Peláez, por ahorrarnos tiempo. Los asesinatos del Metro comienzan a causar sensación y al ministro le preocupa la posibilidad de que se extienda el pánico. Ha autorizado que patrullas de hombres uniformados vigilen los andenes, aunque no nos serán de mucha ayuda a la hora de coger al asesino. Tengo entendido que el sospechoso te hizo ayer una visita.
– Sí, eso parece, aunque no lo vi personalmente. ¿Por qué vendría al laboratorio? ¿Para regodearse viéndola?
– Se ha sugerido la posibilidad de que quedara algo comprometedor en las ropas y que fuera, por tanto, a recuperarlo. Sería interesante que nos informaras acerca de ellas, Varga, ya que has tenido tiempo de analizarlas al detalle.
El moreno y achaparrado técnico abrió su carpeta de fichas y cogió la de encima.
– Bueno, jefe, he examinado con atención todas las prendas, no sólo las pertenecientes a las dos chicas muertas, sino también las que se encontraron en los dos maniquíes. Después de recibir su petición ayer, analicé una vez más, con especial atención, todas las pertenencias de María Luz Cabrera. Utilicé un sistema de limpieza al vacío, artículo por artículo, y tengo ya los partes del analista sobre el polvo y la suciedad. Hay cuatro sustancias principales comunes a todas las prendas -hubo un silencio de expectación mientras Varga se aclaraba la garganta-. Aparte del polvo corriente de la calle y las casas, hay un tipo de moho saprofítico común a todas las prendas, excepción hecha de la bufanda roja de la Ledesma. Este brote fungoso indica que las ropas se mantuvieron en un lugar húmedo y sin ventilación.
– ¿Se puede determinar cuánto? -preguntó Bernal.
– Unas semanas como mínimo, incluso un mes, más o menos -replicó Varga.
– Bueno -dijo Bernal-, eso, al parecer, confirma la hipótesis de que se compraron en algún tenderete de ropa vieja o en el Rastro. Está claro que todas proceden del mismo sitio y que ninguna era de las chicas asesinadas, salvo la bufanda, que la madre de Paloma Ledesma identificó era de su hija.
– Convendría ser un poco prudente, jefe -dijo Varga-, ya que dicho moho aparecería en casi toda ropa almacenada en cualquier lugar húmedo, una bodega, por ejemplo, si se da el grado de temperatura justo.
– Pero es que tarda unas semanas en aparecer, según lo que has dicho -replicó Bernal-, y está claro que no hubo tiempo para que ocurriera entre la desaparición y el descubrimiento respectivos de las muchachas.
– No, jefe; es que las ropas pudo haberlas tenido almacenadas el asesino en un sitio húmedo durante un tiempo.