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Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
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Pasó media hora hasta que reconoció algo. Había tratado de ignorar su creciente sensación de pánico al ir dándose cuenta de que fácilmente podía terminar haciéndosele de noche en la montaña, a oscuras, con serpientes y pumas y Dios sabía qué más peligros a su alrededor o, lo que resultaba igual de preocupante, llegando a alguna casa en la que bajo ningún concepto debía detenerse: «la de Beever, en Frog Creek (loco como una cabra); la casa de los McCullough (contrabandistas de alcohol, casi siempre borrachos, y no se sabe mucho de las muchachas, pues nunca las ve nadie); los hermanos Garside (borrachos que se ponen irascibles con el alcohol)». No estaba segura de si le daba más miedo la posibilidad de que le pegaran un tiro por entrar en una propiedad privada o la reacción de la señora Brady cuando se supiera que, al final, la inglesa no tenía ni idea de qué narices estaba haciendo.

A su alrededor, el paisaje parecía haberse ampliado, mostrando su enormidad y su propia ignorancia del lugar que ocupaba dentro de él. ¿Por qué no había prestado más atención a las instrucciones de Margery? Miraba hacia las sombras con los ojos entrecerrados, tratando de averiguar dónde podría estar según su dirección y, después, maldecía cuando las nubes o el movimiento de las ramas las hacían desaparecer. Se sintió tan aliviada al ver el nudo rojo sobre el tronco del árbol que tardó un momento en identificar la casa a la que se acercaba ahora.

Alice pasó con el caballo por la valla delantera con la mirada en el suelo y la cabeza agachada. La casa de maderas desgastadas estaba en silencio. La cafetera de hierro estaba fuera sobre un montón de cenizas frías y había un hacha grande abandonada en un tocón de árbol. Dos ventanas de cristales sucios la miraban impasibles. Y ahí estaban, cuatro libros en un montón ordenado junto al poste, exactamente donde Margery le había dicho a Jim Horner que los dejara si decidía que, al final, no quería libros en su casa. Detuvo a Spirit y desmontó, con un ojo atento a la ventana mientras recordaba el agujero del tamaño de una bala en el sombrero de Margery. No parecía que los libros se hubiesen tocado. Se los llevó bajo un brazo, los metió con cuidado en las alforjas y, a continuación, comprobó la cincha de la yegua. Tenía un pie en el estribo y el corazón le latía con incómoda rapidez cuando oyó la voz del hombre resonar por toda la «hondonada».

—¡Eh!

Se quedó quieta.

—¡Eh! ¡Usted!

Alice cerró los ojos.

—¿Es la muchacha de la biblioteca que vino hace unos días?

—No quería molestarle, señor Horner —gritó—. Solo… Solo he venido a recoger los libros. Me iré en un santiamén. Nadie más vendrá por aquí.

—¿Nos mintió?

—¿Qué?

—Dijo que nos iba a traer más.

Alice parpadeó. El hombre no sonreía, pero tampoco llevaba un arma en la mano. Estaba en la puerta, con las manos caídas a ambos lados del cuerpo, y levantó una de ellas para apuntar hacia el poste.

—¿Quiere más libros?

—Eso he dicho, ¿no?

—Ay, Dios mío. Claro. Eh… —Los nervios la habían vuelto torpe. Buscó dentro de la alforja, sacando y rechazando lo que su mano cogía—. Sí. Bien. He traído algo de Mark Twain y un libro de recetas. Ah, y esta revista trae consejos para conservas. Ustedes se dedican todos a hacer conservas, ¿verdad? Puedo dejársela si quiere.

—Quiero un libro de ortografía. —Movió la mano ligeramente, como si así lo evocara—. Para las niñas. Quiero uno solo con palabras y un dibujo en cada página. Nada muy elaborado.

—Creo que tengo algo así… Un momento. —Alice rebuscó en su alforja y, por fin, sacó un libro de lectura infantil—. ¿Como este? Tiene mucha popularidad entre…

—Déjelos junto al poste.

—¡Hecho! ¡Ahí los tiene! ¡Qué bien! —Alice se detuvo para colocar los libros en un montón ordenado y, a continuación, retrocedió para subir a su caballo de un salto—. Bueno. Me…, me voy ya. Asegúrese de decirme si hay algo en particular que quiera que le traiga la semana que viene.

Levantó una mano. Jim Horner estaba de pie en la puerta, dos niñas detrás de él, mirándola. Aunque el corazón seguía latiéndole con fuerza, cuando llegó al final del camino de tierra notó que estaba sonriendo.

5

Cada mina o grupo de minas se convirtió en un centro social sin ninguna propiedad privada salvo la mina, y sin ningún lugar público ni carreteras públicas salvo el lecho del riachuelo, que fluía entre las paredes de la montaña. Estos grupos de pueblos salpican las laderas de la montaña bajando por los valles del río y solo necesitan castillos, puentes levadizos y torreones para reproducir el aspecto de la época feudal.

COMITÉ FEDERAL DEL CARBÓN DE ESTADOS UNIDOS, 1923

A Margery le costaba admitirlo, pero la pequeña biblioteca de Split Creek se estaba volviendo caótica, se enfrentaba a cada vez mayores peticiones de libros y ninguna de las cuatro tenía tiempo para hacer mucho más al respecto. A pesar del recelo inicial de algunos habitantes del condado de Lee, se corrió la voz de que existían estas señoras de los libros, como se las conocía ya, y en pocas semanas empezó a ser más común que las recibieran sonrisas entusiastas que puertas que se cerraban rápidamente en sus narices. Las familias reclamaban material de lectura, desde las revistas femeninas de Woman’s Home Companion hasta The Furrow para hombres. Todo, desde Charles Dickens hasta los ejemplares de Dime Mystery Magazine, se lo arrancaban de las manos nada más sacarlo de las alforjas. Los libros de historietas, muy populares entre los niños del condado, eran los que más sufrían, manoseados hasta el destrozo o con sus frágiles páginas arrancadas cuando los hermanos se peleaban por cogerlos. En ocasiones, las revistas se devolvían con alguna página arrancada discretamente. Y, aun así, seguían pidiendo: «Señorita, ¿tiene algún libro nuevo para nosotros?».

Cuando las bibliotecarias regresaban a su base en la cabaña de Frederick Guisler, en lugar de verlas cogiendo libros rigurosamente organizados de sus estantes hechos a mano, era más común encontrarlas en el suelo, rebuscando entre los innumerables montones los títulos que les habían pedido, gritándose unas a otras cuando resultaba que alguna se había sentado encima del que la otra necesitaba.

—Supongo que somos víctimas de nuestro éxito —dijo Margery, mirando a su alrededor los montones apilados en el suelo.

—¿No deberíamos empezar a clasificarlos? —Beth estaba fumando un cigarrillo. Su padre la habría azotado de haberla visto y Margery fingía no hacerlo.

—No tiene sentido. Apenas nos daría tiempo a nada esta mañana y seguirá igual de mal cuando volvamos. No, he estado pensando que necesitamos a alguien aquí a tiempo completo para organizarlo todo.

Beth miró a Izzy.

—Tú querías quedarte aquí, ¿no? Y ella no es la mejor de las jinetes.

Izzy se enfureció.

—No, gracias, Beth. Mis familias me conocen. No les gustaría que otra persona se quedara con mis rutas.

Tenía razón. A pesar de las maliciosas indirectas de Beth, Izzy Brady, en solo seis semanas, se había convertido en una jinete, como poco, competente, tras haber compensado el equilibrio sobre su pierna más débil y resultando ahora invisible esa diferencia bajo las botas de piel caoba que siempre limpiaba hasta hacerlas relucir. Se había acostumbrado a llevar su bastón en la parte posterior de la silla de montar para ayudarse cuando tenía que recorrer a pie los últimos escalones de una casa y le venía muy bien para golpear ramas, mantener alejados a los perros rabiosos y despachar a alguna que otra serpiente. La mayoría de las familias que vivían por Baileyville sentían cierta admiración por la señora Brady y, cuando Izzy se presentaba, era normalmente bien recibida.

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