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Historia Del Rey Transparente

Электронная книга - «Historia Del Rey Transparente». Краткое содержание книги:

En sus andanzas por los burgos y los campos de Francia, Leola se topa con un enigma tr?gico: trovadores, muchachas o vecinos inician el relato de la historia del Rey Transparente y caen fulminados tras unas pocas frases. Nyneve, que parece estar al tanto del enigma, reacciona siempre con furia ante la sola menci?n del nombre de ese rey misterioso. El acertijo s?lo lo conocer? el lector en las ?ltimas p?ginas: se trata, en realidad, de una f?bula moral que resume la filosof?a de toda la novela.
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– Lo que no acabo de entender es cómo pensaron los tres asesinos que podrían salir con bien de su crimen… El veneno era tan potente y tan veloz…

– Pero Dhuoda nunca se hubiera probado la prenda allí mismo… Eso no lo hacen las altas damas, es un gesto demasiado vulgar, Como mucho la hubiera tocado un momento, y con esa pequeña inoculación la ponzoña habría empezado a corroerla por dentro, sí, pero lentamente… Hubiera tardado horas en morir. Tiempo suficiente para escabullirse.

Los cascos de nuestros caballos vuelven a retumbar sobre los maderos del puente levadizo. Es un sonido triste y solemne, un redoble de duelo. El aguanieve pincha mis mejillas y mí nariz moquea. En los alrededores de la ciudad no queda nadie: ni un tenderete, ni un músico, ni siquiera un mendigo. Cuando cruzamos el foso y los animales empiezan a pisar la dura y baldía tierra, me vuelvo hacia atrás sobre mi silla para ver la ciudad. Encima de la puerta, tres de las picas muestran cabezas nuevas. Morand, asustado con lo sucedido, ha mandado hincar los despojos de los asesinos para intentar congraciarse con la Duquesa. El viento agita los largos cabellos pegoteados de sangre de las cabezas, y un cónclave de cuervos aletea ruidosamente alrededor, codo entusiasmo y gula. Los cuervos parlotean excitados; sus graznidos agujerean el aire. «Nos gusta la Duquesa», sé que están diciendo; «amamos a la Duquesa decapitadora». Uno de los pájaros baja en veloz vuelo, da una vuelta en torno a Dhuoda y vuelve a subir con poderosa remontada hacia el banquete. Ha venido a dar las gracias.

– Tenemos que marcharnos, Leo. Tenemos que dejar a la Dama Blanca. Es peligrosa -susurra Nyneve a mi lado.

Sus palabras me inquietan, pero no sé qué hacer con ellas. Las cosas son confusas en el ancho mundo. Antes la vida era tan dura, tan pobre y tan simple como el pequeño pedazo de árida tierra en el que mi familia y yo nos rompíamos las uñas escarbando. Todo estaba claro: la indiferencia de los poderosos, la crueldad del amo, nuestra indefensión pero también la unión que sentíamos entre nosotros, el trabajo embrutecedor, el esfuerzo y las penalidades, el alivio de haber vivido con bien un día más, la felicidad de poder comer y descansar. Pero ahora ya no sé quiénes son mis amigos, quiénes mis enemigos. No sé bien por qué Nyneve dice que Dhuoda es peligrosa, ni me acabo de creer todo eso que cuenta sobre Myrddin. De los belfos de mi caballo salen densas nubes de vapor. La vida es una niebla.

Dice fray Angélico, que ha venido al castillo a cuidar de su prima, que la Duquesa se está dejando arrastrar por el pecado de acidia, que es el vicio de la desesperación y de la abulia por falta de fe en la magnanimidad divina.

– ¡Qué acidia ni qué pecado! Dhuoda está enferma, enferma de tristeza. Tiene un pozo negro dentro del corazón y a veces se le desborda -dice Nyneve.

Sé que Nyneve se compadece de la Dama Blanca, pero al mismo tiempo recela de ella e insiste todos los días en que nos marchemos. Está tan obcecada con la idea, y es tan excesiva en sus reproches, que esta mañana hemos mantenido una agria discusión. La primera desde que nos conocemos.

– Ya no tenemos nada que hacer aquí, Leo. Has leído todos los libros de Dhuoda, has refinado tus modales, has mejorado tu instrucción guerrera, has aprendido a comportarte como una dama…

– No me puedo ir ahora y abandonar a Dhuoda tal como está.

– Este castillo está encantado y la Duquesa es un veneno. No sólo ya no estás aprendiendo nada nuevo, sino que nuestra estancia aquí te está cambiando, te está hiriendo por dentro de una manera que no eres capaz de percibir.

– Eso no es cierto.

– Ya te digo que tú no lo percibes.

– ¡Qué argumento tan simple y tan tramposo! Si o me muestro de acuerdo contigo, entonces es que estoy equivocada y ni siquiera soy capaz de darme cuenta de ello… Qué fácil resulta discutir así: no precisas demostrar tu razón. Pero tendrás que esforzarte más, Nyneve… Ya no soy la pequeña campesina ignorante que conociste.

– Es verdad, ya no lo eres. Entre otras muchas cosas, veo que has aprendido a debatir, y eso me alegra. Pero estás embelesada por Dhuoda y por el mundo de Dhuoda, y en la Duquesa hay mucha oscuridad. Recuerda cómo decapitó a aquel hombre.

– Había intentado asesinarla. Y, además, luego se puso enferma. Está apenada y angustiada por lo que hizo.

– La angustia de la Dama Blanca viene de mucho antes… Viene de sus demonios interiores. Te aseguro que no es la degollina lo que la ha enfermado. ¿O acaso crees que ésa es la única muerte que lleva la Duquesa en su conciencia?

– Mientes.

– Pregunta a los criados.

– Lo que sucede es que estás celosa.

– ¿Celosa? ¿Por qué?

– Porque Dhuoda me prefiere a mí. Porque fray Angélico me prefiere a mí. Porque yo también empiezo a preferirlos a ellos.

– Exacto, ése es el problema. Te gustan demasiado. Careces de criterio frente a ellos. No ves la maldad que anida en sus capullos de seda.

– ¿Y a ti qué te importa lo que yo pueda ver? ¿Por qué tenemos que irnos? ¿Por qué siempre las dos? ¿Por qué estás conmigo? ¿Por qué no te marchas tú sola, si tanto te incomoda este lugar?

Los oscuros ojos de Nyneve relumbraron como brasas avivadas por un fuelle. Frunció el ceño y me miró con dureza. Sentí que me desnudaba, que me medía.

– Está bien -dijo al fin-. SÍ eso es lo que deseas, así se hará. Piénsarelo bien: sí me vuelves a pedir que me marche, lo haré.

Me encontraba tan irritada con ella que estuve a punto de volver a decirle que se fuera, pero conseguí morderme los labios a tiempo. Nos contemplamos en silencio unos instantes y luego Nyneve salió del cuarto y me dejó sola y atormentada por mí carga de rabia.

Desde entonces ha transcurrido la mañana entera. He leído un rato, he jugado con los perros de Dhuoda, he almorzado sola, en las cocinas, un poco de conejo estofado. Pero estoy malhumorada e inquieta, pensando en que debería hacer las paces. Al fin he decidido salir en su busca y llevo un buen rato recorriendo el castillo con errar intranquilo. Al cabo, la encuentro. Aquí está, frente a mí, partiendo leña al otro lado del patio de armas. Quisiera pedirle perdón, aunque las palabras raspan en mi boca: sigo llevando en el coleto una almendra amarga de rencor. Pero hago un esfuerzo y me acerco a ella.

– Lo lamento -mascullo oscuramente, incomodada por mi propio orgullo.

– ¿Qué lamentas?

Hago un vago gesto con la mano.

– La discusión… Todo.

Nyneve deja el hacha y se seca el sudor con la manga. Se sienta sobre un tronco y yo la imito.

– Soy muy mayor, mi Leo. Aunque no lo parezca. He vivido tantas vidas humanas como cabellos tengo en la cabeza. Antes, hace mucho tiempo, cuando era todavía joven y fogosa, compartí un sueño con otras personas. El viejo Myrddín era un mentiroso y un truhán, pero también era un bardo extraordinario, un narrador magnífico. Aunque sus historias sobre el rey Arturo no son verdaderas, la música de sus relatos sí lo es: la épica, la gloria, el esfuerzo de superación, el afán de justicia y de equidad, la fuerza de las mujeres, ¡a búsqueda del caballero impecable, el sueño de construir en este pobre mundo un reino perfecto. Recuerda que la Mesa Redonda era redonda para que ningún guerrero tuviera preeminencia sobre otro, y que todos ellos estaban sentados al mismo nivel que el Rey, porque ni siquiera Arturo poseía un poder absoluto: dependía del respeto y de la aceptación de sus caballeros. Así es el derecho normando, el derecho celta, en contraposición al derecho carolingio de nuestro despótico Rey de Francia. La Gran Carta normanda lo dice bien claro: "Existen las leyes del Estado, los derechos que pertenecen a la comunidad. El Rey debe respetarlas. SÍ las viola, la lealtad deja de ser un deber y los súbditos tienen el derecho a rebelarse». Cómo le gustaría este texto a nuestro amigo Brodel, el regidor de Beauville… ¿Cómo lo llamaba él? El poder del acuerdo y de las multitudes… Yo viví en mi juventud ese mismo sueño que ahora sueña Brodel. Y luego todo se deshizo, como un castillo de barro hecho por un niño bajo un aguacero. Todo se perdió y se borró, hasta el punto de que hoy algunos piensan que sólo son leyendas.

Nyneve calla durante unos momentos. Hace mucho frío en el patio de armas, pero su relato me interesa y no me atrevo a interrumpir.

– Ahora el mundo vuelve a vivir un momento de ilusión, un momento de renovación y de esperanza. Pero yo ya estoy muy vieja, Leo. Demasiado vieja para un tiempo tan joven. Hace mucho, cuando estaba en mis años y en mi fuerza, yo también deseé cambiar el mundo. Pero ahora me conformo con cambiar a una persona, a una sola persona. Es decir, con ayudarla a madurar y a ser mejor… Y tú, Leo, eres para mí esa persona. Pero tienes razón: puede que mi ayuda no te interese, e incluso puede que verdaderamente no te sirva para nada. Peor para mí, porque además te has convertido en mi única familia. En una vida de mudanzas, tú permaneces. De alguna manera, debo confesar que te necesito.

Sus explicaciones me conmueven. Siento que se me ablanda el corazón, que mi malestar y mi rabia se deshacen.

– Oh, Nyneve, yo también…

– Sssshhh, no digas nada. Las palabras emocionadas salen de la boca demasiado deprisa y suelen terminar diciendo cosas que no son del todo verdaderas. Y debemos ser respetuosos con las palabras, porque son la vasija que nos da la forma. Los tiempos crueles son siempre mentirosos y vienen preñados de palabras malas. El hacha del verdugo no cortaría y la hoguera de la intolerancia no quemaría si no estuvieran sustentadas por palabras falsas. Ya lo dice la Biblia: al principio fue el Verbo. Es la palabra lo que nos hace humanos, lo que nos diferencia de los otros animales. El alma está en la boca. Pero, para nuestra desgracia, los humanos ya no respetan lo que dicen. Escucha con atención a fray Angélico y descubre la ponzoña escondida en su verbo sedoso. Es como su maestro: a Bernardo de Claraval le llaman el Doctor Melifluo porque sus palabras son como miel. Pero las palabras no deben ser como la miel, pegajosas y espesas, dulces trampas para moscas incautas, sino como cristales transparentes y puros que permitan contemplar el mundo a través de ellas.

Volvemos a quedarnos en silencio. Está empezando a nevar. Copos muy blancos contra un cielo muy negro.

– En cuanto a la Duquesa… Ya conoces el viejo cuento de la rana y el alacrán…

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