Historia Del Rey Transparente
- Автор: Montero Rosa
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Historia Del Rey Transparente». Краткое содержание книги:
– ¡Sí, esa abominación de la escritura mercantes-cal -bramó el clérigo-. No sólo es una zafia y empobrecedora manera de escribir que no resiste comparación alguna con la belleza de la caligrafía carolingia, sino que, además, la popularización de esa mala escritura entre gente plebeya y sin fundamento no hace sino pavimentar el camino para el Maligno. ¿No os dais cuenta, maese Brodel, de que todos estos cambios que vos consideráis avances no son más que perversiones demoníacas, las pústulas visibles de una honda enfermedad espiritual? ¿No advertís cuan grave y peligroso puede ser poner ciertos conocimientos, aunque sean espurios y mediocres, al alcance de la plebe sin formar?
– ¿Y cómo se va a formar la plebe sí jamás se le permite el acceso a ningún conocimiento? -contestó Brodel con una voz contenida en la que vibraba un filo de ira.
– ¡Mi querido coadjutor! ¡No es cuestión de discutir! ¡Las cosas tampoco están tan mal como decís! -dijo, o más bien trompeteó, el redondo Morand-. ¡Vos tenéis vuestro hermoso latín para hablar con Dios y para tratar de los asuntos elevados! ¡Asuntos que nosotros, humildes comerciantes, no entendemos ni osamos entender! ¡Pero qué mal puede haber en apuntar la compra de una partida de paños con la escritura mercantesca! ¡Es sólo una herramienta! ¡Para simplificar la vida de las gentes comunes! ¡Es como lo de empezar el año en Pascua! ¡Es muy complicado, mi querido coadjutor! ¡Un verdadero lío! ¡Que si comienza a finales de marzo, que si comienza en abril, dependiendo de cuando caiga Pascua! ¡Así no hay manera ordenada de llevar los negocios! ¡Qué daño haría empezar siempre el año en el mismo día! ¡Hay quienes dicen que sería mucho mejor comenzarlo el uno de enero! ¡En la fecha gloriosa de la Circuncisión del Salvador!
– No decís más que barbaridades y blasfemias -barbotó Ferrán.
– Serenaos, por favor -intervino el regidor-. En cualquier caso, el problema no es el comercio, sino los excesos. Y para evitar los excesos existen las leyes comerciales. Sabéis bien que está prohibida la innovación de instrumentos y técnicas, para que nadie tenga ventaja sobre su oponente; la venta de artículos por debajo del precio fijado; el trabajo nocturno con luz artificial; el empleo de aprendices innecesarios; el elogio de las propias mercancías en detrimento de las de los demás, así como anunciar los artículos que uno vende mientras el comprador se encuentre en otra tienda…
– Por eso tenéis esas enseñas tan ridiculamente grandes en todos los comercios -dijo Dhuoda-. Contemplad esta plaza: encima de las puertas de las tiendas cuelgan zapatos de latón del tamaño de un hombre, panes en madera pintada tan desmesurados como ruedas de molino, martillos de hojalata hechos a la medida de un gigante. Apenas se puede caminar por vuestras estrechas y sucias calles con el abarrote de todas esas figuras recortadas… Sería mejor que permitierais que los vendedores vocearan sus mercancías. Por otra parte, eso es lo que hacen de todas formas: además de colgar sus distintivos, vocean. Vuestras famosas leyes son transgredidas a todas horas. Pero, naturalmente, qué se puede esperar de la ley de un plebeyo.
Brodel palideció:
– Sí, es verdad. Hacemos leyes que luego algunos incumplen. Pero gracias a esas leyes podemos aspirar a ser mejores. Los plebeyos sabemos que los hombres pueden ser buenos y malos. Todos los hombres. Y acordamos libremente normas de funcionamiento, e intentamos respetarlas, para potenciar nuestras virtudes y vigilar nuestras debilidades. Somos como el agua: necesitamos canalizarnos, para poder regar fructíferamente los campos y no derramarnos inútilmente. Los nobles, en cambio, se consideran por encima de toda norma. Creen encontrarse fuera del Bien y del Mal. Nadie puede juzgarles, y ellos a sí mismos no se juzgan. Habláis de las leyes de los plebeyos…, pero las leyes que los nobles dictan despóticamente sólo son un resultado de sus caprichos. Y sus veredictos son intocables e inapelables.
– Es natural que lo sean, porque nuestra autoridad emana de Dios. Si Dios hubiera querido que los plebeyos mandaran, no os habría creado plebeyos, sino nobles. Esto es algo tan evidente que no sé cómo os atrevéis siquiera a discutirlo -dijo Dhuoda mordiendo las palabras.
– Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. Al hombre en singular, que es como decir a todos los hombres. Que yo sepa, no creó a un duque y luego a un siervo. Todos somos iguales a los ojos del Señor, ése es el mensaje de Jesucristo.
– ¡Mi Señora! ¡Brodel! ¡Por favor! ¡Mi Graciosa y Magnánima Dama! ¡Por favor! ¡No prestéis atención a los excesos de nuestro regidor! ¡Él no sabe lo que está diciendo! ¡Es un polemista! ¡Siempre se lo digo! ¡Pero Beauville está a vuestros pies como siempre, mi Señora! ¡Y Brodel también, en cuanto cierre la boca! -farfulló el alcalde, nerviosísimo, frotándose con desesperación sus regordetas manos.
– Contemplad esta ciudad, mi Señora. Somos libres -siguió diciendo Brodel-. Todos los ciudadanos eligen cada año a cien pares. Y estos cien pares eligen a veinticuatro jurados, doce regidores y doce consejeros, y a tres candidatos, entre los que el Rey designa a! alcalde. Los regidores administramos la ciudad y somos el tribunal de primera justicia. Nos comprometemos a no aceptar dinero ni regalos de los litigantes, pero, como somos hombres y, por consiguiente, también tenemos nuestra cuota de maldad, eso a veces sucede. Ahora bien, al regidor que ha aceptado soborno se le arrasa su casa y se le excluye para siempre de los cargos públicos; y al reo que ha sobornado, se le dobla la pena. Con esto quiero deciros que nos esforzamos por hacerlo bien. Que intentamos legislar incluso contra nosotros mismos, es decir, contra aquello de malo que pueda haber en nosotros. Es otra forma de poder, mi Señora. El poder del acuerdo y de las multitudes. Es como lo que sucede en las cofradías. Los nobles poseen sus órdenes de caballería, pero nosotros tenemos nuestras cofradías. En cada ciudad existen decenas, y los hombres se adhieren a ellas por su propia decisión, sin coacciones de ningún tipo. Las cofradías cuidan de los miembros enfermos, sostienen económicamente a las viudas, educan a los huérfanos, defienden a los asociados ante la arbitrariedad del noble. No disponemos de espadas, como los guerreros, pero somos muchos, nos cuidamos los unos a los otros y estamos juntos por nuestra propia voluntad. Y eso nos hace fuertes. Esto que estáis viendo es el verdadero mundo, Duquesa. Dentro de poco, los nobles languidecerán encerrados en sus castillos, como caracoles resecos olvidados en su caparazón.
Hubo un instante de silencio, tenso y ominoso.
– Puedo hacer que te descuarticen mañana -siseó Dhuoda.
– No, no podéis. Y vos lo sabéis. Tendríais que presentar un cargo contra mí lo suficientemente grave, y recurriríamos a la justicia real. Ya no podéis hacer esas cosas…, mí Señora.
– ¡Válganos Dios! ¡Tomemos una limonada! ¡Un poco de sidra! ¡Qué disgusto! -graznó Morand.
Dhuoda cerró los ojos. No quiere estar aquí, pensé; no quiere reconocer que todo esto sucede. Cierra los ojos para borrar el mundo, porque está acostumbrada a que su voluntad dé forma a las cosas. Un instante después, cuando la Dama Blanca alzó de nuevo sus espesas pestañas, su mirada ardía de malicia.
– Hablando de la justicia real, mi querido regidor… -dijo sonriente-. Sin duda conocéis perfectamente las leyes suntuarias del Reino, ¿no es así? Pues bien, yo diría que en esta ciudad no las cumplís…
– ¡Pe… pero! ¡Mi Señora! -se inquietó Morand.
– Vamos a ver, vamos a ver… No las recuerdo muy bien, pero, si no me equivoco, las mujeres de los comerciantes no pueden llevar vestidos multicolores ni listados. Ni pueden usar brocados, terciopelos floreados o tejidos con plata y con oro… Y mirad esta mesa, mi querido regidor, mi querido alcalde… ¿No veo allí un justillo carmesí listado de plata? Digno de una dama, desde luego… Pero ¿no es ésa vuestra esposa, mi querido Morand? Vaya por Dios, qué casualidad. Y qué confusión: mirad aquella otra mujer, con la falda de brocado… Y la de más allá. Cuánto atrevimiento indumentario hay en Beauviíle… Así no hay manera de distinguir al rico del pobre, al criado del amo… Me temo que me veo obligada a exigiros que toméis medidas y que hagáis cumplir las leyes como es debido. Llamad a los alguaciles, alcalde.
Las palabras de la Dama Blanca cayeron sobre Morand como latigazos. Pálido y sudoroso, con la boca abierta y los mofletes temblando, parecía un reo condenado al suplicio. Fue Brodel quien mandó avisar a los alguaciles, puesto que el alcalde no reaccionaba. El regidor se encargó de todo con una sonrisa desafiante y amarga: luego me enteré de que estaba viudo y que, por lo tanto, no tenía esposa a la que desairar. Las demás mujeres de la mesa tuvieron que abandonar el banquete y dirigirse a sus hogares a cambiarse de vestimenta; y los alguaciles recorrieron casa por casa la ciudad requisando todas aquellas prendas que incumplían las leyes suntuarias. Emplearon en semejante menester toda la tarde, y los demás aguardamos sentados a la mesa en un silencio atroz e insoportable del que, sin embargo, Dhuoda parecía disfrutar. Al cabo de un tiempo amargo, cuando el sol ya caía, regresaron los alguaciles con el botín de su triste cosecha: brazadas de vestidos multicolores, sombreros picudos ornados de armiño, capas de terciopelo. Hicieron una pira en mitad de la plaza, untaron el hato con brea y resina y le prendieron fuego. Mientras el humo apestoso se elevaba al cielo, pude escuchar lamentos y exclamaciones airadas. La Duquesa esperó hasta que todo el montón fue una bola de llamas, y luego sonrió graciosa y livianamente:
– Gracias por el almuerzo. Y por la conversación Ha sido un día precioso.
Dicho lo cual se levantó, ligera y danzarina, y se marchó de la plaza con tanta premura que los demás tuvimos que correr para ir tras ella. Así terminó esa jornada nefasta.
Esta mañana, Dhuoda todavía seguía de buen humor. Puertas y ventanas se iban cerrando con violencia a nuestro paso, las gentes con las que nos cruzábamos se volvían ostentosamente y nos daban la espalda, la ciudad entera palpitaba de odio contra nosotros, pero todas estas señales de furor no lograron borrarle la sonrisa. Cuando llegamos al entarimado donde se celebran los espectáculos, nos encontramos a Morand ataviado con un sayo informe, triste y áspero, de color marrón oscuro. Recordando su refulgente indumentaria de los pasados días, se me escapó la risa.