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Historia Del Rey Transparente

Электронная книга - «Historia Del Rey Transparente». Краткое содержание книги:

En sus andanzas por los burgos y los campos de Francia, Leola se topa con un enigma tr?gico: trovadores, muchachas o vecinos inician el relato de la historia del Rey Transparente y caen fulminados tras unas pocas frases. Nyneve, que parece estar al tanto del enigma, reacciona siempre con furia ante la sola menci?n del nombre de ese rey misterioso. El acertijo s?lo lo conocer? el lector en las ?ltimas p?ginas: se trata, en realidad, de una f?bula moral que resume la filosof?a de toda la novela.
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Aquí están asimismo varios de los hijos de Leonor y del rey Enrique. Los dos con quienes tenemos más trato, porque participan en las reuniones y los juegos, son Godofredo, un brioso muchacho de catorce años, y Ricardo, que es el favorito de la Reina, hasta el punto de que a los doce años le nombró duque de Aquitania. Ahora Ricardo tiene quince y es el que más semejanzas guarda con Leonor, tanto en su físico trigueño y espigado de deslumbrantes ojos como en su talante y su inteligencia. Como guerrero es formidable: le he visto ejercitarse y desconoce el miedo. Es un joven tan templado y prudente, tan valeroso y magnánimo, que se ha ganado el sobrenombre de Corazón de León. Lamento que mi Maestro no pueda conocerle: sé que es el modelo de caballero que quiso inculcarme.

Nos encontramos en la sala octogonal de los faisanes, llamada así por sus pinturas de aves. Es una de las estancias preferidas de Leonor y suele escogerla para sus reuniones, sus animadas discusiones y sus juegos. Bebemos limonada e hipocrás en altas copas talladas, y hay fuentes de plata a nuestro alcance con dulces venecianos de jengibre, galletas de frutas, grosellas hervidas en miel y servidas encima de barquillos. Como hoy es miércoles, toca Corte de Amor. Las Cortes de Amor son una invención de la Rei na; una vez a la semana, alguien presenta un caso amoroso especialmente complicado y peliagudo. Se debaten abiertamente los aspectos positivos y negativos de la historia, y al cabo Leonor falla a favor o en contra. Hoy ha presentado el caso André le Chapelaín, que es uno de los sacerdotes de la corte, un varón menudo y atildado que recuerda más a un trovador que a un clérigo. André está escribiendo un libro a instancias de María de Champaña. Se titula El Arte de Amar y algunas tardes nos ha leído unos cuantos fragmentos, que han sido acogidos por las damas con caluroso deleite. Dicen que está inspirado en un tal Ovidio, un autor del mundo antiguo al que no he leído y, si no he entendido mal, habla de la mezquindad del matrimonio, que no es sino un comercio de riquezas y títulos, frente a la pureza del amor verdadero, que es aquel que brota libremente entre una dama y un caballero, sin mediar intereses ni linajes, como una llamarada de espiritualidad. Al principio me resultó chocante que un religioso sostuviera semejantes ideas, pero ahora he entendido que ese pensamiento es el eje en torno al que gira la corte de Leonor y quizá muchas otras cortes regidas por las damas. Me lo explicó Nyneve:

– Lo que aquí se enaltece es el Fino Amor, la pasión sublime, un movimiento del alma.

– Pero la pasión está en el cuerpo, ¿no es así? Bueno, yo de esto no sé mucho, pero he visto a mis padres, a mis vecinos… Y aunque soy aún doncella, alguna vez he amado. Y lo he sentido en la piel y en las tripas -contesté.

– Estás en lo cierto, porque el cuerpo es lo real. Pero el Fino Amor es el ideal. Y es un ideal poderoso, a fe mía. ¿Sabes ese temblor de corazón que alguna vez se experimenta en los atardeceres especialmente hermosos, cuando el mundo está en calma y tu estómago lleno, pero notas como un hambre insaciable dentro de ti? ¿Una necesidad de algo más grande y más hermoso? ¿Cuando el alma se te sale por la boca y ansia buscar la perfección?

– Ansía buscar a Dios.

– Exactamente. El Fino Amor consiste en cambiar ese anhelo de Dios por la emoción espiritual de la pasión entre una mujer y un hombre.

– Pero eso es una blasfemia. Una herejía.

– No tanto, no tanto. Lo único que hace el Fino Amor es ensanchar un poco el espacio reservado para la pequeña vida humana… Porque no estamos hablando sólo de amor. Es una idea que lo penetra todo. En realidad, la pasión amorosa les embarga el alma con e! impulso o el afán de ser mejores. ¿No te has dado cuenta de lo diferente que es la corte de Leonor? Los partidarios del Fino Amor son también partidarios de la música, de las artes, de la literatura, de la escritura. Del refinamiento social y la preponderancia de las damas. Prefieren la negociación a la espada, los hombres libres a los siervos, la tolerancia a la hoguera. Pese a sus excesos cortesanos y a su frivolidad, el Fino Amor no es más que un estandarte, mi Leo. Es una de las banderas de los nuevos tiempos.

Nyneve debe de tener razón. En la corte de Leonor, tan alegre y superficial, se valora sin embargo la brillantez, la inteligencia, la originalidad. Es un entorno que te obliga a pensar. Y hoy, en la Corte de Amor, tenemos que pensar en la historia de Jaufré Rudel, príncipe de Baya. Los casos de las Cortes, según me dicen, suelen ser abstractos e inventados. Pero en esta ocasión André le Chapelain ha propuesto una peripecia real. Jaufré contempló un medallón de la condesa de Trípoli y se enamoró de ella, aunque jamás la había visto en persona. Para poder conocerla, se hizo cruzado y embarcó hacia Tierra Santa. Pero enfermó en e! viaje poco antes de llegar al puerto de Trípoli. Los hombres de Jaufré le dejaron agonizante en la orilla y fueron en busca de la Condesa, que era mujer casada y no tenía la menor idea de la pasión que había despertado en el caballero. Informada del asunto, la dama corrió al lecho del enfermo y llegó justo a tiempo, pues el Príncipe pudo expirar en sus brazos. Entonces la Conde sa enterró a su amado en la Orden del Temple, y después abandonó su hogar y se encerró para siempre jamás en un convento.

– Es una historia muy bella, Chapelain. Poco habremos de debatir en esta ocasión -dice Isabelle de Vermandois, sobrina de Leonor.

– Aun así, habrá que presentar todos los aspectos del caso. Y su dificultad aumenta el reto -responde la Reina.

– Yo diría que Jaufré fue, como poco, hombre de escaso juicio y menor prudencia -argumenta Ermengarda, vizcondesa de Narbona y una de las damas más queridas de Leonor-. Se enamoró de la Condesa con la sola visión de una miniatura, esto es, se prendó de su físico, sin saber de los dones de la dama, de sus virtudes, su talento o su inteligencia. No veo en ello amor espiritual, sino todo lo contrario: un empecinamiento en lo carnal bastante estúpido, puesto que ni siquiera conocía al modelo.

– Pero no, mi querida Vizcondesa… Sin duda no fue la carnalidad lo que le atrajo, sino ese algo único, excelente y etéreo que debió de atrapar en su retrato el artista. Uno no cruza el mundo y se pone en peligro de muerte sólo por un cuerpo que ni siquiera conoce. Sin duda hubo un deslumbramiento de amor verdadero, un reconocimiento de las virtudes de la dama, bien reflejadas por el maestro pintor -dice acaloradamente la joven Isabelle.

– Entonces, ¿por qué no se enamoró del pintor, puesto que la belleza que lo cautivó procedía indudablemente de su pincel? -dice María de Champaña-. Yo me siento más próxima a lo que ha dicho Ermengarda. Jaufré fue un imprudente y un inocente, porque todos sabemos lo mucho que suelen engañar los medallones. Y fiado tan sólo de eso, de un poco de pigmento sobre marfil, emprendió un viaje alocado en busca de una mujer de la que lo ignoraba todo. Bien pudo haberse enamorado igualmente de uno de los frescos de su palacio.

– No sé si hemos enfocado el caso de manera atinada. A mi modo de ver, la fidelidad o no del maestro pintor importa poco -interviene Leonor: y todo el mundo calla, atento y expectante-. Creo que es evidente que Jaufré era capaz de amar de manera espléndida. Tal vez llevó ese tesoro de amor en su corazón durante toda su vida, a la búsqueda de la dama adecuada que lo mereciera. La visión del medallón desencadenó el milagro, e importa poco que el retrato fuera fiel o no lo fuera, porque en cualquier caso el sentimiento de Jaufré era real. Pues ¿qué es el amor, sino la idea misma del amor? Y tanto más puro cuanto más despojado de las mezquindades terrenales. El puro amor del Príncipe le hizo cambiar de vida, abandonarlo todo y lanzarse a un viaje incierto a tierra de infieles. Ni siquiera podía estar seguro de si la Condesa respondería a su presentimiento, y esto, desde mi punto de vista, agranda más su gesto, que es la entrega absoluta al ideal amoroso, contra toda razón, toda comodidad, toda seguridad y conveniencia. Podría haberle salido mal; la Condesa podría haber sido una dama insustancial e incapaz de sentimientos profundos, pero, aun así, eso no habría rebajado la nobleza del comportamiento de Jaufré.

Calla la Reina y mira alrededor, esperando sin duda que alguien la contradiga. Pero todo el mundo guarda silencio.

– Deduzco que estáis de acuerdo… Esto en lo que se refiere a Jaufré. ¿Y qué hay de la Condesa?

– Bueno, destruyó su hogar al meterse al convento, abandonó a su marido y a sus hijos por un hombre al que apenas había visto. Aunque debo confesaros, mi Reina, que esto lo digo sólo por el afán de debatir, porque ella me gusta -vuelve a decir Ermengarda con un mohín gracioso.

– Ciertamente era una mujer templada y capaz de los sentimientos más profundos… Se enamoró de la idea del amor que Jaufré depositó en sus brazos mientras moría. Después de un regalo de tal magnitud, después de una experiencia tan intensa y tan pura, la Condesa no pudo regresar al empobrecimiento y la rutina de su pequeña vida cotidiana. Eso da una idea de su fortaleza espiritual. En verdad es un relato muy bello, Chapelaín. Una historia equilibrada. Él ama en la distancia y la ausencia hasta matarse, y después de su muerte ella recoge ese amor y renuncia a su vida para conservarlo. Podríais escribir un hermoso tai sobre el tema, María -dice la hija de Leonor con un guiño a la otra María, la de Francia.

– Está bien. Entonces todos opinamos lo mismo -resume la Reina -. Fallo, por consiguiente, que la conmovedora historia del príncipe Jaufré y la condesa de Trípoli es un elevado ejemplo del Fino Amor.

Las Cortes de Amor no son el único juego que se juega en Poitiers, ni tampoco el único que han inventado. Por ejemplo, hay otro que consiste en componer versos más bien atrevidos y dirigidos a una persona determinada, escribirlos en rollitos de pergamino y luego leerlos en voz alta, mientras los presentes intentan adivinar de quién se está hablando. Yo odio este entretenimiento porque me veo obligada a participar, y temo mi incultura y mi fea letra. Prefiero el juego de la verdad, donde uno de los presentes plantea a los demás preguntas inconvenientes, en cuyas respuestas no se puede mentir. Claro que yo siempre miento, puesto que me hago pasar por varón. En fin, me han dicho que antes había un pasatiempo muy divertido, llamado El Peregrino, en el que alguien encarnaba a San Cosme y los demás le presentaban ofrendas cómicas e intentaban hacerle reír, para que perdiera; pero la Iglesia lo prohibió, porque algunos, para hacer reír al santo o a la santa, le cosquilleaban y manoseaban demasiado.

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