Historia Del Rey Transparente
- Автор: Montero Rosa
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Historia Del Rey Transparente». Краткое содержание книги:
Además de estos juegos, en Poiuers siempre resuenan la música y los cantos, siempre repiquetean bien calzados pies en deliciosas danzas. La corte de Leonor no para nunca y todos parecen disfrutar. Todos, menos fray Angélico, que suele removerse incómodamente sobre su asiento y torcer el gesto. Ahora mismo se ha comportado así, durante la Corte de Amor del príncipe Jaufré. Su actitud displicente es tan obvia que la misma Reina parece haberse dado cuenta.
– Me parece que no os gustan mucho nuestros inocentes pasatiempos, fray Angélico -dice Leonor.
– Disculpad, mi Reina. Lo cierto es que me siento enormemente honrado con el solo hecho de gozar de vuestra presencia -responde el religioso con una pequeña reverencia.
– Dejaos de pamemas cortesanas, mi querido fraile. Sabéis bien que aquí nos complacen la sinceridad y el debate. Decidme, ¿qué os ha parecido nuestra Corte de Amor?
– Majestad…
– Hablad claro y sin miedo, os lo ruego.
Fray Angélico levanta la cabeza y pasea por la concurrencia una mirada orgullosa que traiciona su supuesta sumisión.
– Pues bien, mi Reina, pienso que es un tiempo, una inteligencia y un esfuerzo totalmente desperdiciados en un debate absurdo e insignificante. Judicium rationis per nimium amorem.
Leonor sonríe dulcemente.
– Que quiere decir «perder el juicio por amores nimios». Ya veo. Consideráis que es mejor emplear toda esa energía en debates más sustanciales, como, por ejemplo, los asuntos religiosos.
– Evidentemente sí, Majestad.
– La semana pasada asistí a un interesante debate entre mis clérigos de Poítiers donde se discutía sobre el pecado de la carne y sus grados. Puesto que la única justificación moral de la coyunda es la procreación, mis hombres de la Iglesia se preguntaban: ¿qué es mayor pecado, procrear fuera del matrimonio, o yacer con tu esposa pero sólo por deseo carnal, evitando los hijos? ¿O es peor aún ayuntarse con la esposa cuando se encuentra embarazada, o cuando a ella, por la edad, se le ha retirado ya la sangre? ¿El matrimonio casto es mejor que el matrimonio con hijos? Por otra parte, si el matrimonio es un sacramento, ¿por qué el gozo es pecado? ¿Y cuánto hay de pecaminoso en el hombre que yace con su esposa, pero encendido y tentado mentalmente por otra mujer? Se pasaron con estas y otras cuestiones toda la tarde. ¿Os parecen lo suficientemente profundas? ¿Es para vos un debate menos absurdo que los nuestros?
– Mi Reina, sois una dama de elevada cultura e inteligencia y sin duda sabéis que no todos los religiosos poseen una formación adecuada… Por otra parte, esta discusión que me habéis relatado quizá no os parezca demasiado fina ni sustancial, teológicamente hablando, pero aun así sin duda posee mucho más sentido que vuestro juego, porque intenta delimitar el campo moral de nuestras vidas y responder a las dudas inocentes del vulgo.
– Mi apreciado fraile, yo también he escuchado problemas teológicos muy curiosos que en verdad no acabo de entender -interviene Ricardo Corazón de León, que es joven pero audaz-. Como, por ejemplo, la cuestión de la Visión Beatífica… Al parecer, la Iglesia no tiene claro si las almas de los bienaventurados contemplan la faz de Dios nada más morir y llegar al Cielo, o si tienen que esperar hasta el Juicio Final… Y en este debate tan ajeno a la vida de los hombres se empeñan agriamente muchas mentes instruidas…
– Lo cual es natural, Duque -interviene Nyneve-. Si lo pensáis un momento, es lógico que el tema les preocupe, porque del resultado de la discusión depende un gran negocio, que es el de la venta de reliquias. Las reliquias de los santos sólo tienen valor si el bienaventurado en cuestión puede interceder por ti ante Dios cara a cara en este mismo momento. SÍ no, ¿para qué adquirirlas?
Fray Angélico ha enrojecido violentamente y yo vuelvo a sentir miedo por Nyneve. Y un poco de vergüenza, por su empeño en decir siempre cosas inconvenientes.
– Ah, sí, las famosas reliquias… -interviene Leonor con risa cantarina-. Habréis de reconocer que algunas son francamente curiosas… Una botellita de leche de la Virgen, un fragmento del pañal de Jesús… Casi me siento tentada a darles la razón a los cátaros, cuando dicen que todo eso es superchería pagana…
– Majestad, no digáis esas cosas ni como una chanza, os lo ruego. La secta de los cátaros o albigenses es uno de los mayores peligros que tiene en estos momentos la Cristiandad -contesta fray Angélico con voz ronca.
– Lo sé, lo sé, no os preocupéis por eso, no voy a hacerme catara como mi vecino, el conde Raimundo de Tolosa… Nunca nos hemos llevado bien el Conde y yo, vos lo sabéis. Que ese pensamiento no os inquiete, porque me siento muy contraria a cualquier secta. Sin embargo, justo es reconocer que el mundo está cambiando, y que los cátaros ganan tantos adeptos porque sostienen ideas que mucha gente piensa, aunque luego ellos las desvirtúen de manera perversa hasta la herejía. Si queréis combatir de verdad a los albigenses, es menester responder a las aspiraciones del pueblo, para dejarles así sin argumentos. Como el tema de la pobreza evangélica… La gente se escandaliza ante el lujo ostentoso de la Iglesia. Hay una necesidad de volver a la pobreza, a la simplicidad y la pureza de Jesucristo y de los primeros cristianos. Que es lo que aseguran hacer los albigenses.
– Mi Reina, la Santa Madre Iglesia nunca ha abandonado esa pureza. Ahí tenéis a Francisco de Asís y a Domingo de Guzmán, que acaban de formar las órdenes mendicantes con el beneplácito y la bendición amorosa del Santo Padre. Y ellos también practican la pobreza, pero de verdad y dentro de la auténtica fe, y no insidiosamente y amparados por el Maligno.
– Sí, en efecto, los franciscanos y los dominicos…, unos religiosos conmovedores. Pero lo que no acabo de entender, fray Angélico, es que el Santo Padre haya autorizado ahora las órdenes mendicantes, y que en cambio persiguiera y quemara hace treinta años a Pedro de Valdo y a los valdenses, que proponían lo mismo, si no me equivoco… Se diría que Francisco y Domingo han sido autorizados sólo porque existen los cátaros y como una contestación o una maniobra de la Iglesia ante las críticas de la secta albigense…
La ira tensa el musculoso cuerpo de fray Angélico. Veo sus puños apretados, sus pálidos nudillos.
– La Iglesia no necesita que ninguna secta demoníaca le señale el camino de la fe. Os recuerdo, Majestad, que el Sumo Pontífice es el representante de Cristo en la Tierra. Y su palabra es infalible en lo tocante al dogma. Y perdonadme, pero sí, os equivocáis. Con todos los respetos, debo deciros que opináis sin conocimientos suficientes. Los valdenses eran unos herejes. Ni siquiera una soberana de vuestra sabiduría y magnitud debería hablar con tanta ligereza sobre temas tan graves. Y si vos os equivocáis, mi Señora, siendo como sois la primera entre todas las damas, ¿cómo no va a equivocarse el pueblo? Esas exigencias que vos decís que el vulgo plantea no son sino desviaciones de la fe, desfallecimientos espirituales, tentaciones demoníacas.
Un rumor de desagrado ha empezado a extenderse por la sala ante la acritud de las palabras del fraile. Pero Leonor sigue sonriendo cálidamente.
– Muy bien, fray Angélico. Me complacen vuestra sinceridad y vuestro arrojo. Seguramente estáis en lo cierto y yerro al hablar de asuntos religiosos: no puedo competir con vos en sabiduría teológica. Pero permitidme que os diga que vos también os equivocáis al juzgar las cuestiones del mundo; porque de los asuntos sociales, mi querido fraile, una reina sabe mucho más. No despreciéis tan a la ligera el empuje y las opiniones del pueblo: ése es un error que muchos soberanos han pagado con su cabeza. Y más ahora, en estos tiempos en los que se diría que el vulgo está adquiriendo una preponderancia que jamás ha tenido. ¿Habéis visto las nuevas iglesias? Los maestros pintores, los maestros escultores están empezando a firmar sus obras, cuando nunca jamás antes conocimos sus nombres… Los plebeyos comienzan a estar orgullosos de ser quienes son. Hay un afán inusitado de controlar la propia vida y de disfrutarla, en oposición al perpetuo mensaje de resignación y mortificación que difunde la Iglesia. No sé si os habéis fijado en la nueva moda en la pintura…, ahora los artistas pintan escenas en las que puedes ver el aire detrás de las figuras. Perspectiva, me dicen que se llama. Perspectiva… ¿sabéis qué significa? Que las escenas se representan como observadas desde el punto de vista de un solo individuo. Eso es lo que ansían hoy los hombres: contemplar el mundo entero, e incluso dirigirlo, desde sus propias vidas… El vulgo no es dócil. Nunca lo fue, pero ahora mucho menos. Y, para sobrevivir, hay que saber adaptarse a los nuevos tiempos. Otorgando cartas de libertad a los burgos, por ejemplo.
__Majestad, yo… -interrumpe la Dama Blanca
con nerviosismo-. Os ruego que me disculpéis, pero yo pienso que manumitir los burgos es un error… Ceder poder a los plebeyos sólo nos debilita y pervierte gravemente la estabilidad y el orden de las cosas.
– MÍ pequeña Dhuoda, hace veinte años yo hubiera dicho exactamente lo mismo que vos ahora decís… __contesta Leonor-. A vuestra edad yo tampoco era partidaria de estas medidas. Pero soy vieja, y la edad enseña, si no mata. El tiempo es un río, y las mudanzas que las épocas traen son como las crecidas ocasionales de la corriente. Es imposible parar el curso del agua: sí intentas detenerla, te arrastrará. Pero sí podemos encauzar el caudal para que no nos inunde, e incluso para utilizar su empuje en nuestro provecho. Prefiero ser molinero que ahogado, ¿comprendéis, Duquesa? Los burgos liberados trabajan mejor, pagan beneficios, crean menos problemas, participan con hombres y dinero en los conflictos armados… y son mucho más leales a sus antiguos señores. Pero hoy la tarde se ha puesto horriblemente seria. ¡Estoy agotada de tanta profundidad y tanto debate! Creo que voy a descansar un poco. Podéis retiraros.