Historia Del Rey Transparente
- Автор: Montero Rosa
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Historia Del Rey Transparente». Краткое содержание книги:
– El alacrán que le pide a la rana que le deje montar sobre sus hombros para pasar el río, y que, cuando es-tan en la mitad de la corriente, le clava el aguijón…
– Eso es… Y la rana, agonizante, le dice: «¿Por qué lo hiciste, loco? ¡Ahora tú también re ahogarás!». Y el alacrán, hundiéndose ya en las aguas, contesta: «No lo pude evitar. Es mi naturaleza». Sólo te digo esto, Leo: ten cuidado con la naturaleza de Dhuoda.
A veces las discusiones son tan profundas que dejan por detrás un rastro indeleble. Son como esas tablillas de cera negra en las que Nyneve me ha enseñado a escribir: en ocasiones, sobre todo al principio, mi torpeza en el manejo del punzón hizo que arañara la madera. Y eso no tiene remedio: puedo volver a extender cera virgen sobre la superficie, pero la tablilla está astillada. Siento algo parecido en mi trato con Nyneve. Me alegro de haber hablado con ella el otro día en el patio de armas; me conmovieron sus palabras y se deshizo el resquemor que me asfixiaba. Pero por debajo de la cera nueva, perduran aún las punzantes astillas.
Sé que le debo mucho. Aun así, exagera. Sabe infinidad de cosas, desde luego, pero, en ocasiones, sus pretensiones de gran bruja me sacan de quicio. En el año largo que llevamos aquí he aprendido mucho: ya no me quedo boquiabierta ante todo lo que cuenta. No voy a decir que sea una chiflada, como aseguraba aquella Vieja de la Fuen te, pero tampoco tiene siempre la razón. Sigo pensando que está un poco celosa. Que se aburre aquí, porque se ve poco apreciada y sin lugar. Comprendo que ella quiera irse, pero yo no quiero. Me gusta este castillo, disfruto de esta vida deliciosa. Fuera ruge el invierno y los hielos muerden con dientes que matan. Pero el castillo de Dhuoda es un refugio, un pequeño paraíso, como Avaíon. Acudo todos los días a la alcoba de la Duquesa. Que está pálida y lánguida, postrada en el lecho. No quiere ver a nadie, pero a mí sí. A veces, cuando se siente mejor, jugamos un poco al ajedrez. A veces le cuento historias bellas que he aprendido en sus libros. Y a veces está tan triste que no desea hablar ni que le hablen, y me quedo junto a ella, acompañándola en silencio durante largo rato. Le gusta mi presencia. Nyneve no conoce bien a la Duquesa; no entiende su refinamiento, su delicadeza. No es un alacrán, sino una paloma que a veces se disfraza de gavilán.
– Ah, mi joven Leo, estáis aquí…
Fray Angélico ha entrado en la biblioteca y su sonrisa ilumina la penumbra. El corazón me da un salto en el pecho: es tan buen mozo. Siento que mis mejillas se encienden y finjo ajustarme las botas para ocultar el rubor. Algún día acabaré por delatarme. El fraile se aproxima a mí. Huele a hierbas, a romero, a áspera carne de varón. Un olor poderoso y embriagante.
– Decidme, amigo mío, ¿os habéis ejercitado con las armas también esta mañana, a pesar de la nieve?
– No, esta mañana no -balbuceo.
Fray Angélico me mira desde su altura. Ojos negros que abrasan. Y los sonrientes labios tan carnosos, un nido de delicias entre la barba. Me observa de tal modo que temo que me haya descubierto. Está cerca, muy cerca. Extiende la mano y me palpa el antebrazo.
– Sois delgado, pero fuerte.
Siento el calor de sus dedos a través de mis ropas. Qué deleitoso brinco de los sentidos. Una parte de mí ansia que me siga agarrando. Sí, quiero que me agarre más. Quiero que me apriete entre sus brazos hasta dejarme sin aliento. Lo peor es que esa parte ardiente de mí misma desea delatarse. Me susurra al oído: ríndete, entrégale la piel y después todo el cuerpo. ¿Qué podría suceder? Él es fraile y ha hecho votos de castidad. Pero también los ha hecho de pobreza, y viste como un duque y vive como un rey. Suspiro, hago acopio de toda mi voluntad, me suelto de su mano con un pequeño tirón y doy un paso atrás. Es un esfuerzo que duele, como si me escociera la carne.
– Venía a buscaros porque la Duquesa quiere veros. Creo que se encuentra mucho mejor -dice el religioso.
Corro por el castillo, o más bien huyo, hacia las habitaciones de Dhuoda. Mis botas de gamuza apenas hacen ruido y mi cuerpo necesita esta carrera violenta. Llego a la alcoba toda arrebolada y sin aliento. Llamo a la puerta y entro sin esperar respuesta.
– Ah, Leo, pasa, pasa. Siéntate a mi lado.
La Dama Blanca está distinta. Es decir, vuelve a parecerse a la de siempre. Todavía se la ve más pálida de lo habitual, y demasiado delgada. Pero se encuentra sentada en la cama, con un espejo en la mano y un plato de almendras y orejones junto a ella.
– Esta mañana me he despertado y, para mi sorpresa, no he deseado estar muerta. Me parece que lo peor ha pasado, mi Leo.
– Es una gran noticia, Duquesa -digo entre jadeos.
– ¿Has venido corriendo? Qué encantadora…
Dhuoda alarga la mano y me acaricia la cara suavemente con la yema de su delicado dedo índice, empezando por la sien y descendiendo hacia la barbilla. Cuando alcanza mi quijada, gira un poco el dedo y continúa su camino apretando contra la piel su afilada uña. Su aguijón de alacrán. Pero no, es un mínimo escozor, apenas una ligera molestia. No me muevo mientras me marca con el leve arañazo. Es su sello ducal de posesión. Sin duda está curada.
Dhuoda se recoloca en las almohadas, satisfecha. Sonríe, y yo también.
– Muy bien, mi hermosa guerrera… Nieva, pero también ha pasado ya lo peor del invierno… Cuando llegue la primavera iremos a Poitíers, a la corte de la Reina, a ver el Gran Torneo. Te lo prometí y te lo has ganado. Ya verás, mi Leo: será muy divertido.
Conoceré a la gran Leonor, conoceré al maravilloso Chrétien, entraré en la corte más importante y exquisita de la Cristiandad. La alegría aletea en mi pecho como un pájaro libre. Nyneve no sabe lo que dice. No me quiero marchar. Y no nos iremos.
Debió de ser bellísima. Aún lo es, aunque ha tenido diez hijos y es asombrosamente mayor. Unos cincuenta años, dice Nyneve. No lo parece. No usa afeites, o si los utiliza no se le notan.
– Lleva teñidas de negro cejas y pestañas y se ciñe un justillo muy prieto para marcar el talle -puntualiza Dhuoda, tal vez con cierta envidia.
Más que delgada, la reina Leonor es flexible y ondulante, como un junco mecido por el agua. Tiene el peto trigueño, entreverado de canas que apenas se perciben en el espesor de su cabellera. La piel de color dorado claro, sin manchas ni emplastos. Las manos largas y afiladas, de dedos aleteantes. Le falta un diente de la parte de arriba, pero los demás son regulares y blancos. Finas arrugas enmarcan su delicada boca y, cuando ríe, las mejillas se le pliegan en lo que antaño debieron de ser hoyuelos. Pero su expresión sigue siendo joven y vivaz. Cuando está distraída y ausente, con la mirada baja, la ruina de los años parece alcanzarla y casi representa su verdadera edad. Pero en movimiento, hablando, sonriendo y sobre todo mostrando el esplendor de sus ojos color miel, intensos y curiosos, inolvidables, toda ella se transforma en un ser luminoso del que resulta imposible apartar la mirada. Es tan hermosa como el fuego, y tan cambiante.
– Nunca olvidaré lo que hizo por mí cuando murió Puño de Hierro. Aunque no me conocía, ella me liberó de mi encierro y me protegió -dice la Duquesa -. Claro que actuar de esa forma le convenía, porque dividía la herencia de mí esposo y rebajaba así la fuerza del ducado, además de conquistar conmigo una vasalla leal. Pero se lo agradezco de igual modo, porque no todo el mundo es capaz de aunar lo bueno y lo útil.
– En efecto, mi Señora -interviene Nyneve-. Esa habilidad de la Reina me parece todavía más admirable. Leonor es una soberana poco común que intenta unir sus intereses a sus convicciones. Prefiere la finura política y sin duda sabe manipular a las personas y conspirar en la sombra como nadie; pero, pese a su azarosa e intensa vida y a haber sido antes la Reina de Francia y ser ahora la Reina de Inglaterra, dicen que no tiene ningún crimen de sangre en la conciencia… y eso, como vos sin duda sabéis, es extraordinariamente raro en nuestro mundo…
Dhuoda calla, pero la conozco bien y puedo advertir que se ensombrece y encrespa. A veces Nyneve se arriesga demasiado. Dice cosas que no se le admitirían ni a un bufón.
Poitiers es un burgo casi tan bello como la propia Reina. No entiendo por qué antaño me desagradaban las ciudades. Hoy me fascina el ruido, la confusión, las orgullosas casas tan altas como torres, las tiendas, el comercio, el colorido, la riqueza de los trajes, la variedad de gentes, la mundanería, el refinamiento, todas las sorpresas que te esperan al doblar una esquina. La vida estalla aquí, la verdadera vida, y el campo es un lugar tan yerto como un cementerio. El palacio de Leonor, donde residimos, es un recinto fabuloso; en comparación, el castillo de Dhuoda me parece rústico y vacío. Los techos de madera están labrados y policromados, las paredes decoradas con pinturas, los suelos cubiertos de alfombras y pieles. Hay tapices de apretado nudo y minucioso dibujo, brillantes estandartes, telas vaporosas, sedas y cojines y, por las noches, son tantas las antorchas, las candelas, los velones y las lámparas que en cada habitación refulge el sol. Este lugar increíble es un hormiguero; Nyneve me ha explicado que, además del condestable o encargado general, un hombre pomposo y envarado que da miedo, hay un gran despensero, un jefe de halcones y cazadores, un jefe de establos, un jefe de aguas y jardines, así como intendentes de cocina, de panadería, de frutas y bujías, de bodega y de ajuar, todos ellos con sus ayudantes. Luego están los médicos, los barberos, los sacerdotes que atienden la iglesia del palacio, trovadores, pintores, músicos, secretarios, amanuenses, costureras y sastres, un bufón, un astrólogo, pajes y escuderos. Por no hablar de los infinitos sirvientes de ambos sexos y del cuerpo de defensa, con sus capitanes militares, sus soldados y arqueros, su maestro de armas, su jefe de armería. A esto hay que añadir las damas y caballeros al servicio de Leonor de Aquitania, cada uno con su correspondiente servidumbre. El palacio de la Reina es una ciudad dentro de la ciudad.
Y la vida aquí es tan fácil, tan deliciosa y animada. Llevamos en el palacio quince días y dentro de una semana empezará el Gran Torneo, evento que está atrayendo a Poitiers a multitud de nobles, caballeros y damas. Ahora mismo está en la corte María de Champaña, hija de Leonor y del Rey de Francia, una joven hermosa y juiciosa pero carente del magnetismo de su madre. Aun así, Chrétien de Troyes escribió El Caballero de la Carreta inspirado por ella. Para mi desencanto, Chrétien no está en la ciudad. Pero he conocido a alguien aún mejor: a María de Francia, una dama de agudísima mente de quien se dice que es hermanastra del rey inglés Enrique II, el marido de 'a Reina. Esta María es la autora de unos relatos muy bellos, los Lais, que he empezado a leer al llegar aquí. Apenas puedo creer que, siendo mujer, se atreva a escribir, y que lo haga tan hermosamente. Su ejemplo me deslumbra y me envenena: siento el picor de las palabras que se agolpan en la punta de mis dedos. Tal vez algún día yo también ose escribir. Tal vez algún día sepa hacerlo.