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Historia Del Rey Transparente

Электронная книга - «Historia Del Rey Transparente». Краткое содержание книги:

En sus andanzas por los burgos y los campos de Francia, Leola se topa con un enigma tr?gico: trovadores, muchachas o vecinos inician el relato de la historia del Rey Transparente y caen fulminados tras unas pocas frases. Nyneve, que parece estar al tanto del enigma, reacciona siempre con furia ante la sola menci?n del nombre de ese rey misterioso. El acertijo s?lo lo conocer? el lector en las ?ltimas p?ginas: se trata, en realidad, de una f?bula moral que resume la filosof?a de toda la novela.
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– Por todos los Santos, se ha vestido de pobre… Verdaderamente es un gran necio. Con todas sus ideas raras, Brodel es mucho más inteligente y más sensato -le dije a Dhuoda, confiando en su alegre talante.

Pero la Duquesa me lanzó una mirada tan severa que la percibí como una bofetada y el rubor se me subió de golpe a las mejillas:

– Qué estupidez, Leo. Brodel es nuestro enemigo. Un individuo infame y peligroso. Y sin duda Morand es más inteligente, puesto que conoce mejor cuál es su lugar y cuáles son las reglas del mundo.

Entonces Dhuoda comenzó a comportarse con el amedrentado alcalde con todo el encanto que ella es capaz de desplegar. Que sin duda es enorme. Le cogió del brazo, le susurró secretos al oído, escuchó sus tartamudeantes palabras como si de verdad le interesaran. El gordinflón Morand se mostró primero asombrado, luego receloso, más tarde confiado y después encantado. Tan encantado, de hecho, que empezó a pavonearse y a charlar por los codos largas parrafadas exclamativas. Hasta que la Duquesa se cansó del juego y súbitamente decidió volver a ignorarle por completo. Así estamos ahora, terminando el banquete de despedida, con un alcalde más desconcertado y nervioso que nunca, con un Brodel pálido y tenso, con un puñado de taciturnos y silenciosos regidores. La gran mesa está casi vacía: hoy no se han presentado ni los comerciantes principales ni ninguna de las mujeres. Estoy harta de Beauville y de las malditas fiestas de Beauville. Por fortuna, esta tortura acabará en breve: hoy es la última jornada y mañana nos vamos.

Acaba de aparecer un joven criado en busca de Morand. El alcalde se levanta pesadamente de su asiento y se aleja unos pasos. Escucha el mensaje con interés y luego regresa a un trote retemblón, con el rostro iluminado de alegría:

– ¡Mi Señora! ¡Acaba de llegar a Beauville una emisaria de la reina Leonor! ¡Su Majestad se ha enterado de que vos estabais en la ciudad y os envía sus saludos y un hermoso presente!

Ahora entiendo su júbilo: el pobre necio todavía espera poder enderezar nuestra calamitosa estancia.

– ¿Y cómo sabéis que es hermoso, si ni siquiera lo habéis visto? -contesta Dhuoda con altivez.

– ¡Mi Dama…! ¡No sé…! ¡Yo espero…! ¡Yo supongo…! ¡Es un regalo de la Reina!

– Es hermoso, mi Señora, os lo aseguro -dice una voz de mujer.

La enviada real es una dama de edad, alta y delgada. Le acompañan dos criados ricamente vestidos. Entre ambos traen, sujeto con dos varas, un pequeño arcón de madera estofada en oro que parece muy pesado. Lo depositan cuidadosamente en el suelo ante Dhuoda.

– Duquesa, soy Clara de Herring, dama de la Reina. Su Majestad os manda saludos y este pequeño obsequio en muestra de su afecto -dice la mujer, haciendo una reverencia cortés.

Después se inclina hacia delante y levanta la tapa del cofre. Dentro hay lo que parece ser una prenda de vestir pulcramente doblada. Es un tejido maravilloso, un terciopelo tan jugoso y verde como el liquen de un río, todo bordado en plata con pequeños pájaros de abultado pecho que parecen a punto de volar.

– ¡Qué bello! -exclama Dhuoda, generalmente tan parca en los elogios.

– Treinta bordadoras, ¡as mejores de la comarca, han tardado más de un mes en terminarla. Es una capa, mí Señora…

La Duquesa se inclina hacia delante y alarga la mano.

– ¡Esperad! ¡No la toquéis! -grita Nyneve.

La Dama Blanca se detiene y mira a mi amiga enarcando las cejas, a medio camino entre la sorpresa y la irritación.

– Fijaos en el interior del arcón… Está revestido de plomo. ¿No os resulta extraño?… Pedidle a la enviada que se pruebe la capa -dice Nyneve.

– ¡Duquesa! Yo… Yo no osaría jamás hacer tal cosa… Es vuestro presente… Yo no soy digna de una prenda así… -dice la dama con evidente nerviosismo.

Pero el rostro de Dhuoda se ha petrificado en un gesto sombrío. La conozco cuando se pone así. Y me da miedo.

– Poneos la capa.

– Mi Señora, no debo… Y si os la mancho, y si… La Reina me mataría, lo sé.

– Poneos la capa o seré yo misma quien os mate. Y os aseguro que hablo en serio.

El silencio es tan absoluto que se escucha el silbido del viento y el tremolar de los estandartes de la lejana muralla. La dama está pálida como la cera y suda copiosamente, aunque el tiempo ha mudado y la tarde se ha puesto desagradable y fresca.

– Pero…

– ¡Hacedlo!

La mujer traga saliva, se inclina sobre el cofre y saca la capa con cuidado, sosteniéndola entre dos dedos. Extendida es aún más hermosa, una espléndida prenda de amplios vuelos. La dama se la echa sobre los hombros.

– ¿Veis, Señora? Sin duda os quedará mucho mejor a vos… -dice con sonrisa trémula, haciendo ademán de quitársela.

– ¡Espera! No tan deprisa. Sigue con ella puesta un poco más… -dice Nyneve.

La mujer arruga la cara: casi parece que se va a echar a llorar. Respira aguadamente; sin duda está muy nerviosa. O asustada. Su pecho sube y baja como un fuelle; su jadeo se hace penosamente audible. ¿Qué le sucede? Se lleva una mano a la garganta. Sus ojos se abren con una desencajada expresión de terror.

– Yo…

No puede decir más. Cae de rodillas y un rugido agónico y animal sale de su boca. Súbitas y feroces convulsiones la tumban sobre el suelo. Sus ojos están en blanco y en sus labios burbujea una densa espuma rosada. Berrea como un cochino en el matadero, unos chillidos de dolor que nos hielan el ánimo. Respira penosamente y su pecho se hunde y se levanta de modo tan violento que parece que la carne se va a abrir en canal. De pronto, de sus ojos, de su boca, de sus narices, de sus oídos, de debajo de sus uñas empieza a manar sangre. La mujer se tensa como un arco y exhala un alarido desaforado y último. Luego, el cuerpo se relaja totalmente y queda amontonado sobre el polvo con fofa blandura, como un rimero de trapos. Está muerta. Huele a podredumbre y excrementos.

– ¡Quieto ahí, rufián!

Sir Wolf se ha abalanzado sobre uno de los criados, que ha intentado aprovechar la confusión para escapar. Pero los criados no deben de ser tales, puesto que han sacado unas espadas que llevaban escondidas e intentan abrirse camino por la fuerza. El capitán de la guardia y yo nos arrojamos sobre el otro hombre. Sir Wolf ha ensartado al suyo, que se desploma fatalmente herido. Nosotros hemos arrinconado al cómplice.

– ¡Esperad! ¡No le toquéis!

Pálida como un espíritu, la Duquesa viene hacia nosotros. Me arranca la espada de las manos y pone su punta en el gañote del falso sirviente.

– Confiesa y seré generosa contigo. ¿Quién os ha enviado?

El hombre está temblando, pero alza la barbilla e intenta mantener una postura airosa.

– Ha sido vuestro hermanastro, Duquesa. Ahora ya no importa que se sepa…

– ¡Mientes!

– ¿Por qué habría de hacerlo? Mirad, éste es el sello que el Conde nos ha dado… Lo reconoceréis, puesto que ha sido el vuestro…

Las piernas le fallan, su precaria valentía le abandona y el hombre cae de rodillas.

– Sed clemente, Señora… -dice con voz rota.

Rápida como un mal pensamiento, Dhuoda agarra la empuñadura con ambas manos, hace un amplio revoleo con la espada y corta la cabeza del hombre limpiamente. Alguien grita. Yo pienso con horrorizado y admirado asombro en la fuerza y la pericia de la Duquesa: un cuello es muy difícil de tajar, e incluso ¡os verdugos necesitan en ocasiones más de un golpe. La cabeza ha rodado sobre la tierra, pero sus ojos aún parpadean varias veces, como pasmados de su propia muerte. El cuerpo se ha derrumbado y un vigoroso chorro de sangre empapa la blanquísima falda de Dhuoda. La Duquesa ha dejado caer la espada; está como ida, desencajada, al borde de las lágrimas. Frenética y torpemente, intenta limpiarse la falda con unas manos temblorosas que enseguida se le tiñen de sangre. Saca una pequeña daga de su escarcela y empieza a cortarse el vestido allí donde está manchado. Apuñala el tejido con gesto desquiciado y balbucea palabras incomprensibles que deben de pertenecer a un lenguaje que ignoro. Temo que, en su locura, se haga daño a sí misma.

– MÍ Señora… -le digo dulcemente.

También Nyneve ha acudido a socorrerla. Le sujeta la mano con suavidad, le abre los engarriados dedos, le arrebata la daga.

– Tranquila, mi Duquesa. Todo está bien. Tranquila, Dhuoda. Yo voy a cuidar de ti -le susurro, cogiéndola por los hombros.

La Dama Blanca me mira con ios ojos muy abiertos, pero no sé si me ve. O si me reconoce.

– Manebón… Sasegual… Ben mede cada mí… -farfulla quedamente en su lengua extranjera, con gesto desamparado y voz de niña.

Y luego se desmaya entre mis brazos.

Pese a su estado, la Duquesa no ha querido quedarse ni un día más en Beauville y regresamos a casa en la jornada prevista. Ha recobrado el juicio, pero es evidente que se encuentra mal. Tiene fiebre y aferra las riendas de su palafrén con manos convulsas.

– ¡MÍ admirada Señora! ¡Estoy tan consternado! ¡No sé cómo disculparme! ¡No sé qué deciros! ¡Pero la humilde ciudad de Beauville siempre os esperará con amor y alegría!

El alcalde y los regidores han venido a la puerta principal de la muralla a despedirnos. Dhuoda ni se molesta en contestarles. Oscuras ojeras enturbian su mirada y resaltan como la huella de un golpe en su rostro lívido.

El tiempo ha cambiado definitivamente y el invierno ha llegado. El gélido día está tan encapotado como nuestros ánimos y caen pequeñas y punzantes gotas de lluvia. Arrebujada en su capa de armiño, tiritando, Dhuoda da la orden de partir.

– ¡Adiós, mi Señora, adiós! ¡O mejor hasta pronto!

Formamos una triste compañía, todos cabizbajos y en tensión. Nyneve cabalga a mi lado. Incluso ella parece taciturna.

– Menos mal que te diste cuenta del peligro -le comento-. Fue casi milagroso que la Dama Blanca se salvara.

– El forro de plomo del arcón me resultó chocante… Pero, además, debo decirte que el hermanastro de Dhuoda debe de ser un hombre leído… O al menos debe de conocer los hechos de!a corte de Camelot, tal y como los deformó o los inventó el bribón de Myrddin… Porque Myrddín dice que Morgan Le Fay, la gran bruja Morgana, la hermanastra de Arturo, intentó asesinar al Rey con una capa emponzoñada… Todo esto es mentira, desde luego; a Arturo le quisieron envenenar los reyes sajones, y no con una capa, sino con un faisán contaminado. Pero la verdad, claro, no resultaba tan embelesadora y literaria. En cualquier caso, cuando apareció la capa recordé el cuento de Myrddin, y eso me hizo sospechar más fácilmente del supuesto regalo de Leonor.

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