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Historia Del Rey Transparente

Электронная книга - «Historia Del Rey Transparente». Краткое содержание книги:

En sus andanzas por los burgos y los campos de Francia, Leola se topa con un enigma tr?gico: trovadores, muchachas o vecinos inician el relato de la historia del Rey Transparente y caen fulminados tras unas pocas frases. Nyneve, que parece estar al tanto del enigma, reacciona siempre con furia ante la sola menci?n del nombre de ese rey misterioso. El acertijo s?lo lo conocer? el lector en las ?ltimas p?ginas: se trata, en realidad, de una f?bula moral que resume la filosof?a de toda la novela.
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Leonor se pone en pie y abandona velozmente la sala sin despedirse de nadie, seguida por sus hijos y sus damas y envuelta en un agitado susurro de telas que se rozan. Ricardo Corazón de León se detiene un momento ante fray Angélico con una sonrisa encantadora en su terso rostro adolescente:

– Mi querido fraile, no os enfadéis tanto con nosotros… O al menos no os enfadéis conmigo, porque deseo ser vuestro amigo. Ese arranque colérico quizá os venga de la acumulación de humores a causa de vuestra vida sedentaria. Un hombre como vos no debería encerrarse dentro de un hábito…

Ricardo extiende la mano y palpa el antebrazo del religioso. Recuerdo la presión de los dedos de fray Angélico sobre mi propio brazo. Una semejanza harto inquietante

– Sois muy fuerte… Me gustaría luchar amistosamente contra vos… Quizá podamos hacerlo uno de estos días…

El religioso no contesta nada. Tiene el rostro demudado, tal vez por el esfuerzo de contener su ira. Ricardo le mira en silencio unos instantes; luego su gesto se ensombrece y, sin añadir palabra, sale de la estancia en pos de su madre. Fray Angélico se acerca a nosotras.

– El gran Bernardo de Claraval tiene razón -susurra con una voz apretada por la cólera-. Bernardo dice que el duque Ricardo vino del Diablo y volverá a él. La reina Leonor tuvo tratos carnales con un íncubo y engendró este hijo del Maligno. Y, además, todo este estúpido y peligroso asunto del Amor Cortés, y ese coqueteo mendaz con los albigenses… Sabemos que muchos trovadores se están refiriendo al catarismo, cuando fingen ensalzar en sus poemas a las damas…

Sé que el fraile está furioso, pero aun así me sorprenden su violencia y lo grave y extremado de sus acusaciones, porque considero que es un hombre inteligente.

– Tienes razón, primo. Le debo mucho a la Rei na, ya lo sabes, pero cada vez me reconozco menos en lo que dice. Sólo puede ser que esté endemoniada -comenta Dhuoda con malevolencia.

Miro a Nyneve, que bascula el peso de su cuerpo de un pie a otro, y le ruego con los ojos que permanezca callada. Para mi alivio, mi amiga suspira y se va de la estancia.

– Es cosa de la sangre -sigue diciendo el religioso-. Leonor ha heredado el veneno de sus ancestros, porque el ducado de Aquitania siempre ha sido una guarida de pecadores. El abuelo de la Reina, Guillermo IX, que ostenta el infame mérito de haber sido el primer trovador, era un libertino y un blasfemo que ordenó construir en Niort un burdel suntuoso en el que las rameras, Dios nos asista y le perdone, iban vestidas de monjas. En cuanto al padre de Leonor, Guillermo X, cometió el pecado de reconocer al antipapa Anacíeto, en lugar de al verdadero Pontífice. Esto lo sé bien porque me lo ha contado mi Maestro. El gran Bernardo, en su generosidad apostólica, vino a Poitiers para intentar convencerle de que regresara al redil de la Iglesia. Y el Duque, preso de cólera sacrílega, derribó el altar donde Bernardo daba misa e intentó matarle. ¡El Doctor Melifluo tuvo que huir para salvar la vida! De esa estirpe endemoniada viene esta malhadada y peligrosa Reina.

Las palabras de fray Angélico me confunden. Pido excusas y me retiro: necesito pensar. Salgo de la sala de los faisanes con un torbellino en la cabeza. Desde luego, intentar matar a Bernardo de Claraval me parece terrible. Y la historia de las rameras vestidas de monjas me escandaliza. ¿Será verdad que Leonor ha tenido tratos con el Demonio? Esas cosas suceden. Y, sin embargo, no consigo creerlo. Admiro a la Reina. Me gusta Ricardo. Y todo lo que ellos dicen y hacen me parece más real, más alegre, más humano. Pequeñas sombras empañan mi cariño por Dhuoda, mi afecto por fray Angélico, como mínimos gusanos en el corazón de una hermosa manzana. No deseo sentirme así. No quiero tener dudas sobre ellos. Pero no puedo evitarlo. ¿Cómo decía Dhuoda? No me reconozco en lo que dicen, hay algo que me desagrada y que me inquieta.

Doblo la esquina de un solitario corredor del palacio y escucho una voz gritando algo. Palabras que no llego a descifrar. Miro a mi alrededor y compruebo que, sumida en mis cavilaciones, he venido a parar cerca de la iglesia Y precisamente de allí parece venir el rumor de las voces. Me encuentro en el piso superior del edificio, a la altura del balconcillo desde donde la Reina sigue la misa. Arrimo la oreja a la puerta y, en efecto, el sonido es más claro. Pruebo la falleba y la hoja se abre. Entro sigilosa: huele penetrantemente a incienso y el balcón está vacío y oscuro. Paso a paso, intentando no chocar con los reclinatorios, me acerco a la baranda. Abajo, en la iglesia desierta y tenebrosa, tan sólo iluminada por dos grandes velones en el altar, hay un joven. Es Ricardo. Está tumbado cuan largo es sobre el suelo, delante del sagrario. Pero ahora se incorpora; echa el cuerpo hacia atrás y se pone de rodillas, para volverse a prosternar inmediatamente.

– Señor, me acuso de tener deseos contra natura. Perdonadme, Mi Señor. Sé que soy tentado por el Maligno y sé que soy débil. MÍ carne es pecadora; mi voluntad, miserable y perezosa. Oh, Dios Mío, ayudadme a no caer en la tentación. Prometo enmendarme y alejar de mí los pensamientos impuros, mi aberrante lujuria, mi viciosa debilidad por las criaturas de mi propio sexo… Díos Mío, ayudadme a salir de este infierno… Señor, me acuso de tener deseos contra natura…

Sus palabras resuenan en el aire quieto, cargadas de desesperación y de tristeza. La voz de Ricardo Corazón de León, aniñada y casi rota por las lágrimas, me hace sentir escalofríos. Qué solo está, me digo; qué solo y qué angustiado. Y también pienso: esto no se lo voy a contar ni a fray Angélico ni a Dhuoda.

Hoy es el último día del Gran Torneo, que ha durado toda una semana. Ha amanecido lluvioso, pero las nubes se han ido apaciguando y ahora el sol asoma por un rincón del cielo, como sí tampoco él quisiera perderse el espectáculo. Desde muy temprano, los siervos de Leonor han estado limpiando, alisando y reemplazando la espesa y corta hierba del campo de batalla, para recomponer los destrozos causados por los cascos de las cabalgaduras en los combates de la víspera. Un poco más tarde han aparecido los escuderos de los contendientes e incluso algunos guerreros, para verificar el estado del suelo y memorizar las pequeñas irregularidades del terreno. Los herreros han remendado las argollas rotas de las armaduras y han enderezado los abollados escudos durante toda la noche; los artesanos han repintado de vivos colores las adargas, y las costureras han cosido con puntadas primorosas los desgarrones de las sobrevestes. Todo está dispuesto para la acción.

El Gran Torneo de Poiriers se parece tanto a las pobres justas en las que participé como un buey a un escarabajo cornudo. El campo en sí es soberbio, almohadillado de hierba y bien nivelado, con dos enormes grádenos de cuatro alturas construidos en maderas finas uno enfrente de otro, en los dos lados más largos del espacio de justas. Centenares de enseñas y estandartes de coloridos brillantes adornan el lugar y flamean en la brisa, animando el ambiente con su alegre ruido. Hay dos docenas de heraldos lujosamente vestidos con sobrevestes idénticas, capaces de arrancar a sus doradas trompetas un sonido estremecedor que reverbera en el estómago. Y el arbitro de justas es un hombre de aspecto tan majestuoso e imponente que parece un duque.

Pero lo más formidable son los participantes del torneo. El público reúne a lo más granado de la nobleza de Francia y de Bretaña, y los combatientes son la flor de la caballería de la Europa toda. Como es natural, yo no he podido participar: para inscribirse en Poitiers hay que demostrar que se poseen un mínimo de tres títulos de sangre. La mayoría de los guerreros tienen más. El conde de Vermingarde entró en el campo precedido por treinta y dos siervos con librea, y cada uno de ellos portaba uno de los blasones de su Señor. Pese a esta exhibición, el Conde fue vencido en su primera liza.

Aunque se combare con armas negras, con las puntas y los filos embotados, en los seis días que llevamos de justas ha habido muchos heridos y un caballero muerto: la lanza de su oponente se rompió en el choque y el extremo astillado le penetró por el ojo tan profundamente, que el desdichado falleció a las pocas horas. Dada la calidad de los contendientes, el torneo está siendo espectacular, al mismo tiempo violento y elegante, pues son grandes guerreros. Aquí están íos caballeros más famosos, que partían como favoritos en las apuestas y que, en efecto, han ido ganando sus encuentros: Tribaldo de Champaña, Conon de Béthune, Friedrich von Hausen. Pero todos, incluso los más jóvenes y nuevos, han mostrado una excelente preparación. No creo que yo hubiera podido vencer a ninguno de ellos.

Todo el ardor del campo, la sangre y el sudor, la furia y el coraje parecen haberse transmitido a la audiencia, embriagando el aire como un vino fuerte. Los villanos se quedan toda la noche de guardia en el campo para conseguir sitio: sólo pueden estar de pie, debajo de los graderíos y en los laterales. Los burgueses importantes tienen reservadas las dos bancas más altas, y las dos filas más bajas son para los nobles. En los alrededores se extiende la feria habitual, músicos ambulantes, juglares, astrólogos, tenderetes de bebidas y viandas. Los hombres de hierro pasean por el lugar sus aguerridas estampas y tintinean coqueteando con las bellas mujeres. Cada caballero tiene su dama, a la que dedica el combate, y ésta le otorga alguna prenda como prueba de afecto, la manga de un vestido, la muselina de un sombrero, un jirón del velo, trozos de ricos paños que los guerreros atan a la cimera del casco, para salir a justar con los colores de la amada. Por las noches, castillos y palacios permanecen encendidos hasta el amanecer, con celebraciones tan tumultuosas que sería imposible que se oyera tronar. En los banquetes sirven cisnes y faisanes con las patas y los picos pintados de oro, y anteayer sacaron un ternero asado de cuyo cosido vientre, al ser trinchado, escaparon varios pichones volando que inmediatamente fueron cazados por los halcones amaestrados, porque muchos invitados acuden a las cenas con sus aves de presa. Luego, en la madrugada, es costumbre que las damas reciban en la alcoba a sus caballeros, para recompensarles el valor y las heridas con íntimas caricias. En el torneo todo está permitido entre una dama y su guerrero menos el verdadero acto de la carne, que estropearía la pureza del linaje. Con tanto trasnochar, es natural que los combates comiencen después del mediodía.

Fray Angélico, como siempre en Poitiers, está malhumorado. Dice detestar el Gran Torneo y repite cien veces que está prohibido por la Iglesia, pero ha acudido a presenciar todas las justas.

– Conviene estar enterado de los pecados del mundo.

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