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Historia Del Rey Transparente

Электронная книга - «Historia Del Rey Transparente». Краткое содержание книги:

En sus andanzas por los burgos y los campos de Francia, Leola se topa con un enigma tr?gico: trovadores, muchachas o vecinos inician el relato de la historia del Rey Transparente y caen fulminados tras unas pocas frases. Nyneve, que parece estar al tanto del enigma, reacciona siempre con furia ante la sola menci?n del nombre de ese rey misterioso. El acertijo s?lo lo conocer? el lector en las ?ltimas p?ginas: se trata, en realidad, de una f?bula moral que resume la filosof?a de toda la novela.
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La ciudad celebra el trigésimo aniversario de su emancipación con una gran fiesta a la que han invitado a la Duquesa. Después de muchas dudas ha decidido asistir, y secretamente me enorgullezco pensando que ha sido mi deseo de conocer Beauville lo que más la ha empujado. Formamos una comitiva impresionante: además de la veintena de sirvientas y criados, vamos ocho soldados, el capitán de la guardia, sir Wolf, Nyneve y yo, todos bien armados. Dhuoda monta a caballo y va a mi lado. Tengo la sensación de que, cuando sale del castillo, la Duquesa pierde su férreo aplomo y está asustada de algo. Nos ha ordenado avanzar en un grupo compacto, y la veo ojear con inquietud la sombra amparadora de los bosquecillos, como si recelara de una emboscada. El número de hombres armados que llevamos es una prueba más de ese temor: debe de ser por eso por lo que casi nunca abandonamos e! castillo.

– Ahí tienes tu ciudad, Leo.

Es grande, más grande que Millau y que Mende. Ocupa toda una colina y sus murallas son macizas. Extramuros, el campo hierve con un hormigueo de personas. Hay tenderetes de comida, ventas de reliquias, sanadores, saltimbanquis, herreros, magos, cómicos, bailarinas de la danza del vientre cuyos amos aseguran que acaban de traerlas de Bagdad. Nos internamos en el río de gente que se dirige lentamente a Beauville y la muchedumbre nos abre paso, no sé si respetuosa o temerosa. Huele a carne asada, a estiércol, a perfumes pegajosos y orientales, a polvo y agua podrida. El ruido es formidable: músicas, cantos, gritos de vendedores anunciando sus mercancías, mugidos de bueyes, risas y trifulcas. Estoy sudando bajo mi cota de malla y la sangre corre deprisa por mis venas; me siento embriagada por la excitación que impregna el aire y mis piernas ansían ponerse a bailar. Pero los caballeros no danzan. Es una pena.

Estamos cruzando ya la puerta del Sur, y los gastados maderos del puente levadizo retumban bajo nuestros cascos. Dos altas torres adornadas con brillantes estandartes enmarcan la entrada. A punto de franquear el umbral, algo cae desde lo alto sobre la Duquesa. Golpea el cuello de su palafrén de paseo, que relincha y se alza de manos. Dhuoda exhala un corto grito, pero consigue controlar al animal. Rápida como un ratón, Nyneve ha bajado de su caballo y ha recogido el objeto del suelo. Viene hacia nosotras y nos lo muestra: es un hueso pelado con unos cuantos dientes. Una quijada humana.

– Es de los pobres desgraciados de ahí arriba.

Miramos hacia lo alto y vemos las picas que coronan la puerta, cada una con su correspondiente cabeza ensartada. Me estremezco:

– Me parece que no me va a gustar esta ciudad…

– No te inquietes, Leo… No son recientes. Deben de ser de la época de Puño de Hierro. Aunque los burgueses tienen sus propios tribunales, gracias a Dios sólo pueden impartir justicia llana. La justicia de sangre sigue estando en nuestras manos, es decir, en manos del Rey y de los nobles -explica Dhuoda con un deje de orgullo-. Fíjate bien Son muy viejas. Por eso se están cayendo a pedazos.

Es verdad. Son calaveras mondas, picoteadas por los pájaros, roídas por el sol y por la lluvia. Pero antaño estuvieron recubiertas de piel y animadas de vida. Fueron cabezas que soñaron, que rieron, que lloraron. Que gritaron de dolor y de espanto.

– ¡Mi muy noble Señora! ¡Nos sentimos tan honrados por vuestra presencia! ¡Estamos tan felices de que os hayáis dignado a venir a esta humilde ciudad!

Un pequeño tropel de notables ha acudido corriendo a nuestro encuentro para darnos la bienvenida a Beauviile. Sin duda traen puestas sus mejores ropas y son un verdadero impacto para la vista, tan chillones, abigarrados y brillantes son sus colores, tan intensos y apretados los bordados, tan dorados los broches y los cintos. El hombre que nos ha hablado primero es un tipo enorme en todas sus partes, redondo y barrigudo como una bola de trapos a la que le hubieran hincado cabeza, manos y píes, como los exóticos clavos de olor que hinca Dhuoda en las naranjas para espantar las moscas. Va embutido en un increíble traje a listas de color verde y carmesí, y las puntiagudas punteras de sus zapatos son tan largas que las lleva recogidas y atadas a las pantorrillas, para poder moverse. Es Morand, el alcalde de Beauviile, como enseguida nos explica él mismo. A su lado está Brodel, el regidor primero, que tal vez haya sido elegido por compensación, porque es tan diminuto y entecó como exuberante y desparramado es el otro. El regidor viste ropas oscuras y tristes, descoloridas o tal vez sucias, y tiene una carita pálida y arrugada, como de vieja, en la que brillan dos ojillos malhumorados. Juntos, Brodel y Morand semejan un escarabajo pelotero amasando su bola.

– ¡Mi ilustrísima Dama! ¡Estamos tan contentos! ¡Tan entusiasmados! ¡Nos sentimos tan agradecidos por vuestra presencia! ¡Las festividades de la humilde pero noble ciudad de Beauviile serán mucho más luminosas gracias a vos! ¡Tenemos todo preparado para recibiros! ¡La ciudad os aguarda! ¡El pueblo os admira!

El alcalde sigue baboseando sus halagos, con la nerviosa aquiescencia del vistoso y engalanado coro de comerciantes ilustres que le rodea. Morand parece tener la fastidiosa costumbre de convertir todas sus frases en exclamaciones; y con cada uno de sus altisonantes trompeteos, noto aumentar peligrosamente junto a mí la furia de Dhuoda. Tampoco Brodel parece muy feliz: frunce el ceño y da pequeños pasitos encogido sobre sí mismo, como si pisara carbones al rojo.

– Está bien, maese Morand. Creo que la Duque sa ya se ha enterado de que la amamos -gruñe al fin el regidor con voz rasposa-. Probablemente prefiera desmontar, descansar y refrescarse después del largo viaje.

– ¡Por supuesto! ¡Imprudente de mí! ¡Corro raudo a conduciros a vuestros aposentos! ¡Os he alojado en mi propia casa! ¡Humilde pero confortable! ¡Todo está dispuesto, mi Señora!

Aguanto las ganas de reír: la servil estupidez de Morand me parece chistosa. Si Dhuoda no estalla, creo que los tres días que vamos a pasar en Beauviile pueden terminar siendo divertidos. Brodel da la mano a la Duquesa para ayudarla a bajar del palafrén y ella desciende blanca y alada, como una reina. Todos la observan embobados. Todos menos el pequeño Brodel, que parece ser el más inteligente, el más austero. Y que sonríe educadamente a la Da ma Blanca, mientras en sus ojillos relampaguea, y creo que no me equivoco al percibirlo, un profundo desprecio y un odio intenso.

Han adornado las calles de Beauville para las fiestas cubriéndolas de pétalos de flores.

– ¡Nosotros también tenemos ricas alfombras, mi Señora! ¡Maravillosas alfombras florales! -alardea untuosamente el gordo Morand-. ¡Y nuestras casas son tan altas como vuestros castillos!

– Pero vivís apiñados como puercos dentro de ellas -contesta Dhuoda con desdén.

Tiene razón el alcalde: es como si las ciudades compitieran absurdamente con el modo de vida de los nobles. Y también tiene razón la Dama Blanca: nunca alcanzarán la exquisitez que ella posee. Los burgueses han puesto baldaquinos, han levantado estrados para los espectáculos, han organizado banquetes formidables. Pero cualquier refrigerio de diario de la Duquesa es más refinado que todas sus comilonas. Hemos visto bailes, autos sacramentales, juegos de cucaña, competencias de arco, concursos de versos entre juglares, peleas de animales, exhibiciones musicales, saltimbanquis, cómicos y malabaristas. Es como si, presos de un orgullo loco y pueril, los burgueses se hubieran propuesto deslumbrar a la Duquesa. Pero la Dama Blanca les desprecia y no se molesta en ocultarlo. De hecho, el resquemor ha ido creciendo día tras día, y las fiestas están terminando de un modo lastimoso.

El banquete de ayer fue especialmente catastrófico. Los ágapes oficiales se celebran al aire libre, en unas grandes mesas entoldadas que han dispuesto en la Plaza Nueva. Beauville es un municipio inquieto y joven y ha cambiado la fisonomía de sus calles. Ahora el centro de la ciudad ya no es la plaza de la iglesia, como ocurría antes y como siempre ha sucedido en todos los pueblos, sino una zona cuadrangular donde antaño se celebraba el mercado y que ahora ha sido adecentada y rodeada de construcciones nuevas con soportales llenos de tiendas. Por ahí empezó la trifulca, precisamente. Y el culpable fue el coadjutor de la parroquia, el clérigo Ferrán, un hombre petulante y Heno de agravios, que sacó ácidamente el tema a colación:

– Ya veis, mi Señora, adonde nos llevan estas modernidades… Mis convecinos parecen preferir esta Plaza Nueva a la espiritualidad y el amparo de nuestra hermosa iglesia… Han sustituido a Dios por el comercio.

– No exageréis, mi querido coadjutor… La iglesia sigue siendo el edificio principal de Beauville, y Dios sigue siendo nuestro único guía. Pero podemos honrar a Dios también en esta plaza, porque siempre le llevamos en nuestros corazones -contestó el pequeño Brodel.

– Permitidme que dude de vuestro sentido religioso, porque no se puede servir al mismo tiempo a Dios y al Diablo. De todos es sabido que la Iglesia ha prohibido la usura a los cristianos y que el comercio es una actividad pecaminosa e indecente -se picó el clérigo-. Recordad que Jesús sacó a los mercaderes del templo a latigazos… Y tanto las Sagradas Escrituras como los Doctores de la Iglesia condenan de manera inequívoca el sucio trato mercantil. «Negociar es un mal en sí», decía San Agustín. Y San Jerónimo dijo: «El comerciante pocas veces o jamás puede complacer a Dios».

– No tanto, Padre, con vuestro permiso -terció Nyneve-. Precisamente acaba de llegar a los altares San Omobono, que era un mercader de Cremona. Ya veis, siendo comerciante también se puede alcanzar la santidad.

– Y sobre todo se pueden alcanzar las benditas arcas de la Iglesia… -dijo Brodel-. Como bien sabéis, padre Ferrán, los comerciantes de Beauville damos mucho dinero para la Santa Madre Iglesia.

– Pero ¿qué me decís, maese Brodel? -volvió a intervenir Nyneve con un aire de inocencia que me hizo temer lo peor-. ¿Entonces los mercaderes compran con su dinero el perdón de sus pecados? Dicho de otro modo, ¿entonces la Iglesia también comercia, puesto que vende sus indulgencias?

El coadjutor enrojeció y apretó las mandíbulas con gesto iracundo. Brodel se apresuró a proseguir antes de que el cura hablase:

– Habréis de reconocer que el comercio ha traído cosas buenas. Los mercaderes leemos y escribimos, hablamos lenguas… Por nuestra influencia, en los tratos comunes se ha cambiado de la numeración romana a la arábiga' que es mucho más sencilla y práctica. Y hemos abierto numerosas escuelas laicas, donde se enseñan saberes tan necesarios para la vida cotidiana como son las cuentas, o escribir de manera legible y sencilla…

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