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Historia Del Rey Transparente

Электронная книга - «Historia Del Rey Transparente». Краткое содержание книги:

En sus andanzas por los burgos y los campos de Francia, Leola se topa con un enigma tr?gico: trovadores, muchachas o vecinos inician el relato de la historia del Rey Transparente y caen fulminados tras unas pocas frases. Nyneve, que parece estar al tanto del enigma, reacciona siempre con furia ante la sola menci?n del nombre de ese rey misterioso. El acertijo s?lo lo conocer? el lector en las ?ltimas p?ginas: se trata, en realidad, de una f?bula moral que resume la filosof?a de toda la novela.
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– Tienes razón, Leo. No eres más que una campesina ignorante. Pero es posible que algún día llegues a aprender lo cerca que está el placer del sufrimiento.

Y una gota de sangre resbala por sus labios y cae sobre la inmaculada seda blanca del vestido.

Ya conozco la historia de Dhuoda. Su nuez de dolor, como diría Nyneve. Me la contó ¡a propia Duquesa, con quien he acabado entablando una relación que se parece a la amistad, aunque sé muy bien que ella es mi Dama y yo su servidora. Pasamos mucho tiempo en compañía; me siento a su lado mientras ella toca el laúd o la fídula, paseamos por los jardines, jugamos al ajedrez o a los bolos, leemos en la biblioteca, subimos a las almenas en las noches quietas del cálido verano a comer uvas y beber hipocrás mientras contemplamos las divinas estrellas, amaestramos juntas a sus gavilanes de esponjoso pecho. Hemos acordado una enseñanza mutua: ella quiere aprender a combatir, de modo que yo la entreno todas las mañanas en el patio de armas, intentando recordar las sabias lecciones del Maestro. Es una alumna aventajada y será mejor guerrero que yo, porque es feroz y despiadada: ni su cabeza ni su mano se arredran ante el golpe. Por su parte, Dhuoda está empeñada en enseñarme a mí los modos refinados de las damas. Como mi condición sigue siendo un secreto, las clases se celebran en la intimidad inexpugnable de su alcoba. Me pruebo sus trajes fabulosos, que me quedan cortos, y Dhuoda me explica cómo tengo que sentarme y agacharme, cómo he de mantener el cuello al mismo tiempo erguido y un poco arqueado, cómo debo mover la falda y alzar graciosamente el ruedo para dejar asomar el pequeño pie. Sólo que las faldas de la Dama Blanca me ¡legan más arriba de las espinillas, y mis pies, que no son ni pequeños ni graciosos, se ven de manera permanente junto a un palmo de pierna. También he aprendido a comer con delicados mordiscos y con la boca cerrada, a recogerme las amplias mangas para no meterlas en los platos, a lavarme con elegancia los dedos en el aguamanil, a masticar menta e hinojo para perfumar el aliento, a no limpiarme jamás la grasa de las manos con el mantel o el traje.

Hay cosas mucho peores. He pasado largas tardes apresada dentro de unas espalderas de cuero provistas de clavos, para aprender a mantenerme bien derecha. Ahora uso collarines de mimbre que corrigen la posición de la cabeza, y Dhuoda acostumbra a hacerme caminar descalza delante de ella y me azota los tobillos desnudos con un junco si no me muevo bien.

– No te quejes. Así he aprendido yo. Así hemos aprendido todas las damas.

Y luego está el rema de los afeites. Ella no los necesita y no los usa, pero para aclarar mi oscuro rostro me hace maquillarme, a modo de prueba, con polvos de yeso y plomo. Parezco un espíritu. También me ha enseñado a usar carmín para dar rubor a las mejillas, y el negro kohol de los sarracenos para resaltar la mirada. Los dientes se blanquean con piedra pómez y orina, y para mantener una complexión de cutis fina y limpia, sin granos ni impurezas, es necesario frotarse solimán.

– ¡No se te ocurra untarte esas porquerías! -bramó Nyneve cuando se enteró-. El plomo blanco es ponzoñoso y podría incluso matarte; y el solimán es sublimado de mercurio, otro veneno… Acabará contigo y antes te pondrá los dientes negros.

Mi condición aparente de varón me ha salvado de las torturas de la depilación, porque las damas, Dhuoda incluida, se depilan las cejas y el nacimiento del cabello, para alardear de una frente amplia. Pero yo, claro está, me debo a mi disfraz de guerrero. Ciertamente empiezo a creer que es más duro el aprendizaje para ser una dama que el entrenamiento de los caballeros. Por no hablar de los instrumentos musicales: la Duquesa está obcecada con que aprenda a tocar algo, pero el laúd, la fídula o la mandora chirrían penosamente entre mis dedos torpes y callosos.

Uno de esos días en su alcoba, entre clases y risas y azotes en las piernas con el junquillo, Dhuoda me contó su historia. La Dama Blanca es hermanastra del poderoso conde de Brisseur. Es hija póstuma: su padre murió un par de meses antes de que ella naciera. Su hermanastro, Pierre, quince años mayor, decidió arrebatar la parte de la herencia de Dhuoda y quedarse con todo.

– Contravino así la ley y el derecho provenzal, porque entre nosotros no existe la primogenitura, sino que la herencia se reparte de manera igual entre todos los hijos y las hijas.

Pierre negoció la boda de la recién nacida con Puño de Hierro, un belicoso vecino con quien quería hacer las paces. No dotó a la niña: tan sólo prometió no volver a hostigar al Duque. Dhuoda tenía un año cuando fue casada con Beauville; tras los esponsales, la enviaron al castillo de su marido más en calidad de rehén que de esposa.

– Y a mi madre, que se negaba a separarse de mí, mi hermanastro la encerró en una torre hasta su muerte.

Puño de Hierro también instaló en una torre a la niña junto con su aya y sus criadas, y allí la olvidó. Dhuoda creció feliz explorando el laberíntico castillo y jugando en los jardines interiores, tras haber aprendido muy tempranamente que su supervivencia dependía de no dejarse ver por su marido y no recordarle su existencia. Pero un día el Duque recordó por sí solo.

– Una mañana estábamos en nuestros aposentos y yo jugaba a las adivinanzas con Mambrina, mi aya bien amada. Entonces empecé a escuchar un estruendo, un rumor confuso, unos estallidos semejantes a truenos que se nos acercaban. Era, luego lo entendí, el batir de las puertas que el Duque iba abriendo a empellones. Irrumpió en nuestra estancia como un viento de muerte, como un vendaval devastador, enorme y oscuro, rechinando a metal, erizado de hierros, seguido por sus pavorosos caballeros. Yo nunca lo había visto de cerca y me pareció grande como una montaña y malo como un diablo. Mi aya y las sirvientas cayeron de rodillas. Yo me quedé paralizada. Puño de Hierro no dijo palabra y ni siquiera me miró. Sacó su espadón de la vaina con un frío siseo de acero sobre acero que aún hoy me produce escalofríos y partió la cabeza de Mambrina en dos, como quien revienta una granada: el tajo le llegó hasta la garganta. Luego hizo un volatín en el aire con la ensangrentada espada, salpicándolo todo, y decapitó limpiamente a ¡as dos criadas. Hecho lo cual, dio media vuelta y se marchó seguido de sus hombres, tintineantes y fieros. Allí quedé yo, en mitad de un cálido lago de sangre que mi falda empezó a empapar rápidamente. Me dejaron encerrada en esa habitación, junto con los despojos de las mujeres, durante el resto de ese día y toda la noche. Yo tenía cinco años.

Dhuoda se enteró, mucho después, de que su hermano Pierre había roto la tregua, de ahí la furia vengativa de Puño de Hierro. La Duquesa ignora por qué Puño de Hierro no acabó también con ella: tal vez quería seguir manteniéndola como un bien con el que poder negociar en algún momento. A la mañana siguiente los sirvientes se llevaron los cadáveres, pero no asearon el cuarto. A partir de entonces Dhuoda vivió encerrada en esa torre, completamente sola. Dos veces al día, la puerta se abría unos instantes y le dejaban agua y comida, pero los sirvientes, bien aleccionados y aterrorizados por la crueldad del amo, jamás le dijeron una sola palabra. Transcurrieron así íos años, muchos años, infinitos años para una niña. En los heladores y oscuros inviernos, sin fuego en el hogar, Dhuo-da se recubría con un espeso capullo de mantas y de ropas. A medida que su cuerpo crecía, la niña fue utilizando los trajes de su aya. Ingenió infinitas distracciones; tenía amigas fantasmales con las que jugaba al escondite y a las cuatro esquinas. Cuando hacía buen tiempo, sacaba los bracitos por la ventana para tomar el sol. Inventó una lengua propia y la usaba para hablar con Mambrina. Su aya imaginaria le contaba cuentos y la reprendía si no se portaba bien; a veces Dhuoda se castigaba a sí misma y se ponía de rodillas en un rincón, en el convencimiento de que Mambrina estaba enfadada. Desde el principio de su encierro, la Dama Blanca intentó seguir las rutinas que su aya le había inculcado: todos los días se peinaba cuidadosamente su larguísimo pelo, y usaba parte del agua para lavarse. Así fueron pasando los días y las noches.

– Una tarde volví a escuchar un tumulto raro, voces, pasos. La puerta se abrió de par en par y yo corrí a esconderme detrás de la cama, porque creí que era el Duque y que venía a matarme. Y, aunque ahora no consigo entender por qué, yo no quería morir, a pesar de todo. Pero no era el Duque. Era un hombre mayor de pelo blanco, bien vestido, educado. Era un representante del Rey. Puño de Hierro había muerto y la reina Leonor, que tenía noticia de mi situación y que por entonces aún estaba casada con el Rey de Francia, del cual el Duque era vasallo, mandó un emisario para que se reconocieran mis derechos. Porque, como viuda de mi marido, que ni me había repudiado ni había vuelto a casarse, yo disponía de la tertia, es decir, era dueña y señora de la tercera parte de los bienes de Puño de Hierro. Yo tenía once años y era rica.

El representante real la sacó de la torre, la entregó al cuidado de unas damas de la corte, que se encargaron de su educación, y permaneció en el castillo el tiempo suficiente como para dirimir los asuntos de la herencia. Al final, Dhuoda se quedó con esta fortaleza y con algunas más, con el vasallaje de un puñado de caballeros y con unos cuantos pueblos con sus correspondientes siervos.

– Pero sobre todo, mi Leo, me quedó un corazón endurecido por el odio, un corazón feroz del que me enorgullezco. Hace ya mucho tiempo de todo esto, pero yo sigo sintiendo la viscosa y cálida humedad de la sangre de Mambrina sobre mis ropas: también es por eso por lo que visto de blanco. No he vuelto a cruzarme con mi hermanastro, pero algún día lo haré. Y le mataré. Por eso quiero aprender a combatir. Rezo todos los días a Dios para que Pierre no muera antes, para que pueda acabar con él con mis propias manos. Puede que este tipo de plegaria no le guste al buen Dios, puede que sea sacrílega, pero no me importa, porque he pagado con creces por mis pecados. Esto es lo mejor de la venganza: que cuando llega, tú ya has atravesado todo tu infierno.

Vamos de camino a Beauviile, la ciudad más cercana al castillo de Dhuoda. Antaño pertenecía al ducado, pero Puño de Hierro, siempre necesitado de dinero para costear sus guerras, otorgó la carta de libertad a los burgueses a cambio de una buena suma de oro.

– Y así se va malvendiendo y destruyendo el orden en el mundo -dice la Dama Blanca con un mohín de asco.

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