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Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
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Otra cosa que los banqueros habían comprendido es que las tarjetas de crédito eran una estación necesaria en el camino para el Sistema Electrónico de Transferencia de Fondos, el SETF, que, dentro de una década y media, iba a reemplazar la presente avalancha de papel moneda y convertir los cheques existentes y las libretas de banco en algo tan pasado de moda como un Ford modelo T.

– Basta ya -dijo Margot-, empezamos a parecemos a dos accionistas en una reunión… -se le acercó y le besó profundamente en los labios.

El calor de la discusión unos momentos antes ya le había excitado, como sucedía siempre cuando discutía con Margot. Su primer encuentro se había iniciado de esa manera. A veces parecía que, cuanto más enojados se ponían, más crecía la pasión física del uno por el otro. Después de un rato murmuró:

– Declaro levantada la reunión de accionistas.

– Bueno… -Margot se apartó y lo miró con travesura-. La verdad es que hay un asunto sin terminar, querido… ese asunto de los anuncios. ¿Realmente vas a dejar que lleguen al público tal como están?

– No -dijo él-, creo que no lo haré.

La publicidad de las tarjetas clave era fuerte… demasiado fuerte, y él iba a usar su autoridad de veto a la mañana siguiente. Comprendió que, de todos modos, ya lo había decidido. Margot no había hecho más que confirmar su opinión de la tarde.

El nuevo tronco que había añadido al fuego se encendió y empezó a crepitar. Se sentaron en la alfombra ante la chimenea, saboreando su calor, viendo surgir las lenguas de las llamas.

Margot apoyó la cabeza en el hombro de Alex. Dijo con dulzura:

– Para ser un aburrido traficante de oro no estás tan mal.

Él la rodeó con el brazo.

– Te quiero, Alex.

– Yo también te quiero, Bracken.

– ¿En serio? ¿De verdad? ¿Por tu honor de banquero?

– Lo juro por la tasa preferencial.

– Entonces ámame ahora -empezó a desvestirse.

Él murmuró divertido:

– ¿Aquí?

– ¿Por qué no?

Alex suspiró dichoso. Realmente, ¿por qué no?

Después experimentó un sentimiento de alivio y dicha, en contraste con la angustia del día.

Y, todavía más tarde, quedaron abrazados, compartiendo el calor de sus cuerpos y del fuego. Finalmente Margot se movió.

– Lo he dicho antes y lo repito: eres un amante delicioso.

– Y tú estás muy bien, Bracken… -después preguntó: ¿Vas a quedarte esta noche?

Lo hacía con frecuencia, y Alex también se quedaba en el apartamento de Margot. A veces parecía tonto mantener las dos casas, pero él demoraba el momento de unirlas, porque primero quería casarse con Margot, si era posible.

– Me quedaré un rato -dijo ella- pero no toda la noche. Mañana tengo que ir temprano al tribunal.

Las apariciones de Margot ante los tribunales eran frecuentes y, tras uno de estos casos, se habían conocido, hacía año y medio. Poco después de su primer encuentro, Margot había defendido a media docena de manifestantes que habían chocado con la policía durante una protesta en favor de la total amnistía para los desertores de la guerra del Vietnam. Su animosa defensa, no sólo de los manifestantes sino de su causa, llamó mucho la atención. Y también su triunfo… con retiro de todos los cargos… al terminar el juicio.

Pocos días después, en un mezclado cocktail dado por Edwina D'Orsey y su marido, Lewis, Margot había sido rodeada por admiradores y críticos. Había ido sola a la fiesta. Lo mismo le había pasado a Alex, que había oído hablar de Margot, aunque sólo más tarde se enteró de que era prima hermana de Edwina. Mientras bebían el excelente Schramsberg de los D'Orsey, él la había escuchado un rato, después había unido sus fuerzas a las de los críticos. Luego otros se apartaron, dejando la discusión en manos de Alex y de Margot, preparados como gladiadores verbales.

En un momento Margot había preguntado:

– ¿Y quién demonios es usted?

– Un norteamericano corriente, que cree que, en las cosas militares, la disciplina es necesaria.

– ¿Incluso en una guerra inmoral como la del Vietnam?

– Un soldado no puede decidir moralmente. Opera bajo órdenes. La alternativa es el caos.

– Sea usted quien sea, está hablando como un nazi. Después de la Segunda Guerra Mundial hemos ejecutado a alemanes que defendían eso.

– La situación era totalmente diferente.

– No hay nada diferente. En los juicios de Nuremberg los aliados insistieron en que los alemanes debían haber actuado a conciencia y haberse negado a cumplir las órdenes. Es exactamente lo que los desertores del Vietnam están haciendo.

– El ejército norteamericano no está exterminando judíos.

– No, nada más que aldeanos. En My Lai y en todas partes.

– Ninguna guerra es limpia.

– Pero la del Vietnam es más sucia que la mayoría. Del comandante en jefe para abajo. Y por esto tantos jóvenes norteamericanos, que tienen un coraje especial, han obedecido a sus conciencias y han rehusado participar en ella.

– No conseguirán la amnistía incondicional.

– La conseguirán y, cuando gane la decencia, la tendrán.

Seguían discutiendo ferozmente cuando Edwina los separó e hizo las presentaciones. Después ellos continuaron discutiendo, y no habían terminado cuando Alex llevó a Margot en su coche, hasta su apartamento. Allí, en un momento, casi se dieron de golpes, pero, de pronto, descubrieron que el deseo físico anulaba todo lo demás e hicieron el amor excitadamente, con pasión, hasta quedar agotados, sabiendo ya que algo nuevo y vital acababa de penetrar en las vidas de ambos.

Como consecuencia, Alex cambió sus ideas, en un momento tan fuertes. Meses después vio, del mismo modo que otros moderados desilusionados, la hueca burla de la «paz con honor» de Nixon. Y todavía más adelante, cuando empezó a descubrirse lo de Watergate y otras infamias, se hizo claro que los que estaban en los más altos niveles del gobierno, y que habían decretado «No hay amnistía», eran culpables, de lejos, de más villanías que los desertores del Vietnam.

Y había habido otras ocasiones, a partir de la primera, en la que los argumentos de Margot habían cambiado o ampliado sus ideas.

Ahora, en el único dormitorio del apartamento, ella eligió un camisón en un cajón que Alex había dejado para su uso exclusivo. Tras ponérselo, Margot apagó las luces.

Quedaron echados en silencio, en cómoda compañía, en el cuarto oscuro. Después Margot dijo:

– Hoy has visto a Celia, ¿verdad?

Sorprendido, él se volvió hacia ella.

– ¿Cómo lo sabes?

– Se te nota. Es duro para ti… -preguntó-: ¿Quieres hablar de eso?

– Sí -dijo él-, creo que sí.

– Sigues echándote la culpa, ¿verdad?

– Sí -le contó la entrevista con Celia, la conversación con el doctor McCartney y la opinión del psiquiatra sobre el probable efecto que tendría para Celia el divorcio y su nuevo matrimonio.

Margot dijo con énfasis:

– Entonces no debes divorciarte de ella.

– Si no lo hago -dijo Alex- no podrá haber nada permanente entre tú y yo.

– ¡Claro que lo habrá! Te he dicho hace tiempo que puede ser tan permanente como nos dé la gana a los dos. El matrimonio ya no es permanente. ¿Quién cree realmente hoy en día en el matrimonio, excepto algunos viejos obispos?

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