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Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
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Alex preguntó:

– ¿No quiere ir más lejos? ¿No quiere ser más explícito?

El doctor McCartney movió la cabeza.

– La decisión sólo usted puede tomarla. Tras dar unos pasos, los dos debemos marchar solos.

El psiquiatra miró su reloj y se levantó de la silla. Unos momentos después se dieron la mano y se desearon las buenas noches.

Fuera del Remedial Center la limousine y el chófer de Alex -el motor del coche estaba en marcha, el interior era caliente y cómodo- esperaban.

10

– No cabe duda -declaró Margot Bracken- que todo es una colección de sucias argucias y malditas mentiras.

Miraba, con los codos hacia afuera, las manos en su delgada cintura, la cabeza pequeña y resuelta echada hacia atrás. Era provocativa físicamente, pensó Alex Vandervoort, «una pequeña preciosidad», con agradables rasgos agudos, un mentón saliente y agresivo, labios delgados, aunque la boca fuera totalmente sensual. Los ojos de Margot eran su mejor rasgo: eran grandes, verdes, moteados de oro, con pestañas largas y tupidas. En ese momento los ojos llameaban. Su rabia y su decisión lo conmovieron sensualmente.

El motivo de la censura de Margot eran las pruebas de anuncios para las tarjetas claves de crédito, que Alex había traído a casa desde el FMA, y que estaban extendidas ahora sobre la alfombra de la sala del apartamento. La presencia y la vitalidad de Margot eran también un contraste necesario para lo que Alex había soportado hacia unas horas.

Le dijo:

– Se me ocurre, Bracken, que no te gusta el tema de los anuncios.

– ¿Que no me gustan? ¡Los desprecio!

– ¿Por qué?

Ella echó hacia atrás su largo pelo castaño en un gesto familiar aunque inconsciente. Hacía una hora Margot había tirado lejos los zapatos y ahora estaba, en toda su estatura de un metro cincuenta y ocho, calzada sólo con medias.

– Está bien, mira eso… -señaló el anuncio que decía: ¿PARA QUE ESPERAR? HOY PUEDE PAGARSE EL SUEÑO DE MAÑANA… No es más que una indecente porquería… una agresiva, intensa manera de vender deudas… hecha para atrapar a los incautos. El sueño de mañana, para todos, será sin duda costoso. Por eso es un sueño. Y nadie puede pagárselo a menos que tenga ahora el dinero… o la certeza de tenerlo rápidamente.

– ¿No te parece que es la gente quien debe decidir eso por sí misma?

– ¡No!… No la gente en la que vais a influir con una propaganda pervertida, la gente en la que tratáis de influir. Es la gente no sofisticada, esa que se convence fácilmente, los que creen que es verdad lo que ven impreso. Yo sé. Tengo muchos clientes como esos en mi trabajo de abogado. En el trabajo que no cobro.

– Tal vez no sea ésa la clase de gente que tiene nuestras tarjetas clave.

– ¡Caramba, Alex, sabes que no dices la verdad! La gente más increíble tiene ahora tarjetas de crédito, porque vosotros la habéis empujado a ello. Lo único que no habéis hecho es distribuir tarjetas en las esquinas, y no me sorprendería que empezarais pronto.

Alex hizo una mueca. Disfrutaba de aquellos debates con Margot, y atizaba el fuego.

– Le diré a nuestra gente que piense el asunto, Bracken.

– Lo que me gustaría que pensara la gente es en ese tímido dieciocho por ciento de interés que cobran todas las tarjetas de crédito bancario.

– Ya hemos discutido eso.

– Sí, ya lo sé. Y nunca me has dado una explicación satisfactoria.

Él replicó con agudeza:

– Tal vez no has escuchado… -que la discusión fuera divertida o no, Margot sabía cómo metérsele bajo la piel. A veces las discusiones terminaban en peleas.

– Te he dicho que las tarjetas de crédito son mercancía de consumo empaquetada, que ofrecen un amplio margen de servicios -insistió Alex con vehemencia-. Si sumas atentamente todos esos servicios, nuestro promedio de interés no te parecerá sin duda demasiado excesivo.

– ¡Al diablo si es excesivo para quien tiene que pagarlo!

– Nadie tiene que pagar. Porque nadie tiene que pedir prestado.

– Te oigo. No necesitas gritar.

– Bien.

Tomó aliento, decidido a que la discusión no se le escapara de las manos. Además, al discutir con Margot algunos puntos de vista sobre economía, política y demás, aunque las ideas de ella estaban fuera de centro, él descubría que su propio pensamiento era ayudado por la rectitud de ella y su nítida mente de abogado. El trabajo de Margot también le proporcionaba contactos de los que él carecía directamente… entre los pobres y no privilegiados de la ciudad, para quienes realizaba ella la mayoría de sus trabajos legales.

Preguntó:

– ¿Otro coñac?

Ella contestó:

– Sí, por favor.

Era cerca de medianoche. Un fuego de leña, que había ardido poco antes, se consumía ahora en brasas en la chimenea del cómodo cuarto del pequeño y suntuoso apartamento de soltero.

Hacía una hora y media habían comido ahí, tarde, unas viandas servidas por un restaurante de la planta baja del edificio. Un Burdeos excelente -elegido por Alex, un Château Gruaud Larose '66- había acompañado la comida.

Fuera de la zona en la que habían sido desplegados los anuncios de las tarjetas de crédito, las luces del apartamento estaban bajas.

Cuando volvió a llenar las copas de coñac, Alex reanudó la discusión.

– Cuando la gente paga al recibir la cuenta de las tarjetas de crédito no se les cobra interés.

– Quieres decir si pagan todo de una vez.

– Así es.

– Pero ¿cuántos lo hacen? La mayoría de los usuarios de las tarjetas de crédito paga ese «balance mínimo» conveniente, que se muestra en los informes, ¿no?

– Muchos pagan ese mínimo, es verdad.

– Y los demás les queda como deuda… que es lo que realmente vosotros, los banqueros, queréis que suceda. ¿Es verdad o no?

Alex concedió:

– Sí, es verdad. Pero los bancos tienen que obtener beneficios de alguna manera.

– A veces me paso las noches en vela -dijo Margot- preocupada con la idea de que los bancos no ganan lo suficiente.

Él rió y ella siguió, seriamente:

– Oye, Alex, millares de personas que no deberían tenerlas están apilando deudas a largo plazo por el uso de las tarjetas de crédito. A veces es para pagar trivialidades… cosas de almacén, discos, juegos de porcelana, libros, comidas, otras cosas menores; en parte lo hacen por desconocimiento y, en parte, porque el crédito en pequeñas cantidades es ridículamente fácil de obtener. Y esas pequeñas cantidades, que deberían pagarse al contado, se suman y estropean las deudas, cargando a la gente imprudente durante años y años.

Alex ahuecó las manos en la copa de coñac para calentarlo, bebió, después se levantó y echó un nuevo leño en el fuego. Protestó:

– Te preocupas demasiado y el problema no es tan grave.

Sin embargo, tuvo que reconocer que algo de lo que Margot decía tenía sentido. En el pasado -como decía una vieja canción- los mineros «debían su alma al almacén de la compañía», y, ahora, una nueva forma de deuda crónica había surgido, la que hipotecaba ingenuamente la vida futura y la renta «a un amistoso banco de la vecindad». Uno de los motivos era que las tarjetas de crédito habían reemplazado, en buena medida, a los pequeños préstamos. Antes los individuos eran disuadidos de pedir un préstamo excesivo, pero ahora decidían por sí mismos… con frecuencia poco sabiamente. Algunos observadores, sabía Alex, creían que el sistema había degradado la moral norteamericana.

Lógicamente, el sistema de tarjetas de crédito era mucho más barato para un banco; también un pequeño cliente de préstamos, que pedía por medio de las tarjetas de crédito, pagaba más interés sustancial que en un préstamo convencional. El total del interés que el banco recibía era con frecuencia del 24 %, ya que los comerciantes que aceptaban las tarjetas de crédito pagaban adicionalmente entre el 2 % y el 6 %. Por estos motivos, bancos como el FMA confiaban en las tarjetas de crédito para aumentar sus beneficios, e iban a seguir haciéndolo en el futuro. Es verdad que las pérdidas iniciales en todos los planes del sistema de tarjetas de crédito habían sido sustanciales; como decían los banqueros, «nos dieron un baño». Pero los mismos banqueros estaban convencidos de que se acercaba la bonanza, y que ésta sobrepasaría en beneficios a la mayor parte de los negocios bancarios.

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