El Ojo Del Huracan
- Автор: Хиггинс Джек
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Ojo Del Huracan». Краткое содержание книги:
La minuciosa preparación del golpe, los ciegos esfuerzos del servicio secreto por evitarlo, forman el nudo de una obra tan inteligente como trepidante. La maestría de Jack Higgins -de quien Grijalbo ha publicado Ha llegado el águila y El águila emprende el vuelo- alcanza en esta obra la máxima sutileza, energía y verosimilitud.
– Esperaré fuera, monsieur -dijo la enfermera, y salió.
Brosnan se sentó y tomó la mano de Anne-Marie, que abrió los ojos, mirándole al principio sin reconocerle. Luego sonrió.
– ¿Eres tú, Martin?
– ¿Quién si no? -le besó la mano.
A espaldas de ambos la puerta se entreabrió. Era el médico que acudía a echar una ojeada.
– Ese pelo tan largo. Es ridículo -alzó ella una mano para tocarlo-. En aquel pantano del Vietnam, cuando los vietcong iban a acabar conmigo, apareciste de entre el cañaveral como un guerrero de la Edad Media. Llevabas el pelo demasiado largo, y sujeto con una cinta.
Cerró los ojos, y Brosnan dijo:
– No intentes hablar. Descansa.
– Es preciso -prosiguió ella, abriendo los ojos de nuevo-. Déjalo, Martin. Quiero que me lo prometas. No vale la pena. No te devolverá tu antiguo ser.
Le tomó de la mano con sorprendente fuerza, e insistió:
– Prométemelo.
– Tienes mi palabra -dijo él.
Ella se relajó y volvió los ojos hacia el techo.
– Mi querido y salvaje chicarrón irlandés. Nunca he querido a ningún otro, Martin.
Cerró los ojos con suavidad y el aparato que estaba junto a la cama cambió de tono. En una fracción de segundo Dubois se precipitó al interior de la habitación.
– Sal ahora, Martin. Espera fuera.
Empujó a Brosnan hacia la salida y cerró. Mary estaba de pie en el pasillo.
– ¿Martin? -le interrogó.
Él se quedó mirándola sin expresión, y entonces volvió a abrirse la puerta y salió Dubois.
– Lo siento, amigo mío. Todo ha terminado.
En la barcaza, Dillon despertó con el primer zumbido del teléfono.
– Ha muerto, me temo -anunció Makeiev.
– Lo siento -dijo Dillon-. No fue mi intención.
– Y ahora, ¿qué? -preguntó Makeiev.
– Me parece que voy a salir hoy por la tarde. Será lo más prudente, dadas las circunstancias. ¿Qué hay de Aroun?
– Quiere hablar con nosotros a las once.
– Bien. ¿Está enterado de lo ocurrido?
– No.
– Mejor, que continúe así. Te espero delante de la casa a las once.
Colgó y amontonó las almohadas para apoyar la espalda. Anne-Marie Audin. Una lástima. Matar mujeres no era lo suyo. Sólo una vez, en Derry, una denunciante, pero lo tenía merecido. En este otro caso, había sido un accidente. Un mal presagio. Demasiados hechos imprevistos. Aplastó la colilla y trató de conciliar otra vez el sueño.
Poco después de las diez Ferguson y Hernu llamaron al apartamento de Brosnan. Les abrió Mary Tanner.
– ¿Cómo está? -preguntó Ferguson.
– Se mantiene gracias a la actividad. El abuelo de Anne-Marie está delicado, así que Martin y el secretario se han puesto en contacto para despachar los dos juntos los detalles del sepelio.
– ¿Tan pronto? -preguntó Ferguson.
– Mañana en Vercors, en el panteón familiar.
Ella los introdujo; Brosnan estaba junto a la ventana, mirando afuera, y se volvió para recibirlos, con las manos en los bolsillos y el rostro demudado.
– ¿Y bien? -inquirió.
– No hay novedad -dijo Hernu-. Hemos puesto en aviso a todos los puertos y aeropuertos. Con discreción, naturalmente -y después de un titubeo agregó-: Nos parece que será mejor no divulgar la noticia, profesor. La de la infortunada muerte de mademoiselle Audin, quiero decir.
Brosnan parecía extrañamente indiferente.
– No lo atraparán. Es en Londres donde hay que buscar, y cuanto antes mejor. Seguro que ya se ha puesto en camino, y para buscar en Londres me necesitan a mí.
– ¿Quiere decir que va a ayudarnos? ¿Que quiere intervenir en ese caso? -preguntó Ferguson.
– Sí.
Brosnan encendió un cigarrillo, abrió la ventana y salió al balcón. Mary fue a reunirse con él.
– No puede usted, Martin. Se lo prometió a Anne-Marie.
– Le mentí para que muriese tranquila. No se ve nada aquí. Está todo a oscuras.
Sus facciones habían revestido una dureza pétrea, y la mirada tenía una expresión siniestra. Era la cara de un desconocido.
– ¡Oh, Dios mío! -susurró ella.
– Acabaré con él -dijo Brosnan-. Aunque sea lo último que haga en la vida. Quiero verlo muerto.
6
Faltaban minutos para las once cuando Makeiev se presentó delante del apartamento de Michael Aroun en la avenida Victor Hugo. El chófer detuvo el coche junto a la acera; en el mismo instante en que cortaba el contacto, se abrió la puerta y entró Dillon en el compartimiento posterior.
– Más vale que te quites los zapatos de salón. Está todo lleno de barrillo -dijo, sonriente.
Makeiev alargó la mano para correr el cristal.
– Te veo de muy buen humor, considerando las circunstancias.
– ¿Por qué no iba a estarlo? Sólo quiero asegurarme de que no vayas a contarle nada a Aroun sobre lo de la Audin. -Desde luego que no.
– Mejor así -sonrió Dillon-. No quiero que ocurra nada que venga a estropear el asunto. Entremos.
Rashid les abrió y una doncella se encargó de sus abrigos. Aroun les aguardaba en su fastuoso salón.
– Valenton, señor Dillon. Una decepción notable.
– En la vida nada es perfecto, ya debería usted saberlo. Le prometí un blanco alternativo y pienso ir por él -replicó Dillon.
– ¿El primer ministro británico? -preguntó Aroun.
– Así es -asintió Dillon-. Hoy por la tarde me voy a Londres. Pensé que debíamos charlar antes.
Rashid lanzó una ojeada a Aroun, que dijo:
– Desde luego, señor Dillon. ¿En qué podemos servirle?
– Ante todo necesito más capital operativo. Treinta mil dólares, que me serán entregados por alguna persona de confianza en Londres. En efectivo, como es natural. El coronel Makeiev podrá encargarse de los detalles.
– No hay problema -dijo Aroun.
– En segundo lugar, está la cuestión de cómo largarme de Inglaterra una vez la operación haya concluido con éxito.
– Parece usted muy seguro de sí mismo, señor Dillon -dijo Rashid.
– Los viajes hay que abordarlos siempre con buen ánimo, muchacho -contestó Dillon-. Con los años he aprendido que el punto principal de todo atentado importante es cómo salir sin dejar la piel. Quiero decir que, si cazo al primer ministro británico por cuenta de ustedes, la dificultad principal para mí estará en cómo abandonar Inglaterra, y ahí es donde interviene usted, señor Aroun.
Entró la camarera con un servicio de café. Aroun aguardó mientras ella colocaba las tazas y las llenaba; cuando se hubo retirado habló:
– Por favor, explíquese.
– Una de mis aficiones menores es la de volar, y tengo entendido que la comparto con usted. De acuerdo con un antiguo artículo de la revista Paris Match, usted es propietario de una finca en Normandía llamada Château Saint Denis, a unas veinte millas al sur de Cherburgo por mar.
– Es exacto.
– El artículo decía que estaba usted enamorado de ese lugar, por lo remoto y no contaminado, como si fuese una cápsula del tiempo en donde se hubiese conservado el siglo dieciocho.
– ¿Adónde quiere usted ir a parar exactamente, señor Dillon? -preguntó Rashid.
– Decía también que disponía de pista de aterrizaje propia, y que no pocas veces el señor Aroun se desplazaba allí, procedente de París, pilotando su propio avión.
– Muy cierto -asintió Aroun.
– Excelente. He aquí lo que haremos, pues. Cuando se aproxime el… ¿cómo lo diría yo?… la conclusión de los acontecimientos, se lo haré saber. Usted volará a su finca de St. Denis, y yo saldré volando de Inglaterra para reunirme con usted cuando se haya cumplido la misión. A partir de ahí usted organiza mi evacuación.