El Ojo Del Huracan
- Автор: Хиггинс Джек
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Ojo Del Huracan». Краткое содержание книги:
La minuciosa preparación del golpe, los ciegos esfuerzos del servicio secreto por evitarlo, forman el nudo de una obra tan inteligente como trepidante. La maestría de Jack Higgins -de quien Grijalbo ha publicado Ha llegado el águila y El águila emprende el vuelo- alcanza en esta obra la máxima sutileza, energía y verosimilitud.
– Qué simpáticos.
– Todo el mundo los conoce, incluso la policía. Pues bien, a esa cofradía recurrirá Dillon.
– Usted perdone -objetó ella-, pero me parece que ése debe ser un grupo bastante restrictivo.
– Está usted en lo cierto, pero casualmente resulta que yo tengo lo que podríamos llamar el carné.
– Y ¿cómo diablos lo ha conseguido?
Él llenó de nuevo las copas de champaña.
– Allá por mil novecientos sesenta y ocho, durante mi juventud aventurera y despreocupada en Vietnam, fui paracaidista de la aerotransportada. Me destinaron a un grupo de las fuerzas especiales que actuaba en Camboya. Ilegalmente, si no es indiscreción decirlo. Estaba formado por individuos de todos los cuerpos, especialistas podríamos decir. Incluso había algunos marines, y así fue como conocí a Harry Flood.
– ¿Harry Flood? -frunció el ceño ella-. Me suena ese nombre por alguna razón.
– Es posible. Me explico. Harry tiene la misma edad que yo. Nacido en Brooklyn, su madre murió en el parto, y él se crió con su padre hasta los dieciocho años, en que murió el padre también. Al verse solo en la vida se enroló en los marines y fue destinado al Vietnam; allí nos encontramos -soltó una carcajada seca-. Nunca olvidaré esa primera vez. Estábamos hasta el cuello en un pantano apestoso del delta del Mekong.
– Parece un tipo interesante.
– Vaya si lo es. La Estrella de Plata, la Cruz de la Armada. En el sesenta y nueve, cuando me licencié yo, a él le faltaba todavía un año. Lo destinaron a Londres, como sargento de la escolta en la embajada. Allí fue donde ocurrió.
– ¿Qué ocurrió?
– Una noche conoció a una chica en la sala de baile vieja del Lyceum, una muchacha llamada Jean Dark. Como cualquier otra veinteañera bonita con su camisero de algodón, sólo que ésa era distinta. La familia Dark eran gángsteres, unos auténticos villanos del East End. El padre tenía su pequeño imperio a orillas del río y era tan famoso, a su manera, como los mismos hermanos Kray. Murió poco después, aquel mismo año.
– ¿Qué pasó? -preguntó ella, totalmente fascinada por la historia.
– La madre de Jean intentó hacerse cargo del negocio. Mamá Dark, la llamaban todos. Hubo diferencias, bandas rivales, como suele pasar. Harry y Jean se casaron, se establecieron en Londres y él se vio arrastrado. En lo de eliminar a los rivales y todo eso.
– ¿Quiere decir que se hizo gángster?
– No es la manera más diplomática de decirlo, pero si. Y mucho más que eso. Se convirtió en uno de los principales gobernadores del East End londinense.
– ¡Ah, sí! ¡Ahora caigo! Es el dueño de todos esos casinos, y el promotor de una gran urbanización a orillas del Támesis.
– Exacto. Jean murió de cáncer hará cinco o seis años, y la madre había desaparecido bastante antes. Él se limitó a seguir la corriente.
– ¿Es ciudadano británico ahora?
– No, ha preferido no renunciar a la nacionalidad estadounidense. Las autoridades no han podido expulsarle porque no tiene antecedentes. Nunca ha estado en la cárcel, ni un solo día.
– ¿Y sigue siendo un gángster?
– Eso depende de cómo quiera usted definir esa palabra. En los viejos tiempos cometió muchas fechorías, o lo hicieron sus muchachos, pero siempre fueron delitos a la antigua.
– ¿Quiere decir nada tan feo como las drogas o la prostitución? ¿Sólo atracos a mano armada, protección, bagatelas de ese estilo?
– No sea tan severa. Tiene los casinos, intereses en compañías de electrónica y promociones inmobiliarias. Es propietario de medio Wapping y de casi toda la orilla del río. Todo sumamente legal.
– ¿Y sigue siendo un gángster?
– Digamos que para muchos vecinos del East End sigue siendo el gobernador. El yanqui, le llaman. Simpatizará usted con él.
– ¿Usted cree? -se sorprendió ella-. ¿Cuándo va a presentármelo?
– Tan pronto como pueda arreglarlo. En el East End nadie se mueve sin que Harry y sus muchachos lo sepan. Si alguien puede ayudarme a cazar a Sean Dillon, ése es él.
En aquel momento se presentó el camarero para servir sendas sopas de cebolla a la francesa.
– Y ahora, cenemos -concluyó él-. Estoy famélico.
Harry Flood estaba en cuclillas en el fondo del pozo, con los brazos cruzados para conservar el calor corporal, desnudo hasta la cintura y descalzo, sin más que unos pantalones de camuflaje. El pozo mediría poco más de un metro cuadrado y la lluvia entraba sin cesar a través de la reja de bambú con que se cerraba, sobre su cabeza. A veces acudían algunos vietcong a contemplarle; enseñaban a los visitantes aquel perro yanqui que pisaba su propia inmundicia, aunque hacía mucho tiempo que él se había acostumbrado al hedor.
Le parecía como si hubiera estado allí siempre y el tiempo había dejado de significar nada para él. Jamás había experimentado una desesperación tan absoluta. La lluvia arreciaba y caía por la boca del pozo como una catarata. El nivel del agua subía con rapidez. Se puso en pie y de súbito se halló con el agua hasta pecho y subiendo. Caía sobre su cabeza sin cesar; luego perdió pie y se vio obligado a patalear y bracear para mantenerse a flote. Luchando por el aire, sus uñas se clavaron en las paredes del pozo. De súbito una mano le agarró con fuerza, lo izó sacándole del agua y pudo respirar libremente otra vez.
Harry Flood despertó sobresaltado y se incorporó en la cama. Hacía años, desde que estuvo en Vietnam, que tenía aquella pesadilla. Mucho tiempo, en todo caso, y siempre acababa ahogándose. Lo de la mano salvadora había sido una novedad.
Buscó el reloj. Eran casi las diez. Tenía la costumbre de echar una siesta a primera hora de la tarde, antes de salir a visitar uno de los clubes, pero esta vez se había pasado. Se puso el reloj, corrió al cuarto de baño y tomó una ducha rápida. Mientras se afeitaba observó algunas canas en su negro cabello.
– A todo el mundo le ocurre, Harry -dijo en voz baja, sonriendo.
En efecto, sonreía a menudo, aunque si alguien se hubiese fijado habría notado un cierto rictus de fatiga; era la sonrisa de un hombre que juzgaba la vida, en conjunto, decepcionante. Bastante bien parecido, aunque tal vez de aspecto algo rudo, musculoso, de hombros fuertes, en realidad no estaba mal para sus cuarenta y seis años, como él mismo se decía por lo menos una vez al día para darse moral. Se endosó una camisa negra de seda con tirilla y un traje de Armani, de seda cruda marrón, ancho y cómodo, tras lo cual verificó su aspecto en el espejo.
– Listo otra vez para hacer estragos, muchacho -se dijo, y salió.
Vivía en un apartamento enorme, que era parte de unos almacenes reformados de los muelles. Las paredes de ladrillo de la sala estaban enjalbegadas, y el suelo de madera barnizada estaba cubierto de alfombras indias por todas partes. Sofás cómodos, una barra y, detrás de ésta, estanterías con botellas de todas las marcas imaginables. Aunque sólo eran para los invitados; él nunca tomaba alcohol. Al fondo tenía un voluminoso escritorio y detrás del mismo, anaqueles con libros.
Abrió la puertaventana y salió al balcón, que miraba al río. Hacía un frío tremendo. El puente de la Torre quedaba a su derecha y más al fondo, la Torre de Londres iluminada por los proyectores. Un barco pasó río abajo, tan iluminado que incluso pudo distinguir a los miembros de la tripulación trabajando en cubierta. Respiró a fondo el aire, que cortaba de tan frío como era, y que siempre le servía de estímulo.
Al fondo de la sala se abrió una puerta y entró Mordecai Fletcher. Era un hombrón de metro ochenta, de pelo gris acero y bigotillo recortado. Vestía traje azul de americana cruzada y lucía corbata con los colores de la guardia real; tan convencional aspecto quedaba en parte desmentido por las cicatrices alrededor de los ojos y la nariz aplastada, que obviamente había sido rota más de una vez.