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El Ojo Del Huracan

Электронная книга - «El Ojo Del Huracan». Краткое содержание книги:

Una feroz guerra subterránea… y el más audaz de los atentados. Sean Dillon es un asesino. Quizá su atracción por la violencia surgiera de la convicción política cuando formó parte del IRA. Pero ya ha perdido las referencias y los escrúpulos. Dillon es un sicario, un carísimo sicario. Tan caro que sólo un magnate iraquí del petróleo puede pagarle. Son los tiempos de la guerra del Golfo, y un magnicidio puede afectar el equilibrio de los aliados. Se trata de un extraordinario desafío, que sólo Dillon puede abordar. Y él mismo fijará el blanco: el primer ministro británico, John Major.
La minuciosa preparación del golpe, los ciegos esfuerzos del servicio secreto por evitarlo, forman el nudo de una obra tan inteligente como trepidante. La maestría de Jack Higgins -de quien Grijalbo ha publicado Ha llegado el águila y El águila emprende el vuelo- alcanza en esta obra la máxima sutileza, energía y verosimilitud.
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– Vamos a tomar un café, amigo. Sospecho que la noche va a ser larga.

– Yo únicamente tomo té -dijo Brosnan, con las facciones pálidas y la mirada sombría-. No soporto el café, aunque le parezca a usted la cosa más rara del mundo.

Había un pequeño café para visitantes en la planta baja. Estaba casi desierto, por lo avanzado de la hora. Savary se ausentó para encargarse de los aspectos policiales y los demás ocuparon una mesa en un rincón.

– Sé que estará pensando en otras cosas, pero ¿puede contarnos algo de lo que dijo? -preguntó Ferguson.

– ¡Ya lo creo! Trabaja por cuenta de alguien y desde luego no es el IRA. Van a pagarle por esta acción e incluso presumió de que sería mucho dinero.

– ¿Alguna idea acerca de quién puede ser?

– Cuando le mencioné a Saddam Husein se puso furioso. Tengo la impresión de que la cosa anda por ahí. Otro punto interesante. Les conoce perfectamente a ustedes.

– ¿A todos nosotros? ¿Está usted seguro? -dijo Hernu.

– Sí, sí. También presumió de eso -se volvió hacia Ferguson-. Incluso sabía que usted y la capitana Tanner estaban aquí para sacarme información. Son sus palabras. Y dijo que tenía amigos bien situados.

Frunció el ceño mientras procuraba recordar las palabras exactas, y luego las repitió:

– «Mis amigos son de los buenos, de los que tienen acceso a todo lo que quieran».

– ¿Eso dijo? -miró Ferguson a Hernu-. Preocupante, ¿no les parece?

– Pues usted tiene otro problema, porque dijo que el atentado contra la Thatcher no había sido más que un ensayo, que tenía otro blanco alternativo.

– Continúe -dijo Ferguson.

– Conseguí que se saliera de sus casillas aguijoneándole por lo mal planeado que estuvo el golpe de Valenton. Creo que averiguarán ustedes que se propone atentar contra el primer ministro británico.

– ¿Está usted seguro? -preguntó Mary.

– Desde luego -asintió él-. Le tendí una trampa, asegurándole que nunca lo conseguiría, y él se puso furioso y prometió demostrar cómo me equivocaba.

Ferguson miró a Hernu, con un suspiro.

– Ahora ya estamos al corriente. Será preciso acudir a la embajada y dar la alarma a nuestra gente en Londres.

– Yo haré lo mismo aquí -dijo Hernu-. Tarde o temprano tendrá que salir del país. Alertaremos a todos los aeropuertos y líneas de transbordadores. Lo habitual, aunque de una manera discreta, naturalmente.

Todos se pusieron en pie, y Brosnan añadió:

– Pierden ustedes el tiempo. No lo atraparán con las rutinas de costumbre. Ni siquiera saben a quién deben buscar.

– Es posible, Martin -dijo Ferguson-. Pero es menester que hagamos cuanto está en nuestra mano, ¿verdad?

Mary Tanner les acompañó hasta la puerta.

– Mire, brigadier, si no le importa preferiría quedarme.

– Por supuesto, querida. Nos veremos luego.

Ella se dirigió al mostrador y pidió dos tazas de té.

– Son fantásticos esos franceses -comentó-. No hay manera de hacerles entender que nos gusta tomar el té con leche.

– Gente para todo -dijo Brosnan, lacónico-. Ferguson me ha contado cómo se hizo usted esa cicatriz.

– Un recuerdo de la vieja Irlanda -se encogió ella de hombros.

Él se devanaba los sesos en busca de conversación.

– ¿Y la familia de usted? ¿Vive en Londres?

– Mi padre era profesor de cirugía en Oxford. Murió hace unos años, de cáncer. Mi madre todavía vive y tiene una finca en el Herefordshire.

– ¿Hija única?

– Tuve un hermano. Diez años mayor que yo. Lo mataron en Belfast. Un francotirador le acertó desde Divis Flats. Era capitán de infantería de marina.

– Lo siento.

– De eso hace muchos años.

– Pero no la dispondrá favorablemente para con las personas como yo.

– Ferguson me contó cómo se vio usted implicado en lo del IRA después de la guerra del Vietnam.

– Otro yanqui entrometido, ha debido pensar usted -suspiró-. Parecía lo justo en aquellos momentos, así era y es inútil querer afirmar otra cosa. Estuve metido hasta el cuello durante cinco largos y sangrientos años.

– ¿Y cómo lo ve usted ahora?

– ¿Lo de Irlanda? -soltó una áspera carcajada-. Por lo que a mí concierne, podrían hundirse todos en el océano con su isla.

Poniéndose en pie, agregó:

– Vamos a estirar las piernas -dicho lo cual enfiló hacia la salida sin volverse.

Dillon estaba en la cocina de su barcaza, hirviendo agua, cuando sonó el teléfono. Makeiev anunció:

– Está en el hospital St. Louis. Ha sido necesario actuar con discreción en las averiguaciones, pero mi informante ha podido comprobar que está en la lista de urgencias.

– Al carajo con ella -dijo Dillon-. ¿Por qué no se quedó con las manos quietas?

– Esto podría desencadenar un alboroto importante. Voy a verte y hablaremos.

– Te espero aquí.

Dillon echó agua hirviendo en una palangana y se metió en el baño. Allí se quitó la camisa y sacó un portafolios del armario empotrado bajo el lavabo. Era exactamente lo que había previsto Brosnan. La cartera contenía una colección de pasaportes, en cuyas fotografías aparecía el mismo Dillon convenientemente disfrazado. Y también un neceser de maquillaje de gran calidad.

En el decurso de los años había cruzado muchas veces a Inglaterra, ida y vuelta, a menudo haciendo escala en Jersey, una de las islas del canal. Era suelo británico y, una vez en ella, no hacía falta pasaporte para el vuelo a Inglaterra. Así que esta vez sería un turista francés de vacaciones en Jersey, para lo cual seleccionó un pasaporte a nombre de Henri Jacaud, un vendedor de automóviles oriundo de Rennes.

A continuación eligió un permiso de conducción de Jersey a nombre de Peter Hilton, domiciliado en St. Helier, la capital de la isla. En Jersey los permisos de conducir, a diferencia del resto de las islas Británicas, llevan una fotografía del titular. Hacía años que había comprendido la utilidad de andar provisto de una identidad verificable; nada tranquilizaba tanto a la gente como poder comparar el rostro de una persona con las fotos de sus papeles. En este caso, la fotografía del permiso de conducir y la del pasaporte francés eran idénticas, como convenía al itinerario.

Disolvió en el agua caliente un poco de tinte negro para el cabello y empezó a cepillarse el suyo, de color natural rubio. Era sorprendente cómo cambiaba una cara con sólo ponerse el pelo de otro color. Modeló con el secador un peinado diferente y lo fijó con brillantina. Luego seleccionó de su portafolios unas gafas de montura de concha y cristales ligeramente ahumados. Cerró los ojos para concentrarse en su papel, y cuando los abrió ahí estaba Henri Jacaud frente al espejo. El efecto era extraordinario. Cerró el portafolios, lo guardó en el armario, se puso la camisa y salió a la cabina principal provisto del pasaporte y el carné de conducir.

En ese instante llegaba Makeiev.

– ¡Vaya susto! -exclamó-. Creí que me había tropezado con un desconocido.

– Lo es -dijo Dillon-. Henri Jacaud, vendedor de coches en Rennes, tomándose unas vacaciones de invierno en Jersey. Embarcado en el hidrodeslizador de St. Malo.

Y mostrándole el permiso de conducir, agregó:

– Qué también es Peter Hilton, residente en Jersey y de profesión contable en St. Helier.

– ¿No necesitas pasaporte para ir a Londres?

– No lo necesitan los residentes en Jersey, porque es territorio británico. El permiso de conducir sirve para atribuirme una cara. Así la gente se queda tranquila, creyendo que saben quién eres. Incluso la policía.

– ¿Qué ocurrió esta noche, Sean? ¿Qué ha pasado en realidad?

– Decidí que había llegado el momento de ocuparme de Brosnan. ¿No lo entiendes, Josef? Me conoce demasiado bien, sabe muchas cosas acerca de mí, y eso puede ser peligroso.

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