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El Ojo Del Huracan

Электронная книга - «El Ojo Del Huracan». Краткое содержание книги:

Una feroz guerra subterránea… y el más audaz de los atentados. Sean Dillon es un asesino. Quizá su atracción por la violencia surgiera de la convicción política cuando formó parte del IRA. Pero ya ha perdido las referencias y los escrúpulos. Dillon es un sicario, un carísimo sicario. Tan caro que sólo un magnate iraquí del petróleo puede pagarle. Son los tiempos de la guerra del Golfo, y un magnicidio puede afectar el equilibrio de los aliados. Se trata de un extraordinario desafío, que sólo Dillon puede abordar. Y él mismo fijará el blanco: el primer ministro británico, John Major.
La minuciosa preparación del golpe, los ciegos esfuerzos del servicio secreto por evitarlo, forman el nudo de una obra tan inteligente como trepidante. La maestría de Jack Higgins -de quien Grijalbo ha publicado Ha llegado el águila y El águila emprende el vuelo- alcanza en esta obra la máxima sutileza, energía y verosimilitud.
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– Harry, muchacho -se sentó Harvey sin aguardar invitación-. No te importa que te acompañemos un rato, ¿verdad?

Myra se inclinó y besó a Flood en la mejilla.

– ¿Te gusta mi nuevo perfume, Harry? Me ha costado una fortuna, pero Jack dice que es como un afrodisíaco, por lo bien que huele.

– Qué palabra tan difícil para ti -dijo Flood.

Ella se sentó en la otra silla, mientras Harvey sacaba un puro; tras cortarlo, alzó la mirada hacia Mordecai y le dijo:

– ¿Dónde tienes tu puñetero encendedor, eh?

Sin torcer el gesto, Mordecai le dio fuego y Myra continuó diciendo:

– ¿Invitas a una copa? Ya sabemos que tú no bebes, pero piensa en los pobres infelices de los demás.

Hablaba con un ligero acento cockney, no demasiado exagerado y que en ella resultaba atractivo. Apoyó una mano en la rodilla de Flood y éste dijo:

– ¿Cóctel de champaña, si no recuerdo mal?

– Lo aceptaré.

– Yo no. Demasiado flojo para mí ese brebaje -apuntó Harvey-. Que sea un escocés con agua en vaso grande.

Maurice, que había permanecido en actitud expectante, dio la orden a un camarero y luego se inclinó hacia el oído de Flood.

– Sus huevos revueltos, señor Flood.

– Los tomaré ahora -contestó Flood.

Maurice se alejó, e instantes después apareció el camarero con una bandeja de plata. Quitó la tapadera y sirvió los huevos, que Flood atacó sin más preámbulos.

Harvey comentó:

– Aún no te he visto despachar una comida decente, Harry. ¿Qué es lo que no funciona contigo?

– Nada en realidad -explicó Flood-. La comida no me importa mucho, Jack. Allá en Vietnam, cuando era un muchacho, los vietcong me tuvieron prisionero y aprendí que no se necesitaba mucho para sobrevivir. Más tarde recibí un tiro en el estómago y me recortaron treinta centímetros de tripa.

– Algún día tendrás que enseñarme la cicatriz -dijo coqueta Myra.

– Pero no hay mal que por bien no venga. Si no me hubieran herido, la infantería de Marina no me habría dado un destino tan descansado como la custodia de la embajada de Londres.

– Y no habrías conocido a Jean -dijo Harvey-. Recuerdo el año que os casasteis, Harry. Ese mismo año murió papá Sam Dark el Viejo, el rey sin corona del East End desde que metieron a los Kray en el talego. ¡Y Jean! -meneó la cabeza-. ¡Qué mujer! Los pretendientes formaban cola delante de su puerta. Incluso tuvo a un oficial de la guardia real, un lord. Siéntate bien, ¿quieres? -agregó reprendiendo a Myra.

– Pero prefirió casarse conmigo -dijo Flood.

– No le fue tan mal, Harry. Quiero decir que tú la ayudaste en los negocios, sobre todo cuando murió su mamá. Todos lo sabemos.

Flood apartó el plato y se limpió inmediatamente los labios con la servilleta.

– Estamos de cumplido esta noche, ¿eh, Jack? ¿A qué has venido en realidad?

– Tú sabes lo que quiero, Harry. Quiero una participación. Tienes cuatro casinos ahora y ¿cuántos clubes, Myra?

– Seis -dijo ella.

– Y esos proyectos de los muelles -continuó Harvey-. Deberías compartir la tarta.

– Sólo que hay una pequeña dificultad con eso, Jack -le explicó Flood-. Hace mucho tiempo que soy un hombre de negocios legal, mientras que tú… -meneó la cabeza-. Un chorizo siempre es un chorizo.

– ¡Bastardo yanqui! No tolero que nadie me hable así -dijo Harvey.

– Acabo de hacerlo, Jack.

– Entraremos, Harry, te guste o no.

– Inténtalo -dijo Flood.

Salter había cruzado la habitación para ir a apoyarse de espaldas contra la pared al lado de Mordecai. El grandullón le habló en voz baja y Salter se alejó.

Myra dijo:

– Lo dice en serio, Harry. Te aconsejo que seas razonable. Sólo pedimos una tajada pequeña del negocio.

– Asociados conmigo entráis en asuntos de informática, promociones inmobiliarias, clubes y salas de juego -aclaró Flood-. ¿Qué gano yo a cambio? Entrar en asuntos de chulos, putas, droga y protección. Yo me ducho tres veces al día, cariño, pero no serían suficientes para poderme sentir limpio.

– ¡Cabrón de yanqui! -Myra levantó la mano, pero él la sujetó por la muñeca.

Harvey se puso en pie.

– Déjalo, Myra. Vámonos. Ya nos veremos, Harry.

– Espero que no -replicó Flood.

Cuando hubieron salido, Mordecai se inclinó hacia su jefe.

– Qué individuo tan repugnante. Siempre me han dado náuseas él y sus amiguetes.

– Hay gente para todo -dijo Flood-. No permitas que tus prejuicios te alteren el buen humor, Mordecai, y tráeme una taza de café.

– El muy cerdo -iba diciendo Jack Harvey mientras se encaminaba con Myra hacia el estacionamiento del callejón-. Me las va a pagar por haberse atrevido a hablarme de esta manera.

– Ya te dije que veníamos a perder el tiempo -replicó la mujer.

– Tenías razón -se caló los guantes en sus manazas-. Tendremos que demostrarle que hablamos en serio, ¿verdad?

Una camioneta estaba detenida al fondo de la calle. Cuando ellos se acercaron el conductor encendió las luces de posición. Era un joven de unos veinticinco años, de aspecto peligroso y decidido, que lucía chaqueta de aviador de cuero negro y una gorra de visera.

– Señor Harvey.

– Buen muchacho, Billy. Llegas justo a tiempo -se volvió Harvey hacia su sobrina-. No creo que conozcas a Billy Watson, Myra.

– Pues no, no lo recuerdo -dijo ella contemplándole con descaro.

– ¿A cuántos tienes atrás? -se informó Harvey.

– A cuatro, señor Harvey. Tengo entendido que el tal Mordecai Fletcher es un pedazo de animal -alzó un bate de béisbol-. Con esto lo pondremos a caldo.

– Sobre todo nada de armas de fuego, recuerda que te lo tengo dicho.

– Como usted quiera, señor Harvey.

– Un par de palos es todo lo que hace falta, y tal vez un par de piernas rotas. Adelante con ello. Debe salir tarde o temprano.

Harvey y Myra continuaron su camino.

– ¿Crees que bastará con cinco? -preguntó Myra.

Él profirió una breve carcajada.

– ¿Que si bastará? ¿Acaso se cree un Sam Dark? Aquél sí era un hombre, pero ese yanqui… Lo dejarán inválido. Tendrá que andar seis meses con muletas. Son tipos duros, Myra.

– ¿De veras? -dijo ella.

– Anda, date prisa que hace un frío que pela -concluyó él, apresurándose en dirección al coche.

Una hora más tarde Harry Flood se puso en pie, dispuesto a abandonar el local. Mientras la empleada del vestíbulo le ayudaba a ponerse el abrigo, se volvió para dirigirse a Mordecai.

– ¿Dónde está Charlie?

– ¿Ah? Salió hace un par de minutos. Ha ido a calentar el motor. Quiero decir que con el frío que viene del norte, Harry, se nos va a helar hasta el Támesis.

Flood soltó una carcajada y luego salieron a la calle. Todo sucedió con mucha rapidez. El portón trasero de la camioneta que se hallaba estacionada al otro lado de la calle se abrió, y saltaron varios hombres que cruzaron a la carrera, empuñando bates de béisbol. El primero en acercarse asestó un golpe de volea, pero Mordecai se inclinó hacia el lado contrario, bloqueó el brazo del asaltante y lo volteó sobre la cadera, echándolo escaleras abajo hacia el muelle.

Los otros cuatro se detuvieron y formaron en círculo, con los bates dispuestos.

– Esto no os servirá de nada -dijo Billy Watson-. Os vamos a romper las piernas.

A sus espaldas, un disparo retumbó con fuerza en el aire helado, y luego otro. Todos se volvieron y Charlie Salter salió a la luz al tiempo que recargaba una escopeta de cañones recortados.

– Los palos al suelo, si no queréis acabar hechos papilla -ordenó.

Todos hicieron lo que se les había mandado y se quedaron en actitud expectante. Mordecai se acercó a los asaltantes y tras pasarles revista, agarró con fuerza los cabellos del más cercano.

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