El Ojo Del Huracan
- Автор: Хиггинс Джек
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Ojo Del Huracan». Краткое содержание книги:
La minuciosa preparación del golpe, los ciegos esfuerzos del servicio secreto por evitarlo, forman el nudo de una obra tan inteligente como trepidante. La maestría de Jack Higgins -de quien Grijalbo ha publicado Ha llegado el águila y El águila emprende el vuelo- alcanza en esta obra la máxima sutileza, energía y verosimilitud.
– Te has levantado -constató el recién llegado.
– Eso parece -replicó Flood.
Mordecai había sido su brazo derecho, y su puño, durante casi quince años: El ex boxeador de los pesos pesados había tenido el buen criterio de abandonar los cuadriláteros antes de que empezase a resultar perjudicado su cerebro. Pasó detrás de la barra, sirvió un agua Perrier, añadió hielo y limón en el vaso y se acercó.
Flood tomó el vaso sin molestarse en darle las gracias.
– ¡Dios, cuánto me gusta ese viejo río! ¿Alguna novedad?
– Ha llamado el contable, por no sé qué papeles que hay que firmar. Le he dicho que se pase por aquí mañana por la mañana.
– ¿Algo más?
– Ha llamado Maurice, el del Embassy. Dice que estuvo comiendo allí Jack Harvey acompañado de esa zorra de sobrina que tiene.
– ¿Myra? -asintió Flood-. ¿Ha ocurrido algo?
– Maurice ha dicho que Harvey sólo preguntó si te pasarías por allí más tarde. Dijo que volvería para probar suerte en las mesas -titubeó-. Ya sabes lo que busca ese cabrito, Harry, y tú has procurado evitarle.
– No vamos a vender, Mordecai, y desde luego tampoco vamos a entrar en sociedad con ése. Jack Harvey es el peor sujeto del East End; comparados con él los hermanos Kray parecen niños de teta.
– Yo creía que eras tú el de la comparación, Harry.
– Yo nunca me he metido en asuntos de drogas, Mordecai, ni exploto mujeres. Ya lo sabes. De acuerdo que he sido un malhechor durante algunos años, o mejor dicho lo hemos sido los dos -entró en el salón y se dirigió hacia el escritorio, de donde tomó un marco de plata con una fotografía que siempre estaba allí. Meneó la cabeza-. Cuando Jean estaba muriéndose, durante aquellos cochinos meses en que nada tenía importancia. Pero ya sabes lo que le prometí antes de que todo terminase. Que lo dejaría.
Mordecai cerró la puertaventana.
– Lo sé, Harry. Era mucha mujer Jean.
– Por eso nos hicimos legales, y ¿acaso no tenía razón? ¿Sabes cuánto vale ahora nuestra compañía? Casi cincuenta millones. ¡Cincuenta millones de libras! -sonrió con rabia-. Conque deja que sean Jack Harvey y otros como él los que se ensucien las manos, si tanto les agrada.
– Sí, pero muchos en el East End siguen considerándote el gobernador, Harry. Todavía te llaman El Yanqui.
– No me quejo -abrió Flood un armario para extraer un abrigo de color oscuro-. Algunas veces, eso resulta muy útil, y no se puede ignorar. Vámonos ahora. ¿Quién nos conduce esta noche?
– Charlie Salter.
– Bien.
Mordecai titubeaba.
– ¿Quieres que cargue una pipa, Harry?
– ¿Estás loco, Mordecai? ¿No te he dicho que ahora somos legales?
– Sí, pero Jack Harvey no lo es, y ahí está lo malo.
– Ya me ocuparé yo de Jack Harvey.
Bajaron en el que había sido el montacargas del almacén a la planta baja, donde esperaba el Mercedes sedán negro. Charlie Salter estaba apoyado contra el coche, leyendo el diario; era un hombre diminuto, delgado, en uniforme gris de chófer. En seguida dobló el periódico y abrió la puerta posterior.
– ¿Adónde, Harry?
– Al Embassy, y conduce despacio. Hay hielo en las calles esta noche y quiero leer el periódico.
Salter se puso al volante. Mordecai ocupó el asiento del acompañante y accionó el mando a distancia. El portón del almacén se abrió y salieron al muelle. Flood desplegó el periódico, se arrellanó en el asiento y se dispuso a enterarse de cómo marchaba la guerra del golfo.
El club Embasssy estaba a poco más de medio kilómetro, cerca de la carretera de Wapping. Llevaba abierto sólo seis meses y era otra de las reformas de antiguos tinglados de mercancías promovidas por Harry Flood. Los coches se estacionaban en el solar de un callejón trasero, que se hallaba ya bastante lleno. El encargado era un negro viejo, que se refugiaba en una caseta.
– Le he reservado su plaza, señor Flood -dijo al tiempo que salía.
Flood se apeó del coche con Mordecai y tiró de cartera mientras Salter aparcaba el coche. Extrajo un billete de cinco libras y se lo dio al viejo.
– No te lo gastes en vicios, Freddy.
– ¿Con eso? -sonrió el viejo-. No hay ni para ir con una tía por la puerta de atrás de la taberna, en estos tiempos. Qué mala cosa es la inflación, señor Flood.
Flood y Mordecai aún reían cuando salieron del callejón. Salter se reunió con ellos mientras doblaban la esquina y se disponían a entrar. El interior estaba caldeado y era lujoso, con suelo de cuidosas ajedrezadas, entrepaños de roble y cuadros al óleo. Mientras la chica del vestíbulo se encargaba de sus abrigos salió corriendo un hombre bajito vestido de etiqueta, y que hablaba con inconfundible acento francés.
– ¡Ah, señor Flood! Es un honor. ¿Se quedará a cenar?
– Creo que sí, Maurice. Antes echaremos una ojeada. ¿Algún rastro de Harvey?
– Todavía no.
Bajaron un par de escalones para pasar al salón comedor. Era una prolongación del ambiente del club, con sus paredes revestidas de roble, sus cuadros y sus reservados con asientos de Cuero. El local estaba casi lleno y los camareros se afanaban con diligencia; al fondo, una orquestina de tres músicos tocaba sobre un pequeño estrado; había una pista de baile, también de dimensiones reducidas.
Serpenteando entre las mesas, Maurice fue a abrir una puerta acolchada que daba a la sala de juego. También estaba abarrotada; el público se empujaba alrededor de la ruleta y en casi todas las mesas los asientos estaban ocupados.
– ¿Perdemos mucho? -le preguntó Flood a Maurice.
– Tenemos altibajos, señor Flood. Al final todo se equilibra, como de costumbre.
– Hay muchos puntos esta noche, de todas maneras.
– Y ninguno de ellos es un jeque árabe -le comentó Mordecai.
– Con ese asunto del golfo, prefieren no dejarse ver demasiado -explicó Maurice.
– ¡Natural! -sonrió Flood-. Vámonos a cenar.
Tenía su reservado en un rincón, cerca de la orquesta, desde donde se abarcaba todo el local. Pidió salmón ahumado, huevos revueltos y agua Perrier, al tiempo que extraía un Camel de una antigua pitillera de plata. Nunca había logrado acostumbrarse a fumar cigarrillos ingleses. Mordecai le dio fuego y luego se quedó de pie, de espaldas contra la pared. Flood, sentado, contempló el panorama con el ceño fruncido; estaba pasando uno de aquellos momentos sombríos en que uno se pregunta para qué sirve la vida. En seguida entró en el comedor Charlie Salter y se acercó apresuradamente por entre las mesas.
– Jack Harvey y Myra acaban de entrar -anunció.
Harvey era un cincuentón de mediana estatura y sobrado de kilos, hecho que el traje azul de estambre no lograba disimular, pese a haber sido cortado en Savile Row. Estaba muy calvo y tenía las facciones carnosas y fláccidas de un emperador romano de la decadencia.
Su sobrina Myra tenía treinta años, aunque parecía más joven. Recogía sus cabellos negros ala de cuervo en un moño sujeto con una peineta de brillantes. La cara apenas pintada, excepto los labios maquillados color rojo sangre. Vestía una chaquetilla con lentejuelas y una minifalda negra de Gianni Versace, y calzaba zapatos de tacón muy alto, ya que apenas alcanzaba el metro sesenta de estatura. Estaba inmensamente atractiva y todos los hombres se volvían a mirarla. Además era la mano derecha de su tío; licenciada en económicas por la universidad de Londres, era tan despiadada y carente de escrúpulos como él mismo.
Flood se quedó sentado, sin molestarse en darles la bienvenida.