El Ojo Del Huracan
- Автор: Хиггинс Джек
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Ojo Del Huracan». Краткое содержание книги:
La minuciosa preparación del golpe, los ciegos esfuerzos del servicio secreto por evitarlo, forman el nudo de una obra tan inteligente como trepidante. La maestría de Jack Higgins -de quien Grijalbo ha publicado Ha llegado el águila y El águila emprende el vuelo- alcanza en esta obra la máxima sutileza, energía y verosimilitud.
Brosnan, que estaba a un metro del cajón de su escritorio donde guardaba la automática Browning, inició un movimiento cauteloso.
– ¡Chico travieso! -hizo Dillon un gesto con la Walther-. Prefiero que te sientes en el brazo del sofá y que pongas las manos detrás de la cabeza.
Brosnan obedeció.
– Estás disfrutando, ¿eh, Sean?
– Ya lo creo. ¿Cómo anda el viejo cretino de Liam Devlin últimamente?
– Vivito y coleando. Todavía en Kilrea, a las afueras de Dublín, como tú ya sabes.
– En efecto.
– Ese operativo en Valenton, el de la señora Thatcher -dijo Brosnan-. Qué negligente de tu parte, Sean. Quiero decir, lo de trabajar con un par de golfos como los Jobert. Estás perdiendo estilo.
– ¿Lo crees así?
– Sin duda había mucho dinero de por medio.
– Muchísimo -dijo Dillon.
– Te habrán pagado por adelantado, digo yo.
– Muy gracioso -Dillon empezaba a aburrirse.
– Otra cosa que me llama la atención -continuó Brosnan-. ¿Qué quieres de mí después de tantos años?
– ¡Ah, eso! Lo sé todo acerca de ti -contestó Dillon-. Que te están sacando información sobre mi Hernu, ese coronel del Action Service, el viejo bastardo de Ferguson y esa compinche suya, la capitana Tanner. Yo me entero de todo, Martin. Tengo amigos en todas partes y son de los buenos, de los que tienen acceso a todo lo que quieran.
– ¿De veras? ¿Y quedaron contentos con tu fracaso en lo de la Thatcher?
– Eso no ha sido más que un ensayo, una prueba a ver si sonaba la flauta. Les he prometido otro blanco alternativo, ya sabes cómo funcionan las cosas en este negocio.
– Ciertamente, y otra cosa que sé es que el IRA jamás ha pagado por un golpe.
– ¿Quién ha dicho que yo trabajo para el IRA? -sonrió Dillon-. En estos tiempos son muchos los que desearían darles un buen toque a los británicos.
Brosnan comprendió, o creyó comprender.
– ¿Bagdad?
– Lo siento, Martin, pero ésa es una pregunta a la que no vas a encontrar respuesta en toda la eternidad.
Brosnan replicó:
– Ten un poco de paciencia. Sería un buen golpe para Saddam. Quiero decir que tal como le está saliendo la guerra, le haría mucha falta algo así.
– ¡Cristo! Siempre has sido demasiado hablador.
– El presidente Bush está atrincherado en Washington, así que sólo nos quedan los británicos. Has fracasado con la mujer más famosa del mundo, de manera que, ¿a quién le toca luego? ¿Al primer ministro?
– En el lugar en donde estarás pronto estas cuestiones no importan a nadie, muchacho.
– Pero tengo razón, ¿verdad?
– ¡Maldito seas, Brosnan! ¿Por qué has de intentar ser siempre el más listo? -estalló Dillon, furioso.
– No lo conseguirás nunca -dijo Brosnan.
– ¿De veras? Entonces, tendré que demostrar que estabas equivocado.
– Como decía antes, estás perdiendo estilo, Sean. Ese intento tuyo contra la señora Thatcher… Me recuerda el proyecto de nuestro viejo y querido Frank Barry cuando quiso atentar en St. Etienne contra el secretario inglés del Exterior, lord Carrington. Me sorprendió bastante que utilizaras él mismo plan de acción, pero bien mirado tú siempre creíste que Barry era algo especial, ¿no es cierto?
– Era el mejor.
– Y en fin de cuentas acabó bien muerto -le replicó Brosnan.
– Quienquiera que lo hiciese, debió dispararle por la espalda -dijo Dillon.
– ¡Mentira! -le rebatió Brosnan-. Estábamos cara a cara, si mal no recuerdo.
– ¿Así que tú mataste a Frank Barry? -susurró Dillon.
– Alguien tenía que hacerlo -dijo Brosnan-. Es lo que les pasa a los perros rabiosos. Yo trabajaba por cuenta de Ferguson, dicho sea de paso.
– ¡Maldito bastardo! -Dillon alzó la Walther y apuntó con cuidado, y entonces se abrió la puerta y entró Anne-Marie con las bolsas de la compra.
Dillon se volvió hacia ella. Brosnan gritó: «¡Al suelo!», y se arrojó, mientras las dos balas de Dillon se incrustaban en el sofá.
Anne-Marie gritó, pero no de miedo sino de rabia, dejó caer las bolsas y se abalanzó contra él. Dillon intentó esquivarla y trastabilló de espaldas, saliendo al balcón. En la sala, Brosnan gateó hasta el escritorio para tratar de hacerse con la pistola. Anne-Marie clavó las uñas en el rostro de Dillon. Éste soltó una blasfemia y la apartó de un empujón, que la envió de espaldas contra la barandilla y la hizo caer balcón abajo.
Brosnan había abierto el cajón, derribó la lámpara dejando la sala a oscuras y empuñó la Browning. Dillon hizo tres disparos seguidos y corrió agachado hacia la puerta. Brosnan disparó dos veces, demasiado tarde. Se oyó el portazo. Se incorporó y corrió hacia la barandilla para mirar. Anne-Marie yacía sobre el empedrado. Brosnan se volvió, cruzó corriendo la sala y el vestíbulo, y bajó la escalera de dos en dos.
Cuando salió a la calle había empezado a nevar. No se veía ni rastro de Dillon, y el portero que estaba arrodillado al lado de Anne-Marie alzó la mirada y dijo:
– Ha salido un hombre con una pistola, profesor. Cruzó la calle corriendo.
– No se preocupe -Brosnan se inclinó a recogerla entre sus brazos-. ¡Una ambulancia! ¡Dése prisa!
Empezó a nevar con más fuerza. Él la acunó entre los brazos y esperó.
En los magníficos salones del Ritz, Ferguson, Mary y Max Hernu se lo estaban pasando en grande. Iban por la segunda botella de Louis Roederer Crystal y el brigadier se hallaba de un humor excelente.
– ¿Quién fue el que dijo que cuando uno está aburrido del champaña significa que está aburrido de la vida? -preguntó.
– Indudablemente, debió ser un francés -replicó Hernu convencido.
– Muy probable, pero creo que ha llegado el momento de brindar por la proveedora de este banquete -alzó su copa-. A tu salud, Mary querida.
Ella se disponía a contestar cuando vio por el espejo de pared que había aparecido en la entrada el inspector Savary, y estaba hablando con el maestresala.
– Me parece que le buscan a usted, coronel -se volvió hacia Hernu.
Éste miró hacia la entrada.
– ¿Qué habrá pasado ahora? -y poniéndose en pie, anduvo por entre las mesas para acercarse a donde estaba Savary. Hablaron unos instantes, mirando hacia la mesa donde quedaban los británicos.
– No sé lo que pensará usted, señor, pero a mí me da mala espina -dijo Mary.
Antes de que él pudiese contestar, Hernu había regresado, muy serio.
– No son buenas noticias.
– ¿Dillon? -preguntó Ferguson.
– Le hizo una visita a Brosnan.
– ¿Qué pasó? ¿Está bien Brosnan?
– Sí, sí. Hubo un tiroteo y Dillon escapó -lanzó un suspiro de pesadumbre-. Pero mademoiselle Audin está en el hospital St. Louis y, por lo que me cuenta Savary, la cosa no presenta buen cariz.
Cuando llegaron, Brosnan estaba en la sala de espera de la segunda planta, paseando arriba abajo con impaciencia y fumando. En sus ojos había una expresión frenética como Mary Tanner no había visto nunca en nadie.
Fue la primera en acercarse.
– Lo siento.
– ¿Cómo ocurrió? -preguntó Ferguson.
Lacónico y frío, Brosnan les resumió los sucesos. Cuando estaba a punto de acabar el relato, apareció un hombre alto y canoso en bata de cirujano. Brosnan se volvió hacia él con viveza.
– ¿Cómo está ella, Henri? -y dirigiéndose a los demás, agregó-: El profesor Henri Dubois, colega mío en la Sorbona.
– Bastante mal, amigo mío. Las fracturas de la pierna izquierda y la columna vertebral son malas, pero me preocupa más la del cráneo. La están preparando para intervenir y voy a operarla ahora mismo.
Dicho esto salió, y Hernu rodeó con el brazo los hombros de Brosnan.