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El Ojo Del Huracan

Электронная книга - «El Ojo Del Huracan». Краткое содержание книги:

Una feroz guerra subterránea… y el más audaz de los atentados. Sean Dillon es un asesino. Quizá su atracción por la violencia surgiera de la convicción política cuando formó parte del IRA. Pero ya ha perdido las referencias y los escrúpulos. Dillon es un sicario, un carísimo sicario. Tan caro que sólo un magnate iraquí del petróleo puede pagarle. Son los tiempos de la guerra del Golfo, y un magnicidio puede afectar el equilibrio de los aliados. Se trata de un extraordinario desafío, que sólo Dillon puede abordar. Y él mismo fijará el blanco: el primer ministro británico, John Major.
La minuciosa preparación del golpe, los ciegos esfuerzos del servicio secreto por evitarlo, forman el nudo de una obra tan inteligente como trepidante. La maestría de Jack Higgins -de quien Grijalbo ha publicado Ha llegado el águila y El águila emprende el vuelo- alcanza en esta obra la máxima sutileza, energía y verosimilitud.
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– Será un palo para la cuenta de gastos -y tendiéndole la mano agregó-: Adiós, profesor Brosnan. Celebro haberle conocido personalmente.

– Y yo a usted. Coronel -se despidió de Hernu con una inclinación de cabeza, y cerró.

Cuando regresó al salón Anne-Marie salió del dormitorio; tenía el rostro desencajado y pálido.

– ¿Habéis tomado alguna decisión? -preguntó.

– Tenías mi palabra. Les ayudé en lo que pude. Ahora se han ido y para mí el asunto ha terminado.

Ella abrió el cajón del escritorio. Contenía un batiburrillo de bolígrafos, sobres, papel de cartas y sellos de correos. Estaba también una Browning High Power del nueve, una de las armas cortas más mortíferas del mundo y la preferida del SAS por encima de todas.

Anne-Marie no pronunció ni una sola palabra, limitándose a cerrar el cajón mientras le contemplaba con toda la calma de que era capaz.

– Voy a hacer café -anunció al tiempo que se metía en la cocina.

En el coche, Hernu comentaba:

– Es caso perdido. No hará nada más.

– Yo no estaría tan seguro. Lo discutiremos luego, durante la cena en el Ritz. ¿Aceptas mi invitación? A las ocho, ¿de acuerdo?

– Con placer -dijo Hernu-. El Grupo Cuarto debe de ser mucho más generoso con sus cuentas de gastos que el mísero departamento mío.

– ¡Qué va! Todo se lo debemos a nuestra querida Mary -explicó Ferguson-. El otro día me enseñó esa tarjeta maravillosa de plástico que le han enviado los de American Express. ¡La tarjeta Platino! ¿Qué le parece, coronel?

– ¡Canalla! -se indignó Mary, mientras Hernu se desternillaba de risa.

Tania Novikova salió del cuarto de baño del piso de Gordon Brown en Camden cepillándose el cabello. Él se puso una bata.

– ¿No quieres quedarte? -preguntó.

– No puedo. Ven al salón -se puso la chaqueta y se volvió frente a él-. Ni más visitas al piso de Bayswater, ni más llamadas telefónicas. Ese horario tuyo del mes próximo, ¿por qué hay tantos turnos dobles?

– Nadie los quiere, en especial los funcionarios que tienen familia. Para mí no es problema, así que los he asumido todos y cobro las horas extraordinarias.

– ¿De manera que sales a la una y vuelves a entrar a las seis de la tarde?

– Eso es.

– ¿Tienes un contestador automático, de esos que te permiten llamar a casa desde otro teléfono y recoger los mensajes?

– Sí.

– Bien. Nos mantendremos en contacto por esa vía.

Ella echó a andar hacia la puerta, pero él la retuvo tomándola del brazo.

– Pero ¿cuándo podré verte?

– Será difícil por ahora, Gordon. Hay que guardar precauciones. Si no tienes nada mejor que hacer, vete a casa entre turno y turno. Haré lo que pueda.

Él la besó con avidez.

– ¡Cariño!

Ella se deshizo de él.

– Debo irme ahora, Gordon.

Abrió la puerta, bajó la escalera y salió. Hacía mucho frío en la calle, por lo que alzó el cuello de su abrigo.

– ¡Dios mío! ¡Las cosas que hay que hacer por la madrecita Rusia! -dijo, mientras caminaba hacia la esquina y llamaba a un taxi.

5

Caía un frío siberiano aquella noche, un frente que barría Europa, tan helado que ni siquiera dejaba nevar. Faltaba poco para las siete y, en el apartamento, Brosnan añadió un par de rollizos troncos a la chimenea.

Anne-Marie, estirada en el sofá, rebulló y se incorporó diciendo:

– Así, ¿cenamos aquí?

– Será mejor, creo -dijo él-. Hace una noche fatal.

– Voy a ver lo que hay en la cocina.

Él puso en marcha el televisor para ver el noticiario. Más ofensivas aéreas contra Bagdad, pero la campaña terrestre aún no comenzaba. Apagó el receptor y en ese instante Anne-Marie salió y tomó su abrigo de la silla donde lo había dejado antes.

– El frigorífico está casi vacío, como de costumbre. O me explicas cómo hago una cena con un pedazo de queso mohoso, un huevo y medio cartón de leche, o tendré que salir para comprar algo en la charcutería de la esquina.

– Te acompaño.

– ¡Qué tontería! -dijo ella-. ¿Por qué hemos de padecer los dos? Vuelvo en seguida.

Le echó un beso con los dedos y salió. Brosnan fue a abrir el ventanal y salió al balcón, aterido de frío, mientras encendía un cigarrillo y vigilaba la calle. Cuando ella asomó la cabeza por el portal y empezó a cruzar la calle, él gritó desde el balcón en tono dramático:

– ¡Adiós, amor mío! ¡Ah, el dulce dolor de la despedida!

– ¡Tonto! -gritó ella-. ¡Entra antes de que pilles una pulmonía!

Y continuó caminando con precaución sobre el hielo que recubría los adoquines, hasta desaparecer a la vuelta de la esquina.

En ese instante sonó el teléfono. Brosnan se apresuró a entrar en el salón, dejándose la ventana entreabierta.

Dillon había cenado temprano en un pequeño café que solía frecuentar. Regresó a pie y su camino le llevó por delante del bloque de pisos donde vivía Brosnan. Se detuvo en la acera opuesta, acusando el frío pese al chaquetón marino y a la gorra de lana calada hasta las orejas. Mientras se golpeaba los costados con vigor, contempló la ventana iluminada del apartamento.

Cuando salió del portal Anne-Marie, la reconoció al instante y retrocedió para refugiarse en la sombra. La calle estaba en silencio; no pasaba ni un alma, y cuando Brosnan se asomó al balcón y habló con ella, a Dillon no se le escapó ni una sola de las palabras que pronunciaron. Pero interpretó el diálogo de una manera completamente errónea, como que se despedían hasta el día siguiente. Cuando ella dobló la esquina, él cruzó la calle con rapidez, y tras comprobar que llevaba la Walther bien asegurada al cinto, en el hueco de la espalda como siempre, miró en todas direcciones para ver si se acercaba alguien y luego empezó a escalar los andamios.

La llamada era para Brosnan de Mary Tanner.

– De parte del brigadier Ferguson, ¿podríamos visitarle mañana por la mañana, antes de nuestro regreso?

– No, servirá de nada -le advirtió Brosnan.

– ¿Significa que acepta o que no acepta?

– Está bien -dijo él de mala gana-. Si se empeñan…

– Le comprendo. De veras -aseguró ella-. ¿Cómo está Anne-Marie?

– ¡Ah! Es una mujer fuerte -contestó él-. Ha visto más guerras que nosotros banquetes de gala. Por eso, siempre me ha extrañado un poco su postura en cuanto la cuestión tiene que ver conmigo.

– ¡Ay, amigo mío, y qué estúpidos son ustedes los hombres a veces! Eso es porque está enamorada de usted, profesor. Así de sencillo. Hasta mañana.

Brosnan colgó. Sintió una corriente de aire helado y el fuego de la chimenea se avivó. Al volverse vio que estaba allí Sean Dillon, de pie delante del ventanal abierto, empuñando la Walther con la izquierda.

– Dios bendiga a los reunidos -dijo.

La charcutería vecina, como tantos establecimientos por el estilo en los últimos tiempos, era propiedad de un caballero hindú, un tal señor Patel. Trataba con gran obsequiosidad a Anne-Marie, y la acompañaba en su búsqueda por las estanterías llevándole el cesto de la compra: deliciosas baguettes francesas, leche, huevos, queso de Brie y una hermosa empanadilla.

– Hecha por mi mujer con sus propias manos -aseguró el señor Patel-. Dos minutos en el microondas y servirá para una cena perfecta.

Empaquetó las cosas con primor para ella.

– Lo apuntaré todo en la cuenta del profesor Brosnan, como de costumbre.

– Gracias -contestó Anne-Marie, mientras él acudía a abrir la puerta.

– Ha sido un placer, mademoiselle.

Ella emprendió el regreso cruzando el helado pavimento con una súbita sensación de inexplicable euforia.

– ¡Cielos, Martin! ¡Qué bien te han tratado los años! -se quitó Dillon con los dientes el guante de la mano derecha, para rebuscar en su bolsillo el paquete de tabaco.

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