Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » El Ojo Del Huracan
El Ojo Del Huracan - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El Ojo Del Huracan

Электронная книга - «El Ojo Del Huracan». Краткое содержание книги:

Una feroz guerra subterránea… y el más audaz de los atentados. Sean Dillon es un asesino. Quizá su atracción por la violencia surgiera de la convicción política cuando formó parte del IRA. Pero ya ha perdido las referencias y los escrúpulos. Dillon es un sicario, un carísimo sicario. Tan caro que sólo un magnate iraquí del petróleo puede pagarle. Son los tiempos de la guerra del Golfo, y un magnicidio puede afectar el equilibrio de los aliados. Se trata de un extraordinario desafío, que sólo Dillon puede abordar. Y él mismo fijará el blanco: el primer ministro británico, John Major.
La minuciosa preparación del golpe, los ciegos esfuerzos del servicio secreto por evitarlo, forman el nudo de una obra tan inteligente como trepidante. La maestría de Jack Higgins -de quien Grijalbo ha publicado Ha llegado el águila y El águila emprende el vuelo- alcanza en esta obra la máxima sutileza, energía y verosimilitud.
1 ... 21 22 23 24 25 26 27 28 29 ... 62
Перейти на страницу:

– Pero ¿cómo? -preguntó Rashid-. ¿Dónde piensa encontrar un avión?

– Hay muchos aeroclubes, muchacho, y montones de avionetas para alquilar. Sencillamente, no pienso cumplir el plan de vuelo. Desapareceré, en una palabra. Como piloto, tú ya sabes que uno de los principales quebraderos de cabeza de las autoridades es la inmensidad del espacio aéreo no controlado. Y una vez haya aterrizado yo en St. Denis, por mí como si queréis pegarle fuego al artefacto -miró alternativamente a Rashid y Aroun-. Así, ¿quedamos de acuerdo?

Fue Aroun quien contestó:

– Absolutamente, y a disposición de usted, por nuestra parte, si nos necesita para algo más.

– En tal caso, el señor Makeiev se lo haría saber. Me voy -anunció Dillon, encaminándose hacia la puerta.

En la calle, se detuvo un momento en la acera junto al coche de Makeiev, soportando la ligera nevisca.

– Ya está. Ahora no nos veremos durante algún tiempo.

Makeiev le entregó un sobre.

– La dirección de la casa de Tanta, y su número de teléfono -consultó su reloj-. No he conseguido localizarla a primera hora de la mañana. He dejado un mensaje en el contestador automático diciendo que quiero hablar con ella a mediodía.

– Bien -dijo Dillon-. Te llamaré desde St. Malo antes de tomar el hidrodeslizador de Jersey. Sólo para verificar si todo marcha bien.

– ¿Te llevo? -se ofreció Makeiev.

– No, gracias. Tengo ganas de hacer ejercicio -Dillon le tendió la mano-. Hasta la próxima, y que sea buena.

– Que tengas suerte, Sean.

Dillon sonrió.

– Sí, eso siempre hace falta -añadió, y luego se volvió y se alejó silbando una cancioncilla.

A mediodía, Makeiev habló con Tania, tras conectar el secráfono.

– Recibirás la visita de un amigo -anunció-. Será esta noche, probablemente. Es la persona de quien te he hablado.

– Me encargaré de él, coronel.

– Tienes entre manos el asunto más importante de toda tu vida -dijo él-. Puedes creerlo. Necesitará un alojamiento, dicho sea de paso. Que tenga buena comunicación con el tuyo.

– Desde luego.

– Y quiero que me busques a un hombre.

Le dio las señas de Danny Fahy. Cuando hubo terminado, ella contestó:

– No creo que sea difícil. ¿Algo más?

– Sí, le gustan las Walther. Ocúpate de eso también, querida. Seguiremos en contacto.

Mary Tanner entró en la suite del Ritz. Ferguson estaba tomando el té de la tarde al lado de la ventana.

– Por fin -dijo él-. Me preguntaba por qué tardabas tanto. Nos vamos.

– ¿Adónde? -preguntó ella.

– Volvemos a Londres.

Ella respiró hondo.

– Yo no, brigadier. Yo me quedo.

– ¿Te quedas?

– Para asistir al funeral en Château Vercors, mañana a las once de la mañana. Al fin y al cabo, él se ha avenido a hacer lo que usted quería, ¿no sería oportuno corresponder en algo?

Ferguson alzó una mano, en un gesto de excusa.

– De acuerdo, queda justificado. Sin embargo, yo debo presentarme en Londres hoy. Puedes quedarte si quieres, y mañana enviaré la Lear para que os recoja a los dos. ¿Bastará con eso?

– No veo por qué no -sonrió ella, alargando la mano hacia la tetera-. ¿Otra taza, brigadier?

Sean Dillon se subió al expreso de Rennes y llegó a las tres, a tiempo para tomar el tren de St. Malo. No había muchos viajeros; el mal tiempo que azotaba toda Europa había desanimado a los escasos turistas de la temporada baja. El hidrodeslizador zarpó hacia Jersey con poco más de veinte pasajeros. Sean desembarcó en el muelle Alberto de St. Helier poco antes de las seis, y tomó un taxi para ir al aeropuerto.

Antes de llegar supo que habría dificultades, pues cuanto más se acercaban al aeropuerto más espesaba la niebla. Ocurría a menudo en Jersey, pero no significaba el fin del mundo. Comprobó que los dos vuelos de la tarde a Londres habían sido cancelados, salió de la terminal, se metió en otro taxi y ordenó al conductor que le llevase al primer hotel.

Media hora después telefoneaba a París para hablar con Makeiev.

– Siento no haber podido llamar desde St. Malo, el tren llegó con retraso y no podía exponerme a perder el deslizador. ¿Hablaste con la Novikova?

– ¡Ah! Desde luego -dijo Makeiev-. Está todo arreglado. Ella te espera, ¿dónde estás?

– En un lugar llamado hotel L'Horizon, de Jersey. El aeropuerto está cerrado por la niebla. Espero poder salir mañana por la mañana.

– Seguro. Tenme al corriente.

– Lo haré.

Dillon colgó, luego se endosó la casaca y bajó al bar. Le habían dicho que aquel hotel tenía un buen restaurante. Ocupó una mesa y al poco se acercó un italiano bien parecido y de aspecto enérgico, que se presentó como Augusto, el chef. Dillon aceptó la carta, pidió una botella de Krug y se dispuso a pasar una velada tranquila.

Más o menos hacia la misma hora sonó el timbre del apartamento de Brosnan, en Quai de Montebello. Cuando fue a abrir, con un vaso largo de escocés en una mano, se halló frente a frente con Mary Tanner.

– Hola -dijo él-. No la esperaba.

Ella le quitó el vaso de la mano y lo vació en la maceta de plantas artificiales que decoraba el recibidor.

– Eso no le hará ningún bien.

– Si usted lo dice. ¿Qué desea?

– Recordé que se había quedado usted solo y no me pareció muy conveniente. ¿Habló usted con Ferguson antes de su marcha?

– Sí, y me dijo que usted se quedaba. Propuso que le siguiéramos mañana por la tarde.

– Sí, pero con eso todavía no nos organizamos para esta noche. Supongo que no habrá comido nada en todo el día, así que le sugiero que salgamos a cenar, y, por favor, no me diga que no.

– Ni se me ocurre, mi capitana -se cuadró él.

– Déjese de tonterías. Habrá por aquí cerca algún lugar que le agrade.

– Ya lo creo. Permita que vaya por mi abrigo y en seguida estoy con usted.

Era un típico bistró situado en un callejón, sencillo y sin pretensiones, con reservados donde se podía cenar en la intimidad y aromas paradisíacos que emanaban de la cocina. Brosnan pidió champaña.

– ¿Krug? -preguntó ella cuando sirvieron la botella.

– Aquí me conocen.

– ¿Siempre toma champaña?

– Hace años recibí un tiro en el estómago y me han quedado algunos problemas. Los médicos me prohibieron los licores y el vino tinto, pero me concedieron el champaña. ¿Se ha fijado en el nombre de este local?

– La Belle Aurore.

– Como aquel café de Casablanca. ¿Humphrey Bogart? ¿Ingrid Bergman? -alzó la copa-. A tu salud, muñeca.

Hubo un silencio de cordial entendimiento y luego ella preguntó:

– ¿Podemos hablar de asuntos de trabajo?

– ¿Por qué no? ¿Qué le preocupa?

– ¿Qué pasará ahora? Quiero decir que Dillon sabe borrar sus huellas. Usted mismo lo dijo. ¿Cómo se las arreglarán para localizarle?

– Tiene un punto débil -dijo Brosnan-. Por lo general, no se comunica nunca con los del IRA, ya que teme a los confidentes. Lo que le deja sólo una opción, que es la que suele tomar. El mundo del hampa. Cualquier cosa que necesite, armas, explosivos o incluso colaboración humana, la busca en el lugar más idóneo y ¿sabe usted cuál es?

– El East End de Londres.

– Sí, es un sitio tan romántico como Little Italy o el Bronx en Nueva York. Los hermanos Kray, que son lo más parecido a unos gángsteres de cine que haya tenido nunca Inglaterra, o la banda de Richardson. ¿Conoce usted a fondo ese barrio?

– Creía que todo eso había pasado a la historia.

– No del todo. Algunos de los peces gordos, o los gobernadores como ellos se llamaban, se han pasado a la legalidad, Pero la mayor parte de la delincuencia al viejo estilo, los atracos a bancos y furgones de seguridad, siguen en manos del mismo grupo de siempre. Gentes de la familia que lo practican como un simple negocio, pero capaces de pegarte un tiro si te entrometes.

1 ... 21 22 23 24 25 26 27 28 29 ... 62
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)