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El Ojo Del Huracan

Электронная книга - «El Ojo Del Huracan». Краткое содержание книги:

Una feroz guerra subterránea… y el más audaz de los atentados. Sean Dillon es un asesino. Quizá su atracción por la violencia surgiera de la convicción política cuando formó parte del IRA. Pero ya ha perdido las referencias y los escrúpulos. Dillon es un sicario, un carísimo sicario. Tan caro que sólo un magnate iraquí del petróleo puede pagarle. Son los tiempos de la guerra del Golfo, y un magnicidio puede afectar el equilibrio de los aliados. Se trata de un extraordinario desafío, que sólo Dillon puede abordar. Y él mismo fijará el blanco: el primer ministro británico, John Major.
La minuciosa preparación del golpe, los ciegos esfuerzos del servicio secreto por evitarlo, forman el nudo de una obra tan inteligente como trepidante. La maestría de Jack Higgins -de quien Grijalbo ha publicado Ha llegado el águila y El águila emprende el vuelo- alcanza en esta obra la máxima sutileza, energía y verosimilitud.
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– Desde luego. Un tipo muy listo ese profesor.

– No es sólo eso, Josef. Él sabe cómo me muevo, conoce mi manera de pensar. Somos animales de la misma especie, nos hemos movido en el mismo mundo, y las personas no cambian. Aunque él crea haberse reformado, sigue siendo el mismo operador clandestino, el agente más temido que tuvo el IRA de los viejos tiempos.

– ¿Así que decidiste eliminarlo?

– Fue una decisión súbita. Pasaba por delante de su casa, y entonces salió la mujer. Oí cómo se despedían. Por lo que dijeron, pareció que ella no iba a quedarse esa noche, así que aproveché la oportunidad y escalé los andamios de la fachada.

– ¿Qué pasó?

– ¡Ah! Lo tuve encañonado con mi pistola.

– ¿Pero no lo mataste?

Dillon soltó una carcajada, se dirigió a la cocina y regresó con una botella de Krug y dos copas.

– ¡Vamos, Josef! Los dos cara a cara después de tantos años. Era preciso hablar, ¿no lo comprendes?

– ¿No le dirías para quién estás trabajando?

– Claro que no -mintió Dillon con soltura, al tiempo que llenaba las dos copas -. ¡Por quién me tomas!

Brindó, y Makeiev siguió insistiendo:

– Quiero decir que, si él supiera que tienes un objetivo alternativo y que planeas ir por Major… -se encogió de hombros-. En ese caso, Ferguson estaría sobre aviso y tu misión en Londres resultaría imposible. Y estoy seguro de que Aroun preferiría cancelar toda la operación.

– Pero, puesto que no lo sabe… -Dillon tomó otro sorbo de champaña-. Aroun puede quedarse tranquilo. Al fin y al cabo, necesito ese otro millón. Lo he comprobado con Zúrich, dicho sea de paso. El primer millón se encuentra depositado ya.

Makeiev rebulló incómodo en su asiento.

– Naturalmente. ¿Cuándo sales?

– Mañana o pasado, ya veremos. Mientras tanto, podrías organizar una cosa para mí. Esa Tania Novikova de Londres. Necesito que me ayude.

– No hay problema.

– Ante todo debes saber que mi padre tenía un primo segundo, un oriundo de Belfast que vivía en Londres y se llamaba Danny Fahy.

– ¿Del IRA?

– Sí, pero no activo. Un submarino. Muy hábil con las manos. Un técnico excelente; era capaz de montar cualquier cosa. En el ochenta y uno recurrí a él para unas operaciones que hice en Londres por cuenta de la organización. Por aquel entonces residía en el diez de Tithe Street, en Kilburn. Necesito que la Novikova averigüe su paradero.

– ¿Algo más?

– Sí, también necesitaré un piso. Supongo que ella podrá conseguírmelo. Imagino que no vive en la embajada, ¿o sí?

– No, tiene un piso cerca de Bayswater Road.

– Ése no me sirve como base permanente. Estará vigilado. La sección especial de Scotland Yard suele hacer eso con los empleados de la embajada soviética, ¿no es cierto?

– ¡Bah! No es como en los viejos tiempos -sonrió Makeiev-. Gracias a ese loco de Gorbachev, ahora todos somos amigos.

– De todos modos, preferiría alojarme en otro lugar. El piso de ella puede servir cuando tengamos necesidad de hablar, nada más.

– Hay una dificultad -advirtió Makeiev-. Por lo que se refiere al material, quiero decir los explosivos, las armas y demás por el estilo que puedas necesitar, me parece que no va a poder ayudarte. Como dije la primera vez que te hablé de ella, su jefe el coronel Yuri Gatov, el director de la central del KGB en Londres, es un hombre de Gorbachev y simpatiza mucho con nuestros amigos los británicos.

– No importa -dijo Dillon-. Para esa clase de asuntos tengo mis contactos, aunque necesitaré más capital operativo. Si he de pasar un control de aduanas en el trayecto de Jersey a Londres, no me conviene que me pillen con un maletín repleto de billetes.

– Estoy seguro de que Aroun podrá solventar ese pequeño problema.

– Entonces, todo en orden. Me gustaría hablar con él antes de salir. Mañana por la mañana, por ejemplo, ¿puedes arreglarlo?

– Muy bien -Makeiev se abotonó el abrigo-. Te mantendré al corriente sobre la situación en el hospital.

Al llegar al pie de la escalera se detuvo y se volvió:

– Una cosa más. Digamos que la operación acaba tal y como esperamos. Se desencadenará una caza del hombre como no se ha visto nunca. ¿Tienes prevista la manera de salir de Inglaterra?

Dillon sonrió.

– A eso precisamente pensaba dedicar mi atención a partir de ahora. Adiós y hasta mañana.

Makeiev salió y Dillon se sirvió otra copa de champaña y se quedó sentado a la mesa, contemplando los recortes que cubrían la pared. Alargó la mano hacia el montón de diarios y rebuscó hasta localizar el que buscaba. Era un ejemplar de la revista París Match del año pasado. En la cubierta venía una foto de Michael Aroun, y en el interior un reportaje de siete páginas sobre su vida y costumbres. Encendió un cigarrillo y se puso a leerlo.

Era la una de la madrugada y Mary Tanner estaba sola en la sala de espera cuando apareció el profesor Henri Dubois. Venía muy fatigado, con los hombros abatidos, y tras dejarse caer en un sillón encendió un cigarrillo.

– ¿Dónde está Martin? -le preguntó.

– Por lo visto, el único pariente cercano que le queda a Anne-Marie es su abuelo. Martin está intentando localizarlo. ¿Sabe usted quién es?

– Todo el mundo lo sabe, mademoiselle. Es uno de los hombres más ricos de Francia y un industrial muy poderoso. Y muy anciano. Ochenta y ocho años, creo. Es paciente mío; el año pasado padeció una embolia. Me parece que Martin pierde el tiempo. Vive en la finca de la familia, Château Vercors, a más de treinta kilómetros de París.

Entró Brosnan, con aspecto de tremenda fatiga, pero se animó al ver a Dubois.

– ¿Cómo está?

– No quiero engañarte, amigo mío. No está bien, nada bien. Hice lo que pude; ahora sólo nos resta esperar.

– ¿Puedo verla?

– Por ahora será mejor que no. Te avisaré.

– ¿Te quedas de guardia?

– Sí, procuraré dormir un par de horas en el sofá de mi consulta. ¿Qué tal con Pierre Audin?

– No le he visto. Hablé con Fournier, el secretario. De todos modos, el viejo está postrado en una silla de ruedas y apenas se entera de lo que ocurre a su alrededor.

Dubois suspiró.

– Me lo temía. Nos veremos más tarde.

Cuando hubo salido, Mary dijo:

– Usted también debería tratar de dormir un poco.

Él sonrió con tristeza.

– Ahora mismo me parece que no voy a poder conciliar el sueño nunca más. Todo ha ocurrido por mi culpa, en cierta manera -había una mueca desesperada en su rostro.

– No diga eso.

– O para decirlo de otra manera, por culpa de lo que fui. De otro modo, nada de esto habría pasado.

No hable así, por favor. Está siendo injusto consigo mismo.

El teléfono de la mesa sonó y ella lo descolgó, habló breves momentos y colgó.

– Ferguson, que se interesaba por nosotros -apoyó una mano en el hombro de Brosnan-. Por favor, acuéstese en el sofá. Cierre los ojos. Yo me quedo y le despertaré tan pronto como haya alguna novedad.

Él obedeció, aunque de mala gana; paradójicamente, cayó en seguida en un sueño profundo, letárgico. Mary Tanner se quedó a su lado, sumida en negros presentimientos y escuchando la respiración monótona del durmiente.

Dubois regresó hacia las tres de la mañana. Como si hubiera captado su presencia, Brosnan despertó sobresaltado y se sentó inmediatamente.

– ¿Qué hay?

– Acaba de volver en sí.

– ¿Puedo verla? -se puso en pie Brosnan.

– Sí, naturalmente -cuando Brosnan hizo ademán de encaminarse hacia la salida, Dubois le retuvo poniéndole una mano en el brazo-. No está bien, Martin. Me parece que debes prepararte para lo peor.

– No, no puede ser, ¡no es posible! -replicó Brosnan con voz ahogada.

Echó a correr por el pasillo, abrió la puerta de la habitación y entró. Una enfermera joven velaba a la paciente. Anne-Marie estaba muy pálida, y con la cabeza totalmente envuelta en vendajes parecía una novicia.

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