Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
- Автор: Мойес Джоджо
- Год: 2019
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:
Fue entonces cuando Alice vio al hombre en la cama que había al otro lado de la habitación. Con la colcha subida hasta el pecho, era joven y atractivo, pero su piel tenía la palidez cerosa de los enfermos crónicos. El aire no se movía a su alrededor y olía a rancio, a pesar de estar las ventanas abiertas, y casi cada treinta segundos tosía.
—Buenos días —dijo ella cuando vio que él la miraba.
—Buenas —respondió él con voz débil y áspera—, Garrett Bligh. Siento no poder levantarme para…
Ella negó con la cabeza como si no tuviera importancia.
—¿Tiene alguna de esas revistas femeninas de Woman’s Home Companion? —preguntó la mujer—. Este bebé es un demonio y cuesta tranquilizarlo y no sé si tendrían algo que me pudiera servir. Sé leer bastante bien, ¿verdad, Garrett? La señorita O’Hare me trajo algunas hace un tiempo y venían consejos de todo tipo. Creo que son los dientes, pero no quiere morder nada.
Alice dio un respingo y volvió a ponerse en acción. Empezó a buscar entre los libros y revistas y, por fin, sacó dos que le entregó a la mujer—. ¿Querrán algo los niños?
—¿Tiene de esos libros de dibujos? Pauly sabe el alfabeto pero su hermana solo mira los dibujos. Le encantan.
—Claro. —Alice encontró dos cartillas y se las dio.
Kathleen sonrió mientras las colocaba con reverencia sobre la mesa y le pasó a Alice una taza de agua.
—Tengo algunas recetas. Tengo una de pastel de manzana y miel que me pasó mi madre. Si la quiere, estaré encantada de escribírsela.
Por lo que le había advertido Margery, la gente de las montañas era orgullosa. Muchas personas no se sentían cómodas recibiendo sin dar algo a cambio.
—Me encantaría. Muchas gracias. —Alice se bebió el agua y le devolvió la taza. Se dispuso a marcharse mientras murmuraba que se le hacía tarde cuando se dio cuenta de que Kathleen y su marido intercambiaban una mirada. Se puso de pie, preguntándose si se había perdido algo. Ellos la miraban y la mujer le sonrió alegre. Ninguno dijo nada. Alice esperó un momento hasta que la situación se volvió incómoda.
—Bueno, me ha encantado conocerles. Les veré dentro de una semana y me aseguraré de buscar más artículos sobre los dientes de los bebés. Estaré encantada de buscarle cualquier cosa que quiera. Cada semana llegan libros y revistas nuevas. —Recogió el resto de los libros.
—Entonces, hasta la semana que viene.
—Le estamos muy agradecidos —se oyó la voz susurrante desde la cama y, a continuación, las palabras se perdieron con otro golpe de tos.
El exterior parecía increíblemente luminoso tras la penumbra de la cabaña. Alice entrecerró los ojos mientras se despedía de los niños con un movimiento de la mano y recorría el camino de vuelta por la hierba hasta Spirit. No se había dado cuenta de lo alta que era esa parte en la que estaban: podía ver hasta medio condado. Se detuvo un momento para deleitarse con las vistas.
—¿Señorita?
Se giró. Kathleen Bligh corría hacia ella. Se detuvo a pocos metros de Alice y, a continuación, apretó brevemente los labios, como si tuviera miedo de hablar.
—¿Necesita algo más?
—Señorita, a mi marido le encanta leer, pero no ve muy bien en la oscuridad y, para ser sinceros, le cuesta concentrarse por culpa de la enfermedad del pulmón. La mayoría de los días sufre dolor. ¿Podría leerle usted un poco?
—¿Leerle?
—Así se distrae. Yo no puedo porque tengo que ocuparme de la casa y el bebé y tengo que cortar la leña. No se lo pediría, pero Margery lo hizo la otra semana y, si usted tuviera media hora apenas para leerle un capítulo de algo…, bueno, para los dos significaría mucho.
El rostro de Kathleen, fuera de la vista de su marido, había cedido al agotamiento y el estrés, como si no se atreviera a mostrar delante de él cómo se sentía. Los ojos le brillaban. Levantó de repente el mentón, como si le avergonzara pedir nada.
—Por supuesto, si está muy ocupada…
Alice extendió una mano y la colocó sobre su brazo.
—¿Por qué no me cuenta un poco qué le gusta? Tengo aquí un libro nuevo de relatos cortos que quizá pueda ser justo lo que le convenga. ¿Qué le parece?
Cuarenta minutos después, Alice reanudó su camino montaña abajo. Garrett Bligh había cerrado los ojos mientras le leía y, efectivamente, cuando llevaba veinte minutos de lectura —un emocionante relato de un marinero que ha naufragado en alta mar—, ella le miró desde su banqueta junto a la cama y observó que los músculos de su cara, que habían estado tensos por las molestias, se habían relajado, como si se hubiese ido a otro lugar completamente distinto. Ella mantenía la voz baja, en un murmullo, e incluso el bebé pareció tranquilizarse por su sonido. Fuera, Kathleen era una pálida e imprecisa ráfaga de actividad, cortando leña, recogiéndola, organizándola y transportándola, mientras ponía fin a discusiones y regañaba de forma alterna. Cuando terminó el relato, Garrett estaba dormido y su respiración sonaba áspera en su pecho.
—Gracias —dijo Kathleen mientras Alice cargaba sus alforjas. Sacó dos manzanas grandes y un papel en el que había escrito con cuidado una receta—. Es la que le he dicho antes. Estas manzanas son buenas para asar porque no se hacen papilla. Pero no las cueza de más. —Su rostro se había vuelto a iluminar y parecía que había recuperado su expresión resuelta.
—Es muy amable. Gracias —respondió Alice antes de meterlas cuidadosamente en sus bolsillos. Kathleen asintió, como si hubiese saldado una deuda, y Alice montó en su caballo. Le dio las gracias de nuevo y se fue.
—¿Señora Van Cleve? —gritó Kathleen cuando Alice había recorrido unos veinte metros por el sendero.
Alice se giró en su silla.
—¿Sí?
Kathleen cruzó los brazos sobre su pecho y levantó el mentón.
—Creo que su voz suena muy bonita tal cual es.
El sol brillaba con fuerza y las beatillas picaban sin parar. A lo largo de la tarde, Alice, entre cachetadas en el cuello y maldiciones, agradeció llevar el sombrero de lona que Margery le había prestado. Había conseguido dejarles un libro de iniciación al bordado a unas hermanas gemelas que vivían arroyo abajo y que hasta eso parecían verlo con recelo, desde una casa grande la había perseguido un perro de aspecto malvado y había dejado un libro sobre la Biblia a una familia de once miembros que vivían en la casa más pequeña que había visto jamás y en cuyo suelo del porche yacían varios colchones de heno.
—Mis niños no leen otra cosa que no sea la Biblia —había dicho la madre desde detrás de una puerta medio cerrada y con gesto resuelto, como preparándose a ser rebatida.
—Entonces, le buscaré más historias de la Biblia para traérselas la semana que viene —había respondido Alice a la vez que sonreía con más alegría de la que sentía cuando la puerta se cerró.
Tras la pequeña victoria en la casa de los Bligh, había empezado a desanimarse. No estaba segura de si era a los libros o a ella a lo que la gente miraba con recelo. No dejaba de oír la voz de la señora Brady, sus dudas sobre si podría hacer bien el trabajo, dada su condición de foránea. Estaba tan distraída por este pensamiento que pasó un rato hasta que se dio cuenta de que había dejado de ver los cordeles rojos de Margery en los árboles y se había perdido. Se detuvo en un claro para tratar de calcular en sus mapas dónde se suponía que estaba, esforzándose por ver la posición del sol a través de las oscuras copas verdes de los árboles. Spirit se quedó petrificada, con la cabeza caída bajo el calor de media tarde que se las arreglaba para atravesar las ramas.
—¿No se supone que tenías que buscar el camino a casa? —preguntó Alice con tono gruñón. Se vio obligada a reconocer que no tenía ni idea de dónde estaba. Tendría que volver sobre sus pasos hasta encontrar el camino de vuelta a algún punto de referencia. Hizo girar al caballo y, con desaliento, empezó a subir por la ladera de la montaña.