Traficantes de dinero
- Автор: Хейли Артур
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:
A veces reflexionaba: tal vez siempre había sido tarde. Quizá ni una mayor bondad, ni la comprensión hubieran servido. Pero nunca iba a saberlo. Nunca podría albergar la convicción de haber hecho todo lo posible y, a causa de esto, nunca podría librarse de la culpa que le perseguía.
– Todo el mundo parece pensar sólo en el dinero… en gastarlo, pedir prestado, prestarlo a su vez, aunque me parece que no es tan raro y que los bancos están para eso. Con todo, ayer pasó algo triste. Ben Rosselli, nuestro presidente, nos dijo que se está muriendo. Convocó a una reunión y…
Alex prosiguió describiendo la escena en la sala del Directorio y las reacciones posteriores. Después se interrumpió de golpe.
Celia había empezado a temblar. Su cuerpo se bamboleaba a un lado y a otro. Un lamento, casi un gemido, escapó de ella.
¿Acaso la mención del banco le había hecho daño…? El banco, al que había consagrado sus energías, ampliando el abismo entre ellos. Entonces había sido otro banco, el Federal Reserve, pero, para Celia, todos los bancos eran iguales. ¿O acaso era su referencia a la muerte de Ben Rosselli?
Ben Rosselli iba a morir pronto. ¿Cuántos años faltarían para que muriera Celia? Muchos, quizás.
Alex pensó: fácilmente podía sobrevivirlo, seguir viviendo así.
¡Parecía un animal!
Su piedad se evaporó. La rabia se apoderó de él; la impaciencia furiosa que había echado a perder su matrimonio.
– ¡Por el amor de Dios, Celia, domínate!
Los temblores y los gemidos continuaron.
La odiaba. Ya no era un ser humano y, sin embargo, seguía siendo el estorbo para que él pudiera llevar una vida plena.
Poniéndose de pie, Alex apretó salvajemente un timbre en la pared, pidiendo ayuda. En el mismo movimiento dio una zancada hacia la puerta para irse.
Y se volvió a mirar. A Celia, su mujer, a la que antes había amado, a lo que se había convertido; al abismo entre ellos, que nunca podría zanjarse. Se detuvo y lloró.
Lloró por piedad, tristeza, culpa; y apaciguándose su ira momentánea, el odio se desvaneció.
Volvió al diván y, poniéndose de rodillas ante ella, suplicó:
– Celia, perdóname, oh, por Dios, perdóname…
Sintió una mano que se apoyaba suavemente en su hombro, oyó la voz de la enfermera.
– Míster Vandervoort, creo que es mejor que se vaya.
– ¿Agua o soda, Alex?
– Soda.
El doctor McCartney sacó una botella de una pequeña nevera en su sala de consultas y usó un destapador para abrirla. La vertió en un vaso que ya contenía una generosa cantidad de whisky, y añadió hielo. Llevó el vaso a Alex, después sirvió el resto de la soda, sin whisky, para él.
Para ser un hombre tan grande -Tim McCartney tenía un metro ochenta y cinco, el pecho y los hombros de un jugador de rugby, y unas manos enormes- sus movimientos eran notablemente hábiles. Aunque el director era joven, a mitad de la treintena, calculaba Alex, su voz y sus maneras parecían de una persona de más edad, y su pelo castaño peinado hacia atrás empezaba a ponerse gris en las sienes. Probablemente debido a muchas sesiones como esta, pensó Alex. Sorbió agradecido el whisky.
El cuarto de paneles estaba suavemente iluminado, los tonos de color eran más apagados que en los corredores y otras habitaciones. Estanterías de libros y cremalleras para diarios llenaban la pared, donde se destacaban las obras de Freud, Adler, Jung y Rogers.
Alex estaba todavía trastornado como resultado de su encuentro con Celia y, sin embargo, de alguna manera, el horror de haberla visto en esa forma parecía irreal.
El doctor McCartney volvió a la silla junto a su escritorio y la hizo girar para ponerse de cara al sofá donde Alex estaba sentado.
– Primero debo decirle que el diagnóstico general de su mujer sigue siendo el mismo… esquizofrenia de tipo catatónico. Recordará que hemos discutido ya el caso.
– Recuerdo toda la palabrería, así es.
– Procuraré ahorrársela ahora.
Alex hizo girar el hielo en su vaso y bebió de nuevo; el whisky le animó.
– Hábleme de la actual condición de Celia.
– Le resultará difícil aceptarlo, pero su mujer, pese a lo que parece, es relativamente feliz.
– Sí -dijo Alex-, me resulta difícil creerlo.
El psiquiatra insistió con paciencia:
– La felicidad es relativa para todos nosotros. Lo que Celia tiene es una seguridad de cierto tipo, una total ausencia de responsabilidad o de la necesidad de relacionarse con otros. Puede sumergirse en sí misma en la medida que quiera, o necesite. La postura física que ha estado tomando últimamente, y que usted ha visto, es la clásica posición fetal. La consuela asumirla aunque, para su bien físico, procuramos disuadirla de que lo haga, cuando podemos.
– Que se consuele o no -dijo Alex- la verdad es que, después de haber tenido durante cuatro años el mejor tratamiento posible, la condición de mí mujer sigue empeorando -miró directamente al otro- ¿Tengo o no tengo razón?
– Desgraciadamente la tiene.
– ¿Hay alguna posibilidad razonable de que se cure, alguna vez, para que pueda llevar una vida normal… o casi normal?
– En la medicina siempre hay posibilidades.
– He dicho una posibilidad razonable….
El doctor McCartney suspiró y movió la cabeza.
– No.
– Gracias por una respuesta tan directa… -Alex hizo una pausa, después prosiguió-: Tal como lo entiendo Celia se ha vuelto… creo que la palabra es «institucionalizada». Se ha apartado de la raza humana. Ni conoce ni le importa nada fuera de sí misma.
– Tiene razón en eso de que está «institucionalizada» -dijo el psiquiatra- pero se equivoca en cuanto al resto. Su mujer no se ha alienado del todo, por lo menos por el momento. Todavía se da un poco cuenta de lo que pasa a su alrededor. También sabe que tiene un marido, y hemos hablado de usted. Pero cree que usted es perfectamente capaz de arreglárselas sin ayuda de ella.
– Entonces: ¿no se preocupa por mí?
– En general, no.
– ¿Qué sentiría si supiera que su marido se ha divorciado y se ha vuelto a casar?
El doctor McCarthey vaciló, después dijo:
– Representaría un derrumbamiento total del escaso contacto exterior que todavía conserva. Puede llevarla al borde de un estado totalmente demente.
En el silencio que siguió Alex se inclinó hacia adelante, cubriéndose la cara con las manos. Después las retiró. Levantó la cabeza. Con una huella de angustia, dijo:
– Si pide una respuesta directa, se la daré.
El psiquiatra asintió, con expresión grave.
– Le hago un elogio, Alex, al suponer que habla usted en serio. No sería tan sincero con otra persona. También, debo añadir, puedo estar equivocado.
– Tim: ¿qué recurso me queda?
– ¿Es retórica o una pregunta?
– Es una pregunta. Puede anotarla en mi cuenta.
– No habrá cuenta esta noche -el joven médico sonrió brevemente, después meditó-. Me ha preguntado: ¿qué recurso le queda a un hombre en una circunstancia como la suya? Bueno, primero debe hacer todo lo que pueda… como usted lo ha hecho. Después debe tomar decisiones basadas en lo que considera justo y mejor para todos, incluso para sí mismo. Pero, para decidirse, debe recordar dos cosas: una es que, si es un hombre decente, sus propios sentimientos de culpa estarán probablemente exagerados a causa de una conciencia bien desarrollada, que tiene la costumbre de castigarse a sí misma más de lo que es necesario. La otra es que pocas personas pueden llegar a la santidad; la mayoría de nosotros no ha nacido equipado para ello.