El Ojo Del Huracan
- Автор: Хиггинс Джек
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Ojo Del Huracan». Краткое содержание книги:
La minuciosa preparación del golpe, los ciegos esfuerzos del servicio secreto por evitarlo, forman el nudo de una obra tan inteligente como trepidante. La maestría de Jack Higgins -de quien Grijalbo ha publicado Ha llegado el águila y El águila emprende el vuelo- alcanza en esta obra la máxima sutileza, energía y verosimilitud.
– No quiero volver a verle con un arma en la mano -replicó ella-. Y si se mete en esto, ocurrirá, y una vez metido en ese camino sólo hay una salida, y todos sabemos cuál es.
Incapaz de contenerse, dio media vuelta y se metió otra vez en la cocina. Mary Tanner fue tras ella y cerró la puerta. Anne-Marie tenía las dos manos apoyadas en la fregadera y el rostro demudado.
– ¡Ellos no quieren comprenderlo! ¡No se hacen cargo de lo que quiero decirles!
– Yo sí lo comprendo -dijo Mary con sencillez, y cuando Anne-Marie empezó a sollozar quedamente, la abrazó.
Brosnan abrió el ventanal y salió al balcón, junto a los andamios, respirando a pleno pulmón el aire helado. Ferguson fue a reunirse con él.
– Lamento haberla disgustado.
– No es verdad. Usted sólo piensa en su objetivo. Siempre ha sido así.
– Es un mal individuo, Martin.
– Lo sé -asintió Brosnan-. Esta vez el pequeño bastardo ha destapado un cesto lleno de serpientes. Necesito un cigarrillo.
Hernu estaba sentado junto a la chimenea. Brosnan halló un paquete de cigarrillos, y después de un breve titubeo fue a abrir la puerta de la cocina. Anne-Marie y Mary estaban sentadas la una frente a la otra, tomándose las manos. Mary se volvió hacia él.
– Déjenos un rato solas. Se pondrá bien.
Brosnan regresó al balcón, encendió un cigarrillo y se apoyó sobre la barandilla.
– Parece una gran mujer esa ayudante de usted. Y la cicatriz en la mejilla izquierda… Es de metralla. ¿Quiere contarme la historia?
– Era teniente de la policía militar en Londonderry y estaba de patrulla. Un fulano del IRA iba a colocar un coche bomba cuando se le caló el motor. Lo dejó junto a la acera y echó a correr. Por desgracia, estaba a las puertas de una residencia de ancianos. Mary patrullaba en su Land Rover por allí cuando la alertó un paisano. Ella se metió en el coche, soltó el freno de mano y logró llevarlo en punto muerto, cuesta abajo, hasta un descampado. Estalló cuando ella echaba a correr.
– ¡Dios mío!
– Sí, en esa ocasión Él intervino oportunamente. Cuando salió del hospital recibió una severa reprimenda por desobedecer una consigna permanente, y la medalla de San Jorge por la valentía de su acción. Después de eso entró a trabajar conmigo.
– Las aguas tranquilas son profundas -sentenció Brosnan con un suspiro y arrojó el cigarrillo por la ventana mientras Mary Tanner regresaba al salón.
– Se ha acostado un rato.
– Muy bien, pues continuemos -dijo Brosnan-. O mejor dicho, acabemos. ¿Qué más iban a decir ustedes?
Ferguson se volvió hacia Mary.
– El turno es tuyo, querida.
– He rebuscado en los archivos y he verificado lo que daba de sí el ordenador -abrió su bolso color marrón y sacó una fotografía-. La única imagen de Dillon que hemos logrado encontrar. Es de una foto de grupo tomada en la academia de arte dramático hace veinte años. Hicimos que la ampliase un experto del departamento.
Era una foto sin definición, el grano visible y el rostro completamente anónimo, el de un joven, casi un adolescente como cualquier otro.
Brosnan la devolvió.
– No sirve. Ni siquiera yo le reconozco.
– ¡Ah! Es él, en todo caso. Su compañero de la derecha llegó a tener cierto éxito en televisión. Murió.
– ¿No sería a manos de Dillon?
– No, de un cáncer de estómago, pero en 1981 fue entrevistado por uno de nuestros agentes y nos confirmó que era Dillon el que estaba a su lado en la foto.
– La única identificación positiva que tenemos, y no sirve para nada -rabió Ferguson.
– ¿Sabía usted que tiene licencia de vuelo, y lo que es más, como piloto comercial? -dijo Mary.
– Pues no, no lo sabía -replicó Brosnan.
– Según uno de nuestros informantes, la obtuvo en el Líbano hace algunos años.
– ¿Por qué le investigaban ustedes en el ochenta y uno? -preguntó Brosnan.
– ¡Ah! Ésa es una historia interesante -replicó ella-. Según tengo entendido, usted le ha contado al coronel Hernu que había caído en desacuerdos con el IRA, y que se había salido de sus filas para entrar en el circuito terrorista internacional.
– Así es.
– Pues por lo visto lo repescaron en 1981. Estaban en dificultades con sus grupos de acción en Inglaterra. Demasiadas detenciones, como pasa a veces. A través de un informante del Ulster supimos que estuvo algún tiempo actuando en Londres. Se le atribuyeron tres o cuatro incidentes, por lo menos. Dos coches bomba y el asesinato de un informante de la policía en Ulster que había sido recolocado con su familia en Maida Vale.
– Y nunca tuvimos la menor oportunidad de atraparlo -dijo Ferguson.
– Eso se comprende -añadió Brosnan-. Como dije antes, nos las tenemos con un actor genial. Sabe transformarse delante de uno utilizando sólo el lenguaje corporal; hay que verlo para creerlo. Imagine ahora lo que será capaz de hacer con un poco de maquillaje y un tinte para el cabello. Recuerden que sólo mide un metro sesenta y cinco. Una vez se disfrazó de mujer para engañar a los soldados de la patrulla en Belfast.
Mary Tanner le escuchaba con gran atención.
– Continúe -le solicitó en voz baja.
– ¿Saben otra razón de que no le hayan cazado nunca? Tiene una serie de personalidades ficticias. Cambia el color del cabello, usa los trucos de maquillaje que sean necesarios y luego se hace una foto, que es la que utiliza en los pasaportes y otros papeles de identidad falsos. Tiene al día la colección y así, cuando necesita viajar, le basta con hacerse otra vez parecido a la persona de la fotografía.
– Muy ingenioso -dijo Hernu.
– En efecto, por eso no servirá ninguna campaña de colaboración ciudadana por televisión ni a través de la prensa. Dondequiera que va, desaparece en la clandestinidad. Cuando trabajaba en Londres y le hacía falta algo, ayuda, armas, lo que fuese necesario, se hacía pasar por delincuente común y recurría al hampa.
– ¿Quiere decir que no utilizará ningún contacto del IRA? -preguntó Mary.
– No lo creo. A lo sumo, algún amigo que haya vivido durante muchos años libre de sospecha y en quien confíe plenamente, pero ésos no abundan.
– Falta un punto que no hemos mencionado hasta aquí -dijo Hernu-. ¿Para quién trabaja?
– Indudablemente, no será para el IRA -intervino Mary-. Se realizó un control de los datos del ordenador, y además estamos conectados con el ordenador de la policía del Ulster y con el del servicio de información militar en Lisburn. Nadie tenía ni idea de ningún atentado contra la señora Thatcher.
– ¡Ah! Eso lo creo, aunque nunca se puede estar seguro -comentó Brosnan.
– Nos quedan los iraquíes, claro está -dijo Ferguson-. Seguro que a Saddam le gustaría hacer pedazos a cualquiera en estos momentos.
– Cierto, pero tampoco hay que olvidar el Hezbollah, la OLP, los Vengadores de Alá y quién sabe cuántos grupúsculos más. Ha trabajado para todos ellos -le recordó Brosnan.
– Sí -dijo Ferguson-. Necesitaríamos tiempo para consultar a todas nuestras fuentes, y no creó que dispongamos de mucho.
– ¿Cree que volverá a intentarlo? -preguntó Mary.
– No sé nada en concreto, querida, pero llevo muchos años en el oficio. Siempre confío en mi intuición, y esta vez mi intuición me dice que el caso aún no está cerrado.
– En fin, en eso no puedo ayudarle. He hecho todo cuanto estaba en mi mano -Brosnan se puso en pie.
– Todo lo que estaba dispuesto a hacer, querrá decir -dijo Ferguson.
Pasaron al vestíbulo y Brosnan les abrió la puerta.
– ¿Regresan ustedes a Londres, supongo?
– ¡Ah! No sé. Quizá podríamos quedarnos unos días, a disfrutar las delicias de París. Todavía no he visto el Ritz después de las reformas.
Mary Tanner dijo: