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READ-E-BOOK » Историческая проза » Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
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Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
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—¿Ni uno solo?

Margery se quedó pensando un momento.

—No, tienes razón. Sí que hay uno.

Alice esperó.

—Sí. El día en que el sheriff se pasó por casa para decirme que estaba muerto.

Margery se dio la vuelta y las dos mujeres terminaron su tarea en silencio.

Alice no sabía qué sentir. De cualquier otro, se habría compadecido. Margery parecía necesitar menos compasión que nadie que hubiese conocido nunca.

Quizá Margery detectara alguno de estos pensamientos o puede que creyera que había sido un poco dura, porque miró a Alice y, de repente, le sonrió. Alice se sorprendió al ver que era, en realidad, bastante guapa.

—Hace un tiempo me preguntaste si alguna vez sentía miedo allí arriba, en las montañas, estando sola.

La mano de Alice se quedó inmóvil sobre la hebilla de la cincha del caballo.

—Pues te voy a decir una cosa. No he sentido miedo por nada desde el día en que mi padre murió. ¿Ves eso de allí? —Apuntó hacia las montañas que se cernían a lo lejos—. Con eso era con lo que soñaba de niña. Charley y yo allí arriba, ese es mi paraíso, Alice. Yo puedo vivir en mi paraíso todos los días.

Soltó una larga exhalación y, mientras Alice seguía asimilando la forma en que su rostro se había enternecido, la extraña luminosidad de su sonrisa, ella se giró y dio una palmada sobre la parte posterior de su silla de montar.

—Muy bien. ¿Lo tienes todo listo? Es un gran día para ti. Un gran día para todas.

Era la primera semana que las cuatro mujeres se habían separado para hacer sus propias rutas. Planearon verse en la biblioteca al principio y al final de cada semana para emitir sus informes, tratar de mantener en orden los libros y comprobar el estado de los que se devolvían. Margery y Beth hacían las rutas más largas, dejando a menudo sus libros en una segunda base, una escuela a quince kilómetros de distancia, y trayéndolos de vuelta cada quince días, mientras Izzy y Alice hacían las rutas más cercanas al pueblo. Izzy se mostraba ya más confiada y, en varias ocasiones, Alice había llegado cuando ella ya estaba saliendo, con sus relucientes botas nuevas y pulidas de Lexington, y su tarareo pudiéndose oír por toda la calle principal.

—Buenos días, Alice —decía con un tímido movimiento de mano, como si aún no estuviese muy segura de la respuesta que iba a recibir.

Alice no quería admitir lo nerviosa que se sentía. No era solo por su miedo a perderse o a quedar como una tonta, sino por la conversación que había oído a escondidas entre Beth y la señora Brady la semana anterior, mientras quitaba a Spirit la silla de montar.

—Sois todas maravillosas. Pero confieso que la muchacha inglesa me inquieta.

—Lo está haciendo bien, señora Brady. Marge dice que se conoce bastante bien la mayoría de las rutas.

—No es por las rutas, querida Beth. La razón de servirnos de chicas del pueblo para esta tarea es que la gente a la que visitan las conoce. Confían en que no se les va a mirar con menosprecio ni a dar a sus familias algo que no sea conveniente que lean. Si tenemos a una chica que va hablando con acento extraño y que actúa como la reina de Inglaterra, en fin, van a ponerse en guardia. Me da miedo que perjudique todo el programa.

Spirit había soltado un resoplido y las dos se habían quedado de pronto en silencio, como si se hubieran dado cuenta de que podía haber alguien ahí fuera. Alice, agachada tras la ventana, había sentido un espasmo de ansiedad. Comprendió que, si la gente de allí no aceptaba sus libros, no le dejarían seguir con el trabajo. De repente, se imaginó de nuevo dentro de la casa de los Van Cleve, con su silencio abrumador, con la mirada taimada y recelosa de Annie sobre ella y una década que se extendería ante ella a cada hora. Pensó en Bennett y en el muro de su espalda al dormir, su negativa a tratar de hablar sobre lo que estaba pasando. Pensó en el enfado del señor Van Cleve por el hecho de que aún no le hubiesen dado un «nietecito».

«Si pierdo este trabajo», pensó a la vez que algo sólido y pesado se asentaba en su estómago, «me quedaré sin nada».

—¡Buenos días!

Durante todo el camino montaña arriba Alice había estado ensayando. Había murmurado una y otra vez a Spirit: «¡Eh, buenos días! ¿Qué tal se encuentra en este día tan bonito?», redondeando la boca en cada vocal para no sonar tan entrecortada e inglesa.

Una mujer joven, probablemente no mucho mayor que Alice, salió de una cabaña y la miró protegiéndose los ojos con una mano. Bajo la luz del sol, en un trozo de césped delante de la casa, dos niños levantaron la vista hacia ella. Reanudaron su desganada pelea por un palo mientras un perro les observaba atentamente. Había un cuenco de maíz dulce sin desenvainar, como si esperara a que se lo llevaran, y un montón de colada dispuesta sobre una sábana en el suelo. También un cúmulo de hierbas arrancadas tiradas junto al pequeño huerto, aún con tierra en las raíces. La casa parecía rodeada de tareas a medio terminar. En el interior, Alice pudo oír un bebé que lloraba con un lamento furioso y desconsolado.

—¿Señora Bligh?

—¿Qué desea?

Alice respiró hondo.

—¡Muy buenos días! Soy de la biblioteca itinerante —dijo cuidando el acento de forma exagerada—. Y me preguntaba si querría algún libro para usted y sus niños. Para que aprendan un poco.

La sonrisa de la mujer se desvaneció.

—No se preocupe. No cuesta nada —añadió Alice con una sonrisa. Sacó un libro de la alforja—. Puede quedarse con cuatro y vendré a recogerlos la semana que viene.

La mujer se quedó en silencio. Entrecerró los ojos, apretó los labios y bajó la mirada a sus zapatos. Entonces, se limpió las manos en el delantal y volvió a levantar la vista.

—Señorita, ¿se está burlando de mí?

Alice la miró con los ojos abiertos de par en par.

—Usted es la inglesa, ¿verdad? ¿La que está casada con el hijo de Van Cleve? Porque si quiere burlarse de mí puede largarse ahora mismo por esa montaña abajo.

—No me estoy burlando —se apresuró a decir.

—Entonces, ¿le pasa algo en la boca?

Alice tragó saliva. La mujer la miraba con el ceño fruncido.

—Lo siento mucho —contestó—. Me han dicho que la gente no se iba a fiar de mí lo suficiente como para aceptar mis libros si mi acento le parecía demasiado inglés. Yo solo… —Fue bajando la voz.

—¿Estaba intentando parecer como si fuese de aquí? —preguntó la mujer bajando el mentón.

—Ya lo sé. Dicho así parece un poco…, yo… —Alice cerró los ojos y gimió por dentro.

La mujer estalló en carcajadas. Alice abrió los ojos de repente. La mujer empezó a reírse de nuevo, doblada sobre su delantal.

—Quería parecer como si fuese de aquí. Garrett, ¿la has oído?

—La he oído —se escuchó la voz de un hombre seguido de un golpe de tos.

La señora Bligh se agarró los costados y estuvo riendo hasta que tuvo que secarse los ojos. Los niños, al verla, empezaron también a reír, con las expresiones animadas y desconcertadas de quienes no saben bien de qué se ríen.

—Ay, Dios mío. Ay, señorita, no sé ni cuánto tiempo llevaba sin reírme así. Venga aquí. Le aceptaría esos libros aunque viniera del otro lado del mundo. Soy Kathleen. Pase. ¿Quiere agua? Aquí fuera hace un calor como para freír a una serpiente.

Alice ató a Spirit al árbol más cercano y sacó unos cuantos libros de la alforja. Siguió a la joven a la cabaña tras fijarse en que no había cristales en las ventanas, solo cierres de madera, y se preguntó distraída cómo sería eso en invierno. Esperó en la puerta mientras sus ojos se acostumbraban a la oscuridad y, poco a poco, se fue revelando el interior. La cabaña parecía estar dividida en dos habitaciones. Las paredes de la de delante estaban cubiertas de papel de periódico y en el otro extremo había un gran horno de leña, al lado del cual había una pila de troncos. Por encima de la chimenea colgaba una cuerda con velas atadas y un gran rifle de caza sobre la pared. En el rincón había una mesa con cuatro sillas y un bebé en un cajón grande a su lado, golpeando el aire con sus pequeños puños mientras lloraba. La mujer se detuvo, lo recogió con cierto aire de agotamiento y el llanto cesó.

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