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Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
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– El doctor nos ha anunciado su llegada, míster Vandervoort. Le llevaré a ver a su esposa.

Caminó con ella por un alegre corredor. Predominaban los amarillos y los verdes. Flores frescas ocupaban hornacinas a lo largo de las paredes.

– Me han informado -dijo él- que mi mujer no ha mejorado.

– De verdad que no, mucho me temo -la enfermera le lanzó una mirada de soslayo; él percibió piedad en sus ojos. Pero, ¿por quién? Como siempre cuando venía aquí, sintió que su entusiasmo natural le abandonaba.

Estaban en un ala, una de las tres que partían de la zona de recepción central. La enfermera se detuvo ante una puerta.

– Su esposa está en su cuarto, míster Vandervoort. Hoy ha tenido un mal día. Procure recordarlo si ella… -dejó sin terminar la frase, le tocó levemente el brazo y después se le adelantó.

El Remedial Center colocaba a los enfermos en cuartos compartidos o solos, según el efecto que la compañía de otros podía producir. Cuando Celia llegó había ocupado un cuarto doble, pero la cosa no había dado resultado; ahora estaba en una habitación privada. Aunque pequeño, el cuarto de Celia era amablemente cómodo y personal. Contenía un diván de tipo estudio, un profundo sillón y una otomana, una mesa de juegos y una estantería con libros. Reproducciones impresionistas adornaban las paredes.

– Mistress Vandervoort -dijo amablemente la enfermera-, su marido ha venido a visitarla.

No hubo ningún reconocimiento, ni movimiento, ni respuesta hablada de parte de la figura que estaba en el cuarto.

Hacía mes y medio que Alex había visto a Celia y, aunque había esperado verla algo desmejorada, su apariencia actual le dejó helado.

Ella estaba sentada -si es que podía decirse eso de su postura- en el diván. Se había puesto de lado, apartando la cara de la puerta exterior. Tenía los hombros agobiados, la cabeza baja, los brazos cruzados sobre el pecho y cada mano se aferraba al hombro opuesto. El cuerpo también se había curvado sobre sí mismo y tenía las piernas dobladas, con las rodillas juntas. Estaba absolutamente quieta.

Él se le acercó y le puso suavemente la mano en el hombro.

– Hola, Celia… soy yo… Alex. He estado pensando en ti y, por eso, decidí venir a verte.

Ella dijo en voz baja, sin expresión:

– Sí -pero no se movió.

Él aumentó la presión del hombro.

– ¿No quieres volverte para verme? Podríamos sentarnos juntos y charlar.

La única respuesta fue una rigidez perceptible, y la posición en la que Celia se había acurrucado se hizo más tensa.

El cutis, notó Alex, estaba manchado y el pelo rubio estaba despeinado. Pero incluso ahora su belleza gentil, frágil, no se había desvanecido del todo, aunque era evidente que no iba a durar mucho tiempo.

– ¿Hace mucho que está así? -preguntó Alex a la enfermera, en voz baja.

– Todo el día de hoy y parte del de ayer; también ha estado así otros días -y la muchacha añadió directamente-: Se siente más cómoda de esta manera. Es mejor que no le preste atención, siéntese, háblele.

Alex asintió. Cuando se acomodó en el único sillón y se sumergió en él, la enfermera se alejó de puntillas, cerrando la puerta suavemente.

– La semana pasada estuve en el ballet, Celia -dijo Alex-. Daban Coppelia. Natalia Makarova tenía el papel principal con Ivan Nagy Frantz. Estuvieron todos magníficos y, naturalmente, la música es maravillosa. Recordé cuánto te gusta Coppelia, que es uno de tus ballets favoritos. ¿Recuerdas aquella noche, poco después de casarnos, cuando tú y yo…?

Podía traer claramente a la memoria, incluso ahora, cómo había estado Celia aquella noche… con un vestido largo de gasa verde pálido, y unos zapatitos que brillaban con el reflejo de la luz. Como siempre, había mostrado una belleza etérea, esbelta, impalpable, como si la brisa pudiera llevársela si él la descuidaba. En aquellos días rara vez lo hacía. Llevaban seis meses de casados y ella todavía tenía timidez ante los amigos de Alex, de modo que, a veces, en un grupo, se aferraba y se pegaba a su brazo. Como ella era diez años menor, a él la cosa no le había importado. La timidez de Celia, al comienzo, había sido uno de los motivos de que se enamorara de ella, y estaba orgulloso de que se apoyara tanto en él. Sólo mucho después, cuando ella siguió siendo apocada e insegura -tontamente, según le pareció a él- su impaciencia afloró a la superficie y finalmente se enojó.

¡Qué poco, qué trágicamente poco había comprendido! Con una mayor percepción podría haberse dado cuenta de que el origen de Celia antes de que se conocieran, era totalmente diferente al suyo y que nada la preparaba para la activa vida social y doméstica que él aceptaba como cosa corriente. Todo era nuevo y sorprendente para Celia, alarmante a veces. Era hija única de unos padres muy recluidos, de medios modestos, había sido educada en un convento, nunca había conocido la promiscua licencia de la vida universitaria. Antes de conocer a Alex, Celia no había tenido responsabilidades, su experiencia social era nula. El matrimonio aumentó su nerviosismo natural; al mismo tiempo las dudas sobre sí misma y las tensiones crecieron hasta que, finalmente -como explicaban los psiquiatras- el peso de la responsabilidad ante el fracaso soltó algo en su mente. Con intuición, Alex se culpó a sí mismo. Hubiera podido, según creyó después, ayudar muy fácilmente a Celia, hubiera podido aconsejarla, aflorar las tensiones, darle seguridad. Pero, cuando más había importado, no lo había hecho. Había sido descuidado, ambicioso… había estado muy ocupado… muy distraído.

– Por eso la representación de la semana pasada, Celia, me hizo lamentar que no la viéramos juntos…

Lo cierto es que había visto Coppelia con Margot, a quien hacía ya un año y medio que conocía, que llenaba celosamente en su vida el hueco tanto tiempo vacío. Margot o alguna otra era necesaria para que él -un hombre de carne y hueso- no se convirtiera también en un enfermo mental, se había dicho Alex a veces. ¿O era acaso una mentira de mala fe, para atenuar convenientemente la culpa?

De todos modos, éste no era ni el momento ni el lugar para introducir el nombre de Margot.

– Ah, ¿sabes, Celia? Hace poco vi a los Harrington. ¿Te acuerdas de John y Elise? Me dicen que han estado en Escandinavia, para visitar a los padres de Elise.

– Sí -dijo Celia, sin tono.

No se había movido de la posición acurrucada, pero evidentemente escuchaba, y él siguió hablando, usando sólo la mitad de la mente, mientras la otra mitad preguntaba: «¿Cómo pudo suceder? ¿Por qué?»

– Últimamente hemos tenido mucho trabajo en el banco, Celia…

Uno de los motivos, suponía, había sido su preocupación por el trabajo, las largas horas en las cuales -a medida que se deterioraba el matrimonio- había dejado sola a Celia. Esto había sucedido, ahora lo sabía, cuando ella más lo había necesitado. Tal como estaban las cosas, Celia había aceptado sus ausencias sin quejarse, pero se había vuelto más reservada y tímida, sumergiéndose en los libros, o mirando interminablemente las plantas y las flores, como si pudiera verlas crecer, aunque, ocasionalmente -como contraste y sin motivo aparente- se ponía animada, hablaba incesantemente y a veces con incoherencia. En aquellos períodos Celia parecía tener una energía excepcional. Luego, con igual brusquedad, la energía desaparecía, y se quedaba nuevamente deprimida y decaída. Y mientras tanto, su compañerismo disminuía.

Fue durante todo ese tiempo -la idea le avergonzaba ahora- cuando sugirió que se divorciaran. Celia había parecido trastornada y él había dejado caer la sugerencia, esperando que las cosas mejoraran, pero no mejoraron.

Sólo al fin, cuando se le ocurrió casualmente que Celia podía necesitar un psiquiatra, y cuando lo había buscado, se reveló la verdad de la enfermedad. Por un momento la angustia y la preocupación reavivaron su amor. Pero, para entonces, era demasiado tarde.

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