Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » El Ojo Del Huracan
El Ojo Del Huracan - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El Ojo Del Huracan

Электронная книга - «El Ojo Del Huracan». Краткое содержание книги:

Una feroz guerra subterránea… y el más audaz de los atentados. Sean Dillon es un asesino. Quizá su atracción por la violencia surgiera de la convicción política cuando formó parte del IRA. Pero ya ha perdido las referencias y los escrúpulos. Dillon es un sicario, un carísimo sicario. Tan caro que sólo un magnate iraquí del petróleo puede pagarle. Son los tiempos de la guerra del Golfo, y un magnicidio puede afectar el equilibrio de los aliados. Se trata de un extraordinario desafío, que sólo Dillon puede abordar. Y él mismo fijará el blanco: el primer ministro británico, John Major.
La minuciosa preparación del golpe, los ciegos esfuerzos del servicio secreto por evitarlo, forman el nudo de una obra tan inteligente como trepidante. La maestría de Jack Higgins -de quien Grijalbo ha publicado Ha llegado el águila y El águila emprende el vuelo- alcanza en esta obra la máxima sutileza, energía y verosimilitud.
1 ... 14 15 16 17 18 19 20 21 22 ... 62
Перейти на страницу:

– No me hagas perder el tiempo, Gordon. Estoy ocupada. Será mejor que pongamos fin a esta conversación. Te llamaré o no cuando a mí me convenga.

La reacción de él fue de pánico inmediato.

– No, espera que te lo cuento. No había mucho. Sólo que los dos delincuentes franceses que intervinieron en el asunto fueron asesinados y ellos sospechan que ha sido el tal Dillon. ¡Ah! Y el brigadier Ferguson y la capitana Tanner se van a París hoy a mediodía con la Lear del servicio.

– ¿Para qué?

– Esperan poder convencer al tal Martin Brosnan para que los ayude.

– Bien -dijo ella-. Te has portado, Gordon. Nos veremos esta noche en tu piso. A las seis, y me pasarás tu calendario de turnos para los próximos quince días -dicho lo cual colgó.

Con un suspiro de alivio, Brown regresó a su despacho.

Ferguson y Mary Tanner tuvieron un vuelo excelente y aterrizaron en el aeropuerto Charles de Gaulle poco después de la una. A las dos eran introducidos en el despacho de Hernu, en la sede central de la DGSE, bulevar Mortier.

Ferguson fue recibido con un breve abrazo.

– ¡Charles, viejo pirata! Cuánto tiempo.

– Vamos, vamos, ¡esos modales franceses! -dijo Ferguson-. A ver si la próxima vez me darás un beso en cada mejilla. Te presento a mi ayudante Mary Tanner.

Ella vestía un elegante traje chaqueta de Armani color castaño oscuro, con unos exquisitos botines de Manolo Blahnik. En las orejas unos aretes con brillantes, y un Rolex sumergible de oro en la muñeca completaban su presencia; para ser una muchacha que no destacaba por su belleza, tenía un aspecto encantador. Hernu sabía apreciar la clase en cuanto la veía y le besó la mano.

– Capitana Tanner, su reputación la precede a usted.

– Sólo la parte favorable, espero -replicó ella en correcto francés.

– En fin -dijo Ferguson-. Dejémonos de ceremonias y vamos al grano. ¿Qué pasa con Brosnan?

– Hablé con él esta mañana y accede a recibirnos en su apartamento hoy a las tres. Lo que todavía nos deja tiempo para almorzar. Tenemos aquí una cantina excelente, adonde acuden todos, desde el director hasta el último empleado -les franqueó la puerta-. Síganme. No será la mejor comida de París, pero sí la más barata.

En el camarote de su barcaza instalado como salita, Dillon apuraba una copa de Krug mientras estudiaba un plano a gran escala de Londres. A su alrededor, clavados en las paredes de caoba, numerosos artículos y sueltos de todos los periódicos, en cuanto aludiesen concretamente a cuestiones del número diez, de la guerra del golfo y del buen papel que estaba haciendo John Major. Había también varias fotografías del primer ministro más joven del siglo. Parecía como si las miradas le siguieran a todas partes, como si Major le estuviera observando.

– Yo también te he echado el ojo a ti, colega -dijo Dillon en voz baja.

Lo que más le extrañaba eran aquellas reuniones diarias del gabinete de Guerra británico en el número diez. Todos aquellos cabestros enchiquerados en un mismo corral, ¡vaya blanco perfecto! Sería como lo de Brighton otra vez, cuando todo el Gobierno británico estuvo a punto de desaparecer borrado del mapa. Pero ¿el número diez como blanco? No parecía posible. El búnquer Thatcher, había dicho alguien después de las medidas de seguridad que dispuso la temible Dama de Hierro. Oyó pasos en la cubierta y como quien no quiere la cosa, entreabrió un cajón que contenía un revólver Smith & Wesson del 38. Al ver que era Makeiev volvió a cerrarlo.

– Podía telefonear, pero he pensado que era mejor que habláramos personalmente -dijo el ruso.

– ¿Qué hay ahora?

– Traigo algunas fotos de Brosnan con su aspecto actual, tomadas por nosotros. ¡Ah!, y ésta es de su amiga, Anne-Marie Audin.

– Bien. ¿Algo más?

– Tengo nuevas noticias de Tania Novikova. Parece ser que el brigadier Ferguson y una ayudante, la capitana Mary Tanner, han venido a vernos. Despegaron de Gatwick a las once -consultó el reloj-. Supongo que estarán con Hernu ahora mismo.

– ¿Con qué objeto?

– La verdadera finalidad del viaje es visitar a Brosnan y tratar de lograr su intervención activa para localizarte.

– ¿De veras? -sonrió fríamente Dillon-. Martin empieza a convertirse en una molestia. Tendré que hacer algo al respecto.

Makeiev asintió al tiempo que contemplaba los recortes de las paredes.

– ¿Una exposición privada?

– Estoy familiarizándome con mi hombre -explicó Dillon-. ¿Una copa?

– No, gracias -Makeiev experimentaba un súbito malestar-. Tengo cosas que hacer. Seguiremos en contacto.

Y salió a cubierta. Dillon se sirvió un poco más de champaña, tomó un sorbo y luego se detuvo, se encaminó a la cocina y vertió el resto de la botella en el desagüe. Un despilfarro, pero era preciso. Regresó a la sala, encendió un cigarrillo y contempló de nuevo los recortes. Pero ahora sólo podía pensar en Martin Brosnan. Tomó las fotos que le había traído Makeiev y las clavó en la pared junto a los demás papeles.

En Quai de Montebello, Anne-Marie trasteaba en la cocina mientras Brosnan, sentado a la mesa, corregía un trabajo. Cuando sonó el timbre ella se secó las manos con un paño y salió.

– Deben de ser ellos -dijo-. Yo abriré, y tú no olvides lo que me has prometido.

Le hizo una breve caricia en la nuca y fue a abrir. Se oyeron voces en el recibidor y ella regresó con Ferguson, Hernu y Mary Tanner.

– Voy a preparar un poco de café -anunció Anne-Marie al tiempo que desaparecía en la cocina.

– Mi querido Martin -le tendió la mano Ferguson-. Cuánto tiempo sin vernos.

– Es sorprendente. Sólo nos vemos cuando tiene usted algo que pedirme -comentó Brosnan.

– Le presento a una persona a quien usted no conoce. Mi ayudante la capitana Mary Tanner.

Brosnan le echó una rápida ojeada a aquella figura menuda, morena, elegante, con la cicatriz en la mejilla, y le gustó lo que vio.

– ¿No podía usted encontrar una ocupación más distinguida que la que le ofrece este viejo carcamal? -bromeó.

Ella se extrañó al sentirse algo intimidada en presencia de aquel cuarentón de cabello ridículamente largo, cuyo rostro permitía adivinar con facilidad que su propietario había visto lo peor de la vida.

– Es la crisis, hay que aprovechar todas las oportunidades -dejó un instante su mano entre las de él.

– Ahora que quedan dichas las payasadas podremos empezar a trabajar en serio -terció Ferguson.

Hernu se acercó a la ventana y Ferguson y Mary se sentaron en un sofá frente a Brosnan.

– Me ha contado Max que habló con usted anoche, después del asesinato de los hermanos Jobert.

Anne-Marie sirvió los cafés sobre una bandejita, y Brosnan corroboró:

– Cierto.

– ¿Dice que se niega usted a colaborar con nosotros?

– Expresado así suena demasiado fuerte. Lo que yo dije fue que estaba dispuesto a colaborar en todo cuanto me fuese posible, exceptuando una intervención personal activa por mi parte. Así que si han venido con intención de persuadirme, pierden el tiempo.

Anne-Marie llenó las tazas y Ferguson se dirigió a ella:

– ¿Usted está de acuerdo, mademoiselle Audin?

– Martin dejó esa vida hace muchos años, brigadier-procuró ella medir sus palabras-. Me desagradaría ver que retorna a ella, cualesquiera que fuesen los motivos.

– Pero ¿sin duda estará usted de acuerdo en que hay que detener a un hombre tan peligroso como Dillon?

– Que lo detengan otros, entonces, ¿por qué ha de ser Martin? ¡Por el amor de Dios! -hablaba ahora con voz destemplada, furiosa-. Eso es trabajo de ustedes. Para eso se les paga.

Max Hernu se acercó a tomar una taza de café.

– Ocurre que el profesor Brosnan se halla en una posición especial por lo que concierne a este asunto, mademoiselle. Él fue compañero de Dillon, trabajó con él durante años. Podría ser una gran ayuda para nosotros.

1 ... 14 15 16 17 18 19 20 21 22 ... 62
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)