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READ-E-BOOK » Историческая проза » Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
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Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
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Alice levantó la mano de su camisa. Se giró y se tumbó sobre la manta de tal modo que solo se tocaban por los hombros.

—Claro.

Se quedaron tumbados en la hierba, uno junto al otro, con los ojos elevados al cielo, en silencio. Cuando él volvió a hablar, su voz sonó tierna.

—¿Alice?

Ella le miró. Tragó saliva y el corazón empezó a golpearle contra la caja torácica. Colocó su mano sobre la de él, tratando de transmitirle ánimo de forma tácita, decirle sin palabras que iba a apoyarle, que no pasaba nada, fuera lo que fuese lo que iba a decir. Al fin y al cabo, era su esposa.

Esperó un momento.

—¿Sí?

—Es un cardenal —dijo—. El pájaro rojo. Estoy bastante seguro de que es un cardenal.

4

… el matrimonio, dicen, reduce a la mitad tus derechos y duplica tus obligaciones.

LOUISA MAY ALCOTT, Mujercitas

El primer recuerdo que tenía Margery O’Hare era el de estar sentada bajo la mesa de la cocina de su madre y ver entre sus dedos cómo su padre aporreaba a su hermano Jack, de catorce años, por toda la habitación, partiéndole dos dientes de la boca cuando este trató de evitar que pegara a su madre. La madre, que había recibido un buen número de palizas pero que no toleraba ese destino para sus hijos, se apresuró a lanzar una silla de la cocina sobre la cabeza de su marido, dejándole con una dentada cicatriz en la frente que siguió luciendo hasta su muerte. Él le respondió con la pata rota de la silla, claro, una vez que fue capaz de ponerse de pie, y la pelea no terminó hasta que el abuelo O’Hare fue tambaleándose desde la casa de al lado con el rifle al hombro y ojos de asesino y amenazó con volarle la maldita tapa de los sesos a Frank O’Hare si no paraba. No es que el abuelo pensara que el hecho de que su hijo pegara a su esposa estuviese mal, según supo Margery un tiempo después, sino que la abuela había estado tratando de escuchar la radio y media «hondonada» no podía oír nada por los gritos. Durante el resto de su infancia, hubo un agujero en la pared de madera de pino en el que Margery podía meter el puño entero.

Jack se fue para siempre ese día, con una bola de algodón ensangrentado en la boca y su única camisa buena en el petate, y la siguiente vez que Margery supo de él (el abandono estaba considerado como un acto de deslealtad a la familia tan grave que desapareció de hecho del historial familiar) fue ocho años después, cuando recibió un telegrama que decía que Jack había muerto atropellado por una vagoneta de ferrocarril en Misuri. Su madre derramó lágrimas saladas de desconsuelo sobre su delantal, pero su padre le lanzó un libro y le dijo que se tranquilizara de una maldita vez o que le daría un buen motivo para llorar y se fue a su alambique. El libro era Azabache y Margery nunca le perdonó que le hubiese arrancado la cubierta posterior al tirárselo y, en cierto modo, su amor por su hermano fallecido y su deseo de escapar al interior de un mundo de libros se mezclaron para convertirse en algo violento y obstinado en ese ejemplar con la contraportada rota.

«No os caséis con un tonto de estos», les susurraba su madre a ella y a su hermana cuando las acostaba en la gran cama de heno de la habitación de atrás. «Aseguraos de alejaros todo lo que podáis de esta maldita montaña. En cuanto os sea posible. Prometédmelo».

Las niñas habían asentido con solemnidad.

Virginia sí que se había ido, había llegado hasta Lewisburg, pero para casarse con un hombre que resultó ser igual de diestro con los puños que su padre. Su madre, gracias a Dios, no vivió para verlo, pues había contraído una neumonía seis meses después de la boda y había muerto a los tres días. El mismo destino habían corrido tres de los hermanos de Margery. Sus tumbas estaban marcadas con pequeñas piedras sobre una colina que daba a la «hondonada».

Cuando su padre murió, asesinado en una pelea a tiros con Bill McCullough —el más reciente de los lamentables episodios de una disputa entre clanes que había durado varias generaciones—, los habitantes de Baileyville vieron que Margery O’Hare no derramaba ni una sola lágrima. «¿Por qué iba a hacerlo?», dijo ella cuando el pastor McIntosh le preguntó si estaba bien. «Me alegro de que se haya muerto. Ya no podrá hacer más daño a nadie». El hecho de que Frank O’Hare fuese denostado en el pueblo y de que todos supieran que ella tenía razón no evitó que decidieran que la hija superviviente de los O’Hare era tan rara como los otros y que, francamente, cuanta menos simiente hubiera de ellos, mejor.

—¿Puedo preguntarte por tu familia? —le había dicho Alice mientras ensillaban los caballos poco después del amanecer.

Margery, con sus pensamientos perdidos en algún lugar entre el cuerpo fuerte y duro de Sven, necesitó que se lo repitiera dos veces antes de darse cuenta de lo que Alice le estaba diciendo.

—Pregúntame lo que quieras. —Levantó los ojos—. Deja que adivine. ¿Alguien te ha dicho que no deberías estar cerca de mí por lo de mi padre?

—Pues sí —respondió Alice después de una pausa. El señor Van Cleve le había dado un sermón sobre ese mismo asunto la noche anterior, acompañado de mucho farfullar y señalar con el dedo. Alice había enarbolado el buen nombre de la señora Brady como escudo, pero la conversación había resultado incómoda.

Margery asintió, como si no le sorprendiera. Colgó la silla de montar sobre la barandilla y pasó los dedos por el lomo de Charley, buscándole algún bulto o úlcera.

—Frank O’Hare abastecía de alcohol casero a medio condado. Le pegaba un tiro a cualquiera que tratara de pisarle el terreno. Les disparaba si creía siquiera que pensaban hacerlo. Mató a más gente de la que me pueda imaginar y dejó cicatrices en todo aquel que se acercaba a él.

—¿En todos?

Margery vaciló un momento y, después, dio un par de pasos hacia Alice. Se levantó la manga de la camisa por encima del codo y le enseñó una cicatriz cerosa con forma de moneda en la parte superior del brazo.

—Me disparó con su rifle de caza cuando tenía once años porque le respondí. Si mi hermano no me llega a apartar, me habría matado.

Alice tardó un momento en hablar.

—¿No hizo nada la policía?

—¿La policía? —Lo pronunció acentuando cada sílaba—. Aquí arriba la gente soluciona las cosas a su modo. Cuando mi abuela descubrió lo que había hecho, le dio con una fusta. Solo había dos personas a las que él tuviese miedo: su madre y su padre.

Margery agachó la cabeza de tal modo que su espeso pelo negro le cayó por delante. Se pasó ágilmente los dedos por la cabeza hasta que encontró lo que buscaba y se apartó el pelo a un lado para dejar al aire un hueco de dos centímetros de piel desnuda.

—Esto es de cuando me subió dos tramos de escaleras tirándome del pelo tres días después de que mi abuela muriera. Me arrancó un puñado de pelos. Dicen que aún tenía un trozo de cuero cabelludo pegado cuando lo tiró al suelo.

—¿Tú no te acuerdas?

—No. Me dejó inconsciente antes de hacerlo.

Alice se quedó en silencio, estupefacta. La voz de Margery sonaba tan normal como siempre.

—Lo siento mucho —dijo titubeando.

—No lo sientas. Cuando murió hubo dos personas en todo el pueblo que acudieron a su funeral y una de ellas lo hizo solamente porque sentía pena por mí. Ya sabes lo mucho que a este pueblo le gustan las reuniones. Imagina lo mucho que le odiaban para ni siquiera aparecer en el funeral de alguien.

—Entonces… no le echas de menos.

—¡Ja! Alice, por aquí hay muchas criaturas nocturnas. Son chicos buenos de día pero, cuando llega la noche, se ponen a beber y prácticamente se convierten en un par de puños buscando pelea.

Alice pensó en las diatribas del señor Van Cleve provocadas por el bourbon y sintió un escalofrío, a pesar del calor.

—En fin, mi padre ni siquiera era de esos. No necesitaba beber. Era frío como un témpano. No tengo un solo recuerdo bueno de él.

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