Traficantes de dinero
- Автор: Хейли Артур
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:
El terror se intensificaba a medida que consideraba, por primera vez, lo que podía pasar si perdía el empleo. Las posibilidades, comprendió, eran grandes.
También supo que iba a ser difícil encontrar otro empleo. Ningún otro banco la contrataría, y otros patronos querrían saber dónde había trabajado antes, después descubrirían la historia del dinero y la rechazarían.
Sin trabajo: ¿qué iba a hacer? ¿Cómo mantener a Estela?
Bruscamente Juanita se detuvo en la calle, se agachó y estrechó contra sí a su hija.
Rogó que alguien la creyera mañana, que alguien reconociera la verdad. Alguien, alguien.
Pero… ¿quién?
9
Alex Vandervoort también estaba perdido en la ciudad. A primera hora de la tarde, de regreso de la reunión con Nolan Wainwright, Alex había recorrido paseando sus oficinas, procurando ver los recientes acontecimientos en su verdadera perspectiva.
El anuncio hecho ayer por Ben Rosselli era causa mayor para reflexionar. Y también lo era la situación resultante en el banco. Y también los acontecimientos de los meses recientes, en la vida personal de Alex.
Marchaba de arriba abajo, doce pasos para un lado, doce para otro, según una antigua costumbre, ya establecida. Una o dos veces se detuvo, volvió a examinar las tarjetas de créditos falsificadas, que el jefe de Seguridad le había permitido llevar. El crédito y las tarjetas de crédito eran parte adicional de sus preocupaciones… no sólo las tarjetas falsas sino también las legítimas.
La variedad genuina estaba representada por una serie de pruebas de anuncios, también sobre el escritorio, y ahora extendidas. Habían sido preparadas por la Agencia de Publicidad Austin, y el propósito era alentar a los poseedores de tarjetas de crédito a usar el crédito y las tarjetas cada vez más.
Un anuncio decía:
¿PARA QUE PREOCUPARSE POR EL DINERO?
USE SU TARJETA CLAVE DE CRÉDITO
Y DEJE QUE NOSOTROS
NOS PREOCUPEMOS POR USTED
Otro proclamaba:
LAS CUENTAS NO SON DOLOROSAS
CUANDO USTED DICE:
«PÓNGALO EN MI TARJETA DE CRÉDITO»
Un tercero anunciaba:
¿PARA QUE ESPERAR?
HOY PUEDE PERMITIRSE EL SUEÑO DE MAÑANA.
USE AHORA SU TARJETA CLAVE
Había otra media docena en términos similares.
Alex Vandervoort se sentía inquieto con todo aquello.
Pero su inquietud no iba a traducirse en acción. Los anuncios, ya aprobados por la división de Tarjetas Clave, habían sido enviados a Alex simplemente para información general. Igualmente, el amplio margen de aproximación había sido decidido hacía varias semanas por la dirección del banco, como medio para aumentar los beneficios del sistema de Tarjetas Clave, que -como todos los programas de tarjetas de crédito- había dado pérdidas en los años iniciales de lanzamiento.
Pero Alex se preguntaba: ¿había calculado la Dirección una campaña promocional tan groseramente agresiva?
Reunió las pruebas de anuncios y volvió a colocarlas en las carpetas en las que habían llegado. Esta noche, en su casa, volvería a considerarlas, y oiría una segunda opinión, pensó -probablemente una opinión bastante fuerte- de parte de Margot.
Margot.
La idea de ella se mezcló al recuerdo de la revelación hecha ayer por Ben Rosselli. Lo que había sido dicho entonces había recordado a Alex la fragilidad de la vida, la brevedad del tiempo que nos queda, la inevitabilidad de los finales, había sido una señal hacia lo inesperado, siempre tan cercano. Se había sentido conmovido y entristecido por lo de Ben; pero nuevamente, sin quererlo, el viejo había renovado un continuo interrogante: ¿debía Alex iniciar una nueva vida para él y para Margot? ¿O debía esperar? ¿Y esperar qué?
¿Esperar a Celia?
Esta pregunta también se la había hecho miles de veces.
Alex miró hacia la ciudad, hacia el lugar donde sabía que estaba Celia. Se preguntó qué estaría haciendo, cómo estaría.
Había una manera sencilla de averiguarlo.
Volvió a su escritorio y marcó un número que sabía de memoria.
Una voz de mujer contestó:
– Remedial Center.
Él se identificó y dijo:
– Quisiera hablar con el doctor McCartney.
Tras unos momentos una voz de hombre, tranquilamente firme, preguntó:
– ¿Dónde está, Alex?
– En mi oficina. Quería saber cómo anda mi mujer.
– Se lo pregunto porque pensaba telefonearle hoy y sugerirle que visitara a Celia.
– La última vez que hablamos usted dijo que no quería que lo hiciera.
El psiquiatra le corrigió con suavidad.
– Dije que las visitas no me parecían aconsejables por un tiempo. Como recordará, las anteriores inquietaron a su mujer, en lugar de ayudarla.
– Recuerdo… -Alex vaciló, después preguntó-: ¿Ha habido algún cambio?
– En efecto, ha habido un cambio. Me gustaría que fuera para bien.
Había habido tantos cambios que Alex se había inmunizado contra ellos.
– ¿Qué clase de cambio?
– Su mujer se está alienando todavía más. Su huida de la realidad es casi total. Por eso creo que una visita suya podría hacerle bien -el psiquiatra se corrigió-. Por lo menos no le hará daño.
– Bien. Iré esta noche.
– En cualquier momento, Alex; y no deje de pasar a verme. Como sabe no tenemos aquí horas de visita y hay un mínimo de reglas.
– Sí, ya lo sé.
La carencia de formalidad, reflexionó, al dejar el teléfono, era el motivo por el que había elegido el Remedial Center cuando tuvo que afrontar la desesperada decisión con Celia, hacía cuatro años. La atmósfera era deliberadamente no institucional. Las enfermeras no usaban uniforme. Dentro de lo conveniente, los pacientes tenían libertad de movimiento y eran alentados para tomar decisiones por su cuenta. Con ocasionales excepciones, amigos y parientes eran bienvenidos en cualquier momento. Incluso el nombre de «Remedial Center» había sido elegido intencionalmente, de preferencia al más desagradable de «hospital psiquiátrico». Otro motivo era que el doctor Timothy McCartney, joven, brillante e innovador, encabezaba un grupo de especialistas que habían logrado la curación de enfermedades mentales en casos en los que habían fallado tratamientos más convencionales.
El Center era pequeño. Los pacientes nunca sobrepasaban los ciento cincuenta, aunque en comparación, había mucho personal. En cierto modo era como una escuela con pequeñas aulas donde los estudiantes recibían la atención personal que no hubieran podido tener en otra parte.
El edificio moderno y los jardines espaciosos eran tan agradables como podían crearlos la imaginación y el dinero.
La clínica era privada. También era atrozmente cara, pero Alex había estado decidido, y seguía estándolo, a que, pasara lo que pasara, Celia iba a recibir la mejor atención. Era, pensaba, lo menos que podía hacer.
El resto de la tarde se ocupó de los negocios del banco. Poco después de las 6 dejó la Torre del FMA, dio a su chófer la dirección del Remedial Center y se puso a leer el periódico vespertino mientras se deslizaban entre el tráfico. Una limousine y un chófer, disponibles en cualquier momento entre los coches del banco, eran prerrogativas de la tarea de vicepresidente y Alex disfrutaba de ellas.
Típicamente, el Remedial Center tenía la fachada de una gran casa privada, sin nada aparte del número de la calle, que pudiera identificarlo.
Una simpática muchacha rubia, con un alegre vestido estampado, le hizo pasar. Se dio cuenta de que era una enfermera por una pequeña insignia clavada en el hombro izquierdo. Era la única distinción en el vestuario que se autorizaba entre el personal y los enfermos.