El Ojo Del Huracan
- Автор: Хиггинс Джек
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Ojo Del Huracan». Краткое содержание книги:
La minuciosa preparación del golpe, los ciegos esfuerzos del servicio secreto por evitarlo, forman el nudo de una obra tan inteligente como trepidante. La maestría de Jack Higgins -de quien Grijalbo ha publicado Ha llegado el águila y El águila emprende el vuelo- alcanza en esta obra la máxima sutileza, energía y verosimilitud.
– ¡Dios mío! Es asombroso -dijo Makeiev.
Dillon se irguió y dijo con burlona sonrisa:
– Josef, muchacho, si hubiera continuado en la carrera teatral ahora yo sería un monstruo de la escena. Vámonos.
La nieve era apenas una capa de polvillo fino en las aceras. Las barcazas surcaban el río y Nôtre Dame, iluminada por los focos, parecía flotar en medio de la noche. Salieron al muelle de Montebello sin haber atisbado un taxi.
Makeiev dijo:
– Ahí la tienes, ésa es la casa de Brosnan. Es propietario de todo el edificio; su madre le dejó con el riñón bien cubierto, a lo que parece.
– ¿De veras?
Dillon contemplaba el andamiaje, y Makeiev explicó: -Apartamento número cuatro, justo en la esquina del principal.
– ¿Vive solo?
– Sí, no está casado. Tiene una amiga, Anne-Marie Audin…
– ¿La periodista? La he visto una vez, estuvo en Belfast allá por el setenta y uno. Brosnan y Liam Devlin, que era mi jefe entonces, le concedieron una exclusiva sobre las interioridades del IRA.
– ¿La conoces?
– Personalmente no. ¿Viven juntos?
– Creo que no.
En aquellos momentos apareció un taxi doblando la esquina y Makeiev alzó el brazo.
– Mañana seguiremos hablando.
El taxi se alejó y Dillon se disponía a desandar camino cuando apareció Brosnan al fondo de la calle. Dillon le reconoció al instante.
– Hola, Martin, ¡viejo bastardo! -dijo en voz baja.
Brosnan se metió en su casa y Dillon se volvió, satisfecho, silbando quedamente una musiquilla.
En su piso de Cavendish Square, Ferguson estaba a punto de acostarse cuando sonó el teléfono. Era Hernu, quien anunció:
– Malas noticias. Ha liquidado a los hermanos Jobert.
– ¡Caramba! No pierde el tiempo, ¿verdad? -farfulló Ferguson indignado.
– Hemos hablado con Brosnan para solicitarle su colaboración, pero me temo que la negativa es irrevocable. Ofrece asesoramiento y todo lo que le pidamos, pero no quiere intervenir activamente.
– Tonterías -replicó Ferguson-. Eso es inadmisible. Cuando el barco hace agua todos deben ponerse al achique, sin excepciones. Y este barco se está hundiendo a toda velocidad, por lo que veo.
– ¿Alguna sugerencia?
– A lo mejor serviría de algo que yo hablase con él. No estoy seguro de la hora, porque tengo pendientes algunos asuntos, pero procuraré estar ahí por la tarde. Le llamaré para confirmárselo.
– Excelente. Será una satisfacción para nosotros el recibirle.
Ferguson se quedó un rato pensándolo y luego llamó al piso de Mary Tanner.
– Supongo que, al igual que yo, esperabas poder descansar en relativa tranquilidad esta noche después del madrugón de hoy, ¿verdad? -dijo.
– Ésa era mi intención, en efecto. ¿Ha ocurrido algo?
La puso al corriente.
– Creo que lo más oportuno sería tomar el avión mañana, tener una charla con Hernu y después hablar con Brosnan. Es menester que comprenda la gravedad del asunto.
– ¿Quiere que le acompañe?
– Por supuesto. En ese país yo no entiendo ni la carta del restaurante; en cambio tú, gracias a tu educación de niña rica, tienes la ventaja de dominar el idioma a la perfección. Ponte en contacto con el administrador del parque móvil del ministerio y dile que necesito el birreactor Lear a punto para mañana por la mañana.
– Lo solventaré, ¿alguna cosa más?
– No. Mañana nos vemos en la oficina, y no olvides el pasaporte.
Ferguson colgó el aparato, se acostó y apagó la luz.
De regreso en su barcaza, Dillon puso de nuevo el agua a hervir, echó un poco de whisky Bushmills en un tazón, le añadió un poco de jugo de limón y azúcar, echó agua hirviendo y se arrellanó en la salita mientras tomaba el primer sorbo de ponche. «¡Dios mío! Martin Brosnan, al cabo de tantos años.» Su espíritu evocaba los viejos tiempos con el americano y con Liam Devlin, su antiguo comandante. Devlin, la leyenda viviente del IRA. Días salvajes, febriles, cuando desafiaban todo el poder del ejército británico luchando cara a cara. Nada volvería a ser como entonces.
Tenía sobre la mesa un montón de periódicos británicos. Los compraba en el quiosco de la Gare de Lyon. Estaban allí el Daily Mail, el Express, The Times y el Telegraph. Le interesaban sobre todo las secciones de política, y todos venían a decir más o menos lo mismo. La crisis del golfo, los bombardeos sobre Bagdad, las especulaciones acerca de cuándo comenzaría la ofensiva en tierra. Y las fotos, naturalmente. El primer ministro John Major a la puerta del diez de Downing Street. ¡La prensa británica era maravillosa! Allí se polemizaba sobre las medidas de seguridad, se especulaba acerca de posibles ataques terroristas árabes y se publicaban incluso diagramas y planos de los alrededores de Downing Street. Y más fotos del primer ministro y de los demás ministros del Gobierno, que acudían a las cotidianas reuniones del gabinete de Guerra. Indudablemente, la acción estaba en Londres. Dejó los periódicos tras ordenarlos con meticulosidad, apuró el ponche y se metió en la cama.
Casi lo primero que hizo Ferguson cuando llegó a su despacho fue dictar una breve nota para el primer ministro, con el fin de ponerle al corriente y notificarle el viaje a París. Mary llevó el borrador a la secretaría interior; la funcionaria, cuyo turno de noche estaba a punto de concluir, una tal Alice Johnson, viuda de guerra cuyo esposo había caído en las Malvinas, pasó a máquina el informe en seguida. Estaba sacando una xerocopia cuando se presentó Gordon Brown, que había adoptado un horario partido, tres horas de diez a una por la mañana y seis hasta las diez de la noche. Dejó en el suelo un portafolios y se quitó la americana.
– Puede irse cuando usted quiera, Alice. ¿Alguna cosa especial?
– Sólo estos papeles para la capitana Tanner. Es un informe para el número diez y he prometido llevárselo.
– Ya lo haré yo -dijo Brown-. Váyase a casa.
Ella le pasó los dos ejemplares del informe y se puso a despejar su mesa de despacho. Imposible confeccionar otra copia más, pero al menos tenía la oportunidad de leerlo, cosa que hizo mientras se encaminaba por el pasillo hacia la oficina de Mary Tanner. Cuando entró la halló sentada detrás de su escritorio.
– El informe que pidió, mi capitana. ¿Quiere que llame a un mensajero?
– No, gracias, Gordon. Ya me ocuparé yo.
– ¿Alguna cosa más, mi capitana?
– No. Sólo he venido para despejar el escritorio. El brigadier Ferguson y yo nos vamos a París -consultó su reloj-. Debo darme prisa, hay que presentarse en Gatwick a las once.
– Que tengan un buen viaje.
Cuando regresó a su sección, Alice Johnson todavía estaba allí.
– Oye, Alice, ¿te importaría quedarte unos minutos más? Tengo un recado urgente. Otro día te sustituiré yo a ti.
Se puso el abrigo, corrió escaleras abajo hacia la cantina y se metió en una de las cabinas de teléfono público. Casualmente Tania Novikova estaba en casa, porque la noche anterior no había salido de la embajada hasta muy tarde.
– Te tengo dicho que no me llames aquí nunca. Yo te llamaré -fue lo primero que dijo.
– Necesito verte. Salgo a la una.
– Imposible.
– He visto otro informe. Sobre el mismo asunto.
– Entiendo. ¿Tienes copia?
– No, no he podido. Pero lo leí.
– ¿Qué dice?
– Te lo contaré a la hora del almuerzo.
Ella se dio cuenta de que la situación demandaba un control enérgico por su parte, por lo que se dirigió a él con voz fría y dura: