Tres corazones y tres leones [Three Hearts and Three Lions - es]
- Автор: Андерсон Пол Уильям
- Год: 1990
- Язык: испанский
- Год: EDAF
- ISBN: 84-7640-448-4
- Переводчик: Rafael Lassaletta Cano
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «Tres corazones y tres leones [Three Hearts and Three Lions - es]». Краткое содержание книги:
—Es un buen hombrecito —dijo Alianora, poniendo los brazos alrededor del cuello de Holger—. Sabe cuando una chica necesita consuelo.
—Oye, espera un momento. Mira, quiero decir, eres estupenda y me gustas muchísimo. Pero lo que quiero decir… oh, cielos. No importa —consiguió decir Holger.
Hugi se presentó de pronto ante ellos.
—¡Un dragón! —gritó—. ¡Un dragón volando por ahí!
—¿Cómo? —preguntó Holger dando un salto que casi derriba a Alianora— ¿Qué? ¿Dónde?
—¡Un dragón de fuego, sí, sí, enviado por Alfric, ahora estamos perdidos! —gritaba Hugi aferrado a las rodillas de Holger—. ¡Sálvanos, señor caballero! ¿No acostumbráis a matar dragones? Papillon bufó y se estremeció. El unicornio ya se había ido. Alianora corrió tras él, silbando. Se detuvo lejos, para que ella saltara encima, y desapareció de la vista. Holger se liberó de Hugi, montó el caballo y galopó tras ella.
Al llegar a la cumbre del promontorio pudo ver el monstruo. Venía del sur, todavía estaba a un kilómetro de distancia pero ya el estruendo de su aleteo golpeaba sus oídos. Mide quince metros, pensó aterrorizado. Quince metros de músculos recubiertos de escamas blindadas, una cabeza de serpiente que podría tragárselo de dos bocados, alas de murciélago y garras de hierro. No tenía necesidad de espolear a Papillon. El caballo estaba enloquecido de miedo y corría casi tan rápido como el unicornio. De sus cascos brotaban chispas. El ruido que hacían sobre la roca se perdía entre el estruendo cada vez más próximo de las alas del dragón.
—¡Yi-yi-yi! —gimió Hugi— ¡Estamos perdidos!
El monstruo descendió, cogiéndolos con una velocidad de pesadilla. Holger miró hacia atrás de nuevo y vio las llamas y el humo que salían de su boca llena de colmillos. Por un momento, como si estuviera loco, se preguntó sobre su metabolismo; ¿qué enmienda de las leyes naturales permitía que esa masa volara? El olor a dióxido sulfúrico se metió por su nariz.
—¡Allí! —gritó Alianora, señalando pendiente abajo. Holger miró hacia donde ella señalaba y vio una estrecha boca de cueva en un risco cercano— ¡No puede seguirnos hasta allí!
—¡No! —rugió Holger— ¡Mantente lejos de eso! ¡Es la muerte!
Ella lo miró asustada, pero obedientemente separó al unicornio de la cueva. Holger sintió en su espalda la primera oleada de calor. Por los dioses, si bajaban a la tierra por ese agujero el dragón podría ahogarlos con seis bocanadas.
—¡Tenemos que encontrar agua! —gritó casi desgañitándose.
Recorrían a toda prisa el terreno pedregoso mientras el estrépito de las alas y el retumbar de las llamas se iban haciendo más fuertes. Holger sacó la espada. ¿Pero qué posibilidades tenía? El dragón podría asarle metido en su traje de hierro.
Pues bien, pensó, puedo conseguir que Alianora tenga una oportunidad de escapar.
No se detuvo a razonar el motivo de que quisiera encontrar agua. Sólo había tiempo para huir, por las colinas, recorriendo una repisa al borde de un precipicio que daba a un barranco. Papillon relinchó cuando el fuego le tocó.
Saltaron una pantalla de matorrales y vieron un río que corría bajo ellos, verde y rápido, de nueve metros de anchura. El unicornio se sumergió en él. La espuma cubrió su cuerno en espiral. Papillon le siguió. Se detuvieron en mitad de la corriente. El río estaba helado y era como si les clavara dagas en los pies.
El dragón tomó tierra en la orilla. Arqueó el lomo y silbó como una locomotora colérica. Tiene miedo del agua, comprendió Holger. Su intuición lo sabía.
—Volará por encima y nos cogerá desde el aire —dijo Alianora, jadeando.
—¡Entonces abajo! —exclamó Holger, saltando al lecho de la corriente, lleno de guijarros. La corriente se arremolinó con fuerza alrededor de su pecho. Hugi y Alianora se cogieron a las colas de sus respectivas monturas—. Cuando se produzca el ataque, meteos bajo el agua —ordenó Holger.
Pero ningún ser humano podía quedarse allí demasiado tiempo. Estaban perdidos.
Sí, perdidos.
El dragón aleteó, elevándose torpemente. La sombra cayó sobre ellos cuando se quedó suspendido ocultando el sol. Lentamente, descendió. Por las mandíbulas abiertas, lanzó llamaradas.
¡Llamas! Holger envainó la espada, se quitó el casco y lo llenó de agua. El dragón se precipitó hacia abajo. Holger levantó un brazo para protegerse los ojos. Y a ciegas, le echó el agua.
Se produjo vapor a su alrededor. El dragón bramó, rompiéndole casi los tímpanos. La enorme masa cubierta de escamas se tambaleó en el vuelo, moviendo hacia todos los lados su enorme cuello, agitando la cola entre el vapor. Holger pronunció una maldición y le echó otro casco lleno de agua al morro.
El berrido que lanzó el dragón lo dejó sin sentido. Lenta y dolorosamente el monstruo se elevó en el aire y huyó hacia el sur. Durante mucho tiempo estuvieron oyendo su clamor.
El simple hecho de respirar le producía a Holger dolor en los pulmones. Se quedó inmóvil, agotado, hasta que la bestia desapareció de la vista. Finalmente, condujo a los otros a la orilla.
—¡Holger, Holger! —exclamó Alianora aferrándose a él, temblando, llorando y riendo.
—¿Cómo lo hiciste? Lo has vencido, eres el mejor de los caballeros, querido mío.
—Bueno, eso… —Holger sentía el rostro enrojecido. Tenía varias ampollas—. Un poco de termodinámica, es todo.
—¿Qué magia es ésa? —preguntó ella reverentemente.
—No es magia. Mira, si el animal respiraba fuego, tenía que estar todavía más caliente en su interior, así que le arrojé unos litros de agua por el gaznate. Eso produjo una pequeña explosión —explicó Holger moviendo su mano elaboradamente—. No fue más que eso.
11
Unos kilómetros más allá entraron en una oquedad abrigada por los muros de los riscos, tan suave y soleada como cualquier tierra baja. Las hayas y los álamos susurraban encima de la hierba larga llena de primaveras; un arroyo tintineaba, una bandada de estorninos emprendió el vuelo. El lugar parecía ideal para el descanso que tan desesperadamente necesitaban ellos y las monturas.
Tras construir un círculo defensivo, Alianora bostezó —incluso eso lo hacía encantadoramente— y se enroscó para dormir. Hugi se sentó bajo la cruz, cortando palos con su nuevo cuchillo. Holger se sentía inquieto.
—Voy a echar un vistazo por los alrededores —dijo—. Llamadme si algo va mal.
—¿Os parece seguro ir por ahí solo? —preguntó el enano. El mismo se respondió—. Vaya, claro que sí. ¿Qué va a dañar a quien mata a un dragón?
Holger se sonrojó. El hombre del día, pero bien sabía que lo había conseguido mediante una serie de accidentes.
—No iré muy lejos.
Sacó la pipa, la encendió y se marchó canturreando. La escena era pacífica: prados, flores, árboles, agua, Papillon y el unicornio paciendo, las notas líquidas de un zorzal. De no haber sido por el dolor de sus quemaduras, podría haberse sentado, tumbarse al sol y pensar en Alianora. Pero no. Apartó a la joven de su mente. Tenía que pensar en cosas más graves.
Había que admitirlo, él era una figura decisiva, o al menos importante, en ese mundo carolingio. A la vista de todo lo que había sucedido, tenía que ser más que una coincidencia el que Papillon, preternaturalmente fuerte e inteligente, estuviera esperándolo exactamente en donde él había aparecido, con unas ropas y armas que le ajustaban exactamente. Después estaba la excitación que había producido en Faerie, y el hecho curioso de que, a pesar de su ignorancia, no habían sido capaces de matarlo… Pues bien, había existido un Carlomagno en ambos mundos. Quizá él mismo estuviera también, de alguna manera, doblado. ¿Pero entonces quién era? ¿Y por qué, y cómo?