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Tres corazones y tres leones [Three Hearts and Three Lions - es]

Электронная книга - «Tres corazones y tres leones [Three Hearts and Three Lions - es]». Краткое содержание книги:

Tras ser herido en un campo de batalla de la Segunda Guerra Mundial, Holger deja de ser un moderno soldado para encarnarse en un caballero armado, exiliado en un mundo de brujería y magia donde se libra una sangrienta guerra. La hechicera Le Fay utilizará su espada contra Caos; la doncella-cisne querrá que ayude a su apacible pueblo. Al principio, él se negará a servir a ambas en un intento de retornar a la realidad, pero la Tierra era su exilio: es aquí, bajo el ardiente aliento del dragón, donde deberá luchar y morir…
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Además, la fuerza de un encantamiento parecía depender de la distancia. Cuanto más se alejaba de Faerie, más seguro estaría probablemente Holger con respecto a sus habitantes.

Y no es que pudiera reírse de Alfric. Por el contrario. Pero no era la cabeza de los enemigos. Morgana le Fay le superaba en rango. Y más allá de ella había otros, claramente, al final, aquel en quien Holger no deseaba pensar. Pero Alfric tenía muchos poderes, era astuto y habilidoso, y no había abandonado la lucha. Probablemente, Morgan ni siquiera la habría empezado.

Si supiera tan sólo lo que ellos quieren de mí.

Durante todo el día el caballo caminó por un terreno ascendente. Al ponerse el sol, Holger tiró de las riendas encima de un paso. La hierba crecía en grupos escasos entre las rocas, y, salvo, eso el lugar estaba desértico. Un viento poco hospitalario subía por los riscos y por encima de la cresta. A modo de suspiro, Papillon resopló. Dejó caer la cabeza.

—Pobre animal —dijo Alianora acariciándole el hocico aterciopelado—. Hemos abusado de ti, ¿verdad? Y esta noche no tendrás nada mejor que unas cuantas hierbas secas.

Alianora encontró una roca con una depresión en la par— te superior y vertió pacientemente en ella el agua de un pellejo, hasta que hubo bebido lo suficiente. Holger frotó al corcel. Había empezado a dar por supuestas las habilidades del caballero, pero le sorprendía bastante el afecto que sentía por Papillon. Arregló los desgarrados y embarrados arreos de seda, haciendo con ellos una especie de manta para el caballo. Establecido el campamento; tomada la cena, como estaban muy fatigados, se retiraron.

Alianora se encargó de la primera guardia, después Holger y finalmente Hugi. Cuando terminado su turno se acostó contra la joven, Holger descubrió que no podía volver a dormirse. Ella le puso la cabeza en el hombro, y con un brazo le cruzó el pecho. Por la fuerza del viento, Holger no podía oír cómo respiraba Alianora, pero sentía hasta su más ligero movimiento; también sentía cómo parecía irradiar calor allí donde ella le tocaba. En otras partes estaba condenadamente frío, y la helada se filtraba a través de las mantas que le cubrían. La manta de la silla que tenían debajo apenas aliviaba la maldición de ese duro terreno.

Pero no era ése el motivo de que estuviera despierto. Cuando el peligro había agudizado todos sus sentidos, tenía prácticamente encima de él a ese ser cálido de cabellos desarreglados… Trató de pasar el tiempo recordando a Meriven, pero así sólo consiguió que empeoraran las cosas. Y en ese momento, pensó con amargura, podría haber estado con Morgana le Fay.

¿Dejar sola a Alianora cuando avanzaba el enemigo? ¡No! Casi inconscientemente, la rozó. Ese fue otro error. Antes de que supiera bien lo que había sucedido, su mano se había deslizado bajo la túnica de plumas y tocado un pecho joven y suave. Ella se movió, murmurando en su sueño. El permaneció inmóvil, y ni siquiera tuvo la fuerza necesaria para apartar la mano. Finalmente, conmovido, sintiendo un picor en la piel, abrió los ojos.

Las estrellas brillaban como en el invierno. No había luna, pero, por la posición del Carro de Cari (¡incluso en el cielo te recuerdan, mi rey!), consideró que el amanecer no estaba lejano. La negrura de la tierra era casi absoluta. Vio el perfil de Hugi, agachado junto al fuego rojizo, y aparte de eso sólo unas masas erguidas sobre el cielo. Aquel peñasco…

¡Nunca lo había visto antes!

De un salto, Holger se puso en pie antes de que la tierra temblara. Venía una vez, y otra más, un sonido como de tambores monstruosos; la montaña se sacudía como lo hace una casa cuando un hombre pesado sube por las escaleras. Holger oyó que las piedras se soltaban y caían por la pendiente. Cogió la espada y en ese momento el gigante se presentó ante ellos.

Con un pie tan alto como el propio Holger, deshizo de una patada el círculo defensivo. La luz del fuego le permitió ver unas enormes uñas de los pies, sin cortar. Alianora gritó. Holger la protegió tras su cuerpo. Papillon fue corriendo hacia el hombre, con un relincho de desafío, el cuello y la cola arqueados, las ventanas del hocico dilatadas. Hugi corrió y se unió a Alianora.

El gigante se agachó y hurgó el fuego con un dedo, como si fuera un palo curvo. Cuando las llamas se alzaron, Holger vio que aquel ser era humanoide, aunque grotescamente ancho y de piernas cortas en proporción con su altura. Bien, pensó al instante, aunque la ley de la proporción no funcione igual aquí que en mi mundo, necesita una gran sección transversal para soportar ese peso. Aquel cuerpo tosco y revestido de pieles mal cosidas; el olor que soltaba hizo que Holger se alegrara de que estuviera contra el viento. Por lo que podía discernir entre el enmarañamiento de sus cabellos y su barba, los rasgos del gigante eran acromegálicos, unos ojos terminados en grandes crestas óseas, nariz y mandíbula que sobresalían toscamente, labios gruesos y dientes sucios y enormes.

—Coge a Papillon, Hugi —dijo Holger. Ahora que había pasado la primera sorpresa, había dejado de tener miedo. No se atrevía a tenerlo—. Lo retendré mientras pueda, Alianora, sube al aire. —Me quedaré contigo —le dijo con una voz pequeña, pero se colocó a su lado, con la barbilla levantada.

—¿Cómo puede haber pasado? —gimió Hugi—. Es de la raza del Mundo Medio. Los encantamientos tendrían que haberlo alejado.

—Nos ha estado acechando —explicó Alianora—. Estas gentes pueden ser muy discretas cuando quieren. Esperó un momento en el que hubiera tal falta divina entre nosotros que los signos sagrados quedaran anulados.

Con la mirada acusaba al enano acobardado. Holger sabía que de ese mal no debía culparse a Hugi. Pero…

— ¡Habla para que pueda oírte!

El gigante no hablaba de un modo ensordecedor, ni tampoco su acento era demasiado bárbaro. Lo que hacía que fuera difícil entenderle era el tono: tan bajo que los registros inferiores inaudibles sacudían los huesos humanos. Holger se humedeció los labios, se adelantó y con su voz más profunda dijo:

—En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, te ordeno que te vayas.

—Ja! —se burló el gigante—. Demasiado tarde para eso, mortal, ahora que has roto el círculo bueno con tus deseos pecaminosos y todavía no has hecho acto de contrición —dijo extendiendo una mano—. Alfric me dijo que encontraría una presa tierna en este camino. Dame a la doncella y podrás continuar.

Holger deseó poder devolverle algún desafío sonoro, que estuviera de acuerdo con el disgusto que sentía ante tal idea. ¡Por Dios que había cosas peores que la muerte! Por desgracia, sólo se le ocurría una frase que no era adecuada para los oídos de una doncella. Por eso se limitó a embestir, atacando con su espada a los inmensos nudillos.

El gigante echó hacia atrás la mano, se sopló la herida humeante y gritó.

—¡Un momento! ¡Hablemos!

Holger, a quien el volumen del grito casi le hizo caerse, se detuvo. Acostumbrado a ser la persona más alta, el rostro que tenía encima le parecía todavía más ancho de lo que era. Pero se quedó en pie y oyó al gigante que le hablaba en un tono bajo profundísimo y bastante razonable:

—Escucha, mortal, siento que eres un gran campeón. Y desde luego el contacto del hierro me hiere. Pero soy grande, y podría aplastarte con piedras antes de que dieras muchos golpes. ¿Y si solucionamos el asunto de un modo más sencillo? Si ganas con tu ingenio te dejaré ir sin molestarte. Hasta te daré un casco lleno de oro —añadió, señalando una bolsa que llevaba a su lado y que debía contener una tonelada o más—. Si pierdes, me entregarás a la chica.

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