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Tres corazones y tres leones [Three Hearts and Three Lions - es]

Электронная книга - «Tres corazones y tres leones [Three Hearts and Three Lions - es]». Краткое содержание книги:

Tras ser herido en un campo de batalla de la Segunda Guerra Mundial, Holger deja de ser un moderno soldado para encarnarse en un caballero armado, exiliado en un mundo de brujería y magia donde se libra una sangrienta guerra. La hechicera Le Fay utilizará su espada contra Caos; la doncella-cisne querrá que ayude a su apacible pueblo. Al principio, él se negará a servir a ambas en un intento de retornar a la realidad, pero la Tierra era su exilio: es aquí, bajo el ardiente aliento del dragón, donde deberá luchar y morir…
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Andando, perdió de vista el campamento, tratando de crear una pauta con todo lo que había aprendido. Por ejemplo, el asunto de Caos contra la Ley resultaba ser algo más que un dogma religioso. Aquí era un hecho práctico de la existencia. Se acordó de la segunda ley de la termodinámica, de la tendencia del mundo físico al desorden y la entropía. Quizá aquí esa tendencia encontrara una expresión… más… animista. Pero un momento, ¿no sucedía también así en su mundo? ¿Cuando combatía a los nazis no se estaba oponiendo al resurgimiento de horrores arcaicos que los hombres civilizados habían creído desaparecidos?

En este universo, las gentes salvajes del Mundo Medio podían estar tratando de acabar con su correspondiente y doloroso orden establecido: Restaurar un estado primigenio en el que cualquier cosa pudiera suceder. Por otra parte, la humanidad decente siempre querría fortalecer la ley, la seguridad, la predictibilidad. Por eso, el cristianismo, el judaísmo, incluso el mahometismo fruncían el ceño ante la brujería, más aliada de Caos que de la naturaleza física ordenada. Aunque, a buen seguro, la ciencia tenía sus perversiones, y la magia sus leyes. En cualquier caso, se necesitaba un ritual definido, tanto para fabricar un avión como una alfombra voladora. Gerd había mencionado algo sobre el carácter impersonal de lo sobrenatural. Sí, por eso Rolando había tratado de vencer a Durendal en sus últimos momentos en Roncesvalles: para que la espada milagrosa no cayera en manos paganas…

La simetría resultaba sugerente. En el mundo natal de Holger las fuerzas físicas eran poderosas y bien entendidas, las fuerzas mágicas y mentales débiles, y no podían ser manejadas. En este universo resultaba cierto lo opuesto. De una manera oscura, ambos mundos eran uno; la lucha interminable entre la Ley y el Caos había alcanzado en ellos un clímax simultáneo. En cuanto a la fuerza que los convertía en mundos tan paralelos, la unicidad última, suponía que se llamaría Dios. Pero carecía de una mente teológica. Más bien se adhería a lo que observaba directamente y se enfrentaba a los problemas prácticos inmediatos. Esa era la razón de que estuviera aquí.

Pero la razón verdadera seguía siendo esquiva. Recordó una vida en el otro mundo, desde la niñez hasta un momento determinado en una playa cercana a Kronborg. De alguna manera tenía también otra vida, pero no sabía dónde ni cuándo. Aquellos recuerdos le habían sido robados. No, más bien habían sido metidos a la fuerza en su subconsciente, y sólo retornaban bajo estímulos inusuales.

Una idea le desvió de esos pensamientos. Cortaría. ¿Dónde había oído ese nombre? Ah, sí, el níquel lo había mencionado. Cortana era una espada. Había estado llena de magia, pero ahora yacía enterrada, alejada de la vista del hombre. En una ocasión tuve en mis manos a Cortana, cuando las teas destellaban en un campo destrozado.

Rodeó un grupo de árboles. Allí estaba Morgana le Fay, esperándole.

Al principio, Holger fue incapaz de moverse. El corazón le martilleaba. Una curiosa oscuridad le cubrió, y la oscuridad era hermosa. Ella avanzó teñida por una luz dorada que se filtraba por las hojas verdes. Su vestido era como la nieve, sus labios una curva de coral, los cabellos brillaban como un lago profundo iluminado por las estrellas. Lo único que pudo ver al principio eran los colores. El tono de ella fluía en él.

—Saludos, Holger. ¡Cuánto tiempo ha pasado!

Holger luchó para encontrar la calma y perdió la partida. Morgana le cogió las manos. Era alta, su sonrisa le golpeaba inmediatamente.

—Y qué solitaria he estado por tu causa —murmuró ella.

—¿Por mí? —preguntó, saliéndole una voz que parecía un gemido idiota.

—¿Por qué otro iba a ser? ¿También has olvidado eso? —le hablaba íntimamente, convirtiendo el «tú» en una caricia—. Ciertamente que la noche ha caído sobre ti. Has estado muy lejos, Holger.

—Pe… pe… pe… pero…

Ella se echó a reír, pero no como lo hacen los seres humanos ordinarios, sino como si la propia risa fuera la que riera.

—¡Ay, tu pobre rostro! Pocos hombres pueden soportar al dragón de fuego como lo hiciste tú. Deja que cure esas quemaduras —añadió, tocándole con sus dedos. El sintió un dolor y las ampollas desaparecieron—. ¿Te sientes mejor ahora?

En realidad, no era así. Estaba sudando, y el manto parecía apretarle el cuello. Había recuperado la inteligencia lo suficiente como para observar los detalles, pero éstos no eran de los que calman a un hombre: rasgos pálidos y perfectos, movimientos de gracia felina, un cuerpo con más curvas que una carretera rural.

—En el otro mundo has cogido algunas costumbres groseras —dijo, cogiéndole la pipa de la boca, sacudiendo el tabaco y metiéndosela en la bolsa del cinto. Después, pasó la mano por su costado y la dejó reposar en su brazo—. ¡Eres un mal chico!

Esto le permitió recuperar un poco el sentido de sí mismo. Las mujeres importantes no actuaban con coquetería. Ni era esa manera de tratar a una pipa.

—Escucha —graznó—. Tú estabas con Alfric y él ha hecho todo lo posible para matarme. ¿Qué quieres de mí?

—¿Qué va a querer una mujer que desea a un hombre? —preguntó Morgana, acercándose todavía más a él. Holger retrocedió hasta que un árbol le detuvo.

—En verdad no sabía quién eras y ayudé a Alfric sin saberlo —contestó Morgana—. En el momento en que me enteré de su engaño me precipité a buscarte.

Holger se limpió el sudor de la frente.

—Eso es mentira —replicó con dureza.

—Bueno, a nosotras, las del sexo débil, debe permitírsenos un cierto grado de capricho, ¿no te parece, amor mío? —preguntó acariciándole la mejilla—. Es la verdad de Dios que he venido aquí para recuperarte.

—¡Para devolverme a Caos! —exclamó Holger con jactancia.

—¿Y por qué no? ¿Qué hay en la aburrida Ley que te impulsa a defenderla? Mira, soy sincera contigo; y tú debes serlo contigo mismo. Porque, Holger, mi osito querido, lo que haces es defender a campesinos groseros y a burgueses de gordo vientre, cuando la alegría, el trueno y las estrellas ardientes de Caos podrían ser tuyos. ¿Cómo es que tú, que conduces los ejércitos en el campo, vas a aceptar una vida segura y estrecha, encerrado en la satisfacción de ti mismo, teniendo como techo un cielo gris y agrio, apestando a humo y estiércol? ¡Si quisieras, podrías hacer que los soles giraran y dar forma a mundos!

Ella había dejado caer la cabeza en el pecho de Holger y le rodeaba la cintura con los brazos.

—¡N… n… no! —exclamó tartamudeando— No confío…

—¡Ay, desgracia! ¿Este es el hombre que durante tanto tiempo habitó conmigo en Avalon? ¿Has olvidado todos los siglos que te entregué juventud, señorío y amor? —preguntó levantando hacia él la mirada, con sus enormes ojos oscuros. Holger se dijo a sí mismo lo gastada que era la representación de Morgana, pero no creía sus propias palabras—. Si no te unes a nosotros, al menos no nos combatas. Regresa a Avalon, Holger. Regresa conmigo a la bella Avalon.

En algún lugar de su mente sabía que ella era sincera. Quería apartarle de la inminente batalla, pero también le quería a él. ¿Y por qué no?, le decía su pensamiento, como una sacudida. ¿Qué debía a ninguna de las partes en este universo que no era el suyo? Cuando Morgana le Fay le abrazó…

—Tan largos años —susurró ella—. Y cuando te encuentro ni siquiera me besas.

—Eso —dijo él casi ahogándose—, po… podría remediarse.

Aquello era como estar en un blando ciclón. No podía concentrarse en nada más. Ni tampoco lo deseaba.

—Ay, mi señor, mi señor, bésame de nuevo —dijo ella, finalmente, con los ojos todavía cerrados—. Bésame siempre.

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