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Tres corazones y tres leones [Three Hearts and Three Lions - es]

Электронная книга - «Tres corazones y tres leones [Three Hearts and Three Lions - es]». Краткое содержание книги:

Tras ser herido en un campo de batalla de la Segunda Guerra Mundial, Holger deja de ser un moderno soldado para encarnarse en un caballero armado, exiliado en un mundo de brujería y magia donde se libra una sangrienta guerra. La hechicera Le Fay utilizará su espada contra Caos; la doncella-cisne querrá que ayude a su apacible pueblo. Al principio, él se negará a servir a ambas en un intento de retornar a la realidad, pero la Tierra era su exilio: es aquí, bajo el ardiente aliento del dragón, donde deberá luchar y morir…
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—De acuerdo entonces, cuidaos.

Hugi salió trotando detrás del goblin. Holger encendió una pipa y se tumbó en el baño que se había preparado, para pensar. Se sentía como si estuviera cogido en una tela de araña. Muy delicada, encantadora, pero de la que no podía salir. Por un momento, el pánico le sobrecogió y quiso gritar y echar a correr. Pero reprimió la sensación. De momento no podía hacer otra cosa que seguir adelante. Todas sus sospechas se basaban en tan poco… pero aun así.

Habían preparado para él una nueva partida de caza. Se vistió. Los lazos y hebillas se cerraron ellos solos. Apenas había terminado, cuando el pomo de la puerta se convirtió en unos labios metálicos y dijo cortésmente: «Su gracia el duque le pide permiso para entrar en su presencia.»

—¡Cielos! —exclamó Holger. Recuperándose, añadió—: Po… por favor, entre.

Era evidente que los esclavos, sin que se les notara, iban y venían sin preguntar, mientras que los miembros de la clase alta respetaban la intimidad de los demás.

Entró el fariseo, con un rostro blanco sonriente.

—Traigo buenas noticias. He conferenciado con diversos poderes y parece existir una excelente oportunidad de devolveros a vuestro lugar.

—No… no… no soy capaz de expresarle mi agradecimiento —dijo Holger tartamudeando.

—Necesitaremos algún tiempo para reunir lo necesario para el hechizo —añadió Alfric—. Entretanto, creo que necesitamos una diversión especial. Se celebrará un entretenimiento en la Colina del Elfo.

—¿Cómo? Ah, sí. He visto el lugar.

—¿Nos vamos entonces? —preguntó Alfric, cogiéndolo del brazo—.Os garantizo que pasaréis unas horas entretenidas. Los elfos saben dar alegría a un hombre.

Holger no se sentía con ganas de una orgía, pero no tenía modo alguno de rechazarla. Bajaron las escaleras. Los habitantes del castillo se estaban reuniendo, un torbellino ronroneante de colores cruzaba los salones y salía al patio. Meriven se adelantó de entre ellos y Alfric puso a Holger en sus manos. —Os acompañaré hasta la colina —dijo ella—. No tengo ningún deseo de que alguna elfo se quede con vos.

—¿Pero no va todo el mundo? —preguntó.

—Primero iremos vos y yo. Los otros irán más tarde. Como veis, todo está planeado.

Holger pensó en trampas mortales y desechó la idea, porque uno de los suyos estaría con él.

La procesión salió por las puertas, cruzó el puente y se dirigió a través de los prados hacia los rosales de la Colina del Elfo. Tras él iban los guerreros a lomos de sus caballos, con los estandartes revoloteando sobre las lanzas, los músicos tocando cuernos, arpas y laúdes, cien señores y damas de Faerie, que bailaban al acercarse al monte. Holger escuchó entonces una música que se elevaba como respuesta a la de ellos. Un dulce sonido a flautas que entraba en su sangre y agitaba su cabeza. Sonrió a Meriven, presa de una ansiedad inmediata, y ella le devolvió la sonrisa y se colgó de su brazo. El cabello suelto y claro de Meriven se cruzaba movido por el viento sobre el rostro de Holger, cegándole a medias, y pudo captar su perfume, semejante a un vino fuerte. Vieron la colina. Entre las trenzas de Meriven, Holger vislumbró unas luces oscilantes sobre las cuales se erguían los huecos negros de unas figuras altas. La música hacía que se le movieran los pies, no podía esperar.

Unos cascos atronaron la tierra. Un caballo relinchó, fuerte y colérico. Al darse la vuelta, Holger vio a Alianora montada en Papillon que salía al galope de los bosques. Su rostro estaba distorsionado por el terror.

—¡Holger! ¡No, Holger, no entréis ahí!

9

Tras él, Alfric gritó una maldición. Una lanza destelló en el aire, no dándole por muy poco a la joven. Holger se quedó inmovilizado por el asombro.

—¡Llevadlo a la colina! —gritó Alfric.

Meriven tiró de su brazo. Tres fariseos se adelantaron como jugadores de fútbol. De pronto, una rabia estalló en Holger. Se lanzó al encuentro de éstos. Recibió al primero con un fuerte golpe, dejándolo caer con un gruñido y quedarse tumbado e inmóvil. Movió en círculo el puño derecho arrastrando a Meriven, y aplastó otro hermoso rostro. Al tercer guerrero lo esquivó. Apareció ante él un jinete, poniéndole la lanza casi en las costillas. Entonces Holger se soltó de Meriven, la levantó por encima de la cabeza y la lanzó contra el pecho del jinete. Ambos cayeron por encima de la grupa del caballo.

Tres caballeros se habían acercado a Alianora. Papillon se puso de manos y, golpeando con las patas delanteras derribó a uno de su silla. Girando, el enorme semental negro mordió a otro caballo de Faerie, que lanzó un relincho y se marchó al galope. El tercer jinete se lanzó contra Alianora. Esta sacó su espada y lo derribó al suelo.

—¡Ay! —gritó al ver que había saltado casi a los brazos de un señor fariseo vestido de terciopelo. Este la sujetaba y sonreía cuando ella trataba de liberarse. Pero de pronto sostenía un cisne. Y los cisnes tienen un temperamento cruel.

—¡Ay! —gritaba cuando el cisne le picoteaba en los ojos— ¡Aayyy! —añadió cuando un golpe de ala casi le rompe la mandíbula— ¡Ayuda! —gritó finalmente cuando ella le mordió un dedo, y soltándola escapó.

Los señores de Faerie se arremolinaron alrededor de Holger, cortando y empujando su cuerpo sin armadura. Estaba demasiado excitado para sentir las heridas. Una parte remota de sí mismo se maravillaba de la suerte increíble que le permitía salir de aquello con heridas menores. ¿Sería suerte? Golpeó con los nudillos al más cercano de sus enemigos, le arrebató la espada y comenzó a dar tajos a su alrededor. La hoja era más ligera que el hierro, podía moverla con una sola mano, pero el borde era afilado. Uno que portaba un hacha apuntó a su cabeza, desprovista de protección. Con la mano libre, Holger la cogió por el mango, se apoderó de ella y se lanzó contra los fariseos armados de hacha y espada. Papillon atacó a la multitud desde atrás, coceando, mordiendo, pisoteando, hasta llegar adonde estaba Holger. El pie de éste encontró un estribo. Montó y el corcel salió de allí al galope.

Escuchó unos cascos por detrás. Girando la cabeza, Holger vio que los caballeros montados lo perseguían. Sus animales eran más rápidos incluso que Papillon. El había dejado caer las armas que había capturado, y Alianora se había visto obligada a abandonar su lanza. Agachándose, cogió la espada y el escudo, que llevaba el caballo. Apenas tenía tiempo para ponerse la armadura que llevaba tras la silla.

El cisne aleteó a su lado. De pronto, se desvió bruscamente. Un águila golpeó el espacio en donde había estado ella. Holger levantó la mirada y vio que otras grandes aves descendían del cielo. Dios mío, se están conviniendo en águilas, van a cogerla ahora…

Alianora silbó, recorrió un trecho moviendo las alas y golpeó con el pico al pasar a dos de las águilas, dirigiéndose hacia el bosque. Convirtiéndose de nuevo en mujer, pudo encontrar abrigo frente a los ornitomorfos en el denso soto. ¿Pero sería entonces lo bastante rápida como para escapar a la persecución? Un caballo se puso a la altura de Papillon. Lo montaba el propio Alfric, con una espada en la mano. Su cabello largo y plateado caía enmarcando su rostro, que todavía sonreía. Muy alto por encima del ruido de los cascos, que invadía el aire, y de los cuernos de caza que sonaban, le llegó su grito:

—¡Veamos si realmente sois invencible, sir Olger de Dinamarca!

—¡Encantado! —respondió bruscamente el danés. Alfric se colocó a su lado derecho, en el que no llevaba el escudo, pero a Holger no le preocupó. Dejó caer su espada, que se encontró en el aire con la hoja de Faerie, más ligera. El arma de Alfric cayó por un lado, más allá de la guardia de Holger. Con una habilidad que desconocía que tuviera, Holger puso su borde bajo la empuñadura de luna creciente del enemigo y empujó con toda la fuerza de sus hombros contra la mano de Alfric. El duque perdió el arma. Lanzó un gruñido y acercó todavía más su caballo, tocando con su rodilla la de Holger mientras ambos galopaban. Lanzó la mano izquierda con la velocidad de una serpiente apresando la muñeca con la que el danés sostenía la espada. No podía resistir mucho tiempo a su oponente, más grande; pero necesitó poco tiempo para sacar la daga que llevaba en el cinto.

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