Tres corazones y tres leones [Three Hearts and Three Lions - es]
- Автор: Андерсон Пол Уильям
- Год: 1990
- Язык: испанский
- Год: EDAF
- ISBN: 84-7640-448-4
- Переводчик: Rafael Lassaletta Cano
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «Tres corazones y tres leones [Three Hearts and Three Lions - es]». Краткое содержание книги:
Holger giró en su propio asiento. No podía colocar en medio el escudo, pero colocó el borde sobre la mano con la que Alfric sostenía la daga. El duque gritó. De su piel brotó humo. Holger olió a carne quemada. El caballo blanco salió de estampida. ¡Por los cielos, era cierto lo que decían! El metabolismo de los hombres de Faerie no podía soportar el contacto del hierro.
Holger tiró de las riendas de Papillon y los terrones del suelo saltaron bajo sus cascos. Dándose la vuelta, puso de manos al corcel, ondeó la espada y gritó a los jinetes. —¡Venid a probarlo si queréis! ¡El que dé un paso al frente acabará tendido en el suelo!
Todos se detuvieron tan rápidamente como él, apartándose a un lado. Pero, a través de la luz crepuscular, Holger vio que algunos guerreros se lanzaban a pie hacia él, llevando arcos. Eso no le gustó. Podían quedarse lejos y cubrirlo de flechas. Sin pensarlo, se lanzó hacia ellos con la idea de romper la formación.
—¡Rah, rah, rah! —gritó—. ¡Tiiigre!
Ante su carga, los caballeros se apartaron. Los arqueros estaban de pie sobre el suelo. Oyó una flecha que pasó cerca de su cabeza.
—Jesu Kriste Fui Mariae…
¡Los fariseos gritaron! Espolearon sus caballos, lanzaron sus armas y corrieron a toda prisa escapando de él, como si se hubiera producido una explosión. Entonces también era cierto que no podían escuchar un nombre sagrado, pensó exultante Holger. Debería haberlo recordado. Sólo que… ¿por qué esa apelación que había gritado sin pensarlo estaba en latín?
Se sintió tentado de gritar tras ellos toda la jerarquía, pero decidió no abusar de su privilegio. Una oración sincera era una cosa; utilizar los grandes nombres en vano para obtener ventaja era otra, y quizá no le trajera suerte. (¿Pero cómo sabía eso? Bueno, el caso es que lo sabía.)
Hizo que Papillon girara hacia el oeste y gritó:
—¡Hi—yo, Plata!
Después de todo, resultaba que a las gentes de Faerie tampoco les gustaba la plata.
Algo brilló en la hierba. Detuvo el caballo, se inclinó y recogió el cuchillo que había dejado caer el duque Alfric. No parecía formidable, ni muy afilado, y en su mano pesaba como una pluma; pero en la hoja estaba escrito: La Daga Ardiente. Asombrado, y con la vaga esperanza de que pudiera ser un talismán útil, metió el arma en su cinto.
Pensó entonces en Alianora. Trotó por el borde de los bosques, llamándola, pero sin obtener respuesta. La exuberancia que sentía en su interior fue desapareciendo. Si la habían matado… por el fuego del infierno, pensó con ojos lacrimosos, lo que le importaba no era quedarse solo en ese mundo lleno de enemigos, lo que le importaba es que ella era una gran chica y le había salvado la vida. ¿Y cómo le había pagado él?, se preguntó sombríamente. ¿Qué tipo de amigo era él, atragantándose de comida, emborrachándose y haciendo el amor con mujeres extrañas mientras ella yacía sobre el frío rocío y…
—¡Alianora!
No había respuesta. Ningún sonido. El viento se había calmado, el castillo se había ocultado en unas nieblas que se elevaron rápidamente, el bosque era como muro de noche. No se movía nada salvo la niebla, nada hablaba, era el único ser vivo en toda la oscuridad. Pensó con inquietud que no podía quedarse allí. Los fariseos pensarían pronto algún medio para capturarlo. Podían llamar a aliados a los que no les molestara el hierro ni Dios. Por ejemplo, a Morgana le Fay. Si quería escapar, sería mejor hacerlo enseguida.
Cabalgó hacia el oeste por los límites del bosque, llamando a Alianora. La niebla fue haciéndose más densa, se elevaba de los torrentes y orillas blancas, apagando el sonido de los cascos de Papillon, sofocando casi su propio aliento. Unas gotas brillaban en las crines del caballo; su escudo estaba húmedo. El mundo fue cerrándose hasta que apenas podía ver a dos metros de distancia.
Un truco de Faene, pensó con miedo. De esa manera podían cegarlo; después, sería fácil vencerlo. Hizo que Papillon se pusiera al trote. A pesar del frío húmedo, tenía la boca seca. Vio algo frente a él, una forma vaga y pálida entre la niebla grisácea.
—¡Hola! —gritó—. ¿Quién anda ahí? ¡Presentaos o me lanzaré contra vos!
Como respuesta obtuvo una risa, pero no la risa perversa de Faerie, sino clara y juvenil. —Soy yo, Holger. Tuve que coger una montura. No podíamos recorrer ese largo camino montados los dos en tu caballo, y mis alas se fatigarían.
Apareció ante su vista, como una figura delgada y oscura vestida con una túnica de plumas. Las gotas de rocío destellaban en su cabello. Iba montada a lomos de un unicornio, sin duda el mismo que él había visto antes. Este lo contempló con precaución en sus ojos de ónice, y no se acercó a él. Montado delante de la chica estaba la forma encorvada de Hugi.
—Volví a recoger a éste —explicó Alianora—, y luego regresamos a los bosques y yo llamé a mi cabalgadura. Pero tendrás que llevarlo tú ahora, pues incluso en un camino tan corto Einhorn sólo puede llevarme a mí.
Holger se sintió totalmente avergonzado. Se había olvidado de Hugi. Y el duque Alfric, enojado, probablemente habría acabado pronto con el enano. Lo cogió de los brazos de Alianora y lo puso en su silla.
—¿Qué haremos ahora? —preguntó.
—Lo c’ai cacer es largarse pitando de este reino —gruñó Hugi—. Cuanto antes estemos en tierras honestas, mejores posibilidades de vivir para ver cómo termina este viaje zopenco.
—Cierto. Aunque temo que nos perdamos en la niebla.
—De vez en cuando volaré por encima para ver lo que hay—contestó Alianora—. Así podremos burlar a los que conjuraron la niebla.
Se marcharon al trote sobre la hierba húmeda, sin hacer ruido. Holger comenzó a sentir las consecuencias de la batalla. Tomaron la forma de la convicción de que era indigno. ¿Para qué valía él, salvo para meter a personas hermosas y llenas de recursos, como Alianora, en la situación de que peligrara su vida? ¿Qué había hecho él, incluso, para ganarse el pan que había comido hasta entonces? Era un simple inválido, un idiota holgazán que se mantenía vivo gracias a la caridad. Recordó una pregunta que había conmovido su mente:
—Hugi, ¿por qué era peligroso que fuera a esa colina?
—¿No lo sabéis? —preguntó el enano, enarcando sus gruesas cejas—. ¡Por eso os apartaron de mí! Para que no pudiera advertiros. Pues bien, sabed que el tiempo es extraño dentro de la Colina del Elfo. Os habrían podido tener allí en una noche de diversión, y al salir de nuevo aquí habrían pasado cien años. Entretanto, los habitantes del Mundo Medio habrían podido hacer lo que quisieran sin que vos os pusierais en su camino.
Holger se estremeció.
Aunque aquello arrojaba nueva luz sobre su propia posición. Era impensable que Alfric y Morgana hubieran seguido considerándole equivocadamente como el campeón cuyas armas llevaba. Por tanto, él mismo, Holger Carlsen, huérfano y exilado, era de alguna manera un punto decisivo de la crisis que se estaba produciendo. De qué manera, era incapaz de imaginarlo. Posiblemente el haber llegado de otro universo le daba… ¿qué? ¿Un aura? En cualquier caso las fuerzas del Caos tenían que ganarlo para su lado, y si no lo conseguían tenían que apartarlo de su camino.
Aquella pródiga hospitalidad, incluyendo la de Meriven, evidentemente había sido un ensayo al principio. También había servido para engañarlo mientras Alfric invocaba a Morgana le Fay y conferenciaba con ella. Evidentemente, habían decidido no correr riesgo y utilizar la ignorancia de Holger para mantenerlo en la Colina del Elfo durante uno o dos siglos.