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Tres corazones y tres leones [Three Hearts and Three Lions - es]

Электронная книга - «Tres corazones y tres leones [Three Hearts and Three Lions - es]». Краткое содержание книги:

Tras ser herido en un campo de batalla de la Segunda Guerra Mundial, Holger deja de ser un moderno soldado para encarnarse en un caballero armado, exiliado en un mundo de brujería y magia donde se libra una sangrienta guerra. La hechicera Le Fay utilizará su espada contra Caos; la doncella-cisne querrá que ayude a su apacible pueblo. Al principio, él se negará a servir a ambas en un intento de retornar a la realidad, pero la Tierra era su exilio: es aquí, bajo el ardiente aliento del dragón, donde deberá luchar y morir…
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¿Pero por qué no se habrían limitado a meterle un cuchillo en el pecho? Les podía haber resultado bastante sencillo. Ciertamente, el ataque del caballero hueco debió ser un intento. Y cuando fracasó, Alfric cambió de táctica y utilizó la astucia. ¿Pero cómo habría sabido de él el duque? Evidentemente, por la Madre Gerd. El demonio que ella invocó debió contarle algo sobre Holger que hizo que ella le dirigiera hacia su poderoso conocido de Faerie. Sin duda, ella envió noticias de él por medios mágicos. Debía esperar que Alfric se ocupara de ese asunto.

¿Pero qué había dicho el demonio? Y después de que el asesinato y la astucia fracasaran, ¿qué intentaría ahora el Mundo Medio?

En cualquier caso, el camino de regreso a su propio mundo estaba cerrado. Tendría que cambiarlo por otro. Y, a juzgar por lo que había visto y oído, había tantos magos blancos como negros. Quizá pudiera consultar a uno de ellos. No tenía ninguna intención de mezclarse con las luchas de este mundo si podía evitarlo. ¡Las guerras de una en una, por favor! Alfric habría hecho mejor en actuar honestamente y en enviarlo a su casa tal como le había pedido.

Pero Alfric era totalmente incapaz de dicha consideración. Algo rió en la niebla, bajo y horrible. Holger se sobresaltó. Hugi se llevó las manos a las orejas. Oyeron pasar por encima unas alas de cuero. Pero todo lo que podían ver era la niebla gris.

—Eso parece estar delante de nosotros —murmuró Holger—. Si giramos hacia un lado…

—No —los labios de Alianora temblaban, pero habló valientemente—. Es un truco para apartarnos del camino. En cuanto nos perdiéramos en esas nubes careceríamos verdaderamente de esperanza.

—De acuerdo —añadió Holger con una voz arenosa—. Yo iré primero.

Era una cabalgada que destruía los nervios, en la que las formas pasaban deslizándose y resbalando en el límite de la vista, en la que el aire estaba cargado de susurros y siseos, de aullidos y risas. En una ocasión apareció ante él un rostro ciego y horrible. Se quedó colgando en el vapor y desapareció. Holger siguió tenazmente hacia adelante y el rostro retrocedió ante él. Hugi cerró los ojos y cantó:

—He sido un enano guía. He sido un enano guía. He sido un enano guía.

Cuando la niebla se levantó, creyeron que había pasado una eternidad. Estaban en la frontera de la tierra crepuscular. Papillon y el unicornio fueron los primeros en oler el sol. Rompieron a galopar, y relincharon ante la luz.

El momento era cercano al anochecer. Salieron por un punto diferente por aquel por el que habían entrado. Las sombras largas de los peñascos y las coníferas caían sobre las colinas cubiertas de aulagas. El viento era más ralo y frío alrededor de Holger; escuchó el resonar de una cascada. Y sin embargo, después de unos días en Faerie —¿cuántos?—, el mundo natural que veía captó el corazón del hombre.

—Los fariseos pueden perseguirnos después del anochecer —explicó Alianora—. Pero sus hechizos serán menos fuertes aquí fuera, por lo que nuestras esperanzas son mayores.

Su tono estaba cargado de fatiga. Holger comenzó a sentir lo cansado que estaba también él.

Pidieron a sus monturas que siguieran avanzando, para estar lo más lejos posible antes de la caída del sol. Acamparon en la cumbre de una pendiente llena de pinos. Holger cortó con la espada dos arbolitos e hizo con ellos una cruz, que plantó cerca del fuego que mantendrían toda la noche. Las precauciones de Hugi fueron más paganas: un círculo de piedras y objetos de hierro puestos con encantamientos.

—Creo que ahora sobreviviremos la horas oscuras —dijo Alianora a Holger, sonriéndole—. Todavía no he dicho lo valiente que fuisteis al combatir allí en el castillo. ¡Fue una magnífica vista!

—Bueno, uh, uh, gracias.

Holger se miraba los pies, con los que daba golpecitos en el suelo. Realmente no le importaba que le admirara una hermosa joven, pero… no estaba seguro. Para cubrir su confusión, se sentó y examinó la daga que le había ganado a Alfric. Un mango de hueso y una empuñadura de cesta desproporcionadamente grande estaban fijos a una hoja delgada que Holger pensó que debía ser de magnesio. El metal puro era demasiado blando para que el arma fuera muy buena, por no mencionar que era inflamable; pero como era evidente que a Alfric le gustaba el cuchillo, Holger se lo quedaría. Revolvió en la bolsa de la silla de montar y, al lado de algún equipamiento doméstico, como un frasco de aceite, encontró una misericordia[2] adicional. Hugi podría llevarlo sin envainar. Holger metió la hoja de magnesio en su cinto, cerca del cuchillo de acero. Para entonces, Alianora había preparado la cena con los suministros que quedaban.

La noche cayó sobre ellos. Holger, que se encargaría de la tercera ronda de vigilancia, se tendió cuan largo era sobre las suaves agujas del piso del bosque. El fuego ardía bien, y daba calor y una luz rojiza. Uno a uno, sus nervios se fueron tranquilizando. Pero no podía quedarse dormido. No en esas circunstancias. Y era malo, porque necesitaba dormir…

Despertó con una sacudida. Alianora lo estaba agitando. Bajo la luz inquieta, vio sus ojos enormes. Su voz era un susurro seco.

—¡Escucha! ¡Hay algo ahí fuera!

Se levantó con la espada en la mano y miró hacia la oscuridad. Sí, también podía oír el ruido que hacían muchos pies, y vio el brillo luminoso de unos ojos inclinados.

Un lobo aulló muy cerca. Dio un salto y dejó caer la espada. Le respondió una risa, aguda y horrible.

In nomine Patris —gritó, y los ruidos se burlaron de él. O bien aquellas cosas eran inmunes a los nombres sagrados, o no estaban lo bastante cerca como para que los hirieran. Probablemente lo primero. Cuando sus ojos se adaptaron, vio las sombras. Se deslizaban alrededor del círculo encantado. Eran monstruos.

Hugi se agachó junto al fuego; le castañeteaban los dientes. Alianora gimió y se deslizó bajo el brazo libre de Holger. Sintió que ella se estremecía:

—Ten calma —le dijo.

—Pero los enviados —dijo jadeante—. ¡Hay grupos de la noche por todas partes, Holger! Nunca hasta ahora me habían asediado. No puedo mirar.

Enterró el rostro en el hombro de Holger. Apretó con los dedos el brazo de éste hasta clavarle las uñas.

—También esto es nuevo para mí —dijo él. Le resultaba curioso no tener miedo. Los merodeadores eran horribles a la vista, desde luego, ¿pero por qué mirarlos? Especialmente cuando podía mirar en cambio a Alianora. ¡Daba gracias a Dios por tener un temperamento flemático!—. No pueden llegar a nosotros, querida. Si pudieran, lo habrían hecho. Por tanto es que no pueden.

—Pero… pero…

—He visto ríos detenidos por una presa que podrían ahogar un valle entero. Pero nadie se preocupaba. Sabían que la presa lo sujetaría.

En privado, se preguntó cuál sería el factor de seguridad de los encantamientos del campamento. Sin duda los magos de este mundo tendrían el equivalente del Rubber Handbook, con tablas de esos datos. Y si no, harían muy bien en tenerlos. El tenía que moverse a la buena de Dios y conjeturando, pero de alguna manera —¿otro recuerdo enterrado?— sentía que sus defensas eran lo bastante fuertes.

—Sólo tómatelo con calma —dijo—. Estaremos muy bien. Lo único que pueden hacer es mantenernos despiertos con ese ruido infernal.

Ella seguía temblando, y por eso él la besó. Ella respondió con inseguridad, con la torpeza de la inexperiencia. El sonrió a las huestes del Mundo Medio. Si iban a sentarse a mirarlo, esperaba que aprendieran algo.

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2

Puñal que llevaban los caballeros para rematar al enemigo y evitarle sufrimientos. (N. del T.).

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