Tres corazones y tres leones [Three Hearts and Three Lions - es]
- Автор: Андерсон Пол Уильям
- Год: 1990
- Язык: испанский
- Год: EDAF
- ISBN: 84-7640-448-4
- Переводчик: Rafael Lassaletta Cano
- Жанр: Фэнтези
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10
El enemigo se fue antes del amanecer. Hugi dijo que tenían que regresar a sus guaridas con tiempo suficiente. Holger se preguntó la razón por la que no podían soportar la luz del sol. ¿La radiación actínica? En ese caso, le gustaría tener una lámpara ultravioleta.
¡Un momento! Eso explicaba la daga de magnesio de Al—fríe. Sólo incidentalmente la daga era un arma destinada a clavarla. Si presionaba con fuerza con ella a sus rivales del Mundo Medio el duque podría encender el metal. La empuñadura ocultaría su mano de la intensa emisión ultravioleta; sin duda sujetaría con la otra mano un manto con el que cubrirse el rostro. Sus oponentes tendrían que huir. Bien, tal ayuda de emergencia era bueno, también para un hombre mortal.
Como sólo habían dormido a ratos, Holger, Hugi y Alianora se tomaron dos o tres horas más de sueño antes de desayunar. Cuando el danés despertó, descubrió que estaba desnudo. Las prendas de Faene habían desaparecido. Eso era bastante desagradable por parte de Alfríc, pensó. Por fortuna, Alianora seguía dormida.— y no es que supusiera que ella se habría sentido molesta, pero él si. Se puso sus antiguas ropas de viaje, incluyendo la larga cota de mallas y el casco. Sintiéndose más recuperado de lo que esperaba, se dispusieron a seguir cabalgando. Alianora seguía conservando el unicornio; Holger se preguntó por cuál sería su influencia sobre el tímido animal.
—Deberíamos irnos —dijo.
—Lo que sé con seguridad es que sería mejor que buscáramos alojamientos de hombres —contestó ella—. Es evidente que Faerie te busca, Holger —ahora utilizaba el pronombre de la intimidad, y le sonreía adorándolo—. Pero los que no tienen alma no pueden ir a una iglesia, por lo que al menos podríamos obtener un respiro. Después, sin embargo, tendremos que buscar la protección de una magia poderosa, magia blanca.
—¿Dónde?
—Conozco a un brujo en el pueblo de Tarnberg, de buen corazón y algo de habilidad. Creo que deberíamos ir hacia allí.
—De acuerdo. ¿Pero y si esa maravilla local descubre que no puede hacer nada contra los bateadores de la gran liga? —Holger se dio cuenta de que el asombro empezaba a traslucirse en la mirada de ella, y se explicó rápidamente—: Quiero decir que supongamos que un mago campesino como ése no puede ponerse a la altura de expertos como Alfric y Morgana le Fay.
—Entonces creo que deberías buscar el Imperio. Está muy lejos hacia el oeste, tras un viaje duro y peligroso, pero darán la bienvenida a un caballero fuerte —dijo Alianora, suspirando y con la mirada neblinosa—. Y desde los tiempos de Cari no ha habido nadie como tú.
—¿Quién era ese Cari? —preguntó él—. Ya he oído ese nombre antes.
—Bueno, el fundador del Sacro Imperio. El rey que fortaleció la cristiandad y expulsó a los sarracenos hasta España. Cari el grande, Carolus Magnus, claro que has tenido que oír hablar de él.
—Bueno… quizá sea así —dijo Holger, buscando en su mente. Era difícil saber qué parte de su conocimiento procedía de su educación y qué otra parte de esos recuerdos inexplicables que cada vez con mayor frecuencia surgían dentro de él—. ¿Te refieres a Carlomagno?
—Así lo llaman algunos. Ya veo que su fama ha llegado incluso a tu Carolina del Sur. Se cuenta que tenía a su servicio a muchos caballeros audaces, aunque yo sólo he oído relatos de ese Rolando que cayó en Roncesvalles.
El cerebro de Holger se puso a girar. ¿Estaba realmente en el pasado? No, era imposible. Y sin embargo, Carlomagno era con seguridad una figura histórica.
Ah, lo tenía. El ciclo carolingio, las Chansons de Geste, los romances en prosa medieval y las baladas populares. Sí, eso ajustaba. La tierra de las hadas y los sarracenos, doncella cisne y unicornio, brujería y la Colina del Elfo, Rolando y Oliver… ¡Por Judas! ¿Es que de alguna manera había caído en un… un libro?
No, eso no tenía sentido. Era mucho más razonable seguir suponiendo que se trataba de otro universo, un continuo espacio—temporal completo con sus propias leyes naturales. Si podía existir un número suficiente de esos universos, uno de ellos podría adaptarse a cualquier pauta arbitraria, como la de la leyenda prerrenacentista europea.
Aunque las cosas no podrían ser tan simples. Su irrupción en el cosmos no había podido producirse al azar, sin razón alguna; muchos elementos de sus dos experiencias resultaban mutuamente apropiados. Por tanto, entre su mundo nativo y éste existía alguna conexión. No sólo mostraban paralelismos la astronomía y la geografía, sino los propios detalles de la historia. El Cari de este mundo quizá no fuera idéntico al Carlomagno del suyo, pero habían cumplido ambos papeles que se correspondían. Los místicos, soñadores, poetas y escritores de alquiler de su hogar, de alguna forma inconsciente, sintonizaban con la fuerza que vinculaba ambos universos; el cuerpo de historias que gradualmente habían ido sacando había sido un trabajo de información mejor del que pensaban.
Sin duda estaban implicados más de dos continuos. Quizá lo estuvieran todos. Los innumerables universos estelares podrían ser facetas distintas de una existencia trascendental. Holger no llevó más lejos esa idea. Tenía cuestiones más inmediatas. ¿Qué más podía identificar en este mundo?
Bueno, Hugi había hablado de Morgana como la hermana del rey Arturo. ¡Arturo! Holger deseó haber leído más atentamente los viejos relatos. Sólo tenía de ellos un oscuro recuerdo infantil.
En cuanto al resto, veamos, entre los paladines de Cari se incluían Rolando, Oliver, Huon y… vaya. ¿De dónde recordaba a Huon? El extraño y oscuro rostro surgió en su mente, el humor sardónico que tan a menudo había irritado a los demás. Huon de Bordeaux, sí, finalmente se había convertido en rey, duque o alguna otra cosa en Faerie. ¿Pero cómo sé eso?
Un gruñido de Hugi rompió su cadena de pensamientos. Esos recuerdos que apenas si había captado escaparon rápidamente de su mente.
—Buen viaje vaser éste si por las noches nos tenemos que quedar escuchando cómo aúllan esos bestias de patas largas fuera del círculo de fuego.
—No, creo que no seguirán con eso —respondió Alianora—. De nada les vale, ahora que tienen que estar ocupados reuniendo sus huestes para la guerra —añadió frunciendo el ceño—. Pero creo que intentarán alguna otra cosa. Alfric no se rinde ante su presa.
Esa idea no resultaba muy agradable.
Ascendieron más por las colinas, dirigiéndose hacia el noroeste, conducidos por la chica. Al mediodía, estaban muy arriba. Allí la tierra estaba formada por riscos, pedruscos y cantos rodados, una hierba que parecía alambre, de vez en cuando, un árbol bajo y retorcido. La vista era buena a ambos lados, desde la oscuridad de Faerie hasta las altas cumbres que tenían que cruzar, y por abajo hasta los cañones que resonaban con el ruido de los ríos glaciales. El cielo era claro, cruzado por nubes desechas, y la luz fría y brillante.
Al detenerse a comer buscaron el abrigo de un promontorio. Holger, mordisqueando una rodaja de pan duro como la piedra y un trozo de queso correoso, no pudo resistir la tentación de decir:
—¿Dinamarca es la única tierra de la creación donde saben hacer un bocadillo decente? Si tuviera una rebanada delgada de pan de centeno, gambas pequeñas, huevos y…
—¿También cocinas? —preguntó Alianora, mirándolo con respeto.
—Bueno, no exactamente, pero…
Alianora se estrechó contra él. Eso le resultó a Holger un poco desconcertante, pues había crecido con la idea… o la ilusión… de que es el hombre el que toma la iniciativa.
—Si tenemos oportunidad —murmuró ella—, conseguiré lo que necesitas y tendremos una fiesta, para los dos solos.
—Uhm —dijo Hugi—. Creo que voy a echar un vistazo por ahí.
—¡Ey, vuelve! —gritó Holger, pero el enano ya había dado la vuelta al promontorio.