Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Историческая проза » Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
1 ... 13 14 15 16 17 18 19 20 21 ... 100
Перейти на страницу:

—¿Quién anda ahí?

Justo al otro lado de la habitación, Sven Gustavsson estaba sentado en su mecedora, con los pies apoyados en una mesita y un ejemplar de Robinson Crusoe en las manos. No se estremeció, sino que esperó un momento a que ella bajara el arma. Colocó el libro con cuidado sobre la mesita y se puso de pie despacio, colocándose las manos con una cortesía casi exagerada detrás de la espalda. Ella se quedó mirándolo un momento y, después, apoyó el rifle en la mesa.

—Me preguntaba por qué no había ladrado el perro.

—Sí, bueno. Él y yo… ya sabes cómo somos.

Bluey, ese traidor rastrero, estaba acurrucado ahora bajo el brazo de Sven, empujándole con su largo hocico, suplicándole que le acariciara.

Margery se quitó el sombrero y lo colgó en el perchero y, a continuación, se apartó el pelo sudado de la frente.

—No esperaba verte.

—Porque no estabas atenta.

Sin mirarle a los ojos, pasó junto a él hasta la mesa, donde quitó el pañito de encaje de una jarra de agua y se sirvió una taza.

—¿No vas a ofrecerme un poco?

—No sabía que bebieras agua.

—¿Y no me ofreces algo más fuerte?

Ella dejó la taza.

—¿Qué haces aquí, Sven?

Él la miró a los ojos. Llevaba puesta una camisa limpia de cuadros y desprendía un olor a jabón de alquitrán de hulla y a algo más que era característico en él, algo que evocaba el olor sulfuroso de la mina, humo y masculinidad.

—Te he echado de menos.

Sintió que algo se soltaba dentro de ella y se llevó la taza a los labios para disimularlo. Tragó saliva.

—A mí me parece que te va bastante bien sin mí.

—Los dos sabemos que me puede ir bien sin ti. Pero la cuestión es que no quiero.

—Ya hemos pasado por esto.

—Y sigo sin comprenderlo. Te dije que si nos casábamos no iba a intentar acorralarte. No voy a controlarte. Te permitiré vivir tal y como vives ahora, salvo que tú y yo…

—Que me lo vas a permitir, ¿no?

—Maldita sea, Marge, ya sabes qué quiero decir. —Tensó el mentón—. Te dejaré a tu aire. Podemos estar exactamente como estamos ahora.

—Entonces, ¿qué sentido tiene que pasemos por una boda?

—Que estaremos casados a los ojos de Dios, no escondiéndonos como un par de puñeteros niños. ¿Crees que esto me gusta? ¿Crees que quiero esconderme de mi propio hermano, del resto del pueblo, porque estoy colado por tus huesos?

—No voy a casarme contigo, Sven. Siempre te he dicho que no voy a casarme con nadie. Y cada vez que vuelves a insistir te juro que siento como si la cabeza me fuera a explotar igual que la dinamita de alguno de tus túneles. No quiero hablar contigo si vas a seguir viniendo aquí para repetirme lo mismo una y otra vez.

—No vas a hablar conmigo de todos modos. Así que ¿qué demonios se supone que debo hacer?

—Dejarme en paz. Como habíamos decidido.

—Como habías decidido tú.

Ella se dio la vuelta y se acercó al cuenco del rincón, donde había tapado unas judías que había recogido esa misma mañana. Empezó a pelarlas, una a una, cortándoles los extremos y lanzándolas a una sartén, mientras esperaba a que la sangre dejara de zumbarle en los oídos.

Sintió su presencia antes de verle. Él atravesó en silencio la habitación y se puso justo detrás de ella para que pudiese notar su aliento sobre el cuello desnudo. Margery supo sin mirar que la piel se le había ruborizado en los sitios donde le acariciaba su aliento.

—No soy como tu padre, Margery —murmuró—. Si no sabes ya eso de mí, de nada sirve que te lo diga.

Ella mantenía las manos ocupadas. Crac. Crac. Crac. «Guarda las judías. Tira la hebra». Los tablones del suelo crujieron bajo sus pies.

—Dime que no me echas de menos.

«Van diez. Quítale esa hoja. Crac. Y otra». Estaba ya tan cerca que ella podía notar su pecho contra ella al hablar.

Él bajó la voz.

—Dime que no me echas de menos y saldré de aquí ahora mismo. No volveré a molestarte. Te lo prometo.

Ella cerró los ojos. Dejó caer el cuchillo y colocó las manos en la superficie de trabajo, con las palmas hacia abajo, echando la cabeza hacia delante. Él esperó un momento y, a continuación, puso las suyas sobre las de ella con suavidad, de forma que quedaron cubiertas por completo. Ella abrió los ojos y las miró: manos fuertes, nudillos cubiertos de quemaduras en relieve. Unas manos que ella había amado durante casi una década.

—Dímelo —le susurró él al oído.

Entonces, ella se giró, tomó su cara rápidamente entre las manos y le besó, con fuerza. Ah, sí que había echado de menos la sensación de sus labios sobre los suyos, su piel contra la de ella. El calor aumentó entre los dos, la respiración se le aceleró y todo lo que ella se había dicho a sí misma, la lógica, los argumentos que había ensayado en su cabeza durante las largas horas de oscuridad, se derritieron cuando él deslizó el brazo alrededor de ella, atrayéndola hacia su cuerpo. Ella le besó una vez y otra y otra. El cuerpo de él le resultaba familiar y también desconocido, y la conciencia se le escapó con los dolores, sufrimientos y frustraciones de ese día. Oyó un estrépito cuando el cuenco cayó al suelo y, después, no había otra cosa que la respiración de él, sus labios, su piel sobre la de ella, y Margery O’Hare, que no iba a ser propiedad de nadie ni permitir que nadie le diera órdenes, se dejó enternecer y se entregó, con su cuerpo bajando centímetro a centímetro hasta que quedó clavado contra el aparador de madera por el peso de él.

—¿Qué tipo de pájaro es? Mira su color. Es precioso.

Bennett estaba tumbado boca arriba sobre la manta mientras Alice apuntaba por encima de ellos hacia las ramas del árbol. Alrededor, estaban los restos de su merienda.

—Cariño, ¿sabes qué pájaro es? Nunca he visto nada tan rojo. ¡Mira! Incluso el pico es rojo.

—No he leído mucho sobre pájaros y cosas de esas, cielo. —Ella vio que Bennett tenía los ojos cerrados. Él se dio un cachete sobre un insecto que tenía en la mejilla y extendió la mano para coger otra cerveza de jengibre.

Margery sí conocía todos los tipos de aves, pensó Alice mientras movía la mano hacia el cesto. Decidió preguntarle a la mañana siguiente. Mientras iban a caballo, Margery le hablaba a Alice sobre el algodoncillo y la vara de oro, apuntando hacia una arisema y las diminutas y frágiles flores de las mimosas, de modo que donde Alice había visto antes un mar de color verde, ella había retirado un velo para mostrarle una dimensión completamente nueva.

Por debajo de ellos, el arroyo fluía tranquilamente; el mismo arroyo que, según le había advertido Margery, se convertiría en un torrente destructivo durante la primavera. Parecía imposible. Ahora, la tierra estaba seca, la hierba era una suave paja bajo sus cabezas, los grillos un constante zumbido por el prado. Alice le pasó a su marido la botella y aguardó mientras él se apoyaba sobre un codo para darle un sorbo, casi esperando a que él se inclinara hacia ella y la abrazara. Cuando se tumbó, ella se acomodó en su brazo y colocó la mano sobre la camisa de él.

—Podría quedarme así todo el día —dijo Bennett con tono apacible.

Ella le echó el brazo por encima. Su marido olía mejor que ningún hombre que hubiera conocido antes. Era como si llevara en él el dulzor de la hierba de Kentucky. Otros hombres sudaban y se ponían rancios y mugrientos. Bennett siempre regresaba de la mina como si acabara de salir de un anuncio de revista. Miró su cara, el fuerte contorno de su mentón, la forma en que su pelo de color miel se le quedaba sujeto justo alrededor de las orejas.

—¿Crees que soy guapa, Bennett?

—Ya sabes que creo que lo eres. —Su voz sonaba adormilada.

—¿Te alegra que nos hayamos casado?

—Claro que sí.

Alice pasó un dedo alrededor de un botón de su camisa.

—Entonces, ¿por qué…?

—No nos pongamos serios, Alice, ¿eh? No hace falta hablar todo el tiempo de algunas cosas, ¿verdad? ¿No podemos limitarnos a pasar un rato agradable?

1 ... 13 14 15 16 17 18 19 20 21 ... 100
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)