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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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— Te doy las gracias, espíritu abuelo, por salvarme la vida.

De algún modo sentía que eso era lo que debía hacer. Chandalen le sonrió, mientras ella volvía a sujetarse el cuchillo al brazo con una cinta.

— Eres una buena mujer barro. Has sabido qué hacer sin que tuviera que decírtelo. El espíritu del abuelo velará siempre por ti.

— Chandalen, tengo que ir a Aydindril. El velo del inframundo está rasgado. Hemos hecho lo que debíamos para ayudar a estos hombres, ya es hora que cumpla con mi deber.

— Cuando nos topamos con ellos recuerdo que no quería quedarme. No deseaba implicarme en su lucha, sino que nos alejáramos para que no corrieras peligro. Pero después, no sé cómo, lo olvidé y lo único que deseaba era luchar y matar al enemigo —confesó con la mirada perdida.

— Lo sé —susurró Kahlan—, porque a mí me pasó lo mismo. Me olvidé de todo lo que se suponía que debía hacer. Es casi como si también nosotros escucháramos al gran espíritu oscuro. El velo está rasgado. Tal vez eso nos distrajo.

— ¿Crees que el velo está rasgado y que por eso olvidamos qué debíamos hacer y solamente deseábamos matar?

— Chandalen, no tengo la respuesta a eso. Sólo sé que debo llegar a Aydindril. El mago sabrá qué hacer. Richard nos necesita. Ya hemos perdido demasiado tiempo aquí. Hablaremos con los hombres y luego partiremos. ¿Están fuera? —Chandalen asintió—. Pues hagámoslo ya mismo.

Kahlan hizo gesto de levantarse, pero el hombre barro la detuvo posando la mano sana sobre su brazo.

— Los hombres llevan toda la noche esperando fuera. No he dejado que entraran.

Chandalen retiró la mano y pareció que buscaba las palabras adecuadas.

— Me temía que no lograrías sobrevivir a esta noche. No sabía si te había dado el quassin doe a tiempo. Prindin te había estado envenenando mucho tiempo sin que nadie se diera cuenta. Estuviste a punto de ir al mundo de los espíritus.

»Si hubieras muerto, jamás habría podido regresar junto a mi gente. Pero no es por eso por lo que me alegro de que estés viva. Me alegro porque eres una buena mujer barro. Eres una protectora de nuestro pueblo, al igual que Chandalen. Los dos luchamos a nuestra manera. Pero últimamente has estado luchando demasiado a mi modo, y lo haces muy bien. Pero deberías dejarme eso a mí y volver a luchar a tu modo.

Kahlan sonrió.

— Tienes toda la razón. Gracias por velarme toda la noche. Me ha ayudado tenerte cerca. Siento mucho que estés herido.

— Bah, no es nada. Algún día, cuando encuentre a una mujer para mí, podré mostrarle cicatrices para que sepa lo valiente que soy.

Ella se echó a reír.

— Estoy segura de que se quedará impresionada cuando le expliques lo valiente que fuiste cuando te dispararon una flecha.

Chandalen la miró de soslayo.

— Que me dispararan no demuestra que sea valiente. A cualquiera pueden dispararle. Pero yo soy valiente porque no grité cuando me arrancaron la flecha —proclamó con el mentón muy alto.

«Algún día —pensó Kahlan—, una mujer afortunada tendrá mucho trabajo con Chandalen.»

— Me alegro de que los buenos espíritus velaran por ti. Y me alegro de que estés conmigo.

El guerrero la contempló entornando los ojos.

— No sé qué ocurrió, pero Prindin no me acertó en la garganta porque tú también velabas por mí.

Kahlan sonrió por toda respuesta. Al mirar el cadáver, la sonrisa se marchitó.

— Pobre Tossidin —dijo, acariciando las pieles de su manto—. Él quería a su hermano. Le echaré de menos.

— Los conocía a ambos desde que no eran más que unos chiquillos. Los dos me seguían por todas partes y me suplicaban que les enseñara. Suplicaban poder unirse a los guerreros. —Chandalen agachó la cabeza y se quedó pensativo. Finalmente, centró de nuevo la atención en Kahlan—. Los hombres están muy preocupados por ti. Están esperando.

Chandalen salió arrastrándose sobre las rodillas y una mano, seguido por la Confesora. Kahlan no se olvidó de coger la espada. Fuera, a la luz del día, todos se levantaron al verla.

El capitán Ryan corrió hacia ella, pero un hombretón que llevaba un brazo en cabestrillo detuvo su avance con el brazo sano contra el pecho. El hombre sostenía una monstruosa hacha en la mano.

— ¿Orsk? ¡Sigues vivo!

El hombretón tenía los ojos enrojecidos de tanto llorar. Kahlan recordó cómo su padre había llorado cuando su madre, su ama, cayó enferma.

— ¡Mi ama! —exclamó con los ojos anegados en lágrimas—. ¡Estáis bien! ¿Qué deseáis de mí?

— Orsk, todos estos hombres son amigos míos. Ninguno me hará ningún daño. No es preciso que los mantengas alejados de mí. Estoy a salvo aquí. Deseo que, de momento, te quedes sentado y quieto.

Inmediatamente Orsk se dejó caer al suelo. Kahlan miró a Chandalen con expresión interrogadora. El guerrero se encogió de hombros.

— Vi cómo luchaba para protegerte y Prindin quería matarlo. Así que le di quassin doe. Los hombres le arrancaron la flecha de la espalda. No sé si la herida es grave; no tiene ningún interés en la herida, sólo le interesa su ama. El único modo de que no entrara en el refugio fue decirle que, si no estabas sola, nunca te recuperarías. Pero se negó a moverse de aquí mientras estuvieras dentro de la tienda.

Kahlan suspiró al tiempo que contemplaba esa espeluznante cara que la miraba en silencio. Apenas soportaba la vista de la irregular cicatriz blanca y del ojo cosido. Pero centró su atención en el impaciente capitán Ryan y en los rostros que aguardaban detrás de él.

— ¿Cómo va la guerra?

— ¿La guerra? ¡Que se vaya al cuerno la guerra! ¿Estáis bien? Nos habéis dado un susto de muerte. Esos dos —dijo, lanzando una furibunda mirada a Chandalen y a Orsk, sentado en la nieve— ni siquiera me han dejado que os echara un vistazo para ver cómo estabais.

— Cumplían con su trabajo —replicó Kahlan, sonriendo cálidamente a sus protectores—. Muchas gracias a todos por preocuparos por mí. Chandalen me ha salvado la vida.

— Bueno, ¿qué ocurrió? Encontramos el campamento hecho un desastre. Todos los guardias asesinados con una troga. Prindin y Tossidin muertos y un montón de cadáveres de soldados de la Orden. Temíamos que os hubieran matado.

Kahlan se dio cuenta de que Chandalen no les había contado nada.

— Uno de los hombres muertos está en esa dirección, es el general Riggs de la Orden Imperial. Orsk —añadió, señalando al hombre tuerto— fue quien mató a la mayoría de los hombres de la Orden. Vinieron para apresarme. Prindin mató a los guardias, a su hermano y también trató de matarme a mí.

Sonaron susurros y exclamaciones ahogadas. El capitán Ryan la miró con tal expresión de asombro, que parecía que los ojos le iban a salir de las órbitas.

— ¡Prindin! Prindin, no. Por todos los espíritus, ¿por qué?

Kahlan esperó hasta que todos guardaron silencio. Entonces respondió con voz queda.

— Prindin era un poseído.

Por un momento reinó un aturdido silencio, tras el cual los soldados empezaron a susurrar inquietos la palabra «poseído».

— Todos vosotros estáis haciendo un buen trabajo —les dijo Kahlan—. Pero ha llegado el momento de que luchéis sin mí. Debo partir a Aydindril. —El aire se llenó de murmullos de decepción—. No me marcharía si no supiera que estáis a la altura de la misión. Todos vosotros habéis demostrado vuestra valía y vuestra bravura en la batalla. Sois valerosos guerreros.

Todos se hincharon de orgullo. Ahora la escuchaban con tanta atención como si fuera su general.

— Estoy muy orgullosa de vosotros. Sois los héroes de la Tierra Central. El ejército de la Orden Imperial, aunque es una amenaza muy real, no es sino una parte de una amenaza más grave que pesa sobre la Tierra Central y sobre el mundo de los vivos. El hecho de que el Custodio enviara a un poseído para tratar de detenerme lo demuestra.

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