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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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El hombre se puso en pie de un salto, pero Richard estaba lo suficientemente cerca para arrebatarle el arma. Mientras el hombre giraba sobre sí mismo, Richard volteó la lanza y lo golpeó a un lado de la cabeza. El baka ban mana se desplomó antes de poder dar la alarma.

«Uno menos —pensó Richard al tiempo que se enderezaba—, y no he tenido que matarlo. Bueno, espero que no esté muerto.»

Otra figura surgió de la oscuridad y otra más a un lado. Richard se dio la vuelta y vio que cada vez eran más. Antes de poder moverse ya estaba rodeado.

Las formas llevaban ropas holgadas del color de las cortezas de árbol, lo que les permitía fundirse con el entorno. Una tela les cubría la cabeza y solamente dejaba al descubierto sus ojos oscuros, que relucían con feroz determinación.

No había lugar al que huir. Richard fue avanzando lateralmente hacia el claro. Las formas se movieron con él, y otras más se añadían. Richard giró sobre sí mismo para observarlas; estaban formando dos círculos a su alrededor. Tal vez aún podría solucionarlo sin tener que matar.

— ¿Quién es vuestro portavoz?

El círculo interior de figuras embozadas dejó caer los escudos redondos y arrojó al suelo las lanzas extra con las puntas hacia Richard. Cada figura agarró la lanza que le quedaba con ambas manos a modo de bastón. También el círculo exterior de guerreros arrojó escudos y lanzas al suelo y se llevó la mano a la empuñadura de la espada, pero sin desenvainarla.

En ese momento brotó un suave cántico rítmico, y los dos círculos empezaron a moverse lentamente en direcciones opuestas.

Richard se movía hacia atrás describiendo un estrecho círculo, tratando de no perder de vista a ninguna de las figuras.

— ¿Quién es vuestro portavoz? —repitió.

El lento cántico prosiguió al ritmo de los pasos laterales de los baka ban mana.

Una figura tapada de los pies a la cabeza como todas las demás se subió a una roca, más allá del círculo exterior.

— Soy Du Chaillu. Yo soy la portavoz de los baka ban mana.

Richard no daba crédito a sus ojos.

— Du Chaillu, yo te salvé la vida. ¿Por qué deseas asesinarnos?

— Los baka ban mana no están aquí para asesinaros, sino para ejecutarte por habernos arrebatado nuestra sagrada tierra.

— Du Chaillu, yo ni siquiera he visto esa tierra vuestra. No tengo nada que ver con lo que pasó, fuera lo que fuera.

— Los hombres mágicos nos robaron nuestra tierra y dictaron nuestras leyes. Tú eres un hombre mágico y cargas con los pecados de los hombres mágicos que te precedieron. Incluso llevas su marca. Así pues, tendrás que hacer lo mismo que todos los hombres mágicos a los que hemos apresado hasta ahora: enfrentarte con el círculo. Debes morir.

— Du Chaillu, ya te dije que debéis dejar de matar.

— Es muy fácil proclamar eso cuando eres tú quien está a punto de morir.

— ¡Cómo osas decirme eso! ¡Yo arriesgué mi vida por poner fin a la matanza! ¡Arriesgué mi vida por ti!

— Lo sé, Richard —replicó la mujer suavemente—. Y te honraré siempre por eso. Te hubiera dado hijos si me lo hubieras pedido. Daría mi vida por ti. Por lo que has hecho, siempre serás un héroe para mi pueblo. Ataré una plegaria más a mi vestido para que los espíritus te acojan tiernamente en su corazón.

»Pero eres un hombre mágico y nuestra ley milenaria dice que debemos practicar cada día para ser mejores guerreros que cualquier otro pueblo. Debemos matar a todos los hombres mágicos que logremos apresar, o el Espíritu de la Oscuridad engullirá el mundo de los vivos.

— ¡No podéis seguir matando a hombres mágicos, ni a nadie! ¡Ya basta!

— Seguiremos matando pese a lo que has hecho. Lo único que puede detenerlo es que los espíritus dancen con nosotros.

— ¿Qué significa eso?

— Significa que debemos matarte o la profecía se cumplirá. El Espíritu de la Oscuridad escapará de su prisión.

— Du Chaillu —dijo Richard, apuntándola con la lanza—, no deseo mataros a ninguno de vosotros, pero pienso defenderme. Por favor, para esto ahora mismo, antes de que nadie salga herido. No me obligues a mataros. Por favor.

— Si hubieras tratado de huir te habríamos matado por la espalda con una lanza, pero puesto que has decidido quedarte te has ganado el derecho de enfrentarte a nosotros. De todos modos morirás, como todos los que hemos apresado antes que tú. Si no te resistes tendrás una muerte rápida e indolora. Te doy mi palabra.

Du Chaillu giró una mano en el aire, y el canto se reinició. Los hombres del círculo exterior desenvainaron unas espadas largas con la hoja curva, que se ensanchaba hacia la punta recortada. Cada una de ellas tenía un anillo en el pomo en el que se enganchaba una cuerda atada después al cuello de los guerreros, lo que impedía que pudieran perder el arma en la batalla.

Los guerreros volteaban las espadas y se las pasaban de derecha a izquierda. Las armas no cesaban de girar. Los dos círculos empezaron a moverse otra vez en direcciones opuestas. Los hombres del anillo interior hacían girar las lanzas a modo de bastones.

Richard conocía a guías de bosque que iban armados con bastones y nadie osaba meterse con ellos. Pero esos hombres eran mucho mejores que cualquier guía que Richard hubiera visto. Las astas de madera no eran más que una mancha borrosa a la luz de la luna, y las puntas de acero un círculo de apagado reflejo.

El joven rompió contra la rodilla el asta de la lanza y desenvainó la espada. El sonido del acero resonó por encima del zumbido de las lanzas y las espadas largas.

— ¡No lo hagas, Du Chaillu! ¡Páralo antes de que nadie salga herido!

— No te resistas y te garantizo que tendrás una muerte rápida, hombre brujo.

Richard respiraba agitadamente. Los músculos de la mandíbula se le tensaron cuando apretó los dientes con fuerza. El canto era cada vez más rápido, al igual que el movimiento de ambos círculos.

Richard lanzó una mirada fulminante a Du Chaillu, encaramada en la roca.

— Declino toda responsabilidad de lo que va a pasar, Du Chaillu. Esto ocurre porque tú lo quieres. Lo que suceda será culpa tuya. ¡Tú lo has querido!

Cuando Du Chaillu respondió, lo hizo con voz preñada de pesar.

— Nosotros somos muchos y tú estás solo. Lo siento, Richard.

— Hay que ser muy estúpido para fiarse solamente de eso, Du Chaillu. Las cosas no son lo que parecen. No podéis atacarme todos a la vez, sino solamente dos o como mucho tres al mismo tiempo. Lo que ven tus ojos te engaña. —Richard se preguntó qué le impulsaba a pronunciar esas palabras. A la luz de la luna vio el gesto de asentimiento de la mujer.

— Comprendes la danza de la muerte, hombre brujo.

— ¡No soy un hombre brujo, Du Chaillu! ¡Soy Richard, el Buscador de la Verdad! No acompaño voluntariamente a la Hermana para aprender a ser un hombre brujo. Soy un prisionero. Lo sabes perfectamente. Pero me defenderé.

Du Chaillu lo observó a la luz de la luna.

— Los espíritus saben que lo siento por ti, Buscador Richard, pero debes morir.

— No lo sientas por mí, Du Chaillu. Siéntelo por todos aquellos que esta noche van a morir sin motivo.

— No has visto a los baka ban mana luchar. Ninguno de los míos morirá. Solamente tú probarás el sabor del acero. Estate tranquilo, los baka ban mana estamos a salvo. No tendrás que lamentar ninguna muerte.

Richard dio rienda suelta a la magia de la espada, a la cólera.

Los dos círculos se movían y cantaban más rápidamente, acelerando asimismo el giro de las armas. La tempestad desatada por la ira de la espada estallaba en el Buscador. Pero Richard sabía que ni siquiera esa rabia, ni siquiera la cruda necesidad de matar iba a salvarlo. Eran demasiados. Y eran auténticos maestros de armas.

Olvidando toda precaución, absorbió más y más magia hasta que en su corazón latía un odio tan despiadado, que casi le provocaba náuseas. Richard abrazó ese sentimiento en lo más profundo de su alma.

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