La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
»La he estado poniendo a prueba. Los encantamientos que le lanzaba desaparecían como piedras que se arrojan a un pozo. Pero ella se ha dado cuenta. Du Chaillu sabe qué intento hacer y, no sé cómo, es capaz de anularlo. Ya te avisé de que esta gente es peligrosa. He hecho todo lo que estaba en mi mano justamente para no llegar a donde estamos ahora. Te dije que no blandieras el hacha pero tú juzgaste que me equivocaba.
Richard apretó los dientes y con la mano izquierda aferró la empuñadura de la espada. Notaba las protuberancias de la palabra Verdad tejida con alambre y, a través de ella, la cólera que le transmitía.
— No tengo intención de matar a nadie.
— Perfecto. Reserva la cólera de la espada. Vas a necesitarla si quieres seguir vivo. Mientras nosotros hablamos nos están rodeando; mi han me lo dice.
Richard sentía que los acontecimientos se escapaban rápidamente de su control. Él no deseaba hacer daño a nadie. No había salvado a Du Chaillu para después luchar contra su gente.
— En ese caso te sugiero que apeles a tu han, hermana Verna. Soy el Buscador, no un asesino, y no pienso matar a tus enemigos por ti.
La mujer avanzó unos cuantos pasos hacia él. Cuando habló lo hizo en tono rígido y controlado.
— Ya te he dicho que mi han no podrá ayudarte. Si pudiera, pondría fin a la amenaza. Pero no puedo. Du Chaillu posee poder para defenderse de la magia. Te lo suplico, Richard, defiéndete.
El joven entornó los ojos.
— Tal vez no quieres ayudarme. Estás furiosa porque he echado a perder el acuerdo que teníais con los majendie. Tu plan es observar, como siempre, para ver qué hago.
La hermana Verna negó con la cabeza lentamente con gesto de frustración.
— ¿Crees de veras que después de sacrificar media vida para cumplir con mi deber de encontrarte y llevarte hasta el Palacio de los Profetas sano y salvo me quedaría cruzada de brazos viendo cómo te matan? ¿Cuándo estamos como quien dice a punto de llegar? ¿Realmente crees que no pondría fin a esto si pudiera? ¿Tan mala opinión tienes de mí?
El primer impulso de Richard fue discutir con la Hermana pero en vez de eso consideró sus palabras. Lo que decía tenía bastante sentido. Richard se disculpó negando con la cabeza y rápidamente miró hacia las sombras.
— ¿Cuántos son?
— Tal vez treinta.
— Treinta. —Frustrado, el joven cruzó los brazos—. ¿Cómo voy a defenderme yo solo contra tantos?
La Hermana posó la mirada en la oscuridad un momento y luego extendió las manos hacia adelante. Una súbita ráfaga de viento levantó un velo de arena y tierra hacia la oscuridad.
— Esto los retardará un poco, pero no los detendrá. —Nuevamente posó en él sus ojos castaños y dijo—: Richard, he usado mi han para tratar de hallar la respuesta. Pero lo único que me dice es que debes usar la profecía si quieres sobrevivir. Tú mismo te llamaste el portador de la muerte, tal como predice la profecía. Esa profecía habla de ti.
»Si quieres vencerlos, debes usar la profecía, que dice que el poseedor de la espada es capaz de resucitar a los muertos, de conjurar el pasado en el presente. No me preguntes cómo, pero eso es lo que debes hacer para sobrevivir. Resucitar a los muertos y conjurar el pasado en el presente.
— ¿Estamos a punto de ser atacados por treinta guerreros, que según tú quieren matarme, y me propones acertijos? Hermana, ya te dije que no sé qué significa esa profecía. Si quieres ayudarme, dime algo que pueda servirme.
Pero la Hermana dio media vuelta y echó a andar hacia los caballos.
— Ya lo he hecho. A veces el objetivo de una profecía es tender un puente en el tiempo hasta la persona a la que nombra para ayudarla, proporcionarle la clave de la solución. Creo que esta profecía es una de ésas. Trata sobre ti, por lo que eres tú quien debe descubrir cómo usarla. Yo no la comprendo.
La hermana Verna se detuvo y se volvió para mirarlo por encima del hombro.
— Olvidas que yo he intentado mantenernos alejados de esta gente. Pero tú dijiste que en este asunto eras el Buscador y no mi pupilo. Pues como Buscador debes usar esa profecía. Tú nos metiste en esto y sólo tú puedes sacarnos.
Richard no le quitaba el ojo de encima mientras ella trataba de calmar a los nerviosos caballos. Desde que la Hermana le hablara de esa profecía había reflexionado mucho tratando de entenderla. A veces sentía que estaba a punto de llegar a una conclusión, pero esa sensación siempre se desvanecía antes de concretarse.
Richard había usado la Espada de la Verdad muchas veces y sabía de qué era capaz, y también conocía sus propias limitaciones. En combate uno contra uno la espada era casi invencible, pero él era un hombre de carne y hueso. Además, no era un espadachín experto. En ocasiones anteriores había compensado esa carencia gracias a la magia de la espada. Pero ahora estaba solo y los enemigos eran muchos. La espada no podría contra todos.
— ¿Son buenos luchadores los baka ban mana? —preguntó.
— No los hay mejores. Entre ellos hay guerreros especiales, maestros de armas, que se entrenan cada día desde el alba hasta el atardecer. Y cuando se pone el sol siguen entrenándose a la luz de la luna. La lucha es casi una religión para ellos.
»De joven vi a un maestro de armas baka ban mana, que se había introducido en la plaza fuerte de Tanimura, matar a casi cincuenta soldados armados hasta los dientes antes de ser abatido. Luchan como espíritus invencibles. Y algunas personas creen que lo son.
— Genial —musitó Richard.
— Richard —prosiguió la Hermana sin mirarlo—, tú y yo no congeniamos. Podríamos mirar la misma cosa y los dos veríamos algo distinto. Pertenecemos a mundos distintos, ambos somos obstinados y no nos gustamos mutuamente.
»Sin embargo, quiero que sepas que ahora no estoy siendo obstinada. Tenías toda la razón cuando dijiste que en este asunto eres el Buscador y no mi pupilo. Y, de algún modo que se me escapa, tiene que ver con la profecía. Vas montado en la imparable ola de los acontecimientos, y yo no soy más que una espectadora. No obstante, si tú mueres yo moriré contigo.
Al fin la mujer alzó la mirada hacia él.
— No sé cómo ayudarte, Richard. Los baka ban mana nos están cercando y sé que, si trato de interferir, me matarán. Esto va contigo, con la profecía y con los baka ban mana. Yo no pinto nada en esto, más que morir si tú mueres.
»No sé qué significa la profecía y me doy cuenta de que tú tampoco, pero tenla presente y tal vez descubras cómo puede ayudarte cuando más lo necesites. Intenta usar tu han si es que puedes.
Richard la miró con las manos en las caderas.
— Muy bien, Hermana, lo intentaré. Lamento mucho no ser mejor resolviendo acertijos. Y, si me matan…, bueno, gracias por tratar de ayudarme.
El joven alzó los ojos al cielo y vio el delgado velo de nubes que oscurecía la luna. La oscuridad ayudaría a los atacantes, pero no había ninguna razón por la que no pudiera también él usarla en su ventaja.
Richard era un guía de bosque y se sentía como pez en el agua en la oscuridad. Había pasado un número incalculable de horas jugando justo a eso con otros guías. Los baka ban mana no eran los únicos que estaban en su elemento en el bosque. Richard no tenía por qué seguir sus normas. Así pues, se agachó y se alejó de la Hermana y los caballos, confundiéndose con las sombras de la luna.
Encontró al primero de los atacantes mirando en la dirección equivocada. Quieto y en silencio observó la forma oscura envuelta en ropas muy holgadas que, de cuclillas sobre una rodilla, miraba a la Hermana. En una mano agarraba con fuerza una lanza corta con el extremo romo plantado en la arena. Tenía otras dos lanzas preparadas en el suelo.
Tratando de concentrarse en la respiración para no hacer ningún ruido, fue avanzando hacia el hombre, deteniéndose y avanzando de nuevo. Extendió una mano. Estaba a pocos centímetros de la lanza. Se quedó helado cuando el guerrero baka ban mana giró la cabeza.