Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Фэнтези » La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3) - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
1 ... 201 202 203 204 205 206 207 208 209 ... 293
Перейти на страницу:

Las lágrimas le corrían por las mejillas. Orsk. Tossidin. Chandalen. Ella. ¿Cómo podía Prindin hacer algo así? Kahlan sollozaba mientras su rostro se deslizaba sobre la nieve. ¿Cómo podía? A su propio hermano. Había apuñalado a su propio hermano como si nada. ¿Quién podría hacer algo tan monstruoso? ¿Cómo podía alguien hacer algo así? ¿Quién sino…

Un poseído.

La súbita inspiración la dejó sin aliento. Ella antes nunca había creído del todo en poseídos. Los magos le decían que eran reales, pero ella había creído que no eran más que conjeturas y supercherías, algo que impulsaba a la gente a la caza de cosas en la oscuridad, cosas del inframundo, cosas que acataban las órdenes susurradas por el mismísimo Custodio.

Pero ahora lo sabía de cierto, pues había caído en las garras de un poseído. Por todos los buenos espíritus, ¿cómo era posible que nadie se hubiera dado cuenta? Prindin la había ayudado tantas veces… Incluso se había hecho amigo suyo para permanecer cerca de ella y que de este modo el Custodio supiera en todo momento dónde estaba. Prindin era un poseído. Rahl el Oscuro se había reído de ella por ser tan estúpida.

También supo sin lugar a dudas que el velo estaba realmente rasgado. Rahl el Oscuro le había prometido que tales cosas sucederían. Rahl había regresado para acabar de romper el velo y ella había sido una insensata al pensar que tenía el control de la situación cuando, en realidad, Rahl el Oscuro y el Custodio la habían tenido siempre vigilada a través de los ojos de Prindin.

Pero ¿por qué había esperado hasta entonces? ¿Por qué dejarla que luchara en esa guerra, que tanta gente muriera, antes de atacarla?

Sabía por qué. El Custodio pertenecía al mundo de los muertos y lo que deseaba era llevar la muerte al mundo de los vivos. El Custodio odiaba a los vivos. Por esa razón quería romper el velo; para imponer la muerte al mundo de los vivos.

El Custodio codiciaba el hálito de vida de este mundo y disfrutaba viendo morir a la gente. No deseaba detener demasiado pronto el sufrimiento, el miedo ni el dolor.

Mientras Prindin la arrastraba entre los matorrales y por encima de un tronco medio cubierto por la nieve, Kahlan sentía como si el brazo se le fuera a desencajar. El hormigueo del veneno se le extendía ya por el pecho.

La pierna izquierda la tenía insensible. Kahlan se consoló pensando que al menos de ese modo no notaba el lacerante dolor de la flecha. La punta redonda de hierro le había penetrado hasta el hueso, y Prindin no había sido nada cuidadoso al sacársela. Al menos ya no la sentía.

Al llegar al refugio vio un montón de cuerpos esparcidos por el suelo, no sólo de los galeanos sino también de los soldados de la Orden Imperial a los que Orsk había matado. Muy pronto, cuando Prindin acabara con ella, la entregaría a la Orden y le cortarían la cabeza. Todo acabaría, y no había nada que ella pudiera hacer por impedirlo. Ni siquiera era capaz de presentar resistencia. Nunca volvería a ver a Richard. Queridos espíritus, Richard nunca sabría cuánto lo amaba.

Prindin la arrastró por la entrada al refugio y la tiró sobre la estera de ramas. Mientras encendía otras dos velas usando la que casi se había apagado ya, Kahlan pugnó por respirar y permanecer consciente.

— Quiero verte bien —le dijo Prindin con una sonrisa lasciva—. Tienes un cuerpo muy bonito. Quiero verte toda.

A Kahlan siempre le había gustado la sonrisa de Prindin pero ahora la odiaba.

El hombre barro se desprendió de su manto de pieles y lo arrojó a un lado. Su sonrisa se desvaneció y abrió mucho los ojos. Ya no se dignaba a hablar en la lengua de Kahlan sino que utilizaba la suya propia.

— Desnúdate. Primero quiero mirarte. Quiero excitarme viendo tu desnudez.

Pero ni siquiera bajo la amenaza de un cuchillo en el cuello habría podido Kahlan obedecer; era incapaz de mover los brazos.

— Prindin —musitó con esfuerzo—, los hombres regresarán pronto y te pillarán aquí.

— Estarán muy ocupados. Deben librar una lucha que no esperaban. —Nuevamente Prindin sonrió—. Tardarán mucho en volver… si es que vuelven. —La sonrisa se tornó de repente en una expresión de cólera—. ¡Que te desnudes he dicho!

— Prindin, eres amigo mío. Por favor, no me hagas esto.

Kahlan lloraba desconsoladamente porque había perdido un amigo, seducido por la locura del Custodio.

— Prindin, ¿por qué?

El joven se incorporó como si la pregunta lo cogiera por sorpresa.

— El gran espíritu dijo que podría tomarte antes de que se llevara tu alma al inframundo. Dijo que sería mi recompensa por mi servicio. El gran espíritu está complacido conmigo por entregarte a él.

Kahlan sentía un doloroso escozor en la mordedura del cuello y temblaba de pesar por Tossidin y por Chandalen, y también por la situación desesperada en la que se hallaba ella misma. El hormigueo del veneno le llegaba ya hasta los hombros y notaba las primeras punzadas que anunciaban que le subía por la garganta.

Prindin la estrujó bajo su cuerpo mientras la besaba justamente donde Rahl el Oscuro lo había hecho, sobre la mordedura. El dolor, las visiones le arrancaron un silencioso grito de horror.

— Prindin… por favor… después de tomarme, ¿me soltarás? —Kahlan habló en la lengua de la gente barro con la esperanza de despertar así su compasión—. Te lo suplico.

Prindin levantó la cabeza y la miró a los ojos.

— Sería inútil. Te he estado envenenando con el té que te preparaba y también con la flecha. Haga lo que haga, morirás. Es preciso que te corten la cabeza antes de que el veneno te mate. Será mejor. Sufrirás menos. No encontrarás en mí más clemencia que ésa.

El joven sonrió mientras se inclinaba de nuevo hacia ella y le besaba el cuello. Kahlan lloraba.

— Te odio —le dijo entre lágrimas—. A ti y a tu gran espíritu.

Prindin se levantó de un salto, se enderezó tanto como pudo en el pequeño refugio y, con los puños en las caderas, la fulminó con la mirada.

— ¡Tienes que ser mía! ¡Me lo prometió! ¡Te tomaré! Tu poder nada puede hacerme, ya me he asegurado de eso. Ya no te queda nada. ¡Serás mía! Si no te entregas voluntariamente, te tomaré por la fuerza. Tú llevaste tu aborrecible magia a mi gente, nos impusiste tus odiosas normas. Eres malvada y yo te tomaré para someter tu perversidad. ¡El gran espíritu me dijo que así sería!

Prindin se quitó la camisa de gamuza por la cabeza. Tenía un cuerpo enjuto y nervudo. Entonces se lanzó encima de ella y aterrizó con un gruñido. Su rostro estaba justo encima del de Kahlan.

Ambos se miraron con sorpresa.

Prindin no tenía ni idea de lo que había ocurrido. Ella sí lo sabía, pero ignoraba el cómo.

Kahlan sintió la cálida sangre del joven que le corría por el puño. Las pupilas de Prindin se abrieron. Al toser le salpicó la cara con gotitas de sangre. Entonces, con un largo y lento gorgoteo exhaló el último aliento y se quedó rígido.

Kahlan seguía llorando. No tenía fuerzas para quitárselo de encima y le costaba respirar debajo de él.

Así pues, se quedó quieta sintiendo cómo la sangre de Prindin fluía sobre su mano, entre sus pechos y le empapaba la camisa. Notaba ya el cosquilleo del bandu en el cuello.

47

En la hormigueante oscuridad el labio le dolía. Algo presionaba contra el corte y le causaba un dolor punzante. Y tenía algo en la boca. Era como si alguien tratara de meterle un dedo.

— ¡Traga!

1 ... 201 202 203 204 205 206 207 208 209 ... 293
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)