La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
Kahlan frunció el entrecejo en la oscuridad, en su sueño.
— ¡Traga! ¿Es que no me oyes? ¡Traga!
Con cara agria Kahlan obedeció. El dedo le metió más cosas secas en la boca.
— ¡Vuelve a tragar!
Kahlan tragó, esperando que esa voz la dejara sola. Así fue y ella se sumergió de nuevo en el hormigueante vacío, en un lugar en el que no existía el tiempo. Flotó en él, inconsciente, durante no supo cuánto tiempo.
De repente, lanzó un grito y abrió los ojos. Parpadeó y miró alrededor. Estaba en el refugio, y las velas se habían consumido hasta la mitad. El manto de pieles la cubría.
Chandalen se inclinó hacia ella. Tenía una amplia sonrisa pintada en el rostro.
— Has vuelto —dijo con un suspiro de alivio—. Te has salvado.
— ¿Chandalen? —Kahlan trataba de comprender lo que veían sus ojos—. ¿Estoy en el inframundo o es que no estás muerto?
Chandalen rió por lo bajo.
— Mala hierba nunca muere.
Kahlan movió la lengua para intentar humedecerse la boca, que notaba muy seca. Estaba despierta, despierta de verdad por primera vez en mucho tiempo, tanto que ni lo recordaba. Casi había olvidado qué era estar despierta, sentirse llena de energía. No obstante, no se movió por miedo a que la oscuridad regresara.
— Pero Prindin te disparó una flecha de diez pasos. Yo lo vi.
Chandalen apartó la mirada de ella. Parecía mortificado. Kahlan vio que tenía el pelo negro apelmazado por la sangre seca. El hombre barro hizo un ademán como si lo violentara lo que iba a explicar.
— ¿Recuerdas que te conté que nuestros antepasados tomaban quassin doe antes de entrar en batalla para que, si les disparaban una flecha de diez pasos, el veneno no los matara? —Ella asintió. Chandalen se palpó con cuidado la cabeza—. Pues bien, en honor a mis antepasados guerreros comí un poco de quassin doe antes de ir a la batalla. El que me diste en la ciudad. —El hombre barro enarcó las cejas como si creyera necesario justificarse—. Lo hice en honor a mis antepasados.
Kahlan le dirigió una cálida sonrisa y le colocó una mano sobre el brazo.
— Tus antepasados pueden estar orgullosos de ti.
El hombre la ayudó a incorporarse. A la tenue luz vio a Prindin en el suelo, tendido sobre la espalda.
Tenía clavado en el pecho el cuchillo fabricado con los huesos del abuelo de Chandalen, el que ella llevaba sujeto al brazo. Las plumas negras se abrían en abanico cerca del extremo del mango, envolviendo como un sudario la herida fatal. Sin saber cómo, Kahlan había logrado interponer ese cuchillo entre ellos dos cuando Prindin saltó sobre ella.
Recordaba que no sentía su cuerpo y estaba completamente indefensa. Asimismo recordaba la hormigueante sensación del veneno y que no podía moverse. Y también recordaba que Prindin se había abalanzado sobre ella.
Pero no recordaba haber empuñado el cuchillo. Al hablar, la voz le tembló.
— Chandalen, lo siento mucho. —Se tapó la boca con los labios, antes de añadir—. Siento mucho haber matado a tu amigo.
Chandalen miró ferozmente el cadáver.
— Prindin no era mi amigo. Mis amigos no tratan de matarme. No lo sientas. Servía al gran espíritu oscuro del reino de los muertos. En su corazón anidaba el mal.
Kahlan se aferró a su manga.
— Chandalen, ese gran espíritu oscuro del mundo de los muertos está tratando de atravesar el velo. Desea arrastrarnos a todos a su mundo, al mundo de los muertos.
Los ojos castaños del hombre barro estudiaron los suyos.
— Te creo. Tienes que llegar a Aydindril para ayudar a impedirlo.
— Gracias, Chandalen —repuso Kahlan muy aliviada—. Gracias por comprenderlo y por salvarme la vida con el quassin doe. ¡Los soldados! —exclamó de pronto, agarrándole con fuerza la manga—. ¡Prindin les tendió una trampa! ¿Qué hora es?
— Tranquila, tranquila. Cuando el capitán Ryan se reunió con Tossidin y conmigo antes del ataque, le pregunté dónde estabas, porque sabía que querías ir con ellos. Entonces me dijo que estabas enferma y que no despertabas. Inmediatamente pensé en el bandu.
»El capitán Ryan dijo que te negabas a comer y que solamente tomabas el té que Prindin te preparaba. Entonces lo supe. Supe que te habían envenenado, y que tenía que ser a través del té.
»Tossidin y yo nos preocupamos mucho. Fuimos a comprobar si el enemigo había cambiado de posición y descubrimos que nos habían tendido una emboscada. Entonces ordené que los hombres atacaran por otro lugar e inmediatamente regresé corriendo aquí.
»Sabía que Prindin nos había traicionado, pero Tossidin estaba convencido de que tenía que haber otra explicación. Confiaba plenamente en su hermano y no quería pensar nada malo de él. Pagó ese error, esa confianza, con su vida.
Sobrevino un incómodo silencio. Kahlan apartó la mirada.
— Pero ¿y la flecha? —preguntó al fin, intrigada—. ¿Y la herida en la cabeza? Tienen que curarte enseguida.
Chandalen se abrió un poco el cuello de su camisa de gamuza y le dejó ver un vendaje en el hombro izquierdo.
— Los hombres regresaron por la noche y me dieron puntos en la cabeza. No es tan grave como parece. También me quitaron la flecha.
El hombre barro tuvo un gesto de dolor mientras se colocaba de nuevo la camisa sobre el hombro herido.
— Fui un buen maestro con Prindin. Usó una flecha con la cabeza cortante, que hacen más daño cuando se sacan que cuando se clavan. Uno de los hombres, el que se encarga de cortar y coser a los heridos, me quitó la flecha y me cosió la herida. Por suerte la flecha topó con el hueso y no se introdujo más profundamente. Tengo el brazo rígido y no podré usarlo durante algún tiempo.
Kahlan se tocó la pierna. Notó un vendaje debajo del pantalón.
— ¿También a mí me cosió?
— No. No fue necesario; simplemente te la vendé. Yo mismo lo hice. Prindin usó una flecha de cabeza redonda contigo. Eso no fue lo que le enseñé. No lo entiendo.
Kahlan sentía la presencia del cadáver junto a ella.
— Quería poder arrancármela después de dispararme con veneno —explicó con voz queda—. No quería que le molestara. Se proponía violarme antes de entregarme al enemigo.
Chandalen miró el cuerpo evitando mirarla a ella y dijo que se alegraba de que eso no hubiera ocurrido.
— Y yo me alegro de que te diera en el hombro y no en la garganta —replicó Kahlan, cubriéndole la mano izquierda con la suya propia.
— Yo enseñé a Prindin a disparar. Es imposible que fallara a la distancia a la que estaba. ¿Por qué no acertó?
Kahlan se encogió de hombros y fingió no saberlo. Chandalen gruñó, receloso.
— Chandalen, ¿por qué sigue aquí su cuerpo? ¿Por qué no lo has sacado afuera?
El hombre barro movió ligeramente el brazo herido, tratando de aliviarse.
— Porque el cuchillo que alberga el espíritu de mi abuelo sigue clavado en él. Usaste la ayuda de los huesos del abuelo, de su espíritu, para matar en defensa propia —prosiguió, contemplándola con expresión muy seria—. Ahora el espíritu del abuelo está ligado al tuyo. A partir de ahora nadie puede tocar ese cuchillo si no tú. Es tuyo, y tú debes arrancarlo.
Kahlan consideró por un momento la posibilidad de dejar el cuchillo donde estaba y enterrarlo junto con el cuerpo. Tal vez también ese cuchillo de hueso debería descansar bajo tierra. Pero enseguida desechó la idea. Para la gente barro el cuchillo era símbolo de la poderosa magia de los espíritus. Si lo rechazaba, si no lo arrancaba del cuerpo de Prindin, ofendería mortalmente a Chandalen.
Y quizás ofendería también al espíritu del abuelo de Chandalen. De hecho, no estaba completamente segura de que no hubiese sido el espíritu contenido en el cuchillo de hueso el que había matado a Prindin para salvarla. Aún no se explicaba cómo había llegado a sus manos.
Así pues, extendió el brazo y cerró los dedos en torno al extremo redondo que sobresalía del pecho de Prindin. Al arrancarlo del cuerpo produjo un sonido como de succión. Luego lo limpió con las ramas de pino que cubrían el suelo, se acercó el extremo redondo a los labios y lo besó levemente.